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domingo, 26 de abril de 2020

Largo domingo de confinamiento

Acabamos aceptando las contradicciones como única forma de explicar la realidad. Admitiendo que la lógica es incapaz de dar coherencia al mundo. Rindiéndonos ante la paradoja como única certeza para justificar lo que escapa a la razón. Para explicar que nunca hayamos estado tan aislados y, a la vez, tan conectados. Esta crisis nos ha enseñado a normalizar lo que, hasta hace muy poco, habría sido impensable.

Nuestra situación es una gran metáfora de la sociedad contemporánea, cuyos dispositivos electrónicos y formas de comunicación convierten al contacto físico en algo prescindible. Como si el mundo le hubiera dado la razón, de un día para otro nos hemos visto encerrados en ese entorno individualizado. Y cuando el aislamiento nos fue impuesto, la tecnología se convirtió, para la mayoría, en la única forma de soportarlo. Nos separamos tanto, que la distancia parece ahora insalvable. Me pregunto si volveremos a ser como antes. Si, tras haber comprobado que casi todas nuestras necesidades pueden ser saciadas a distancia, volveremos a tolerar el contacto físico. Si el hecho de pisar la calle tendrá el mismo valor que antes o si, a pesar de poder reencontramos, seguiremos tan aislados como ahora, que rehuimos a quien se nos acerca. Imaginemos que esta pandemia nos hubiera pillado hace treinta años: sin teléfonos móviles, ordenadores, internet, ni la posibilidad de trabajar desde casa; con un teléfono fijo que se habría colapsado y cinco canales en la televisión. 

Así que no tenemos tantas razones para quejarnos como creemos. Al fin y al cabo, quedarse en casa no es tan terrible como parece. Aun cuando lo más duro vendrá después, una vez que el tsunami económico nos ahogue, estoy harto del discurso pesimista difundido en los medios y quiero romper una lanza a favor del optimismo, de las oportunidades que ahora se nos abren. Personalmente, tengo la suerte de poder trabajar a distancia. Aunque con mi hijo al lado resulta difícil y debo controlar que haga lo que le mandan desde el colegio, también puedo disfrutar más de él. Para evitar la monotonía, cada semana me impongo un desafío que superar: tanto profesional como personal. El fin de semana hago balance, renuevo retos o propongo otras metas. Y el domingo, tras superar la inercia de la semana, dejo que surja lo inesperado. 

Antes había más posibilidades, pero ahora pesa el lado malo de vivir en el extranjero. Las vídeo-llamadas no son nuevas para nosotros. Lo que cambia es la posibilidad de coger un avión para aparecer tras unas horas en el lugar que nos vio nacer. En lo que a mí respecta, esta crisis me ha impedido vivir las fiestas de mi querida Murcia y pisar una tierra que no veo desde hace seis meses. Si bien la experiencia me ha enseñado a no depender de estos efímeros viajes de retorno y a no contar los días que los preceden, siempre duele cuando los planes se cancelan. No conviene perder el tiempo pensando en lo que pudo ser y no fue, pero me entristece no saber cuándo será. Porque, con el proteccionismo que se avecina y el regreso de las fronteras, parece difícil volver a movernos libremente. Porque el domingo es cuando más cuesta ocupar el tiempo, cuando más pensamos en los encuentros con familia y amigos, en los aviones perdidos, en las vacaciones que no llegan y en los abrazos que no damos. Porque ya no somos dueños de nuestras vidas, sino esclavos de la salud, que podemos perder en cualquier momento, y del dinero, que perderemos con la crisis.

Por eso, para animarme, me quedo con el confinamiento de Caleb, Margaux y Léon, una familia que, en el puerto de Paimpol, en Bretaña, vive en un pequeño velero. Sueñan con la visión del horizonte, con el sonido del casco deslizándose sobre el agua, con las sacudidas de las olas, con el viento hinchando las velas y silbando en la jarcia, con atardeceres mágicos y con noches estrelladas. Extienden el brazo y hunden su mano en esa misma agua que no tardará en sacarles de su encierro. Sueñan que son libres y yo sueño con ellos.

domingo, 25 de marzo de 2018

La revolución silenciosa

La explosiva mezcla está lista para estallar. Ha sido preparada de forma metódica durante años, añadiendo moderadas dosis para no hacer peligrar la estabilidad del conjunto. Aunque la máquina se forzó durante demasiado tiempo, los buenos resultados obtenidos fueron el mejor argumento para seguir echando leña al fuego. Algunos pensaron que cuanta más pólvora se añadiera, más fuerte sería la explosión final, pero otros se dieron cuenta de que, sin mecha, es imposible que alguien prenda fuego a distancia. Y los que están suficientemente cerca como para detonar la bomba, evitan cualquier movimiento brusco que les pueda poner en peligro. Si la triste situación política de nuestra corrupta España no cambiará nunca, es porque nadie está dispuesto a provocar la chispa que haga explotar todo.

