Mostrando entradas con la etiqueta amistad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta amistad. Mostrar todas las entradas

domingo, 27 de octubre de 2019

Diez años construyendo lejos

Cuando una obra dura más de diez años, hay que hacerse algunas preguntas. Sobre la complejidad del proyecto, las dificultades encontradas y la pertinencia de las soluciones aportadas. Para confirmar si vale la pena seguir adelante o si debemos cambiar un camino plagado de obstáculos por otro que ofrezca un tranquilo paseo. Para decidir si seguimos jugando y arriesgando o nos plantamos para asegurar lo que ya hemos ganado.

La obra más larga en cuya dirección he podido participar es la del museo de las confluencias de Lyon. Llegué en la recta final, pero la odisea duró siete años, trece si contamos la elaboración del proyecto. Desde el momento en que el estudio de arquitectura Coop Himmelb(l)auganó el concurso internacional, se sucedieron problemas técnicos y económicos que alargaron el final de una obra colosal, a la altura de la inclasificable imagen del edificio. Trabajar en una empresa que supone tal desafío ayuda a ver las cosas de otra manera: a relativizar y a aprender a un ritmo acelerado. 

Por mucho que intente dejar el trabajo a un lado, al llegar a casa me encuentro con una obra de similar dificultad. Se trata de un castillo del siglo XIII, cuya construcción avanza a un ritmo desigual desde hace exactamente diez años. Es una reproducción del llamado “Burg Branzoll”, situado en Chiusa, ciudad del norte de Italia. Al principio los muros se levantaban con rapidez, pues la fascinación por una nueva actividad dirigía mis movimientos. Después aparecieron otras inquietudes y ocupaciones que alargaron el trabajo. Conocí a la que acabó siendo mi mujer y el castillo se convirtió en una ruina sobre la que se acumulaba el polvo. Fue precisamente ella quien me animó a retomar la obra. Y así, gracias a su ayuda, la construcción empezó a acercarse a su forma final. Hasta que llegó mi hijo; el castillo sufrió un nuevo revés y volvió a su privilegiado lugar del salón, desde donde hoy espera, paciente, a que llegue su turno.

Fue un regalo que me hicieron mis amigos del instituto cuando me fui a Francia. Conocían mi gran afición a las maquetas, que me llevó a estudiar arquitectura, y me ofrecieron un pasatiempo para superar esos difíciles momentos en que, lejos de casa, añoramos cuanto no podemos tener a nuestro lado. El regalo no pudo ser más acertado y guardo con mucho cariño el recuerdo de aquella última cena en que me lo dieron, antes de que todo cambiara. Por eso me afané en reorganizar mi maleta para encajar cada uno de los componentes del castillo. Quien me conoce sabe la importancia que le doy a la amistad. Estoy muy orgulloso de mis amigos: nos conocemos desde que éramos unos críos y todos son especiales para mí. Uno de mis grandes miedos en el momento de mi partida fue perder esa amistad. Los estragos de la distancia eran una amenaza considerable y, además, dudaba poder encontrar unos amigos como ellos en Francia. Al final, aquella falsa idea acabó cayendo por su propio peso y, cada vez que vuelvo a mi tierra, ellos siempre están ahí, demostrando que podemos reencontrarnos como si el tiempo no hubiera pasado.

Hace apenas un par de semanas nos volvimos a juntar. Era la boda de Silvia y José. Ahí estábamos todos, menos los anfitriones, en torno a una misma mesa, como en mi cena de despedida, en la que me regalaron la maqueta del castillo. Han pasado diez años y el grupo ha crecido: hay más parejas e incluso niños. Reímos, contamos anécdotas, compartimos momentos de nuestras vidas, recorrimos la mesa con la mirada y encontramos esos invisibles lazos que siempre nos unirán. Tiramos de ellos y recordamos ese instante en que nuestros destinos se cruzaron por primera vez.

Fue un intenso fin de semana en el que poco dormí y que, en vez de agotarme, me dejó una olvidada sensación de plenitud. Diez años después, volví a coger un avión con destino a Francia. Esta vez no tenía un billete de simple ida, sino uno de vuelta. Regresé a Lyon con las maletas llenas de una renovada fe en la amistad, de nuevos recuerdos que se añaden a una extensa lista, de sensaciones recuperadas, de una energía que solo se obtiene en el lugar donde fuimos felices, de momentos que me atan a mi tierra y hacen que nunca olvide de donde vengo. Seguiré echando los dados en un país extranjero, construyendo un castillo ya empezado, pero con la certeza de que nunca perderé todo lo que ya he ganado. 


domingo, 2 de julio de 2017

Reencuentros

Sus siluetas se recortan al fondo de la plaza y, aunque todavía son borrosas, ya sé quienes son. Ellos también me han reconocido desde lejos. Todos hemos cambiado: unos tienen más canas, otros menos pelo, alguno ha ganado más de un kilo y también hay quien lo ha perdido. Poco importa, porque volvemos a estar juntos y a abrazarnos después de tanto tiempo. Han pasado unos cuantos meses desde la última vez, pero la plaza y el ritual siguen siendo los mismos. Son mis amigos y siempre lo serán. Y aunque la distancia y el tiempo nos separen más de lo que nos guste, seguiremos viéndonos en el mismo lugar, con las mismas ganas de recuperar esos años que se perdieron por el camino de vuelta al momento en que nos conocimos.

A veces no sabemos qué hacer, o qué decir, después de tanto tiempo. Los primeros intercambios toman la forma de frases hechas y de utilización obligada. Cuando nos preguntamos cómo nos va y pensamos en los meses pasados desde el último reencuentro, resulta difícil resumirlos en una frase o en un relato que no sea largo o aburrido. La cena o la comida se interrumpirá con esas anécdotas, que actuarán como las pinceladas que, poco a poco, van componiendo un lienzo que nunca llegamos a ver en su totalidad. Cada uno ha tomado un camino distinto en la vida y, cuando ponemos sobre la mesa todos los mapas trazados, acabamos demostrando que cualquier opción es válida si somos capaces de aprender de ella.

