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domingo, 26 de abril de 2020

Largo domingo de confinamiento

Acabamos aceptando las contradicciones como única forma de explicar la realidad. Admitiendo que la lógica es incapaz de dar coherencia al mundo. Rindiéndonos ante la paradoja como única certeza para justificar lo que escapa a la razón. Para explicar que nunca hayamos estado tan aislados y, a la vez, tan conectados. Esta crisis nos ha enseñado a normalizar lo que, hasta hace muy poco, habría sido impensable.

Nuestra situación es una gran metáfora de la sociedad contemporánea, cuyos dispositivos electrónicos y formas de comunicación convierten al contacto físico en algo prescindible. Como si el mundo le hubiera dado la razón, de un día para otro nos hemos visto encerrados en ese entorno individualizado. Y cuando el aislamiento nos fue impuesto, la tecnología se convirtió, para la mayoría, en la única forma de soportarlo. Nos separamos tanto, que la distancia parece ahora insalvable. Me pregunto si volveremos a ser como antes. Si, tras haber comprobado que casi todas nuestras necesidades pueden ser saciadas a distancia, volveremos a tolerar el contacto físico. Si el hecho de pisar la calle tendrá el mismo valor que antes o si, a pesar de poder reencontramos, seguiremos tan aislados como ahora, que rehuimos a quien se nos acerca. Imaginemos que esta pandemia nos hubiera pillado hace treinta años: sin teléfonos móviles, ordenadores, internet, ni la posibilidad de trabajar desde casa; con un teléfono fijo que se habría colapsado y cinco canales en la televisión. 

Así que no tenemos tantas razones para quejarnos como creemos. Al fin y al cabo, quedarse en casa no es tan terrible como parece. Aun cuando lo más duro vendrá después, una vez que el tsunami económico nos ahogue, estoy harto del discurso pesimista difundido en los medios y quiero romper una lanza a favor del optimismo, de las oportunidades que ahora se nos abren. Personalmente, tengo la suerte de poder trabajar a distancia. Aunque con mi hijo al lado resulta difícil y debo controlar que haga lo que le mandan desde el colegio, también puedo disfrutar más de él. Para evitar la monotonía, cada semana me impongo un desafío que superar: tanto profesional como personal. El fin de semana hago balance, renuevo retos o propongo otras metas. Y el domingo, tras superar la inercia de la semana, dejo que surja lo inesperado. 

Antes había más posibilidades, pero ahora pesa el lado malo de vivir en el extranjero. Las vídeo-llamadas no son nuevas para nosotros. Lo que cambia es la posibilidad de coger un avión para aparecer tras unas horas en el lugar que nos vio nacer. En lo que a mí respecta, esta crisis me ha impedido vivir las fiestas de mi querida Murcia y pisar una tierra que no veo desde hace seis meses. Si bien la experiencia me ha enseñado a no depender de estos efímeros viajes de retorno y a no contar los días que los preceden, siempre duele cuando los planes se cancelan. No conviene perder el tiempo pensando en lo que pudo ser y no fue, pero me entristece no saber cuándo será. Porque, con el proteccionismo que se avecina y el regreso de las fronteras, parece difícil volver a movernos libremente. Porque el domingo es cuando más cuesta ocupar el tiempo, cuando más pensamos en los encuentros con familia y amigos, en los aviones perdidos, en las vacaciones que no llegan y en los abrazos que no damos. Porque ya no somos dueños de nuestras vidas, sino esclavos de la salud, que podemos perder en cualquier momento, y del dinero, que perderemos con la crisis.

Por eso, para animarme, me quedo con el confinamiento de Caleb, Margaux y Léon, una familia que, en el puerto de Paimpol, en Bretaña, vive en un pequeño velero. Sueñan con la visión del horizonte, con el sonido del casco deslizándose sobre el agua, con las sacudidas de las olas, con el viento hinchando las velas y silbando en la jarcia, con atardeceres mágicos y con noches estrelladas. Extienden el brazo y hunden su mano en esa misma agua que no tardará en sacarles de su encierro. Sueñan que son libres y yo sueño con ellos.

domingo, 16 de abril de 2017

Hacia lo salvaje

Hay algo de locura en nuestro interior cuando tomamos la definitiva decisión de emigrar y trabajar en el extranjero. Hay algo atrevido, un instinto de supervivencia que se despierta en nosotros antes de que sea demasiado tarde para actuar. Hay algo imprudente que nos hace obviar las consecuencias de una elección sin vuelta atrás. Hay algo irracional, una sensación inexplicable que nos fulmina y nos empuja a ir hacia delante. Hay algo salvaje en nuestra forma de buscar una ideal libertad.