Siempre me he preguntado por qué en España todavía no ha estallado una revolución. Los escándalos se han multiplicado desde que unas penosas decisiones políticas provocaran el difícil contexto económico que acabó empujándome fuera de mi país. Innumerables recortes, vergonzosos casos de corrupción, un rescate económico, un año sin gobierno, una declaración unilateral de independencia... La lista es larga y detallarla es un necesario ejercicio de humildad que nuestros políticos deberían hacer, sin excepción. De forma tardía surgió la indignación: el movimiento del 15-M, un atisbo de ganas de cambiar las cosas. El resto del mundo siguió de cerca, expectante, esa "spanish revolution", pero acabó dándole la espalda por simple aburrimiento, ante el inmovilismo de los supuestos revolucionarios. Y yo me pregunto qué ha pasado, porque las razones que provocaron aquel sentimiento de malestar siguen vigentes, incluso si los medios pretenden silenciar cuanto sucede en la calle, en los hogares de la gente humilde que está lejos de salir de la crisis. Nos dicen que lo peor ha pasado y hablan de recuperación y crecimiento económico. Como si, de un día para otro, nos hubiéramos despertado en un lugar ideal en donde nunca hubo corrupción, todos tienen trabajo y viven en la abundancia. He podido comprobar ese contraste en "comando actualidad", el programa de reportajes, cámara en mano, de Televisión Española. Si durante la crisis pusieron frente al objetivo a familias que tenían a todos sus miembros en el paro y vivían gracias a la pensión de los abuelos, hace un par de semanas se dedicaron a mostrar los pisos con los alquileres más elevados. Unos años atrás comprar una vivienda se convirtió en un sueño inalcanzable, pero hoy parece que alquilar sea una solución demasiado cara. O bien me he perdido algo, o bien hay una clara voluntad de pasar página, como si al ignorar los problemas los hiciéramos desaparecer. Nos sobran los motivos para seguir indignándonos, reclamar un cambio y construir un mundo mejor.

Sin embargo, para que esta nueva revolución sea efectiva, es necesario que se imponga de forma natural, sin forzar las cosas. El cambio deseado será tan necesario y evidente, que se llevará a cabo sin hallar resistencia, gracias al sentido común. Tan incuestionable, que incluso quienes hoy se oponen no tendrán más remedio que dejar sus intereses a un lado y rendirse por el bien de todos. Porque si caemos en el error de imponer las ideas por la fuerza, la nueva situación nunca será legitimada. Algo así se está viviendo en Cataluña, donde muchos piensan que el fin justifica los medios. No todo vale con tal de alcanzar un mundo ideal, que allí llaman república independiente. Podía haber sido un sueño generalizado o el motivo para negociar con el gobierno central un verdadero cambio, pero el hecho de forzar las cosas e imponer ideas lo ha convertido en una causa perdida. Hay ciertas normas que nos ayudan a convivir, que nos ha costado demasiado tiempo y esfuerzo lograr y que se no se pueden obviar, por muy noble que sea el objetivo final.


Sigo pensando que necesitamos una revolución, cambiar muchas cosas antes de que todo salte por los aires, pero ésta debe hacerse paso en silencio, poco a poco, convenciendo a los más reacios. Sin violencia, sin imposiciones, sin repetir los errores del pasado. No lo conseguirá ella sola, pues cada uno de nosotros debe contribuir a su avance, algo difícil en este país conformista que siempre espera que los demás muevan ficha antes, en donde se prefiere lo malo conocido a lo bueno por conocer. Solo espero que cuando la mayoría se dé cuenta de la necesidad de cambiar, no sea demasiado tarde para reaccionar.   

domingo, 4 de marzo de 2018

Siempre lejos

El tiempo se ha parado en un lejano e ilusorio lugar. Antes fue algo real: el mundo donde vivimos un día, durante una larga temporada. Nuestro país de origen, ése que acabamos dejando atrás y llevamos a cuestas desde que pusimos un pie fuera. Intentamos engañarnos, pensar que las agujas seguían girando y podíamos saber la hora si mirábamos el reloj. Pero todo quedó congelado y, cuando nos damos la vuelta para tocar una de las inamovibles figuras creadas por el frío, el hielo se agrieta y rompe en nuestras manos.