A veces las comparaciones no son agradables, porque descubrimos quién ha tenido más suerte, quién ha encontrado más dificultades de las deseables, quién no ha avanzado tanto como le hubiera gustado, quién se ha pasado de frenada o quién se mantiene en una situación estable. Aunque sea un trámite obligado, a veces conviene obviarlo o dedicarle el menor tiempo posible. Si algo he aprendido en estas esporádicas reuniones, es a actuar como si no hubiera pasado más de una semana del último abrazo. No es difícil, porque cuando nos vemos todos en torno a la mesa, la memoria recupera la vitalidad perdida. Después de todo seguimos siendo los mismos y lo único que importa es volver a compartir un tiempo juntos. Y aunque rememoramos viejas anécdotas, comprendemos la necesidad de crear las nuevas, de vivir intensamente cada momento para convertirlo en una historia que recordaremos con una sonrisa y una copa de sangría.

Al final siempre llega la amarga despedida. Las horas pasan demasiado rápido y nos entristece no haber visto a los que esta vez no pudieron coincidir con nosotros. Con el paso de los años nos acostumbramos a estas fugaces citas, comprendemos su mecánica y la inutilidad de lamentarse por lo que no se puede cambiar. Así que nos abrazamos por penúltima vez, con una palmada en la espalda más sentida que unos momentos antes, y nos resistimos a decir adiós. Hasta luego, acabamos pronunciando, con la esperanza de que pase menos tiempo antes de volver a vernos.


A propósito de reencuentros y despedidas, recuerdo un curioso sueño en el que volvía de una visita a mi tierra. Estaba en el aeropuerto, mirando las pantallas en busca de mi vuelo, cuando algo llamó mi atención. Bajé la cabeza tras memorizar la puerta de embarque y me encontré con un amigo que no veía desde que me fui a Francia. Nos saludamos, sorprendidos. Mientras hablamos descubro que otro rostro familiar destaca entre la multitud. Me dirijo a él y, por el camino, una nueva mano me saluda. Al final nos juntamos una decena de viejos amigos. Eran compañeros del instituto, o de la carrera, y muchos no se conocían entre ellos. Decidimos aprovechar el tiempo de espera para tomar un café y ponernos al día. Comprobamos que todos habíamos seguido caminos paralelos y cada uno, arrastrado por la misma crisis, trabajaba en un país distinto. Habíamos vuelto a casa para reencontrar a familiares y amigos y coincidíamos en el viaje de vuelta a la rutina. Intercambiamos anécdotas y nos sentimos identificados con situaciones similares. Pero apenas una hora después, tuvimos que despedirnos para no perder nuestros respectivos vuelos. Lo hicimos con tristeza, conscientes de la dificultad de revivir algo parecido. Nuestros destinos estaban demasiado alejados y lo más probable es que nunca nos volviéramos a ver. Ello no impidió que nos abrazáramos con la confianza en un nuevo encuentro. Hasta luego, amigos. Hasta que la vida vuelva a cruzar nuestros caminos. 

domingo, 2 de abril de 2017

Contacto humano

De buenas a primeras no nos caen bien, reconozcámoslo. Solemos tener una deformada imagen de nuestros vecinos franceses y ellos nos ven con los mismos maliciosos ojos. Además, los encuentros deportivos (como el amistoso de fútbol de esta semana) sacan siempre a relucir viejas rencillas: es la excusa perfecta para airear rivalidades que habitualmente escondemos de forma diplomática. Contra todo pronóstico, en los más de siete años que llevo viviendo en las Galias, he hecho buenas migas con muchos franceses. Son las excepciones que confirman la regla. Aunque si hay tantas, tal vez signifique que la regla no exista y los prejuicios sólo sean una imagen impuesta.

Mi primer contacto con ellos no pudo ser mejor. Tuve la suerte de ser acogido en una familia que me recibió con los brazos abiertos. La confianza fue mutua y no necesité mucho tiempo para desmontar los trillados tópicos que muestran a nuestros vecinos como fríos, cerrados, estirados o antipáticos. Inevitablemente aparecieron esos lugares comunes que todos conocemos y que ellos utilizaron para lanzarme pequeñas púas y divertirse con mi reacción. Era su manera de salpimentar la convivencia y prevenir una aburrida rutina. Aquellas confrontaciones eran lógicas: yo estaba conociendo una nueva cultura y el reflejo inicial fue compararla con la mía, con las referencias que, desde la más temprana edad, forman parte de mí. En el trabajo también pude contar con simpáticos compañeros que me permitieron enterrar los pocos prejuicios que aún me quedaban, aunque también les gustara jugar con ellos e incitar el enfrentamiento irónico.

En ese contexto aprendí una costumbre francesa que cambia la fría imagen que tenemos de nuestros vecinos: se dan dos besos o un apretón de manos cuando se saludan. Todos los días. Lo que más me costó asimilar de este hábito es que se repite cada día en el trabajo, aunque veamos regularmente a nuestros compañeros. De todas maneras, quienes peor llevan la adaptación a esta rutina son ellas. A los hombres nos basta con un apretón de manos entre nosotros, pero ellas tienen que besar a todos (y a todas). Al menos cuando falta confianza (en un primer encuentro, entre puestos de distinto rango o trabajadores de diferentes empresas) se recurre al apretón de manos. Una amiga española me contó lo extraño que le resultaba ver a su jefe acercándole la mejilla cada vez que la veía por primera vez en un día. Al principio no supo qué hacer, hasta que vio cómo se besaban sus compañeros y no le quedó más remedio que arrimar su cara. En mi caso, llegué a pensar que se trataba de una práctica puntual en pequeñas empresas donde los empleados forman una especie de familia. No deja de ser una actitud inesperada en el trabajo, donde las relaciones suelen ser más frías (y más tensas) que en el ámbito personal, como cada vez que el dinero se mete de por medio y los intereses económicos reemplazan a los humanos.

Este corriente gesto se llama la "bise" en francés y se traduce en dos besos (mua, mua), aunque en ciertas regiones se dan tres o cuatro cada vez. Así llegamos a situaciones un tanto incómodas, pues no sólo nos preguntamos cuántos besos hay que dar, sino por qué lado empezar (cuestión vital si queremos evitar indeseados encuentros de labios), si damos un verdadero beso o nos contentamos con un simple beso en el aire. Todo dependerá de la confianza que tengamos con la otra persona y hasta de la jerarquía social, como sucede en el trabajo. De hecho la "bise" también se utiliza para definir distintos grados de proximidad dentro de un grupo de amistades. Me refiero a los besos entre hombres, ya que ellas no tienen manera de hacer esa distinción. En España se dan entre hombres de una misma familia, pero en Francia los besos también atañen a amigos muy cercanos. Que me haya acostumbrado a este hábito no significa que no me sienta extraño al ver cómo algunos se besan y otros se dan la mano dentro de un grupo de amigos, materializando una innecesaria exclusión.