Es un sentimiento que la estupenda canción de Amaral describe a la perfección, como un jarro de agua fría que pone las cosas en su sitio y nos hace ver la realidad tal y como es. La letra no tiene desperdicio, me identifico con cada una de sus palabras y todo expatriado podría afirmar lo mismo. Dice a gritos lo que a veces nos cuesta reconocer, lo que removió nuestras entrañas durante una época convulsa de nuestras vidas: una sensación que cualquiera ha experimentado en un momento dado. Cuenta verdades como puños, de ésas que nos vapulean con su rotundidad, van directas al corazón y nos dejan la piel de gallina cuando acaban atravesándolo.

El tema habla de una decisión irrevocable, la de quien elige ir a lo desconocido aun sabiendo que es el camino más difícil. La protagonista de la historia es consciente de que nadie le va a regalar nada y deberá pelear cada día, pero sigue adelante porque su realidad le resulta insoportable. Asume que es un paso inevitable, necesario para demostrarse a sí misma (y a los demás) de lo que es capaz. Es un momento de reafirmación personal y de asunción de riesgos: significa reconocer que el fracaso es una posibilidad más. Cuando la canción termina, nos invade una sensación de desasosiego, porque el final de la historia no está escrito y la incertidumbre tiene un rol importante.

Esas son las reglas que todo emigrante acepta al salir de su país, cuando decide jugar a una ruleta rusa de imprevisibles consecuencias. Muchos no soportan ese riesgo, otros no podemos vivir sin él. Emigrantes o no, todos tenemos un lado salvaje. Unos lo muestran de forma voluntaria, otros sólo lo sacan cuando una situación límite les obliga a ello. Algunos no saben que lo tienen y a muchos les gustaría hacerle caso más a menudo. Que la sociedad nos haya domesticado con innumerables métodos no significa que no queramos salir de vez en cuando a tomar el aire y sentir que estamos vivos, que podemos decidir por nosotros mismos aunque sea para echarnos una soga al cuello. Optar por la huida supone el primer paso de una interminable aventura, pero no hay que olvidar que es el fruto de una elección y quedarse en el punto de partida es una posibilidad a considerar.

“Cada día era un regalo, libre de sol a sol”. La voz de Eva Amaral suena enérgica, cual grito de guerra, y transmite más que nunca antes. Tiene la fuerza de quien se mueve gracias a una convicción inquebrantable. “Cada golpe que le dieron era una cuenta atrás”. Habla alto y claro, tomando el tiempo necesario para pronunciar cada letra y asegurarse de que llega al oyente sin confusión alguna. “Ha elegido caminar…” La música pasa a un segundo plano e incluso desaparece al final del estribillo, consciente del poder del mensaje. “Hacia lo salvaje”.

Todas estas ideas vinieron a mi cabeza hace unos días, cuando un pájaro se quedó encerrado en el salón de mi casa. Con el buen tiempo aprovechamos para abrirlo todo y, el pobre, entró atraído por la luz. Me di cuenta cuando empezó a revolotear en el momento en que cerraba la puerta de la terraza. Intenté ayudarle a salir, pero no fue fácil. Estaba aturdido y cada vez que alzaba el vuelo se topaba con el vidrio de la puerta. Me recordó una situación similar que se produjo cuando vivía en Dijon y un murciélago desorientado entró de igual manera en mi piso. Pero, sobre todo, me recordó a mí mismo, o al menos a quien fui hace ocho años, cuando acabé la carrera de arquitectura y daba tumbos por la vida, tanto en el ámbito profesional como en el personal, sin saber a donde ir. Era consciente de que la salida estaba en algún sitio, pero era incapaz de dar con ella y la ayuda que recibía sólo servía para desconcertarme aún más. Al final el pájaro, como el murciélago y como yo mismo, encontró la forma de salir. Lo hizo él solo. Avanzó dando pequeños saltos, alcanzó la terraza, se posó en la barandilla y alzó el vuelo. Entendió que mi casa no era su medio. Perseguía la libertad, la posibilidad de caer, pero también de volar más alto de lo que nunca podría imaginar.

domingo, 12 de marzo de 2017

Ella

Hay guerras que nunca acaban, aunque una fugaz tregua haga soñar con el fin de una larga agonía. Suelo hablar de los prejuicios y de la lucha por la igualdad a la que todo emigrante se enfrenta al desembarcar en tierra ajena, pero ese combate se empequeñece si lo comparamos con el que se encuentran ellas al nacer. El pasado ocho de marzo nos recordaron que su espíritu guerrero no se rendirá nunca y por eso quiero contar una de las historias de emigración más especiales que conozco: la de la mujer con la que comparto cada día de mi vida.