Cuando vivimos en un país extranjero y nos preguntan por nuestra tierra de origen, la evocamos tal y como era en el momento en que la dejamos. Obviamos que la ciudad y la nación de donde venimos forman parte de un mundo en constante evolución. Aunque nos cueste reconocerlo, o no lo consideremos como una posibilidad, el lugar que abandonamos ya no existe. Cuando pensamos en él, vemos una imagen idealizada. Es una realidad paralela en que creemos ciegamente y hasta soñamos que un día volveremos. Todo emigrante vive en una permanente comparación entre el mundo que descubre en su país de acogida y la irreal imagen de su tierra natal. Y cuanto más tiempo pasa lejos, más se desequilibra la balanza.

Esta diferencia fue flagrante durante la dictadura franquista. Quienes partieron de España en los años sesenta encontraron un país radicalmente distinto cuando regresaron en los ochenta, como pudimos ver en la película "Un Franco, 14 pesetas". Salvando las distancias con la actualidad, la reciente crisis económica ha afectado de diferente manera a cada nación y ha abierto una gran herida que llevará mucho tiempo curar. Las nuevas tecnologías, su rápida evolución y democratización también han contribuido a cambiar nuestro país. La forma en que nos relacionamos ahora no es la misma que antes. Cuando me fui, hace más de ocho años, no existían ni whatsapp, ni twitter. Facebook, los smartphones o el comercio online estaban en pañales. Cada vez que vuelvo a mi ciudad de origen por vacaciones, veo ese cambio en el ambiente: en los locales que abren o cierran, en las agachadas cabezas pegadas a las pantallas de teléfonos móviles. Aparecen nuevas costumbres que me desorientan. Si me cuesta seguir el nuevo ritmo, es porque no esperaba encontrarlo y tengo que adaptarme a él.

De vuelta a Francia, por muy bien que me haya integrado, no podré evitar que los demás me vean como un inmigrante, alguien venido de fuera, que no tiene el mismo dominio de la lengua o la misma relación con las tradiciones locales. Como denunciaba una obra de la última Bienal de arte de Lyon, en que el artista componía grandes figuras a partir de sellos que estampaban la frase "forever immigrant". Si el mundo del que venimos ya no existe y en donde vivimos no tenemos suficientes lazos con que identificarnos, ¿adónde pertenecemos realmente? La pregunta que muchos emigrantes se hacen no tiene respuesta y la única forma de olvidarla es superar el sentimiento de pertenencia a un lugar determinado. Debemos desarraigarnos, asumir que pertenecemos al mundo, en general, y a cada sitio que visitamos, en particular. Solo el desapego nos puede liberar de las cadenas de los nacionalismos. Solo si nos reconocemos en el cambio, podemos superar la nostalgia.

Más difícil lo tienen las segundas generaciones de emigrantes: nuestros hijos. Han nacido en el país de acogida de sus padres, dominan su lengua y se identifican con sus costumbres, pero algo les distingue de los demás. Es su apellido, el idioma que hablan en su casa o el color de su piel. A pesar de que creemos vivir en una sociedad tolerante, estas diferencias todavía cuenta y tal vez tengamos que esperar a una tercera generación para asimilarlas con más naturalidad. Nosotros, sus padres, siempre podremos volver a nuestros lugares de origen, por mucho que hayan cambiado, pues nuestra memoria se reaviva en ellos. Sin embargo, esos sitios les serán ajenos a nuestros hijos, que no podrán establecer los mismos lazos que nosotros. Me pregunto si permaneceré siempre lejos, perdido en este limbo de quien no pertenece a ningún lugar, adonde he traído a mi hijo. En realidad no me preocupa. Lo más importante es ser consciente de este continuo cambio y saber adaptarse a la situación que nos toque vivir, sin intentar retener o prolongar lo que, tarde o temprano, acabará desapareciendo. 


domingo, 28 de enero de 2018

Reclamando justicia

Hay cosas de las que nos cuesta hablar, porque cuando nos incomodan, miramos a otro lado y cambiamos de tema. Pero que no las reconozcamos, no significa que dejen de existir. Son tristes realidades que merecen ser cambiadas y que el cómplice silencio condena al olvido. Por eso quiero hablar sin tapujos de la actual situación de la arquitectura, que además de ser una apasionante disciplina, es el principal motivo que me empujó a emigrar hace más de ocho años.

