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domingo, 31 de enero de 2021

Un mundo inabarcable

 Mientras preparamos el equipaje, nos vemos rodeados por más bártulos que de costumbre. Ya intuíamos que no iba a caber todo, así que no nos sorprende ver la pila de ropa de pequeño formato que queda por encajar. Cogeremos la maleta pequeña, esa naranja, con forma de tigre y ruedas, de la que puede tirar sin problemas y sobre la que se sienta cuando esperamos a embarcar en el avión.

 

Toca repetir la habitual ceremonia: distribuir el peso, utilizar la báscula para evitar sorpresas al facturar y comprobar que no olvidamos nada. No pueden faltar los juguetes para los momentos de descanso en el hotel o en el piso de alquiler, los cuadernos para dibujar y colorear durante las esperas en los restaurantes y lo necesario para llenar esos tiempos muertos que tan largos resultan a un niño pequeño. Porque, desde hace cinco años, él viaja con nosotros para descubrir nuevos lugares y también tiene que divertirse.

 

Cuanto antes asumamos que vivimos en un mundo inabarcable, antes disfrutaremos del viaje con nuestros hijos. Al igual que, en nuestra corta existencia, no podremos ir a todos los lugares, ni leer todos los libros, ni ver todas las películas, ni vivir todas las experiencias que nos gustaría. Cuando reconocemos nuestros límites, nos liberamos de ellos y podemos aprovechar plenamente el presente, sin frustraciones, admitiendo que nuestra acotada percepción no nos hace menos libres. Entonces podremos renunciar a los cargados viajes de otras épocas y seguir el ritmo de nuestro hijo para ver el mundo a través de sus ojos. Sin prisas. Sin más objetivo que disfrutar de cada instante como si fuera el último.

 

Hablo de mi propia experiencia, claro está. Mi hijo cogió un avión por primera vez con un mes y medio de edad y, desde entonces, no ha parado. En nuestro caso, el viaje es una auténtica necesidad. Como vivimos lejos de nuestras familias, nos vemos obligados a movernos con frecuencia para mantener fuertes los lazos que nos unen. A lo que sumamos pequeñas escapadas de placer, pues concebimos el viaje como una forma de vida: un aprendizaje que nos ayuda a entender cuál es nuestro lugar en el mundo. Desde que nació, hemos llevado a nuestro hijo a museos, exposiciones y cualquier lugar de interés. Él explora, se ve expuesto a incontables estímulos y reacciona ante ellos. Ese imprevisible resultado es el bagaje que acumula tras cada periplo, que le servirá para afirmarse como persona y le permitirá enfrentarse a encrucijadas futuras. Tal vez no recuerde los lugares visitados, pero ese mecanismo desarrollado le acompañará durante el resto de su vida.

 

Hace un tiempo descubrimos un documental que comparte estos mismos valores. Se llama “Hola, mundo” y cuenta las experiencias de una pareja que viaja con su hijo desde la más temprana edad. Narrado por Alejandro Sanz, se puede ver íntegramente en YouTube y es muy recomendable. Cuenta con las intervenciones de varios expertos (un neuropsicólogo, una pediatra, una bióloga y un psicólogo) que analizan las consecuencias de los viajes en el desarrollo del niño y desmontan los prejuicios de quienes no se atreven a exponer a su hijo a determinados riesgos, que no son tales. Cuando hablamos de viajes, no se trata de una simple escapada de fin de semana, sino de largas estancias en destinos muy distintos. Además, antes del nacimiento del niño, los padres ya abandonaron sus respectivas ocupaciones para viajar sin interrupciones y vivir del relato de sus aventuras, que podemos seguir en la estupenda web https://algoquerecordar.com/. Así que nos presentan una forma poco convencional de viajar. Incluso si su caso es muy extremo y difícilmente extrapolable, el documental no deja de ser interesante, sobre todo para quienes tenemos el viaje impreso, de un modo u otro, en nuestra genética.

 

Viajar es un intento más de abarcar un mundo inaprensible. Poco importa la edad que se tenga. Cuanto más viajamos, más ganas tenemos de seguir sometiéndonos a ese bombardeo de estímulos que abre nuevas puertas en nuestra mente. Espero que tanto la experiencia de Lucía, Rubén y Koke, como la mía propia, convenza a quienes todavía tengan reparos para viajar con niños pequeños y les anime a hacer las maletas cuando las condiciones sanitarias lo permitan.


domingo, 27 de septiembre de 2020

Con mascarillas y a lo loco

 Muchos necesitamos leer, escribir y viajar tanto como beber, comer y respirar. Son reflejos que no podemos controlar: simplemente están ahí y dependemos de ellos para sobrevivir. Por eso, por muchos obstáculos que aparezcan, seguiré cogiendo un avión (o lo que se tercie) cada vez que pueda. Y por eso dedico mi octava página de anécdotas viajeras a las dificultades que debemos afrontar si queremos movernos en estos tiempos de pandemia.