Ella pasó su infancia en la comunista Rumanía de Ceaucescu. Sabe lo que significa ir a una tienda con una tarjeta de racionamiento y volver a su casa con las manos vacías. No había comida para todos y, en una familia numerosa, tomar un trozo de chocolate era un raro momento de celebración. Una vecina la llamaba francesa, sin saber por qué, como si de alguna manera ya supiera lo que el destino tenía preparado para ella. Solía leer libros de aventuras e imaginar que visitaba sus exóticos parajes, lejos de un país demasiado encerrado en sí mismo. Después llegó la revolución, la caída del déspota dictador y el comienzo de un largo período de apertura que continúa en la actualidad.

Ella estudió en la universidad de Bucarest, aunque dejó la ciudad tras acabar su carrera, sin verla convertida en la vibrante capital europea que es hoy. Una beca la llevó a estudiar un máster en Creta, donde sucumbió ante los encantos de una Grecia que la acogió como una turista más. Pero llegar hasta allí no fue tarea fácil. Ser mujer y emigrante no estaba bien visto en una época en que la apreciada belleza de las mujeres del Este las convertía en blanco fácil de redes de prostitución. En la embajada griega le reconocieron que trataban de impedir que jóvenes como ella llegaran a su país. Al final se alió con un grupo de mujeres que compartían el mismo objetivo, luchó contra todas las trabas imaginables y obtuvo el visado que le permitió coger su ansiado autobús hacia la libertad.

Una vez acabado su máster, tras dos años en la idílica isla griega, se dejó llevar por una vida que seguía reservándole sorpresas lejos de su tierra natal. Obtuvo una plaza para hacer un doctorado en Turín, pero esta vez no consiguió el visado: Italia era un destino demasiado cotizado por los emigrantes rumanos. La similitud entre las lenguas de ambos países les servía de incentivo para buscar allí un futuro mejor. Ella no se dio por vencida y siguió intentándolo hasta conseguir lo que necesitaba para descubrir un nuevo país. Italia la acogió con más frialdad de la que esperaba, pero eso no le impidió aprovechar su estancia, aprender la lengua y conocer a las personas que darían un vuelco a su vida. Una de ellas fue una simpática murciana que acabó invitándola a su boda. Y así, sin saberlo, ella pisó durante unos días la tierra donde yo vivía. Tal vez nos encontramos por la calle, nuestras miradas se cruzaron y decidieron que el momento todavía no había llegado.

Cuatro años después de su llegada a Turín, volvió a echar los dados, deseosa por saber qué había dispuesto el azar para ella. Era la tercera ocasión en que cambiaba de país y se abría paso en un nuevo mundo sin conocer a nadie, sin una cara amiga que le tendiera una mano. Pero esta vez había algo distinto: desde su llegada a Francia, se sintió como en casa. La amabilidad de sus gentes y las comodidades del país se convirtieron en un inesperado apoyo que no había encontrado antes. Una plaza de postdoctorado la llevó hasta Dijon, donde dos años pasaron con más rapidez de la que en un principio imaginó. Su contrato llegó a su fin y se enfrentó a una nueva encrucijada, pues estaba cansada de tantos cambios y no quería empezar una vez más en un lugar desconocido.


En ese momento conocí a aquella rumana que había recorrido media Europa entre estudios, trabajos, congresos y viajes, que se había convertido en la protagonista de uno de los libros de aventuras que con tanta ilusión leía de niña. La vida también me había colocado en una difícil encrucijada, hace seis años, y no sabía cómo salir de ella. Cuando escuché el nombre de mi ciudad natal salir de sus labios, un extraño eco se produjo en mi interior. Ambos nos rendimos ante una incontestable certeza: nuestras trayectorias, tan alejadas, tan distintas, habían encontrado el lugar común que justificaba el camino ya recorrido. Compartimos las ganas por encontrar un puerto donde amarrar con seguridad. Nada había sido en balde. Nada había sucedido por azar.

Venecia, 27/02/2014

Las máscaras nos protegen, nos dan la impunidad que necesitamos para hacer realidad nuestros pensamientos y creer que todo es posible, aunque dejan nuestros ojos al descubierto, por donde el alma se asoma y delata sus intenciones.

domingo, 4 de diciembre de 2016

Salto al vacío

Unos minutos después, todo cambia para siempre. Ya no hay vuelta atrás posible ni lugar para el arrepentimiento. Hemos vencido al vértigo y hemos saltado al vacío. El viento silba en nuestros oídos y todo sucede demasiado rápido. Pronto sabremos qué hay tras esa ideal imagen con que tanto hemos fantaseado. Lo hemos arriesgado todo sin saber si ganaremos la partida. Atrás quedan los miedos y las dudas. Nunca sabremos si es la mejor decisión, pero nos pertenece tanto como sus consecuencias. Aunque nuestro cuerpo tiene demasiadas razones para estar asustado, se prepara para la mayor prueba a la que nunca se ha enfrentado. Nuestro avión acaba de aterrizar en un país desconocido y no tenemos billete de vuelta.