Parece que sea tabú hablar de condiciones laborales o decir que la arquitectura adolece de una precariedad laboral inimaginable en un oficio que siempre ha gozado de una buena imagen social. En España es difícil, por no decir casi imposible, encontrar a alguien que trabaje con contrato en un estudio de arquitectura. Los empleados son obligados a darse de alta como autónomos para percibir una irrisoria mensualidad. Eso significa que son ellos quienes pagan su seguridad social (y su jubilación, si algún día quieren tener una) y se ven privados de todas las ventajas de un asalariado, como serían las vacaciones pagadas, el cobro del paro o el derecho a una indemnización tras un despido. Y deben facturar todos los meses a una única empresa, lo que los convierte en "falsos autónomos". Una práctica que, por desgracia, no es exclusiva de la arquitectura. El origen de este deshonesto hábito se encuentra en el fundamento mismo de la profesión, pues el trabajo del arquitecto se ha devaluado hasta llegar a cotas insospechadas. Los honorarios contrastan con la cualificación y las responsabilidades exigidas. La arquitectura es un oficio complejo (creativo y técnico) que requiere mucha dedicación. Hablando claro: demasiadas horas dibujando delante del ordenador o de una hoja de papel, en busca de la solución perfecta (buena, bonita y barata) que encaje todas las piezas del rompecabezas. Algo que no siempre queda reflejado en un plano.

Tras haber crecido en este triste contexto, cuando crucé los Pirineos me llevé una grata sorpresa. A pesar de haber empezado como becario, mi remuneración era similar a la de los falsos autónomos españoles. Además, no tardé en tener un contrato con garantías (jornada laboral de treinta y cinco horas por semana, dos días y medio de vacaciones por mes trabajado...) que me facilitaron mucho la vida. En otras palabras: valoraron mi trabajo, que, en el fondo, es la moraleja de esta historia. Cuando nos obligan a reclamar justicia (sueldo correcto, horarios razonables, vacaciones suficientes...), sentimos que desprecian nuestro esfuerzo. Pero no todo es de color de rosa en el país de la baguette. Aunque mi contrato me garantizaba unas condiciones razonables, mi estatus era el de un dibujante. En Francia, la profesión de arquitecto está protegida por una convención que decide una remuneración mínima en relación con la experiencia adquirida. Tratar arquitectos como dibujantes es una práctica muy común que genera otro tipo de precariedad. Y el recurso a los falsos autónomos también existe en el país galo, así que el problema de fondo es el mismo que en España: la arquitectura se ha convertido en una profesión decadente, cada vez menos valorada.
Hace un año que he pasado al otro lado de la barrera y ahora soy yo, junto con mi socio, quien busca becarios y jóvenes arquitectos para sacar adelante un estudio de arquitectura. Y desde esta otra posición sigo constatando la carencia de una remuneración justa y la dificultad de cuadrar las cuentas entre los resultados y el coste de los mismos. Aún así, prefiero echar más horas por las noches o los fines de semana antes que tener un becario sin sueldo o contratar a un arquitecto como si fuera un dibujante. Es una cuestión de principios: la necesidad de que todos se sientan a gusto realizando un trabajo reconocido, a cambio del cual reciban lo que merecen.