 

Acababan de reabrir las fronteras cuando, a principios de julio, cogí a mi hijo de la mano para que no olvidara de dónde viene su padre y, de rebote, él mismo. Confieso que algo de recelo experimenté al llegar al aeropuerto de Lyon: el recuerdo del confinamiento seguía presente y no sabía muy bien cómo volveríamos a viajar en esta rara época. Para mi sorpresa, exceptuando el uso de la mascarilla, el respeto de las normas sanitarias brillaba por su ausencia. En el fondo tampoco me sorprendía tanto, pues ya sabía cómo había sido la «desescalada» en Francia, mucho más brutal que en España, pues desde la reapertura de los restaurantes, todo volvió a ser más o menos como antes. En ninguna fila de espera se veía la famosa «distancia social». Y si nosotros la respetábamos, no tardábamos en sentir la presencia de la siguiente persona en la espalda... Igual daba que estuviéramos en el mostrador de facturación, en el control de seguridad o en la puerta de embarque. Por eso me sorprendió que, en este último lugar, alguien del aeropuerto gritara «antes de entrar en el avión, hay que respetar la distancia de seguridad». A mí me dio la risa floja, pues no entendía de qué podía servir entonces, justo antes de encerrarnos como sardinas en lata.

 

Ya en el avión, una vez pasado el control de temperatura y obviado la distancia, el embarque fue más fácil que de costumbre, al no llevar equipaje de mano, cuya facturación fue obligatoria (y gratuita). Lo difícil vino al aterrizar, cuando las azafatas recogieron los formularios de rigor (a los que ya dediqué mi anterior artículo) para devolverlos unos minutos más tarde, entre la confusión generalizada, porque cada pasajero debía presentar el suyo en el control sanitario del aeropuerto. Por aquel entonces el papelito ya había pasado por demasiadas manos, no había gel hidroalcohólico que lo desinfectara y el avión parecía el camarote de los hermanos Marx. No sé si el acento que tenía la azafata cuando hablaba francés influyó en algo, pero nadie entendió que el desembarco sería progresivo y los pasajeros debían permanecer sentados hasta que se les llamara, fila por fila, como si fuera la vuelta al cole. En cuanto el avión se paró, todos se levantaron a la vez: las prisas por salir ganaron a la aprensión por el virus. Y luego nos preguntamos por qué en esta segunda oleada los contagios suben como la espuma...

 

Tal vez influya que la «distancia de seguridad» cambie en cada país: un metro, uno y medio o dos. Si bien el virus es el mismo, la forma de enfrentarse a él cambia dependiendo de dónde nos encontremos. Además, las reglas varían de una semana a otra, lo cual aporta una sensación de descontrol que resta credibilidad. Y como este verano tuve la oportunidad, además, de ir a Grecia, también pude ver cómo se las gastan por allí. Para empezar, antes de viajar hay que rellenar un formulario por internet, a cambio del cual recibimos un código QR que mostrar a la policía en el aeropuerto, lo que me parece más apropiado que el papelito que va de mano en mano. Y no hay que tomárselo a guasa, pues la presencia policial hace que cualquier olvido cueste caro, como comprobamos cuando vimos que una pareja fue obligada a volver a Lyon porque no disponía del dichoso código. Después, en función de los países en donde hayamos estado antes, hacen el test de rigor, que nos exime de toda cuarentena si el resultado es negativo, tras recibirlo veinticuatro horas después.

 

Tras la animada llegada, pasamos las vacaciones sin contratiempos, hasta que, un día antes de volver, toco la frente de mi hijo... ¡Treinta y nueve grados! Todas las alarmas coronavíricas se dispararon en mi cabeza, seguro de perder el vuelo y permanecer atrapados en un país extranjero. Menos mal que, tras una noche difícil, la fiebre desapareció y todo quedó en un susto, en una simple insolación. Demasiadas visitas de ruinas bajo el sol... Así que al final pudimos volver a casa con las ganas de viajar intactas, con las pilas cargadas para seguir afrontando todo lo que estos extraños tiempos nos sigan deparando.

domingo, 26 de abril de 2020

Largo domingo de confinamiento

Acabamos aceptando las contradicciones como única forma de explicar la realidad. Admitiendo que la lógica es incapaz de dar coherencia al mundo. Rindiéndonos ante la paradoja como única certeza para justificar lo que escapa a la razón. Para explicar que nunca hayamos estado tan aislados y, a la vez, tan conectados. Esta crisis nos ha enseñado a normalizar lo que, hasta hace muy poco, habría sido impensable.

Nuestra situación es una gran metáfora de la sociedad contemporánea, cuyos dispositivos electrónicos y formas de comunicación convierten al contacto físico en algo prescindible. Como si el mundo le hubiera dado la razón, de un día para otro nos hemos visto encerrados en ese entorno individualizado. Y cuando el aislamiento nos fue impuesto, la tecnología se convirtió, para la mayoría, en la única forma de soportarlo. Nos separamos tanto, que la distancia parece ahora insalvable. Me pregunto si volveremos a ser como antes. Si, tras haber comprobado que casi todas nuestras necesidades pueden ser saciadas a distancia, volveremos a tolerar el contacto físico. Si el hecho de pisar la calle tendrá el mismo valor que antes o si, a pesar de poder reencontramos, seguiremos tan aislados como ahora, que rehuimos a quien se nos acerca. Imaginemos que esta pandemia nos hubiera pillado hace treinta años: sin teléfonos móviles, ordenadores, internet, ni la posibilidad de trabajar desde casa; con un teléfono fijo que se habría colapsado y cinco canales en la televisión. 

Así que no tenemos tantas razones para quejarnos como creemos. Al fin y al cabo, quedarse en casa no es tan terrible como parece. Aun cuando lo más duro vendrá después, una vez que el tsunami económico nos ahogue, estoy harto del discurso pesimista difundido en los medios y quiero romper una lanza a favor del optimismo, de las oportunidades que ahora se nos abren. Personalmente, tengo la suerte de poder trabajar a distancia. Aunque con mi hijo al lado resulta difícil y debo controlar que haga lo que le mandan desde el colegio, también puedo disfrutar más de él. Para evitar la monotonía, cada semana me impongo un desafío que superar: tanto profesional como personal. El fin de semana hago balance, renuevo retos o propongo otras metas. Y el domingo, tras superar la inercia de la semana, dejo que surja lo inesperado. 