Como un astronauta que abandona el planeta, sentimos que, tras la aceleración que nos pegó al asiento durante el despegue, llega la ingravidez. Nos vemos flotando en un mundo nuevo, experimentando, tal vez por primera vez, lo que significan la independencia y la libertad. Nos hemos liberado de las ataduras que nos coartaban en nuestro lugar de origen y susurraban al oído lo que debíamos hacer en cada momento. Tenemos la impresión de que cualquier cosa es posible, somos optimistas y confiamos en lo desconocido. Este éxtasis nos concede un poder que nunca antes había dirigido nuestro cuerpo: una poderosa energía que nos inmuniza ante un eventual fracaso y borra de nuestro vocabulario la palabra derrota.

Los primeros días y semanas pasan volando. Todo está permitido en esos instantes en que nuestra adaptación se convierte en un inmejorable terreno de pruebas. Experimentamos para saber qué nos conviene y qué no. No hay límites. Las únicas fronteras son las que cada uno se impone, pero cuando esa decisión recae, por primera vez, sólo en nosotros, ¿por qué poner barreras que dificulten nuestra existencia? Erramos más de una vez, pero esa posibilidad está incluida en las reglas del juego y nadie nos acusará por ello. Es la única manera de aprender y comprobar lo que mejor sabemos hacer. Caemos, nos levantamos y seguimos luchando, mejor armados para la victoria. Dependiendo del país de acogida en que nos encontremos, nos pueden acordar pequeñas licencias destinadas al recién llegado, segundas oportunidades que reconocen la titánica lucha que mantenemos, palmadas en la espalda y palabras de aliento para que no perdamos la esperanza. Cada reconocimiento, cada éxito, cada nuevo logro conseguido es una razón para seguir intentándolo, para no tirar la toalla y afrontar el inevitable cansancio.

Los meses, aunque se suceden de forma imperceptible, no pasan en balde y sirven para evaluar nuestros esfuerzos. Entonces nos damos cuenta de que las cosas no han sido tan fáciles como el éxtasis de los primeros días nos pudo hacer pensar. Los caminos de los distintos expatriados se separan. Unos llegan más lejos, se aclimatan mejor a las nuevas condiciones y consiguen el trabajo soñado. Para otros la adaptación es más difícil y las oportunidades se les escapan de las manos. El azar entra en juego y, por desgracia, los que más se esfuerzan no siempre reciben la mayor recompensa. Unos alcanzan cierta estabilidad con un trabajo que nunca imaginaron ejercer, pero se ven lastrados por una decepción y una nostalgia cada vez más fuertes. Otros se sienten satisfechos por ser capaces de desenvolverse en unas condiciones desfavorables y convierten ese orgullo en el motor de sus vidas. Unos encuentran el amor, aunque no den con el trabajo que les motive. Otros disfrutan del éxito profesional, pero se sienten vacíos por dentro.


Todos tienen la impresión de haber dejado en su país de origen algo que nunca recuperarán. Muchos volverán para buscarlo, aunque un regreso no asegure reencontrar vidas pasadas. Otros seguirán en el extranjero, pero verán la vuelta como una meta a largo plazo que justificará las difíciles decisiones que deberán ir tomando. Unos continuarán con sus vidas sin mirar atrás, intentando mantener un necesario equilibrio y dejando que sea éste el que decida cuándo comprar el definitivo billete de vuelta, si acaso sigue siendo una posibilidad. Y todos ellos, marcados para siempre por ese primer salto al vacío y la ingravidez de los inicios, guardarán en su interior un alma guerrera, capaz de reconstruirse en cualquier situación, de invocar esa mágica energía que lo hace todo posible y que, sin saberlo, les acompañará siempre. 

Singapur, 01/05/2014

Mirar hacia arriba, hasta donde alcanza la vista, es un ejercicio imprescindible para fijar nuevos objetivos y observar, con admiración, lo que todavía no podemos tocar.

domingo, 17 de abril de 2016

Burocracia innecesaria

Creamos barreras que limitan nuestra libertad. Nos perdemos entre obstáculos que suponen un laberinto donde, una vez dentro, olvidamos que existe una salida, así como la necesidad de encontrarla. Se interponen entre nosotros y el mundo real, lo que de verdad importa. Es nuestra derrota y es su victoria, la que querían quienes edificaron los muros que nos impiden ver el sol, quienes dijeron que eran imprescindibles. Necesitan controlarnos, porque somos muchos y se puede abusar más fácilmente de quien tiene los ojos vendados. Impunemente. Lo han hecho desde hace tanto tiempo que es imposible distinguir la verdad. Si asumimos estas trabas y perdemos nuestros derechos, ¿cómo podremos quejamos de su existencia y reclamar la vida que una vez nos perteneció? ¿Cómo podremos salir de nuestra celda sin puertas ni ventanas?