Durante las pasadas navidades, me encontré con un sorprendente puesto en el mercadillo de artesanía de Murcia. Había maquetas, dibujos y un letrero: "escuela de arquitectura de Cartagena". Cuando hace más de quince años empecé a estudiar esta carrera, la escuela más cercana era la de Alicante. Actualmente existen otras dos en los alrededores (la UCAM de Murcia y la de Cartagena), algo que contrasta con la dura crisis de la que la arquitectura todavía no ha salido. Muchos se han refugiado en la docencia para poder sobrevivir y nos plantean un dilema ético: si no hay suficiente trabajo para todos, ¿por qué formar a nuevos arquitectos? Ellos se ven obligados a dejar su país o ahogados en un mercado cada vez más saturado, que merma sus condiciones laborales. Y en vez de reclamar justicia, hay quien busca nuevos alumnos tras el mostrador de un puesto navideño.   

domingo, 22 de octubre de 2017

Tragedias cotidianas

Hay grandes tragedias que marcan nuestra vida para siempre. Son personales y nos sacuden con tal intensidad que nos cuesta reconocernos tras su paso. Nos producen profundas heridas que, tarde o temprano, aun cuando nunca imaginamos que fuera posible, acaban cicatrizando. Pero también hay pequeñas tragedias que, bajo el disfraz de la levedad o la transitoriedad, pueden llegar a destruirnos. Llegan un día, pensamos que pronto nos abandonarán y, sin embargo, van comiéndonos por dentro hasta no dejar nada de nosotros. Entre esos dramas cotidianos destaca el paro, que nos empuja a cambiar de país antes de que nos vacíe por completo.

Fue el primer motivo que me impulsó a dejar mi tierra natal y cambió mi trayectoria. Tras estudiar durante siete años una carrera, no es fácil quedarse con los brazos cruzados, trabajar gratis o en algo nunca antes imaginado. Las tres opciones que me ofreció mi país de origen, en plena crisis, me hundieron en un abismo de frustración que cuestionó la utilidad de años de estudio. Todos los sueños de independencia y liberación, de construcción de una vida adulta, desaparecieron cuando volví a casa de mis padres, a la habitación del adolescente que aún tenía colgadas en las paredes las imágenes de sus aspiraciones, de un ansiado mundo exterior que se reveló demasiado hostil. Al final el azar abrió una inesperada puerta en ese cuarto y me mostró un camino desconocido. Al otro lado encontré un nuevo país, una lengua que conocía, pero no dominaba, y un contrato de prácticas que se convirtió en el primer paso de una estimulante carrera profesional (y personal). Cuando giré el pomo de aquella puerta no vi ninguna cara conocida, tuve que empezar de cero y la estimulante incertidumbre acabó salvando mi salud mental. Cinco años más tarde, dejé un buen trabajo para cambiar de ciudad y seguir a mi mujer. Me lancé voluntariamente al abismo del paro, convencido de que la vida personal debe anteponerse a la profesional. No tardé en encontrar un nuevo empleo (como un guiño de la vida, que me compensaba por el riesgo asumido), pero estuve el tiempo suficiente en aquel limbo como para comprender el drama diario en que viven tantos parados.

Al principio parecen unas vacaciones. No nos preocupamos demasiado porque pensamos que se trata de una situación temporal y que, tarde o temprano, encontraremos ese soñado empleo que nos vuelva a colocar en el mundo laboral. Empezamos a mirar anuncios, redactar una buena carta de motivación, maquillar nuestro currículum para que sea más atractivo y enviarlo a las empresas en que soñamos trabajar. Incluso nos arriesgamos a ir allí y enfrentarnos a la secretaria que no quiere perder el tiempo con nosotros, pero que acaba cogiendo nuestra espontánea candidatura. De vuelta a casa, las horas pasan lentas mientras esperamos que el teléfono suene y revisamos el correo electrónico deseando ver una respuesta o la proposición de una entrevista. Y, como todo lo que se repite durante demasiado tiempo, ese esperanzador ritual acaba cansando. Mientras los meses pasan, la confianza disminuye. Cada vez resulta más difícil levantarse por las mañanas para luchar y aparentar en las escasas entrevistas que somos la persona que esa empresa necesita. Nos cuesta fingir la seguridad que hace tiempo perdimos. Con el paso del tiempo nos sentimos más inútiles, incapaces de abandonar una espiral que nos arrastra hasta las profundidades de un oscuro lugar. Hasta que un día sucede lo inesperado, recibimos la llamada en que ya no creíamos y vemos la luz al final del túnel.