Antes había más posibilidades, pero ahora pesa el lado malo de vivir en el extranjero. Las vídeo-llamadas no son nuevas para nosotros. Lo que cambia es la posibilidad de coger un avión para aparecer tras unas horas en el lugar que nos vio nacer. En lo que a mí respecta, esta crisis me ha impedido vivir las fiestas de mi querida Murcia y pisar una tierra que no veo desde hace seis meses. Si bien la experiencia me ha enseñado a no depender de estos efímeros viajes de retorno y a no contar los días que los preceden, siempre duele cuando los planes se cancelan. No conviene perder el tiempo pensando en lo que pudo ser y no fue, pero me entristece no saber cuándo será. Porque, con el proteccionismo que se avecina y el regreso de las fronteras, parece difícil volver a movernos libremente. Porque el domingo es cuando más cuesta ocupar el tiempo, cuando más pensamos en los encuentros con familia y amigos, en los aviones perdidos, en las vacaciones que no llegan y en los abrazos que no damos. Porque ya no somos dueños de nuestras vidas, sino esclavos de la salud, que podemos perder en cualquier momento, y del dinero, que perderemos con la crisis.

Por eso, para animarme, me quedo con el confinamiento de Caleb, Margaux y Léon, una familia que, en el puerto de Paimpol, en Bretaña, vive en un pequeño velero. Sueñan con la visión del horizonte, con el sonido del casco deslizándose sobre el agua, con las sacudidas de las olas, con el viento hinchando las velas y silbando en la jarcia, con atardeceres mágicos y con noches estrelladas. Extienden el brazo y hunden su mano en esa misma agua que no tardará en sacarles de su encierro. Sueñan que son libres y yo sueño con ellos.

domingo, 26 de mayo de 2019

Una de madres, padres e hijos

A veces celebramos que sin ciertas cosas la vida sería imposible. Suele ser una vez al año, obligados por una sociedad cada vez más consumista, ávida de ritos con que esclavizar a la creciente población. Si bien hoy toca felicitar a las madres, conviene refrescar unos cuantos principios antes de regalar lo que se tercie. 

No, no me he equivocado de fecha, pues en Francia el día de la madre se celebra el último domingo del mes de mayo. Es el momento en que pensamos en ellas y en su siempre infravalorada labor. Incluso la sociedad actual, que se acerca a grandes pasos a la igualdad, sigue ejerciendo una enorme presión sobre ellas, que hacen frente a las mismas exigencias laborales que sus compañeros masculinos, pero sin descuidar sus obligaciones como madres. Cuando se trata de los padres la presión es menor, porque, aunque hayamos cambiado, todavía arrastramos un modelo de familia tradicional. La verdadera igualdad no llegará hasta que los padres no asumamos todas nuestras responsabilidades y carguemos con la mitad del peso de la familia. 

Yo he afrontado el reto y reconozco que no es fácil, pues supone entrar en un mundo habitualmente femenino. Cuando voy a recoger a mi hijo, tanto antes en la guardería como ahora en el colegio, suelo estar rodeado de madres. Cuando busco ayuda en publicaciones de puericultura, descubro que la mayoría está dirigida a mujeres. Y si echamos mano a libros más antiguos, vemos que asignan a la mujer el cuidado exclusivo de los hijos, hasta que llegan a cierta edad. Los padres parecemos relegados a un segundo plano en el caso de la educación de los niños, y cuando intentamos equilibrar la balanza nos encontramos muy solos, con la cabeza llena de dudas, sobre todo cuando vivimos en el extranjero y no tenemos familiares cerca. Y es que la educación secundaria debería incluir una asignatura obligatoria que nos preparara a afrontar el reto de criar a un niño (o una niña) con solvencia. Resulta sorprendente que no recibamos formación alguna para uno de los trabajos más importantes que vayamos a desempeñar en nuestra vida. Y así nos va, dejando a los críos bajo el cuidado del todopoderoso internet, quejándonos cuando vemos que carecen de todo tipo de valores o educación. 

Y para darle la vuelta a la tortilla, me gustaría recordar que sin hijos no habría madres. Es decir, que sin políticas que incentiven la natalidad, el número de madres seguirá disminuyendo. La ausencia de ayudas estatales, los contratos precarios, la inestabilidad laboral y la pérdida de poder adquisitivo hace que nos lo pensemos más de una vez antes de traer un niño al mundo. De este modo, países como España e Italia sustentan las peores tasas de natalidad de Europa. Y encabezando la lista se encuentran Irlanda, Suecia, Reino Unido y Francia. En el país galo contamos con numerosas ayudas, que van desde los mil euros en el nacimiento hasta una mensualidad que se recibe durante toda la infancia del niño, adaptada al poder adquisitivo de cada familia. De momento España ha dado un gran paso con la prolongación de la baja por paternidad, pero el camino para evitar el crecimiento negativo sigue siendo largo. 