Al final yo también tengo amigos gabachos a los que les hago la "bise". Aunque me he adaptado a esta costumbre tan francesa, yo me quedo con el español abrazo de toda la vida. Si es un gesto difícil de ver entre galos (demasiado contacto físico para ellos), no le hacen ascos a una buena palmada en la espalda, de esas que nos devuelven la confianza en nosotros mismos cuando andamos bajos de moral. Nada mejor que sentir a alguien entre nuestros brazos para recordarnos que en esta vida lo más importante es el contacto humano.  

domingo, 16 de octubre de 2016

Visitas

Hay muchas formas de viajar que no implican un movimiento físico. Viajamos cuando leemos un libro que nos transporta lejos, vemos una película que nos muestra lugares distantes, escuchamos una música desconocida o probamos un plato extranjero. Viajamos cuando algo cambia en nuestro interior. Muchos de los viajes que recuerdo con cariño se producen cuando recibo alguna visita, uno de los grandes placeres de todo expatriado. Entonces la ciudad en que resido, que la vida cotidiana suele despojar de su verdadero interés, cambia por completo. La redescubro a través de los ojos de familiares y amigos. Me sorprendo al apreciar cosas que había pasado por alto y compruebo cuán especial es cualquier rincón del mundo, por anodino que a simple vista pueda parecer.

Las personas son, sin excepción, lo que más echamos de menos. Cuando llegamos a una nueva ciudad no tardamos en vender sus encantos a nuestros seres queridos. Intentamos atraerles, motivarles para realizar un siempre estimulante viaje, tenerles durante unos días a nuestro lado y mostrarles lo que tanto nos ha cautivado en el lejano lugar en que vivimos. Les decimos dónde tienen una segunda casa y hasta les enseñamos fotos de la habitación para invitados. Pero el tiempo pasa, añoramos su compañía y vemos cómo esas esperadas visitas tardan en llegar. Unos vendrán antes que otros, pues hacer un viaje no siempre es fácil y encontrar el tiempo y el dinero necesarios costará más de lo previsto. El momento acabará llegando, al fin les veremos en un contexto al que no están acostumbrados y nos sentiremos halagados por ser la meta de un largo periplo.

Nuestro propio viaje habrá empezado, aunque el lugar en que nos encontremos no haya cambiado. Impulsados por su curiosidad y ganas de visitar nuevos sitios, buscaremos barrios que nosotros tampoco conozcamos, sin dejar de mostrarles los rincones más turísticos y los que han dejado un mejor recuerdo en nuestra memoria. Iremos a nuevos restaurantes para degustar la comida local y nos haremos fotos frente a monumentos que diariamente vemos. Nos esforzaremos para que esos instantes sean inolvidables, incluso si cualquier visita nos recuerda que poco importa el lugar en que nos encontremos o los complicados planes que hagamos, porque lo principal es siempre la compañía que tengamos. Al final esa ansiada visita pasará mucho más rápido de lo que deseamos, como todo lo que se espera con ilusión y se disfruta con pasión.

Y cuando ellos se van, vemos las cosas de otra manera, como si una nueva luz lo bañara todo y cambiara el color de lo que ya conocemos. Aunque ese efecto no dure todo el tiempo que nos gustaría, siempre podremos buscar entre nuestros recuerdos y revivir el momento que lo cambió todo. También es un principio válido para quien no ha tenido la oportunidad de vivir en una ciudad distinta de la que le vio nacer. La presencia de un extranjero ayuda a recuperar el interés hacia todo lo que nunca nos hemos cuestionado porque siempre ha formado parte de nuestro paisaje. Un turista hace una foto y giramos instintivamente la cabeza para ver cuál es el centro de su interés. Así es como yo mismo he mostrado a mis amigos franceses detalles de sus ciudades que incluso ellos desconocían, transmitiéndoles una curiosidad que creían haber perdido.

Yo también he visitado a más de un emigrante, pues es una de las ventajas de tener amigos perdidos por el mundo. Es la oportunidad de conocer nuevas ciudades desde dentro e ir más allá de una superficial guía de viajes para coger la mano de quien las vive día a día. Son momentos intensos, que juntan las ganas de ver a un ser querido y de recuperar el tiempo perdido con las de comprobar cómo es su vida cotidiana, visitar un lugar desconocido y aprender cuanto podamos de él.

Hay mucha gente que visita con frecuencia nuevos países, pero que en realidad nunca viaja. Son personas que no se impregnan lo suficiente de los lugares que recorren, no aprenden de ellos y no respiran su atmósfera. Si su mentalidad no cambia, si no empatizan con lo que ven, la vuelta a sus casas se convierte en un acto de rutina que no les aporta nada nuevo. Viajar supone cambiar los ojos con que habitualmente vemos el mundo. Y esos viajes son los que más me gustan, pues no necesitan ni muchos preparativos, ni mucho dinero y los podemos emprender en cualquier momento. Sólo requieren la voluntad de ver las cosas de otra manera. 

domingo, 17 de julio de 2016

Donde no pude estar

Solemos olvidar lo que un día fuimos incapaces de hacer, lo que nos obligaron a dejar atrás, lo que tuvimos que rechazar o lo que, por una u otra razón, se alejó irremediablemente de nuestro camino. Tal vez sea mejor así, pero no significa que esos recuerdos no estén ahí, en un apartado rincón de nuestra memoria. No podemos evitar que ciertos fantasmas vengan a visitarnos, a recordarnos lo que pudimos hacer y no hicimos, lo que pudimos ser y no fuimos. Vivir en el extranjero abre muchas puertas, pero también cierra otras, ésas que quedan en la tierra que nos vio nacer. Y aunque intentemos volver regularmente, seguiremos perdiéndonos cada vez más cosas, ausentándonos del lado de la gente que nos importa, sobre todo en esos días especiales que marcan una vida, en que recordamos a quienes estuvieron y olvidamos a quienes quisieron estar, y no pudieron.