Cada país tiene sus métodos de control, de abuso de poder, de creación de ilusiones que garantizan la impunidad de un sistema defectuoso. Los he sufrido en España, pero también en Francia. Uno de esos procedimientos es la excesiva burocracia que invade nuestras vidas. Pasamos demasiado tiempo haciendo colas, yendo de una institución a otra, rellenando formularios cuya utilidad desconocemos, enviando correos a entidades oficiales que no dudan en rechazarlos para pedir más papeles, recopilando documentos y firmas hasta que llega un momento en que olvidamos por qué hacemos las cosas. Nos preguntamos por qué no puede ser más fácil, por qué perdemos tanto tiempo de nuestras vidas en intrincados trámites sin sentido. Reprimimos las ganas de dejarlo todo cuando el funcionario de turno nos dice que el papel que tanto esfuerzo nos ha costado conseguir no tiene el sello que necesita o la fecha adecuada (en Francia, un papel de más de tres meses no sirve para nada). Al fin y al cabo él no tiene la culpa y sólo es la última pieza de un sistema cuyos responsables permanecen en la sombra o cambian tan a menudo que es imposible saber quiénes son.

En el país galo saben que tienen una administración muy compleja y lo asumen. A veces incluso bromean diciendo que son los campeones de Europa de papeleo. Así es, pero no parecen querer dejar de serlo. Tal vez suponga la supresión de demasiados puestos de trabajo que nadie sabe para qué sirven, pero permiten que el amigo o el familiar de no se sabe quién se gane la vida confortablemente. Recopilan montañas de papeles en carpetas atiborradas para justificar su sueldo. Y nosotros, al otro lado de la mesa, nos volvemos locos rellenando nuevos documentos y perdiendo el tiempo que necesitaríamos para encontrar un sentido a lo que no lo tiene. Muchos trámites se hacen ahora por internet, donde rechazar un documento es todavía más fácil y errores informáticos o confusas páginas web complican lo que deberían simplificar. Ya he contado en otras ocasiones mis dificultades para reunir los documentos necesarios para una boda o para votar desde el extranjero (por extraño que parezca es más complicado que casarse) y últimamente he tenido que enfrentarme a la inscripción de un nacimiento, que ya contaré más en detalle.

"Pensaba que la administración francesa era complicada, pero esto es peor todavía". Esta frase la escuché en boca de un francés que esperaba su turno en el consulado de España en Lyon. No hace mucho tiempo tuve que ir para hacerle el pasaporte a mi hijo. Esperé más de veinte minutos, a pesar de que desde hace unos meses sólo se puede ir con cita previa para agilizar los trámites. Esperar con un bebé de apenas dos meses no es fácil, sobre todo si tiene hambre y empieza a llorar para demostrar la capacidad de sus pulmones. Cuando llegó mi turno pensé que sería un trámite fácil y rápido, pues en este caso ni siquiera se pueden tomar las huellas dactilares, pero nada más lejos de la realidad. Mi mujer y yo (pues la presencia de los dos padres es necesaria para los menores de edad) firmamos hasta tres formularios distintos y no pude disimular mi sorpresa cuando vi uno de ellos, pues me obligaba a indicar el municipio en que mi hijo votaría. Si no puedo decir qué será de mi vida dentro de dos años, ¿cómo voy a saber dónde estaré dentro de dieciocho? Miré a mi hijo, que lloraba desesperado mientras su madre preparaba un biberón, y después a la funcionaria, preguntándole qué sentido tenía todo aquello, porque yo no lo veía. Se limitó a decir que si no rellenaba el papel, no tendría el pasaporte. Entonces recordé la verdadera razón por la que estaba en el consulado: conseguir esa pequeña libreta granate que nos permitirá volar, romper ataduras, olvidar lo que nos limita y descubrir el mundo que existe al otro lado del laberinto en que vivimos.

Sede de la ONU, Ginebra, 09/06/2012

A veces nos preguntamos para qué sirven ciertas instituciones, pero basta mirar con atención para descubrir que no es tan difícil encontrar vida en lo inerte, de la misma manera que lo necesario se esconde tras lo inesperado.

domingo, 10 de enero de 2016

Dos bodas y media (II) : Que no nos corten las alas

A veces resulta difícil escapar de las garras de la tradición. A veces cuesta demasiado salir de los prejuicios habituales que nos envuelven. A veces el precio por evitar los dictados de la sociedad es demasiado alto. Rechazamos los convencionalismos por el simple hecho de haber sido impuestos sin preguntarnos antes, sin dejarnos elegir. Huimos de todo aquello que no depende de nosotros y limita nuestra libertad. Cuando nos obligan a bajar la cabeza y asentir, tenemos derecho a pedir explicaciones a cambio. Que no nos corten las alas sin haber volado antes. Que nos dejen alzar el primer vuelo antes de encerrarnos, pues será nuestra única arma para reclamar lo que nos deben.