No es fácil ser madre, o padre, pero si dejáramos de intentar algo por el simple hecho de ser difícil, nunca haríamos nada. Se trata, en definitiva, de usar más el sentido común, no solo en la creación de nuevas políticas familiares, sino en las decisiones que tomamos en nuestro día a día. No hay que esperar a que los astros se alineen y nos encontremos con la mejor situación posible. Basta con que cambiemos nosotros, con que tomemos la iniciativa y hagamos caso a nuestro instinto, convencidos de nuestras capacidades. Y entonces veremos que esas condiciones perfectas que pensábamos inalcanzables (la utópica igualdad o las necesarias ayudas) acaban tomando forma, rendidas ante el peso de nuestro propio esfuerzo.

domingo, 27 de mayo de 2018

Confiando en el cambio

El optimismo, más que una actitud, significa percibir una esquiva confianza en el futuro y reconocer la esperanza que siempre nos acompaña, aunque a veces esté tan enterrada que cueste demasiado esfuerzo sacarla a la luz. Cuando somos capaces de traspasar una frontera para vivir en el extranjero y salir airosos del reto, sentimos que todo es posible, que una poderosa energía viene en nuestra ayuda cuando la llamamos de forma sincera y que pocas cosas se nos pueden resistir si nuestra voluntad es lo suficientemente firme. 

Esos momentos de lucidez y lucha son los que justifican una vida y nos convencen de que otro mundo es posible. Incluso si los medios solo difunden desoladoras noticias que nos muestran cómo, poco a poco, todo se va yendo a pique (los valores más importantes, el sentido común, el respeto...) frente al auge del materialismo (el consumismo, la corrupción, las distracciones adoctrinadoras...). Pero en lugar de pensar que lo esencial se está perdiendo para siempre, prefiero imaginar que lo sepultamos bajo una tierra que un día será removida. No por nosotros, que no tenemos el tiempo necesario para desmontar un sistema que se afianza de forma irremediable, sino por nuestros hijos, si confiamos lo suficiente en ellos y, sobre todo, les damos las herramientas que necesitan. Ya lo he dicho en alguna otra ocasión: la educación es la única arma que nos puede salvar. Por eso, además de tratar a mi hijo como el padre que quiere lo mejor para él, lo hago como el ciudadano que sueña con un mundo nuevo. El año que viene irá al colegio por primera vez y discrepo de quienes piensan que esta temprana edad es menos importante en su formación. Al contrario, creo que cada paso ayuda a alcanzar toda meta y que hasta los seis años de edad vivimos en una mágica etapa en que la sociedad todavía no nos ha contaminado y todo es posible. 

Solemos tomar como referencia la reputada docencia escandinava, reconocida por su calidad, pero olvidamos que cada nación tiene iniciativas dignas de alabanza. Vivir entre tres países me permite comparar distintos sistemas educativos, que determinarán el tipo de sociedad que tendremos mañana. Del rumano, por ejemplo, me quedo con una curiosa estrategia de incentivos. Premian a los mejores de cada clase o curso. Si bien las recompensas son diversas, vale la pena mencionar que no son materiales. Se trata de experiencias que aportan al alumno un tipo de formación que no puede obtener en una anodina clase, como viajes de estudio, campamentos en plena naturaleza o estancias en el extranjero. 

Si nos fijamos en Francia, destaca su curioso ritmo escolar, que ofrece a los alumnos dos semanas de vacaciones por cada dos meses de clases. Además, parte la semana lectiva en dos, con un miércoles libre que permite a los chavales hacer otras actividades. Si bien podríamos pensar que, con tanto tiempo libre, los franceses no pasan mucho tiempo en el colegio, en realidad el horario lectivo de un curso se encuentra entre los más elevados de la Unión Europea. Una jornada de educación primaria dura seis horas en Francia, en lugar de las cinco a las que estamos acostumbrados en nuestro país. Pero tiempo y calidad no tienen por qué aumentar de forma proporcional, de modo que las más de 900 horas que los alumnos pasan frente a una pizarra durante un curso en Francia contrastan con las 700 que pasan en Finlandia.

De vuelta a España, donde la carga lectiva es similar a la francesa, comprobamos que motivar a los alumnos con recompensas se consideraría discriminatorio. Asistimos con tristeza a una degradación continua de la educación, que año tras año baja su nivel con el único objetivo de evitar el fracaso escolar. En lugar de exigir a los peores alumnos un mayor esfuerzo, se cambia todo el sistema para que aprueben sin problema. Una salida fácil que no deja de solucionar el gran problema de nuestro país, el segundo de Europa con una mayor tasa de abandono escolar, solo superado por Malta. Así que me pregunto qué harán en el futuro esos chavales que pasan de curso sin estudiar, insultando a sus profesores y abusando de la impunidad del ignorante. ¿Qué tipo de sociedad estamos construyendo? En vez de concebir un puente que nos permita superar las dificultades, construimos un pozo del que cada vez nos cuesta más salir. Solo espero que ese abismo no ahogue los gritos de quienes pedimos ayuda y sabemos que otro mundo es posible si luchamos lo suficiente por él.

domingo, 4 de marzo de 2018

Siempre lejos

El tiempo se ha parado en un lejano e ilusorio lugar. Antes fue algo real: el mundo donde vivimos un día, durante una larga temporada. Nuestro país de origen, ése que acabamos dejando atrás y llevamos a cuestas desde que pusimos un pie fuera. Intentamos engañarnos, pensar que las agujas seguían girando y podíamos saber la hora si mirábamos el reloj. Pero todo quedó congelado y, cuando nos damos la vuelta para tocar una de las inamovibles figuras creadas por el frío, el hielo se agrieta y rompe en nuestras manos.