La sociedad nos programa para que el trabajo sea el eje de nuestras vidas. Por eso su ausencia nos desorienta hasta cuestionar el sentido de nuestra existencia. Una actividad nos hace sentir útiles: el hecho de servir a la colectividad nos llena, pero a la vez nos silencia, nos aleja de lo que de verdad importa. Mientras estamos ocupados, no nos hacemos preguntas que para muchos resultan incómodas. La sociedad nos debería incitar a realizarnos como personas y tratar el trabajo como algo accesorio, y a la vez necesario, en esa búsqueda personal. Pero el mundo consumista en que vivimos nos trata como el hámster obligado a correr en una rueda creada por otros. Tenemos que comer y mantener a los nuestros, consumir en un mundo que no distingue entre necesidades básicas y lujos innecesarios. Sólo cuando lleguemos al final de nuestros días seremos capaces de distinguir lo superfluo de lo importante, cuando nos olvidemos del tiempo perdido en el trabajo y sólo recordemos aquél pasado junto a los nuestros.

domingo, 8 de octubre de 2017

Mirando desde lejos

Vivir en el extranjero un largo periodo de tiempo otorga ciertos privilegios, si podemos llamarlos así, y ver las cosas desde lejos forma parte de ellos. La distancia permite analizar los acontecimientos con frialdad, pero no evita que sintamos una mezcla de vergüenza ajena e indignación ante las decisiones de nuestros compatriotas, como es el caso de la crisis de Cataluña, que ha sobrepasado límites que pensábamos ya no existían.

Si miramos desde lejos significa que no podemos utilizar nuestros propios ojos y necesitamos la ayuda de otros. La tecnología nos da herramientas que reducen la distancia, incluso si no son de fiar. Para entender lo que pasaba en mi país de origen, el uno de octubre enchufé el televisor y puse el canal 24 horas de TVE. Si bien era consciente de que la televisión pública española es incapaz de dar una información objetiva (veo el telediario de las nueve siempre que puedo y sé de qué hablo), pensaba que la censura pura y dura era cosa del pasado. Durante las últimas semanas, los telediarios trataban con el título de "desafío a la ley" toda la información referente a la crisis catalana, evitando utilizar la palabra "referéndum". Estoy de acuerdo en que se trataba de una consulta ilegal, que el gobierno catalán ha forzado y manipulado de forma indiscriminada, pero no entiendo ese miedo a llamar las cosas por su nombre. Se trata de una consecuencia más de la pésima gestión que el gobierno central está haciendo de esta crisis.

En esa misma línea, los contertulios del canal 24 horas hablaban de una actuación "exquisita" de los cuerpos de Policía y Guardia Civil que cerraban los colegios electorales. Bastaba con conectarse a facebook para ver los vídeos de intervenciones brutales, en que los agentes no dudaban en coger a mujeres de los pelos, arrastrarlas escaleras abajo o empujar a personas mayores sin miramientos. Las palabras del delegado del gobierno en Cataluña, "el objetivo son las urnas, no las personas" caían por su propio peso. Mientras mi estómago se revolvía, en televisión española sólo hablaban de los noventa colegios que habían sido cerrados y no mencionaban la inmensa mayoría que había abierto. A mediodía eché un vistazo a las noticias francesas, que se hacían eco de la represión policial. No sólo una, sino varias cadenas tenían corresponsales junto a las mesas electorales y recogían testimonios de los votantes, que hablaban de su voluntad de expresar su opinión, por encima del miedo a la policía. Curiosamente, entre los periodistas a pie de urna no había ninguno de televisión española, donde insistían en que no se trataba de una jornada electoral. Al menos pude encontrar en los periódicos digitales la información que el ente público se empeñó en ocultar.

Creo que nos podíamos haber ahorrado este regreso a un pasado de gris censura y violencia policial, que sólo conduce a fracturar aún más nuestra ya dividida sociedad y avivar el fuego de los extremismos. No se puede negar que el gobierno catalán había encendido esa llama antes y la había alimentado con una manipulación contundente, pero si el río suena, agua lleva. Y es que si tanta gente ha decidido saltarse a la torera ciertas leyes, será porque los textos no son tan buenos como parecía en un principio o porque la sociedad ha cambiado más rápido de lo previsto y ha dejado de sentirse reflejada en ellos. En un mundo como el nuestro, que evoluciona a gran velocidad, las verdades inamovibles merecen ser cuestionadas antes de que se vuelvan obsoletas para siempre.