Solemos consolarnos y decir que estaremos a su lado en las próximas navidades, en su cumpleaños o en su boda, pero el tiempo pasa, la lista de cosas pendientes se alarga y nos damos cuenta de que, muy a nuestro pesar, no puede llover a gusto de todos. Sin embargo, intentamos no tirar la lista a la papelera, mirarla de vez en cuando y estudiar cómo recuperar lo que un día perdimos. A veces no es posible, pero procuramos que la frustración no nos impida añadir nuevas cosas a la lista, guardando siempre la esperanza de hacerlas realidad. Más allá de las buenas intenciones, será difícil evitar que las obligaciones nos aten y que muchas resoluciones sean al final abandonadas.

En mi personal lista de eventos donde no pude estar figuran muchas bodas de gente querida, pero eso no evita que tenga presente a esas personas especiales. Una vida entre tres países obliga a partir el tiempo libre en pedazos tan pequeños que no dan mucho de sí, y cuando la celebración tiene lugar en una nación distinta, las complicaciones se multiplican. Hace un tiempo me perdí una boda en Grecia, el año pasado fueron una en Polonia y otra en Murcia y este año han sido una en Holanda y otra en Elche. Esta última tuvo lugar ayer, precisamente, y el novio es otro emigrante español cuya historia merece ser contada.

Se llama José Miguel, Josemi para los amigos, y nos conocimos en Alicante, entre escuadras y cartabones. Hace ya más de cinco años, antes de acabar su proyecto final de carrera, decidió venir a Dijon para visitarme y ver de primera mano cómo era la vida de un emigrante, más allá del mundo feliz del estudiante Erasmus y de imágenes deformadas. Sabía que la arquitectura en España no tenía futuro y quería estudiar todas las posibilidades a su alcance. Le hablé de mi experiencia, le dije que al principio no fue fácil, pero salir de España se ha convertido en la mejor decisión que he tomado en mi vida. El caso es que le gustó lo que vio y cuando volvió a su casa supo que su carrera profesional se hallaba en el extranjero.

Le ofrecí toda mi ayuda, pero no sabía francés y se decidió por otro país. Dominaba el inglés y tenía un amigo en Bélgica que podía alojarle hasta que encontrara un trabajo, aunque pronto comprendió que allí las puertas se cierran a los que no hablan holandés. Los comienzos fueron duros para Josemi, pero nunca se dio por vencido y quiso coger nuevas cartas para intentar conseguir una mano ganadora. Empezó a estudiar holandés y, poco a poco, encontró su camino, donde estaba Sandra, una estupenda chica mexicana a la que ayer dijo sí quiero. Ahora trabaja en un estudio de arquitectura, tiene su residencia habitual en Amberes, junto con Sandra, pero en realidad vive entre tres países. Y cuando una de esas naciones se encuentra en otro continente, significa ajustar aún más las tuercas que complican la vida, pero también la hacen más interesante.

La última vez que vimos a Josemi y a Sandra fue cuando pasaron por Lyon. Ni ellos pudieron venir a nuestra boda, ni nosotros a la suya, pero sabemos que volveremos a reunirnos, incluso si no podemos decir cuándo. Tal vez Josemi sea una de las personas que más se pueda identificar con este blog, pues nuestras historias son paralelas y de vez en cuando se encuentran. Sólo me queda quitarme el sombrero ante quien ha conseguido tanto, luchando con uñas y dientes, desearle lo mejor en esta nueva etapa y decirle que todavía estamos lejos, pero un día nos veremos en la tierra donde nos conocimos y brindaremos por las vidas difíciles, que rompen fronteras y unen países.

domingo, 26 de junio de 2016

Abriendo el camino (III) : Una aventura personal

Aplastados por el peso de un trabajo demasiado presente en nuestras vidas, cegados por una profesión que utiliza la máscara de una pasión para invadir nuestro mundo personal, a veces olvidamos qué es lo más importante. Ignoramos los detalles capaces de justificar una existencia. Pasamos por alto las pistas que deberían guiar nuestro camino. A veces privilegiamos el éxito profesional y relegamos a un segundo plano lo más valioso que podemos encontrar: las personas que salen a nuestro paso y nos acompañan durante más o menos tiempo. Más allá de mi experiencia laboral en el extranjero, me quedo con una emocionante aventura personal que está lejos de acabar.

Cuando la beca "Eurodisea" me llevó a Dijon, lo hizo incluyendo el alojamiento, algo que facilita mucho la vida cuando no se conoce nada ni a nadie en el lugar al que se viaja. Tuve dos opciones: una residencia de estudiantes o una familia de acogida, aunque la elección no parecía ser una posibilidad. Yo prefería una residencia, pues buscaba libertad y empezar esta nueva etapa desde cero: quería demostrarme a mí mismo que podía desenvolverme solo. Durante mis estudios estuve en un colegio mayor y compartí piso, así que esta vez me apetecía cambiar. No quería depender de una familia desconocida ni plegarme a sus horarios y costumbres.

Como si el destino hubiera escuchado mis deseos y conspirado en mi contra, la beca me impuso una familia de acogida. Tras aceptar a regañadientes y conocer a mis anfitriones, comprendí cuán lejos mis prejuicios estaban de la realidad. Me encontré con una familia amable y simpática que me acogió calurosamente y me trató como a un hijo más. Con un carácter más que abierto, me facilitaron una inmersión total en la cultura francesa: no dudaron en corregir mi errores al hablar, en mostrarme sus lugares preferidos, en cocinar las especialidades locales y hacerme probar los vinos de los que más orgullosos estaban. Conviví con ellos durante casi ocho meses y continuamos manteniendo una buena relación cuando me fui a compartir piso con un amigo y cuando, un año después, me independicé finalmente y alquilé mi propio apartamento. Se convirtieron en mi familia francesa y siempre han estado ahí para todo lo que he necesitado.