Cuando vivimos en un país extranjero y nos preguntan por nuestra tierra de origen, la evocamos tal y como era en el momento en que la dejamos. Obviamos que la ciudad y la nación de donde venimos forman parte de un mundo en constante evolución. Aunque nos cueste reconocerlo, o no lo consideremos como una posibilidad, el lugar que abandonamos ya no existe. Cuando pensamos en él, vemos una imagen idealizada. Es una realidad paralela en que creemos ciegamente y hasta soñamos que un día volveremos. Todo emigrante vive en una permanente comparación entre el mundo que descubre en su país de acogida y la irreal imagen de su tierra natal. Y cuanto más tiempo pasa lejos, más se desequilibra la balanza.

Esta diferencia fue flagrante durante la dictadura franquista. Quienes partieron de España en los años sesenta encontraron un país radicalmente distinto cuando regresaron en los ochenta, como pudimos ver en la película "Un Franco, 14 pesetas". Salvando las distancias con la actualidad, la reciente crisis económica ha afectado de diferente manera a cada nación y ha abierto una gran herida que llevará mucho tiempo curar. Las nuevas tecnologías, su rápida evolución y democratización también han contribuido a cambiar nuestro país. La forma en que nos relacionamos ahora no es la misma que antes. Cuando me fui, hace más de ocho años, no existían ni whatsapp, ni twitter. Facebook, los smartphones o el comercio online estaban en pañales. Cada vez que vuelvo a mi ciudad de origen por vacaciones, veo ese cambio en el ambiente: en los locales que abren o cierran, en las agachadas cabezas pegadas a las pantallas de teléfonos móviles. Aparecen nuevas costumbres que me desorientan. Si me cuesta seguir el nuevo ritmo, es porque no esperaba encontrarlo y tengo que adaptarme a él.

De vuelta a Francia, por muy bien que me haya integrado, no podré evitar que los demás me vean como un inmigrante, alguien venido de fuera, que no tiene el mismo dominio de la lengua o la misma relación con las tradiciones locales. Como denunciaba una obra de la última Bienal de arte de Lyon, en que el artista componía grandes figuras a partir de sellos que estampaban la frase "forever immigrant". Si el mundo del que venimos ya no existe y en donde vivimos no tenemos suficientes lazos con que identificarnos, ¿adónde pertenecemos realmente? La pregunta que muchos emigrantes se hacen no tiene respuesta y la única forma de olvidarla es superar el sentimiento de pertenencia a un lugar determinado. Debemos desarraigarnos, asumir que pertenecemos al mundo, en general, y a cada sitio que visitamos, en particular. Solo el desapego nos puede liberar de las cadenas de los nacionalismos. Solo si nos reconocemos en el cambio, podemos superar la nostalgia.

Más difícil lo tienen las segundas generaciones de emigrantes: nuestros hijos. Han nacido en el país de acogida de sus padres, dominan su lengua y se identifican con sus costumbres, pero algo les distingue de los demás. Es su apellido, el idioma que hablan en su casa o el color de su piel. A pesar de que creemos vivir en una sociedad tolerante, estas diferencias todavía cuenta y tal vez tengamos que esperar a una tercera generación para asimilarlas con más naturalidad. Nosotros, sus padres, siempre podremos volver a nuestros lugares de origen, por mucho que hayan cambiado, pues nuestra memoria se reaviva en ellos. Sin embargo, esos sitios les serán ajenos a nuestros hijos, que no podrán establecer los mismos lazos que nosotros. Me pregunto si permaneceré siempre lejos, perdido en este limbo de quien no pertenece a ningún lugar, adonde he traído a mi hijo. En realidad no me preocupa. Lo más importante es ser consciente de este continuo cambio y saber adaptarse a la situación que nos toque vivir, sin intentar retener o prolongar lo que, tarde o temprano, acabará desapareciendo. 


domingo, 14 de enero de 2018

Restos de un mundo acabado

Al ensuciar el suelo construyen el paisaje de las primeras semanas de enero. Empezamos el año pisando los restos de un mundo acabado. Las hojas de abeto cubren las aceras y su rastro delata el pasaje de más de un cadáver. Los que hace apenas unos días fueron árboles de navidad y decoraron multitud de hogares, se agolpan ahora en las cunetas o en las calles de cualquier ciudad francesa. Abandonados a su suerte, que su futuro fuera anunciado de antemano no hace que sea menos triste.

En Francia, como en muchos otros países, es fácil hacerse con uno de esos abetos. Durante el mes de diciembre abundan los puestos callejeros donde podemos elegir la especie y el tamaño de nuestro temporal compañero. Frente a cada supermercado, en las grandes superficies o en los mercadillos navideños. Fueron plantados para jugar su particular rol, respaldados por una larga tradición. Más tarde, en el calor de los salones familiares, que acelera su inevitable degradación, son decorados por adultos y niños, que encontrarán los esperados regalos a sus pies el día de Navidad. Porque los llamativos envoltorios son el eje en torno al que giran las fiestas de fin de año. El verdadero origen de estas celebraciones se ha convertido en un secundario telón de fondo, oculto tras un consumismo exacerbado. En los abarrotados centros comerciales nos convertimos en víctimas de la sociedad, haciendo lo que los demás quieren que hagamos, ahogados entre objetos que esperan ocupar su lugar bajo el abeto de turno, sin encontrar el sentido de este artificial circo. No me opongo al hecho de regalar, de tener un detalle y pensar en una persona para ofrecerle algo que forme parte de su vida. Pero no soporto que otros programen nuestros deseos y decidan cuándo y cómo consumiremos, valiéndose del black friday, de las navidades, de las rebajas, del día del padre o de la madre y de las nuevas tecnologías con caducidad programada para asegurarse de que nunca saldremos de este círculo vicioso.