Desde nuestra llegada a Rumanía supimos que no iba a ser fácil salir del camino establecido: nadie entendía por qué no queríamos hacer lo que todo el mundo hacía. Nos deshicimos en explicaciones que se perdieron en el aire, pues es imposible convencer a quien nunca ha ido más allá de las imposiciones y a quien le han robado la curiosidad. Fueron precisamente las imposiciones locales y mi curiosidad las que nos empujaron a celebrar una boda tradicional rumana, pero los hábitos no tardaron en asfixiarnos y no fuimos capaces de seguir todas las costumbres.

Entre esos ritos procedentes de la religión, de supersticiones y de un inefable saber popular, destacaré que la boda duró tres días. En el primero, la familia de la novia nos invitó a una simpática fiesta para "marcar" el domicilio familiar con unas ramas de abeto colocadas en la puerta, que bendijimos con una mezcla de vino y agua y los cánticos habituales. El día de la boda mis padrinos me vistieron y aprovecharon para gastar todo tipo de bromas, afeitándome con crema chantilly y una espada u ofreciéndome ropa que no era la mía... Acompañado por mi séquito, volví a la casa de la novia para pedir su mano a su madre, que me rechazó dos veces. Como a la tercera va la vencida (no sólo en Rumanía), acabó cediendo y tuve que buscar a la novia en la casa, aunque, gracias a la aprobación de mi suegra, ya no fue difícil. Para seguir con las tradiciones partieron una tarta sobre la cabeza de la novia (sí, fue tan extraño como parece) y nos dirigimos a la iglesia, siempre acompañados por un abeto, símbolo de protección y fertilidad. La ceremonia religiosa siguió el rito cristiano ortodoxo y nos sorprendió a todos los españoles por su solemnidad y belleza. Ya en la celebración, lo más destacado fue la interminable sucesión de comida, bailes tradicionales, comida y más bailes (en este orden además) hasta bien entrada la madrugada. Y, cómo no, a medianoche la novia fue secuestrada para comprobar hasta dónde podían llegar mi desesperación y capacidad de negociación. Siguiendo con las costumbres, al día siguiente la familia de la novia nos ofreció una estupenda comida que sería el final perfecto para tres intensos días difíciles de olvidar.

No me detendré en explicar por qué no hicimos una tercera boda, española esta vez. Sencillamente pensamos que dos bodas en dos países distintos y en menos de una semana serían suficientes. A pesar de todo se me ocurrió la genial idea de, ya puestos, formalizar las cosas también en mi país de origen, pensando que la carrera de obstáculos había terminado. Así de confiado llegué al consulado español de Lyon, donde la responsable del registro civil sacó el formulario correspondiente y todo parecía ir bien, hasta que mencioné la nacionalidad de mi mujer. "Bueno, bueno, esto va a ser muy complicado", me soltó, insinuando las ventajas que ella podía obtener de la nacionalidad española y que no creo sirvan de mucho mientras vivamos en Francia. Mi indignación aumentó por momentos y antes de romper mi pasaporte delante de ella y salir corriendo para pedir la nacionalidad francesa, le dije que ya nos habíamos casado en Francia, donde no habíamos tenido ningún problema. "No he dicho que fuera imposible -continuó-, pero usted comprenderá que éste no es el caso del españolito cualquiera que se casa con una de su pueblo. Tendrá que rellenar este formulario, entregarlo con los documentos requeridos y esperar la decisión del cónsul". Así que respiré hondo, me preparé para el sprint final y volví unos meses después con todo lo necesario bajo el brazo.

Unas semanas más tarde mi mujer me preguntó si el papeleo español se había terminado y contábamos con el beneplácito del cónsul o tendríamos que organizar otra boda. Yo le contesté que ni había comprobado la validez de los papeles españoles, ni lo haré nunca. Ya no importaban las trabas que la burocracia o la sociedad pusiera frente a nosotros, ya nadie podía cortarnos las alas.  