La beca incluía igualmente un curso intensivo de francés durante un mes. Además de repasar las claves de la gramática, aprendimos todas aquellas palabras y expresiones que no figuran en ningún libro, pero que forman parte del argot la vida cotidiana. Y, por encima de todo, los becados formamos un grupo muy majo, que se convirtió en inseparable y al que nuestra profesora no dudó en unirse. Españoles, portugueses y rumanos, unidos por una misma situación, compartimos sentimientos similares, disfrutamos de una experiencia única e intensa, descubrimos juntos un nuevo país y nos abrimos paso en un complicado mundo laboral.

En lo que a trabajo se refiere, tuve la suerte de contar con simpáticos compañeros que se convirtieron en amigos y que continuaron guiándome en mi aventura francesa. Siempre me implico con intensidad en cada proyecto que realizo, empujándome a integrar en mi vida personal a quien encuentro por un motivo laboral. Como ejemplo, mientras trabajaba en el proyecto y dirección de obra de un crematorio, conocí a la familia de pompas fúnebres que ocuparía el edificio una vez acabado. A pesar del respeto inicial que me provocaba aquella profesión, descubrí a un equipo joven que me enseñó cuán humano y apasionante es su trabajo (sí, estoy hablando de una funeraria). Acabé haciéndome amigo del director del crematorio, que hasta fue testigo en mi propia boda.

Y así es como he ido aprovechando cualquier posibilidad que la vida me ha ofrecido para crecer personalmente y convertir cada encuentro en una buena historia que compartir. Me he dejado llevar, sin lógica aparente, por lo que de verdad importa. Si buscásemos la razón por la que dejamos al amor dirigir nuestras vidas, pronto nos rendiríamos. Guiado por el más irracional de los sentimientos, hace dos años dejé mi trabajo en Dijon para cambiar de ciudad, empezar un nuevo camino y llegar a otra fiesta empezada, de la mano de quien conoce al anfitrión. En Lyon encontré trabajo en otro estudio de arquitectura, demostrándome que siempre hay oportunidades para quien sabe buscarlas. Y aquí sigo, con la única seguridad de no saber a donde me lleva el camino.

Singapur, 02/05/2015

Cuando abrimos los ojos, parpadeamos y, perplejos, nos preguntamos si seguimos soñando, significa que hemos llegado en el momento justo, al lugar indicado.

domingo, 10 de abril de 2016

Hijos de emigrantes

Nunca sabemos cuándo la vida va a sorprendernos. Cuando somos testigos de uno de esos momentos inesperados nos echamos hacia atrás con un gesto de incredulidad, preguntándonos qué se esconde tras esa extraña coincidencia o si somos nosotros quienes provocamos lo que no somos capaces de entender. Hace año y medio me incorporé al equipo de dirección de obra de un museo de Lyon. Entre mis nuevos compañeros se encontraba un tipo simpático que no sólo tenía un apellido español, sino que conocía mi ciudad natal y tenía a parte de su familia en Guadalupe, una pedanía de Murcia. No tardamos en hacernos amigos y, aunque él nació en Lyon y es francés, a veces conversamos como dos murcianos separados únicamente por una generación de emigrantes.

La historia de la emigración española es cíclica y se repetirá mientras nuestro nivel de vida sea visiblemente inferior al de nuestros vecinos europeos, diferencia que nuestro anterior gobierno se empeñó en acrecentar con sus políticas de los últimos años. La desigualdad es mayor que nunca, así como las razones por las que partir. Antes iban a Alemania, Suiza o América Latina y ahora los destinos son más diversos. Más de la mitad de los españoles residentes en el extranjero no han nacido en España, según el Instituto Nacional de Estadística, y esos datos no tienen en cuenta todos aquellos hijos de emigrantes que, como mi amigo, tienen la nacionalidad del país en que nacieron.

Él sólo ha estado en Murcia de vacaciones, pero recuerda con cariño los veranos de su infancia, las cálidas aguas del Mar Menor o los paseos entre los naranjos. Por sus venas corre sangre española y no es difícil darse cuenta, pues su carácter abierto, amable y jovial le delata. Desde que sus padres murieron ha perdido la buena costumbre de hablar español, los encuentros con sus hermanos son cada vez más esporádicos y entre ellos les resulta más fácil utilizar el francés, sobre todo porque sus hijos y sobrinos sólo hablan en esa lengua.

Una vez, hablando del curso de la vida, me dijo que cuando tenemos hijos acabamos dejándonos llevar por ellos y llegando a donde ellos nos llevan. Tal vez sus padres pensaran trabajar en Francia hasta jubilarse y pasar el ocaso de sus vidas bajo el sol murciano que les vio nacer, pero su camino se torció cuando menos lo esperaban: tras la repentina muerte de su padre, su madre decidió quedarse en Francia. Sus hijos estaban allí y se acabó resignando a volver a Murcia un verano cada dos años, obligando así a su familia a conocer la tierra de la que proceden. Mi amigo tiene dos hijos y también ha podido comprobar cómo ellos han acabado guiando su vida. Aunque les haya enseñado español, ya no lo hablan en casa y a él cada vez le cuesta más expresarse en esa hermosa lengua que sus padres le dejaron como la herencia más preciada.

Hace unas semanas mi amigo me llamó para contarme el penúltimo capítulo de esta historia, el más insólito o el más coherente, según cómo se mire. Su hija, atraída por una lengua que le gusta y tiene en los genes, está estudiando filología hispánica, en septiembre cursará una beca Erasmus y ha elegido Murcia para vivir esa experiencia. Su padre acudió a mí para encontrar un buen alojamiento y facilitarle las cosas. Colgué el teléfono con una sonrisa, pensando en cómo la vida se reconduce para cerrar un ciclo que siempre se repite. La sangre de los padres de mi amigo, tras haber emprendido una larga aventura, volverá al lugar del que un día salió. Su nieta pisará la tierra a la que sus abuelos nunca pudieron regresar, la descubrirá durante unos meses y quién sabe lo que sucederá después. Tal vez decida acabar su carrera allí e instalarse indefinidamente. Tal vez no esté preparada, vuelva a Lyon y deje que otra generación cierre el ciclo que la vida ya ha abierto. El futuro estará sólo en sus manos, pues aunque la vida marque las tendencias que invisiblemente nos guían, la elección siempre es posible y todavía podemos ser libres.