Siguiendo con las tradiciones de esta época del año, en el país galo, una vez abiertos los regalos el veinticinco de diciembre y acabadas las comidas familiares de rigor, no hay nada que rascar. Sólo queda preparar los planes de Nochevieja (palabra que no tiene traducción en francés, que la llamará simplemente "noche de San Silvestre"), pues el dos de enero toca volver a la normalidad. Si bien en España aprovechamos el día de los Santos Inocentes para gastar las bromas de rigor, nuestros amigos del otro lado de los Pirineos tendrán que esperar hasta el uno de abril, cuando el llamado "poisson d'avril" (pez de abril) sustituirá al clásico "inocente, inocente". Así que, llegada la primera semana de enero, cuando se acumulan en las calles los restos de un mundo consumista y vacío, no puedo evitar pensar en las costumbres de mi país natal, donde tantos niños esperan la llegada de los Reyes Magos. Recuerdo con nostalgia la ilusión de esa cuenta atrás y los nervios de la especial noche del cinco de enero. Así que compadezco a nuestros vecinos franceses, que carecen de un día en que los niños sean los únicos protagonistas. Ahora que soy padre también soy sensible a las voces que aconsejan no hacer que nuestros hijos crean en una mentira. Para ser sincero, recuerdo la amarga desilusión que sentí cuando descubrí la verdad. Ninguna navidad volvió a ser igual y hasta me juré a mí mismo que, llegado el momento, no le escondería nada a mi hijo para evitarle tal decepción hacia los adultos.


Ahora él tiene casi dos años y ve el mundo como un lugar fascinante donde todo está por descubrir. No se sorprende fácilmente, porque no tiene prejuicios ni conoce nada con que pueda comparar. La sociedad todavía no le ha obligado a seguir el camino por el que andan los demás, así que no sabe lo que es el peligro, la duda o la decepción. Vemos juntos la cabalgata de reyes por la televisión y, mientras señala la pantalla, repite los nombres que le susurro al oído. Melchor. Gaspar. Baltasar. Le digo que esa noche vendrán a traerle regalos, pero él no lo entiende y se limita a repetir los tres nombres. Le señalo el lugar donde los encontrará la mañana siguiente, bajo el árbol de navidad, ese abeto natural que me juré nunca comprar y que ahora perfuma todo el salón. Si está ahí es por él. Y si le cuento una historia que en su día aborrecí, también es por él. Para enseñarle que lo más importante de este mundo es la ilusión. Para recordarle que ésa es la llave que abre todas las puertas, la fuerza que nos empuja a alcanzar nuestras metas y que, sin ella, nada vale la pena. Para decirle que cualquier cosa es posible si cree realmente en ella.      


domingo, 26 de noviembre de 2017

Carta a la vida

Quién me iba a decir que, ocho años después de haber llegado a un país extranjero, la vida me obligaría a aprender una lengua nueva. Sin seguir un curso, sin estudiar un sólo libro, sin nada que me pueda ayudar en mi ardua tarea. La única forma de progresar es conversar y dejarse llevar, sin miedo, por un juego en donde las reglas se aprenden sobre la marcha y la improvisación es una necesaria aliada. Como un reto en que la intuición y las ganas de aprender son los únicos maestros, además de un pequeño, pero inteligente, ser de apenas noventa centímetros de estatura.

Para concentrarme, le miro a los ojos y escucho, atento. La repetición de sonidos me ha permitido entender las reglas más básicas, aunque hay tantas excepciones que cualquier norma caduca con rapidez. Cuando se trata de nombres, sólo se pronuncian las últimas sílabas: mandarina se transforma en "nina", basura en "sura", tortilla en "tilla", Natalia en "Talia", Matilda en "Tilda" y manta en "tita", ya que entra en juego el diminutivo mantita. Pero hay que llevar cuidado, porque una regla complementaria indica que la "s" final no se pronuncia. Así, diremos "Ca" en lugar de Lucas o "Colá" en vez de Nicolás. Para enriquecer nuestro discurso, mezclaremos palabras de varios idiomas, sin olvidar nunca su significado. Por ejemplo, si queremos referirnos a un coche, diremos "shina" (de "mașină", coche en rumano), pero también valdrá "toche". Siguiendo el mismo razonamiento, para beber agua pediremos "apa", "agua" o "de l'eau" y acompañaremos nuestros gestos con cada palabra: cuando cogemos un vaso, antes de beber y en el momento de dejarlo sobre la mesa. Si queremos, en cambio, un biberón, bastará con decir "bibi", si está demasiado caliente lo expresaremos con "c'est chaud", cuando hayamos terminado lo indicaremos con "fini" (acabado en francés) y si todavía tenemos hambre diremos "encore" (más). Antes de salir a la calle nos protegeremos con una "căciulă" (gorro en rumano), cuya pronunciación respeta todas las sílabas (cachula), como también sucede con "chaussette" (que se pronuncia "choset" y quiere decir calcetín en francés). Y entre las palabras más innovadoras de este vocabulario encontraremos "totó", sinónimo de aspirador, o "cocolá", evolución de chocolat (chocolate en francés).