Funeral en Bali (Indonesia), 06/05/2015

No podemos dejar que los lugares, las costumbres y las formas de ver el mundo que nos separan, escondan los gestos, las miradas y las reacciones que nos unen.

domingo, 3 de enero de 2016

Dos bodas y media (I) : Formalizando lo informalizable

Si hace diez años alguien me hubiera dicho que acabaría emigrando y casándome dos veces en dos países distintos, le habría dicho que se equivocaba de persona, que el truco de leer la mano no funciona conmigo. Y sin embargo aquí estoy, probando que quien está dispuesto a todo y no tiene miedo a correr riesgos, debe aceptar consecuencias inesperadas. A veces no es necesario dar muchas vueltas a las cosas y lo más importante es dejarse llevar, obtener el impulso suficiente que nos permita dar el salto. Cuando crucemos la frontera, nuestra nueva condición de emigrantes nos atraerá de forma irremediable hacia toda persona que se encuentre en la misma situación que nosotros. No vale la pena oponer resistencia, pues es algo inevitable a lo que nos enfrentaremos tarde o temprano. Nos encontraremos rodeados de amigos de cualquier nacionalidad y no hará falta mucho tiempo para descubrir a personas con historias más o menos difíciles y empezar una amistad intensa. Más tarde veremos que quien está frente a nosotros nos devuelve la misma profunda mirada y entonces será demasiado tarde para volver atrás. Formalizar la relación será un mero trámite, un humilde intento de crear algo estable en medio de un mundo donde el cambio es la única constante.

Fue así como acabé casándome con mi mujer, de nacionalidad rumana, como una simple provocación del destino, para demostrar que podemos ser libres, vivir donde queramos y, sobre todo, con quien queramos. Sabíamos que no sería nada fácil, que luchar contra la burocracia de un país es más difícil que romper prejuicios, pero también sabíamos que nadie puede parar a quien está dispuesto a todo. Nos armamos de valor para participar en una carrera de obstáculos que sería larga y tediosa, pero no imposible de acabar. Nos parecía lógico casarnos en el país en que vivimos, en la ciudad que unió nuestros caminos y donde vivíamos en aquel momento, Dijon, como igual de natural nos pareció hacer otra celebración en el país de la novia. La carrera ya había empezado.

Una visita al ayuntamiento bastó para obtener la lista de documentos necesarios para dos extranjeros que deciden casarse en Francia. Sólo diré que no es corta y que dos de los papeles más curiosos son la "déclaration de coutume", que versa sobre las leyes que conciernen el matrimonio en el país de cada cónyuge y el "certificat de célibat", que debe demostrar que estamos legalmente solteros antes de la boda. Estos documentos los expide el consulado de cada país. Vale la pena mencionar que la obtención de casi todos los documentos españoles es gratuita (excepto el certificado de coutume, por el que desembolsé 35€), mientras que Rumanía obliga a pagar 50€ por cada papelito, algo que resulta difícil de comprender en un país donde el salario medio es de tan sólo 500€ al mes y que acentúa la desigualdad entre sus habitantes, ya demasiado presente.

Uno de los papeles más importantes es el certificado de nacimiento y en el ayuntamiento de Dijon insistieron en que sólo aceptarían un documento expedido en mi ciudad natal y correctamente traducido (que no es barato, claro está). En Francia dos más dos son cuatro y no vale la pena malgastar tiempo explicando al funcionario de turno que seis menos dos también son cuatro, porque no pondrá el más mínimo interés en entenderlo. Así que hice como me indicaron, todo para que en el consulado me dijeran que ellos podían haber expedido el mismo documento directamente en francés y gratis, además. Bueno es saberlo... Visto lo visto, con tales problemas de coordinación y desigualdad entre unos y otros países, uno se pregunta cuánto tendremos que esperar para ver una nacionalidad europea que simplifique toda esta burocracia y nos haga un poco más libres.

Tras superar los problemas administrativos nos concentramos en la celebración, que queríamos fuera lo más nuestra posible, aunque fuera sinónimo de atípica. Acabamos reuniendo a españoles, rumanos, italianos, mexicanos, peruanos, portugueses, mauricianos, ucranianos y una gran mayoría de franceses, personas muy especiales. No todos se conocían entre ellos y más tarde nos confesaron que la boda fue el punto de partida de buenas amistades, agradeciéndonos la enriquecedora mezcla de rostros, lenguas, países e historias que confluyeron aquel día. Nuestro espíritu inquieto, curioso y viajero no nos dejó demasiado tiempo para descansar, pues al día siguiente cogimos un avión que nos llevó a Rumanía, donde celebraríamos una boda religiosa tradicional, aunque lo que viviríamos sería imposible de incluir en la definición española del término... (Continuará)  

Lyon, 18/05/2016

El cielo se rompe y surge lo inesperado, que llama a nuestra ventana para invitarnos a abrirla, sentir la lluvia en nuestra cara y recordar que vivimos en un mundo único.


domingo, 15 de noviembre de 2015

Déjà vu

Todo se repite una y otra vez, sin que podamos evitarlo. Si algo nos ha enseñado la historia es que todo es cíclico. Todo ya ha pasado y, por desgracia o por fortuna (dependiendo de la situación a la que nos refiramos), todo volverá a suceder. El último y triste "déjà vu" lo vivimos anteayer, cuando 129 inocentes perdieron la vida en París en manos de viles terroristas. Otras imágenes de barbarie más familiares vinieron casi inmediatamente a mi cabeza para recordarme que crecemos y vivimos envueltos por el miedo a un nuevo atentado. Cuando era niño no entendía muy bien por qué lo hacían y hoy me sigo haciendo la misma pregunta.