A veces veo a mi amigo como si se tratara de una imagen de mi propio futuro. Entonces pienso en mi hijo e intento imaginar lo que tiene preparado para mí. Me recorre un escalofrío cuando siento la incertidumbre de los próximos años y la ausencia de certezas, que tampoco he tenido en otras situaciones de mi vida. En momentos como éste viene a mi cabeza una filosofía que me acompaña desde que hace seis años y medio dejara mi país: lo mejor siempre está por llegar.

domingo, 27 de marzo de 2016

Amigos para siempre


Entraron en nuestra vida hace tanto tiempo que nos cuesta recordar. Lo hicieron de forma discreta o fortuita y se quedaron para siempre. Nos conocen mejor que nadie y un simple gesto les basta para saber cómo nos sentimos. Aun cuando hace tiempo que no los vemos, tenemos la certeza de que siempre están ahí, dispuestos a ayudarnos en cualquier momento, y nunca nos equivocaremos si vamos a ellos en busca de consejo. Hablo de los amigos de verdad, ésos que nos cuesta tanto dejar atrás por miedo a no encontrar otros allá a donde vayamos.

Al llegar a un país extranjero no nos será difícil hacer nuevos amigos, sobre todo si venimos gracias a un programa de estudios. Seguramente serán de varias nacionalidades, se hallarán en la misma situación que nosotros y al cabo de pocas semanas tendremos la impresión de conocerlos desde siempre. En un país ajeno las experiencias son más intensas, vivimos más cosas en menos tiempo y nos resulta muy fácil abrirnos y empatizar con alguien. Esos nuevos lazos hacen más difícil la despedida, que tarde o temprano acaba llegando, y forman parte del efecto erasmus, ese estado transitorio que asumimos cuando llegamos y del que tanto nos costará desprendernos.

Casi sin darnos cuenta nos encontraremos con un trabajo, pero no todos podrán o querrán hacer lo mismo y las fiestas de despedida se convertirán en una agridulce rutina. Una vez echada el ancla, desde nuestra estable atalaya será más fácil ver la gente pasar. Aunque el dolor de las amistades a distancia será mitigado por las redes sociales, no podremos evitar salir al encuentro de nuevos "erasmus" que sigan guardando la frescura y el estado de ánimo que tanto necesitamos. Haremos nuevos amigos y compartiremos nuevos momentos que acabarán pasando. Tras unos meses ellos también se irán, el espejismo desaparecerá y nosotros repetiremos el ciclo de las nuevas amistades pasajeras, de las relaciones más o menos íntimas con fecha de caducidad. Tendremos un amigo en cada país, pero nadie a nuestro lado que nos abrace sinceramente. Acabaremos preguntándonos si volveremos a hacer nuevos amigos para siempre, como esos que nos siguen esperando fielmente en nuestro país y que nos reciben con los brazos abiertos cada vez que les visitamos.

Un día me cansé y decidí no volver a hacer amigos erasmus. Seguiría de una vez el consejo de mi padre, que siempre intentaba convencerme para que fuera con franceses y me integrara del todo. Hice buenos amigos que todavía hoy conservo, pero no fue nada fácil, pues algunos franceses ponen frente a ellos un muro imposible de franquear sin ayuda. Acababa de cumplir un año en Dijon y pensaba que nunca volvería a tener amigos como los que había dejado en España cuando mi compañero de piso encontró a un granadino que se volvería a su ciudad en cuatro meses y que no conocía a mucha gente, pues sus amigos, como los nuestros, también se habían ido. A pesar de mi reticencia por conocer a alguien que estuviera de paso, acabamos quedando con él. Tal vez fuera gracias al abierto carácter del sur que ambos compartíamos, pero en poco tiempo congeniamos y nos convertimos en buenos amigos, algo que nunca habría sucedido con un francés. Su despedida fue triste a pesar de haber sido anunciada, él se convirtió en un nombre que alarga mi lista de amigos de facebook y yo volví a mi eterna búsqueda de otra amistad que valiera la pena guardar.

Unos meses después me anunció que un amigo suyo de Granada venía a Dijon y me pidió que le ayudara en lo que pudiera. Él también se iría, pero como nunca se puede negar un favor a un amigo, acepté el reto. En poco tiempo la historia volvió a repetirse y nos hicimos grandes amigos. Estuvo un año en Dijon y compartimos momentos que condicionarían el resto de mi vida y harían aún más difícil su despedida. Uno de esos instantes fue una cena que dio en su casa, donde las nacionalidades volvieron a mezclarse de la forma más natural posible: un italiano, un austríaco, una alemana, dos franceses, una yanqui, una rumana y dos españoles. Nunca olvidaré cuando empecé a hablar con aquella misteriosa chica rumana que no sólo conocía mi ciudad natal, sino que ya había estado en ella. En ese momento desaparecieron todas las dudas e inseguridades y ambos nos dimos cuenta del tiempo que habíamos estado esperando aquel encuentro. Cuando la miré a los ojos supe que estaba ante la compañera de viaje que tanto había buscado, con la que me casaría tres años después y tendría un hijo. Desde entonces nunca rechazo a quien el azar pone en mi camino.

domingo, 13 de marzo de 2016

Pseudotapeo

Los mejores momentos de la vida son los que pasamos con los nuestros, en buena compañía. Se nos ilumina la cara cada vez que echamos la vista atrás para no olvidar una de esas ocasiones. Nos acordamos de quienes estaban con nosotros, sus gestos y comentarios, las anécdotas que se produjeron o dieron lugar a aquel encuentro. Como las personas y las acciones son lo más importante, solemos obviar los lugares en que suceden. Muchos de esos momentos inolvidables tienen lugar en terrenos neutrales donde dejamos atrás los problemas y aprovechamos cualquier excusa para disfrutar con los nuestros: se trata de los bares, cafeterías o restaurantes que pueblan nuestra memoria colectiva y que son tan difíciles de encontrar en un país ajeno.

Sobre un muro decorado con azulejos blancos y azules descansa la barra de acero inoxidable, estaño, mármol o madera. Las raciones de tortilla, ensaladilla rusa, boquerones en vinagre, migas o pulpo siempre están visibles al lado del surtidor de cerveza. Junto a la gran máquina de café, un jamón escondido tras un trapo espera ser cortado mientras otros tantos cuelgan del techo. En los lugares más selectos encontraremos la bufanda del equipo local colgada en la pared del fondo, junto a fotos firmadas por la alineación al completo, o el cartel de una memorable corrida de toros. Nunca esperé encontrar algo parecido en Francia, pero menos aún la pregunta de un amigo francés mientras buscábamos un bar para tomar algo: ¿uno para comer o para beber?