El aprendizaje de esta nueva lengua no se limita a seguir las directrices de un profesor o los pasos de un rígido método, sino todo lo contrario: la implicación del alumno es fundamental y su rol activo influye en la calidad de la enseñanza. El maestro aprende entonces del discípulo y se crea una enriquecedora simbiosis, que se materializa en un principio aplicable a cualquier ámbito de la vida: cuanto más se da, más se recibe a cambio. Cuántas más palabras enseño a mi hijo, más reglas encuentra y más complejo es el vocabulario que inventa. Si el aprendizaje de tres lenguas al mismo tiempo me asustó en un principio, se ha acabado desarrollando con una increíble naturalidad. Su pequeña cabeza procesa toda la información que recibe de una forma sorprendentemente creativa. En lugar de limitarse a acatar las reglas del lugar al que ha llegado, les da una vuelta de tuerca y crea otras normas, que pueden respetar, o no, a sus predecesoras, pero que, en todo caso, le permiten identificarse con ellas. Un mundo nuevo aparece ante él y ante quien repara en ese complejo sistema del cual es el único dueño. Y en ese momento, contra toda expectativa, cruzamos al otro lado del espejo: dejamos de ser los mentores, los guardianes de una verdad que pensábamos controlar, para convertirnos en los espectadores de la creación de un mundo inesperado, de una nueva forma de ver las cosas.


Educar a un niño supone participar en el mágico proceso a través del cual transmitimos todo el saber del mundo. Porque nuestra obligación es ir más allá de las experiencias encontradas en nuestro camino (cuanto hemos leído, viajado, visto u oído), para enseñar las de nuestros predecesores. Admitir que formamos parte de la humanidad, con sus virtudes y sus defectos, y su historia no nos puede dejar indiferentes. Debemos aprender de los errores de quienes nos precedieron para darnos cuenta de que vivimos en un mundo cíclico, que nos condena a repetir acciones que creemos originales. Y si hoy escribo esta carta a la vida es para reconocer que desde que soy padre me siento partícipe de este mundo y me intereso más por él, tanto por el origen como por el futuro de esta cadena a la que pertenecemos y de la que somos responsables. Pero, sobre todo, la escribo para agradecer a la vida cada día en que participo en esta apasionante aventura. 

domingo, 17 de septiembre de 2017

Echar el ancla

Entornamos los ojos y analizamos el horizonte, en busca del fondeadero que con tanto cuidado hemos elegido. Intentamos reconocer a simple vista la geografía dibujada en la carta náutica. Sobre el papel fue mucho más fácil encontrar el lugar ideal: poco profundo, con un fondo de arena dura, al abrigo del viento y las olas. Una vez allí, el ancla cae por su propio peso y, en cuestión de segundos, toca el fondo. Aprovechamos la inercia y dejamos que la cadena siga descendiendo, hasta contar tres o cuatro veces el fondo del lugar. Echamos marcha atrás para que el ancla agarre bien, apagamos el motor y ya está. La vida nos ha anclado en una situación estable que nos costará abandonar.

Antes era el objetivo que la sociedad nos había impuesto: encontrar una pareja, un trabajo estable, comprar una casa donde crear una familia y vivir el resto de nuestros días. Llegada una determinada edad, nos obligaban a sentar la cabeza y echar raíces. Es ley de vida, nos decían, y nos hacían sentir culpables si no seguíamos sus dictados. Con el paso del tiempo, las convenciones sociales han ido desmontándose y han sido sustituidas por otras. Pero aunque la sociedad ha evolucionado, adaptándose al contexto económico y cultural que le ha tocado, la idea de sentar la cabeza sigue muy arraigada en el subconsciente colectivo.

Cuando llevamos unos cuantos años viviendo en el extranjero, varias voces, herederas de ese sentimiento generalizado, surgen a nuestro paso. “Has echado raíces” o “ya te quedas para siempre”, son frases que oímos en boca de familiares y amigos. Incluso nos sorprendemos a nosotros mismos pensando que un regreso se vuelve cada vez más difícil. Nuestro instinto, que nos obliga a sentarnos cuando estamos cansados, habla por nosotros. Ya no tenemos las mismas fuerzas que al principio de la aventura, nuestro paso es más lento y nos cuesta más trabajo realizar un movimiento imprevisto. No nos hemos dado cuenta, pero hace tiempo que hemos echado el ancla y sentimos que los eslabones de una larga cadena no nos dejarán mover fácilmente.

El problema es que nos vemos con los ojos de nuestros padres o abuelos, quienes sí echaron raíces, siguieron todos los pasos obligados, y ahora nos miran con recelo. No podemos evitarlo, porque hemos crecido a su lado y han sido nuestro ejemplo más directo. Aunque vivamos de un modo completamente distinto, algo en nuestro interior no puede evitar medirnos con ellos. Ahora que tengo un hijo, comparo intuitivamente su infancia con la mía. Con apenas un año y medio de vida, él ya ha cogido doce aviones, ha visitado tres países y escucha (y entiende) tres lenguas distintas todos los días. Lo que para mí supone algo extraordinario, para él es la normalidad, porque lo ha vivido desde su nacimiento. Y aunque me he adaptado a este nuevo contexto, a diferencia de él, yo arrastro el inevitable lastre de otro tiempo, el que me lleva a pensar que ya he echado el ancla, incluso si no lo he hecho de la forma a la que estamos acostumbrados.  