Se trataba de ETA. Es un recuerdo más de mi infancia: vivir pensando que unos enmascarados podían poner una bomba en cualquier lugar. Con el tiempo descubrí la causa que había detrás, pero poco importa cuando son las armas las que están delante. Recuerdo cuando asesinaron a un policía en mi ciudad natal, Murcia. Era 1992 y tenía siete años cuando descubrí el verdadero significado de la palabra miedo. Ya no sucedía únicamente al otro lado de la televisión, sino que ocurría sobre la misma tierra que pisaba todos los días. Diez años más tarde, ETA colocó una bomba en una hamburguesería de Torrevieja, a tan sólo cincuenta metros del piso en el que pasaba el verano con mi familia. Nadie resultó herido, pero el miedo volvió a entrar en mi vida.

Hoy los rostros y las siglas han cambiado, pero detrás de ellos se esconde lo mismo: la imposición de ideologías por la fuerza y, ante todo, el desprecio hacia la vida humana. Da igual que hablemos de ETA, Al Qaeda o Estado Islámico. Todos nos emocionamos con el ultimátum a Miguel Ángel Blanco, a todos se nos encogió el corazón cuando vimos caer las Torres Gemelas, todos salimos a la calle a manifestarnos cuando el 11M, todos fuimos Charlie. Vivimos en una guerra constante, con atentados que suceden con más o menos frecuencia, más o menos cerca. Podemos rechazarla, gritar que no acabará con nuestras libertades, que nunca cambiará nuestra forma de vivir, pero la hoguera de la amenaza seguirá estando ahí, avivada por extremismos de uno y otro lado, retándonos a quemarnos de un momento a otro, consciente de la imposibilidad de extinguirla por completo.

Hace seis años que llegué a Francia, donde me sorprendió la generalmente pacífica convivencia con la población de origen árabe. No siempre fue así, y aún hoy en día el desprecio y la marginación siguen haciendo acto de presencia. Sin embargo fueron ellos mismos, mucho más numerosos de lo que en un principio pude imaginar (el 7% de la población), los que se ganaron el respeto de sus semejantes, lejos de las tensiones que todavía no hemos superado en España, donde a veces se nos olvida que ellos, durante siete siglos, también fueron españoles. En cambio ahora son mirados con recelo mientras esperan en una gasolinera a que cualquier agricultor les elija para hacer lo que nosotros no queremos. En Francia, en cambio, están bien integrados y ocupan cualquier tipo de trabajo, más o menos cualificado. Ellos también son franceses, han nacido en Marruecos, Argelia o Túnez o son hijos de los que se fueron. Los cruzo muy a menudo por la calle, en el metro o en el autobús, paseando con su familia, hablando entre ellos en árabe o en francés, cambiando de una lengua a otra con sorprendente facilidad. He trabajado con ellos y algunos son amigos.

Son ingenieros, jefes de obra, pintores o cualquier cosa que se propongan. Se llaman Nabil, Saadia, Oualid, Hamza, Samira o Nízar. Tienen la piel oscura y sus rasgos les delatan, pero poco importa, pues tienen una mirada lúcida, son alegres, familiares, simpáticos y generosos. Cuando comemos juntos es inútil servirles vino y suelen preguntar si la carne del menú es Halal. Les cuesta trabajar más durante el Ramadán, pero cuando acaba no dudan en celebrarlo como nadie, rodeados por toda su familia, como siempre lo han hecho. Siguen las tradiciones que han aprendido de sus padres y que ellos inculcan a sus hijos. Yo les respeto y admiro profundamente por ello, por defender sus orígenes sin querer imponer nada, respetando la cultura del país en el que viven y que les ha permitido prosperar. Sólo espero que mañana puedan ir a trabajar sin que la gente les mire con desconfianza, asignándoles etiquetas que ellos mismos son los primeros en aborrecer y condenar. Saldrán y se manifestarán con nosotros, codo a codo, bajo la misma pancarta, defendiendo la vida que tanto les ha costado ganar, soñando como todos con un mundo de paz y libertad.        

Lyon, Place des Terreaux, homenaje a las víctimas de los atentados de París, 08/12/2015

Murieron para que valoráramos más la vida, para que supiéramos que la seguridad es una ilusión creada por quienes saben que no existe, para mostrarnos que debemos asumir riesgos si queremos vivir plenamente.