Habían pasado las siete de la tarde y, tras una intensa jornada de trabajo, no podía concebir un bar donde no sirvieran unas simples patatas fritas, cacahuetes o aceitunas acompañando una cerveza. Esto no es España, me decía mi risueño amigo, que había estado en Madrid y sabía lo que se pasaba por mi cabeza mientras mi estómago rugía ante la perspectiva de no comer nada hasta la cena. Era la hora del "apéro", una ineludible institución en Francia que consiste en beber algo a las siete de la tarde, después del trabajo y justo antes de cenar. La idea es buena y no tardé en asimilarla como una costumbre más. Al fin y al cabo en España hacemos lo mismo aunque no le pongamos un nombre y un horario tan específico. Pero a diferencia de nuestro país, en los auténticos "bares" franceses no encontraremos nada de comer salvo alguna bolsa de patatas fritas si se nos ocurre pedirla. Muchos se llaman "bar à vin" y su claro nombre evita que nos hagamos falsas esperanzas. Tendremos que buscar más concienzudamente una brasserie o un restaurant ("resto" para los amigos) en los que se pueda cenar y, cómo no, tomar el apéro con algo consistente. Entonces nos pondrán una plancha de madera con un surtido de embutidos, quesos y pan que desaparecerá antes que nuestra copa de vino, pues aquí es la bebida nacional y cualquier francés nos dejará en ridículo si no tenemos mucha idea de los caldos locales.

Como España no queda tan lejos, son muchos los franceses que conocen bien nuestros bares, les gusta nuestro estilo de vida y no han dudado en aplicarlo a su tradicional apéro. Así que no es difícil encontrar en cualquier ciudad francesa un "bar à tapas" donde acompañar nuestra copa con una selección de pseudo-tapas. Las llamo así porque pretenden imitar nuestras clásicas raciones y se quedan en interpretaciones más o menos conseguidas. Aunque suelo desconfiar de estos sitios, pues muchos se aprovechan de la fama de nuestras tapas y sirven cualquier cosa, siempre da gusto acompañar una copa con un picoteo. Al final acabamos en un bar de estos y mi amigo me pasó la carta diciendo "elige tú, que eres español". Reconozco haberme ilusionado esperando encontrar alguno de esos sabores que tanto echo de menos, pero tras un vistazo rápido, devolví una mirada escéptica a mi amigo. Salvo el plato de jamón ibérico, resultaba difícil atribuir otra tapa a un bar español y las raciones valían dos o tres veces más que en nuestro país. Entonces sufrí un repentino ataque de nostalgia al recordar esos bares españoles de toda la vida donde te dan una tapa con cada caña, donde si tienes más hambre pides unos montaditos, una marinera o una ración de zarangollo, donde la sobremesa se alarga en buena compañía, donde sabes cuándo entras, pero nunca cuando sales. No tuve más remedio que alejar la morriña pensando que lo más importante no es eso, sino las personas que están a nuestro lado en cada momento, con las que brindamos, compartimos mesa, anécdotas y risas. Porque una vez acabada la tortilla o la pseudo-tapa de turno, la cara que tengamos en frente será la que se convierta en el verdadero recuerdo que siempre retendremos.    

domingo, 28 de febrero de 2016

Recuerdos talados

Cuando llegamos por primera vez a un lugar desconocido, buscamos, incluso sin darnos cuenta, guías que permitan orientarnos. Cuando nos hallamos en un terreno hostil, nos aferramos a cualquier detalle que entre en resonancia con alguna parte de nosotros mismos. La mayoría de las veces se trata de recuerdos de nuestra infancia, nuestra juventud o cualquier cosa que algún día significó algo para nosotros. Su presencia nos tranquiliza, la similitud con algo familiar nos da seguridad y, de pronto, nos sentimos con fuerzas renovadas para seguir caminando. Sin embargo, cuando una de esas referencias desaparece drásticamente, nos sentimos abandonados a nuestra suerte en un mundo difícil que no nos ayudará en nada.

Uno de esos amables recuerdos me acompaña desde mi adolescencia. Cada día, después de una jornada de instituto, regresaba a casa acompañado por un grupo de buenos amigos. El penúltimo tramo de ese recorrido atravesaba la avenida Alfonso X el Sabio, que los murcianos llamamos con cariño "Tontódromo" (donde nuestros abuelos paseaban para "tontear" y buscar pareja). A ambos lados del bulevar central, los imponentes árboles (preciosos plátanos de sombra) nos empequeñecían, nos protegían del calor en verano y nos cubrían con sus marrones hojas en otoño. Eran casi las tres de la tarde, en las mesas del Café Bar sólo quedaban los restos de su inconfundible ensaladilla rusa y a Sirvent llegaban los primeros en tomar el café de la tarde. La avenida estaba casi vacía, nada que ver con la marea humana que la invadirá cuando el mercadillo de navidad se instale bajo los árboles o cuando todos los bares saquen sus barras afuera el día del "Entierro de la Sardina". Si un bulevar está anclado en la memoria de los murcianos, es sin duda éste.

Cuando llegué a Lyon y empecé la ardua tarea de buscar piso, me llamó la atención la avenida Cours Lafayette, flanqueada por los mismos plátanos de sombra del Tontódromo murciano. En este caso la vía es más estrecha, no hay bulevar central y entre los árboles sólo pasan coches, pero el simple hecho de mirar sus hojas y pasear bajo su sombra me identificó con ellos y sacó de mi memoria un mundo feliz. Fue como cuando encontramos a un desconocido y tenemos la impresión de haberlo visto antes. Todavía no lo sabía, pero el piso que acabaría eligiendo se encontraría en aquella avenida y tendría la suerte de recorrerla varias veces al día. Una ciudad ajena para mí como entonces era Lyon, se convirtió fácilmente en un sitio familiar. Podría vivir allí y observar los plátanos de sombra desde las ventanas del salón o de mi habitación, olvidar por un momento que estaba en Francia, que podría volver a salir del instituto y regresar a la casa donde mis padres me esperaban con la mesa puesta.