Por suerte, el mundo ha cambiado más rápido que nosotros mismos y hay potentes molinetes que permiten levar una pesada ancla sin importar la profundidad o cuánto se ha hundido en el suelo. Una vez con el hierro de nuevo a bordo, podemos dirigir nuestra proa a donde queramos y repetir la operación cuantas veces deseemos. Así podemos beneficiarnos de una de las principales características de la sociedad actual: la flexibilidad. Hemos superado las verdades inamovibles del pasado y los incontestables dogmas. Hemos vencido a la rigidez, que limita tanto nuestros movimientos y nos equipara a esos coches que, en un circuito de scalextric, sólo pueden elegir la velocidad a la que completarán un trazado ya establecido. Incluso la ciencia nos ha enseñado que sus teorías son caducas y se renuevan con la aparición de los últimos hallazgos.


Así que, en este maleable contexto, la idea de echar raíces ha perdido todo su sentido y cualquier situación, por permanente que parezca, puede cambiar de un momento a otro, por decisión propia o ajena. Sí, el regreso sigue siendo posible para los emigrantes que vemos pasar los años anclados en un fondeadero extranjero. Al igual que el jugador es consciente de que su fortuna puede cambiar cuando tire de nuevo los dados.  

Beijing, 28/04/2015

En el juego de la vida no sólo basta con tener buenas piezas, hay que reconocer cuándo la fortuna está de nuestro lado para saber utilizarlas.

domingo, 3 de septiembre de 2017

K.O. técnico tras cinco asaltos

Quien dijo que las vacaciones son para descansar, sería porque no tenía familia y no había viajado mucho. Desde hace un tiempo tengo asumido que no se trata de ese idílico período en que la vida se para y nos deja apreciar lo que en otro momento no podríamos, como muestra el postureo que reflejan las redes sociales. En realidad es un nuevo terreno de combate donde medimos nuestras fuerzas contra adversarios a los que no estamos acostumbrados. Que cambiemos de contexto no significa que la lucha haya acabado. Tras una merecida pausa estival, aprovecho la vuelta a la rutina para recordar, por quinta vez en este blog, los detalles de ese territorio hostil con el que, de forma inevitable, soñamos durante todo el año.

Primer asalto. Cierro la puerta de mi casa y procuro guardar las llaves en un bolsillo de la maleta que pueda recordar con facilidad cuando, dentro de tres semanas, vuelva al mismo lugar. A mi lado, mi mujer, mi hijo, dos maletas de casi veinte kilos y un parque plegable. Frente a nosotros, cuatro pisos de escaleras que no hay más remedio que bajar. Después de veinte minutos y tres viajes logramos salir del edificio. Me cuesta recuperar el aliento y el hecho de tener que movilizar todo el equipaje hasta el tranvía que lleva al aeropuerto no me sirve de consuelo.     

Segundo asalto. Una vez en el mostrador de facturación, el parque plegable se delata a sí mismo: las dimensiones no son las reglamentarias y podría esconder un kalashnikov (o más) dentro. La compañía de un bebé me ayuda a no pasar por un terrorista, pero no me libra de una visita al escáner para equipaje voluminoso, donde espero con paciencia entre asustados perros y grandes bicicletas. La duración de este obligado trámite dependerá del aeropuerto en que estemos. Si en Lyon resulta bastante sencillo, en Bucarest ese gran escáner se encuentra en una escondida sala a la que sólo se puede acceder en compañía de un operario del aeropuerto, a quien le importa poco que vayamos con retraso y estemos a punto de perder nuestro vuelo.

Tercer asalto. Tras una larga carrera, jaleados por la megafonía, que repetía nuestros nombres sin descanso, last calling (último aviso), al fin llegamos al avión. Los pasajeros, sentados desde hace un buen rato, nos reciben con caras largas y miradas acusadoras. Ven, impotentes, cómo intentamos sentarnos y colocar, en el reducido espacio de que disponemos, las tres mochilas que nos acompañan (pertenencias del peque en su mayor parte). Una vez ordenada toda la parafernalia, la azafata nos anuncia, secamente, que los asientos asignados no son los que nos corresponden. Su colega de facturación había olvidado que los bebés sólo se pueden sentar donde haya dos máscaras de oxígeno, ya que van en el regazo de su madre (o padre). Así que tocó buscar el asiento adaptado más cercano y cambiar al pasajero en cuestión, que no disimuló su molestia.

Cuarto asalto. Por muy tranquilo que sea el vuelo, con un bebé siempre hay algún momento de tensión o de difícil control, como cuando rompe a llorar. Si los juguetes no sirven de nada, habrá que pasearlo en brazos por el estrecho pasillo del avión, compartiendo con nuestros compañeros de vuelo las alegrías de la paternidad. Si, en cambio, sólo tiene hambre, bastará con preparar el biberón de turno, siempre que contemos con la ayuda de una amable azafata para calentar el agua a la temperatura adecuada.   


Quinto asalto. Ya en nuestro destino, cuando el agotamiento empieza a desfigurar nuestras caras, vemos cómo el carrito y la maleta del niño aparecen sobre la cinta transportadora, antes de que se pare definitivamente. ¿Y el resto del equipaje? ¿Y el parque plegable? Tal vez acabaron descubriendo el kalashnikov que en realidad llevaba dentro para aniquilar a los empleados del aeropuerto en situaciones como aquélla. Miramos a nuestro alrededor para comprobar que no somos los únicos que se han quedado con cara de tontos. Ahora toca reclamar, indicar las características de las maletas y rezar para que lleguen sanas y salvas al lugar donde pasamos nuestras vacaciones. Si tras cinco asaltos ya estamos noqueados y a punto de perder la consciencia, conviene recordar que el combate está lejos de acabar y no nos queda otra opción que descansar en una esquina del cuadrilátero antes de volver al centro del ring.