Hace unas semanas hablé de globalización, transporte público, protestas necesarias y causas imparables. Pues bien, el otro día abrí una ventana de mi casa y me encontré con todo ello saltándome a la cara en forma de una casualidad que no era tal. Dos hombres, protegidos con cascos y armados con sendas sierras mecánicas se disponían a cortar las ramas superiores del árbol que se hallaba a escasos metros de mí. Pensé que se trataba de una poda rutinaria, pero el estupor no tardó en aparecer cuando vi que acabaron cortando el grueso tronco en varios tramos, ayudados por una grúa móvil. Indignado, salí a la calle y comprobé, aún más sorprendido, que todos los árboles de la avenida estaban marcados y esperaban a que les llegara su hora. Se trataba de la mejora de una importante línea de autobús. Como la vía no es muy ancha y los coches aparcados en doble fila entorpecen demasiado, habían decidido talar los árboles y crear dos carriles de bus, separados del resto de la calzada. Para tranquilizar a vecinos como yo, decían que compensarían la tala de cada plátano de sombra con la plantación de otros árboles que, por supuesto, serán mucho más pequeños, no llegarán a la ventana de mi cuarto piso y no estarán relacionados con ningún lugar de mi memoria. De pronto me sentí más vacío y desorientado. Cómo le explico ahora a mi hijo que ya no podrá oír los pájaros cantar desde casa, que al otro lado de la ventana de su habitación ningún filtro verde le separará del tráfico de la calle, que el sol del atardecer ya no se recortará entre los árboles (como en la fotografía que un día tomé y que encabeza este blog), que ya no verá pasar las estaciones a través de sus hojas y que no podrá jugar a buscar nidos entre las ramas. Eso sí, le diré que podrá coger un autobús que le dejará cinco minutos antes en el centro. A ver qué le parece.     

domingo, 31 de enero de 2016

Lo imparable

Aunque todo tenga un final, hay cosas que duran más tiempo del que en un principio hubiéramos imaginado. Conocidos que se convierten en grandes amigos, trabajos accidentales que pasan a ser indefinidos, relaciones pasajeras que acaban en boda, proyectos que se prolongan pidiéndonos más energía de la deseada, ideas que empiezan como una anécdota y terminan cobrando vida y teniendo personalidad propia. Empecé este blog describiéndolo como algo inevitable, pero con el tiempo ha pasado a ser algo imparable y sus historias le han dotado de una inercia que ya no puedo detener.

Si voy a seguir en esta aventura es en parte gracias a la comunidad lectora que imprevisiblemente ha surgido. Sé que una gran mayoría son seguidores incondicionales, pero también hay franceses que quieren conocer la impresión causada en un extranjero, españoles curiosos que buscan ir más allá de las historias felices de "españoles en el mundo" y, sobre todo, emigrantes que se hallan en la misma situación que yo y que, de una u otra manera, se sienten identificados. Cada semana repaso sorprendido la procedencia de los lectores para recorrer la geografía de la emigración española: Francia, Reino Unido, Irlanda, Bélgica, Italia, Alemania, Polonia, Estados Unidos, México, Panamá, Chile, Singapur e incluso Australia. No olvidemos que oficialmente somos más de dos millones de emigrantes y que una buena parte no figura en las estadísticas (yo mismo me inscribí en el censo de "españoles residentes en el extranjero" cuando ya llevaba cuatro años viviendo en Francia y lo hice sólo porque me vi obligado si quería casarme en el extranjero).

Hace poco soñé que me reencontraba con todos esos amigos que tengo perdidos en el mundo y que tan difícil me resulta volver a ver. Muchos de ellos también son arquitectos y coincidimos en un aeropuerto, terreno neutral donde los haya y punto de partida de nuestros divergentes caminos. Nos contamos las experiencias que la vida nos había deparado en cada destino y mientras hablábamos se unieron viejos amigos que también pasaban por allí. La conversación duró menos de lo que nos hubiera gustado, pues se acercó la hora de salida de nuestros aviones y cada uno volvió al país que le había llamado. Tal vez nos reencontremos en España algún día, en algún bar.

Me considero un exiliado más que un emigrante porque los motivos de mi partida, por encima de mi propia voluntad, fueron consecuencia de desafortunadas decisiones políticas. La incompetencia de nuestros gobernantes nos empujó a muchos a abandonar nuestro país no para hacer fortuna o por ánimo aventurero (como insisten en vender), sino para llevar una vida digna dedicándonos a una profesión en cuyo estudio empleamos mucho tiempo y esfuerzo y por la que un día nos prometieron un trabajo decente. Se trata de los mismos políticos que nos ponen mil obstáculos para votar desde el extranjero, sabiendo que nuestra opinión no les conviene. Se trata de los mismos políticos que se han olvidado de nosotros y no hacen nada para que volvamos, para recuperar unos trabajadores en los que han invertido dinero público en formar. Se trata de los mismos políticos que se vanaglorian de crear un empleo precario e insuficiente para hacernos volver.

Todo lo que cuento en este blog es real: son historias que he vivido en primera persona, aunque a veces los enredos de la vida las vuelvan difíciles de creer, y que describo sabiendo bien de lo que hablo. Son experiencias narradas en diagonal, que saltan la frontera entre Francia y España para enriquecerse del intercambio cultural. Son visiones formadas en los ojos de quien lleva ya más de seis años viviendo en el extranjero. Son opiniones respaldadas por el paso del tiempo.

Cuando empecé este blog me comprometí a escribir durante sólo tres meses porque un cambio importante había sido programado para enero. El cambio ya ha llegado y he aprendido una vez más que las cosas, sobre todo las más esperadas, nunca suceden como pensamos. Mi vida acaba de cambiar drásticamente (ya dedicaré un artículo a ello) y aunque ahora tenga menos tiempo para escribir, todavía tengo muchas historias que contar y ganas de continuar. Para celebrar estos tres meses he encontrado una foto tomada en Lyon que muestra los guiños que la vida nos da de vez en cuando. Una pequeña bocanada de aire para recobrar las fuerzas necesarias que nos permitan seguir adelante y no olvidar que debemos cuidar lo que hacemos, pues sus consecuencias son imparables.
.