Personalmente, una vida entre tres países me ha enseñado a dejar atrás la división que generan las fronteras. Nací en España, vivo y trabajo en Francia desde hace ocho años y parte de mi corazón, como parte de mi familia, está en Rumanía, desde donde escribo estas líneas. Mi pasaporte dice que soy español, pero también me siento francés, e incluso rumano, y, por encima de todo, me veo como un ciudadano más del mundo. Si bien ya me he acostumbrado a ver mi país desde lejos, me queda mucho que aprender de Thomas Pesquet, el último astronauta francés en visitar la estación espacial internacional, donde la distancia le ha permitido relativizar muchas cosas. No se me ocurre mejor marco para una reunión entre Rajoy y Puigdemont, que no volverían a la Tierra sin haber dialogado antes. Allí arriba, los países desaparecen para mostrarnos la única roca que todos compartimos en este cíclico viaje por el universo. Los astronautas les mirarían con estupor y pensarían que si el futuro de España y de Cataluña depende de estos dos tipos, apaga y vámonos...

domingo, 2 de julio de 2017

Reencuentros

Sus siluetas se recortan al fondo de la plaza y, aunque todavía son borrosas, ya sé quienes son. Ellos también me han reconocido desde lejos. Todos hemos cambiado: unos tienen más canas, otros menos pelo, alguno ha ganado más de un kilo y también hay quien lo ha perdido. Poco importa, porque volvemos a estar juntos y a abrazarnos después de tanto tiempo. Han pasado unos cuantos meses desde la última vez, pero la plaza y el ritual siguen siendo los mismos. Son mis amigos y siempre lo serán. Y aunque la distancia y el tiempo nos separen más de lo que nos guste, seguiremos viéndonos en el mismo lugar, con las mismas ganas de recuperar esos años que se perdieron por el camino de vuelta al momento en que nos conocimos.

A veces no sabemos qué hacer, o qué decir, después de tanto tiempo. Los primeros intercambios toman la forma de frases hechas y de utilización obligada. Cuando nos preguntamos cómo nos va y pensamos en los meses pasados desde el último reencuentro, resulta difícil resumirlos en una frase o en un relato que no sea largo o aburrido. La cena o la comida se interrumpirá con esas anécdotas, que actuarán como las pinceladas que, poco a poco, van componiendo un lienzo que nunca llegamos a ver en su totalidad. Cada uno ha tomado un camino distinto en la vida y, cuando ponemos sobre la mesa todos los mapas trazados, acabamos demostrando que cualquier opción es válida si somos capaces de aprender de ella.

A veces las comparaciones no son agradables, porque descubrimos quién ha tenido más suerte, quién ha encontrado más dificultades de las deseables, quién no ha avanzado tanto como le hubiera gustado, quién se ha pasado de frenada o quién se mantiene en una situación estable. Aunque sea un trámite obligado, a veces conviene obviarlo o dedicarle el menor tiempo posible. Si algo he aprendido en estas esporádicas reuniones, es a actuar como si no hubiera pasado más de una semana del último abrazo. No es difícil, porque cuando nos vemos todos en torno a la mesa, la memoria recupera la vitalidad perdida. Después de todo seguimos siendo los mismos y lo único que importa es volver a compartir un tiempo juntos. Y aunque rememoramos viejas anécdotas, comprendemos la necesidad de crear las nuevas, de vivir intensamente cada momento para convertirlo en una historia que recordaremos con una sonrisa y una copa de sangría.

Al final siempre llega la amarga despedida. Las horas pasan demasiado rápido y nos entristece no haber visto a los que esta vez no pudieron coincidir con nosotros. Con el paso de los años nos acostumbramos a estas fugaces citas, comprendemos su mecánica y la inutilidad de lamentarse por lo que no se puede cambiar. Así que nos abrazamos por penúltima vez, con una palmada en la espalda más sentida que unos momentos antes, y nos resistimos a decir adiós. Hasta luego, acabamos pronunciando, con la esperanza de que pase menos tiempo antes de volver a vernos.


A propósito de reencuentros y despedidas, recuerdo un curioso sueño en el que volvía de una visita a mi tierra. Estaba en el aeropuerto, mirando las pantallas en busca de mi vuelo, cuando algo llamó mi atención. Bajé la cabeza tras memorizar la puerta de embarque y me encontré con un amigo que no veía desde que me fui a Francia. Nos saludamos, sorprendidos. Mientras hablamos descubro que otro rostro familiar destaca entre la multitud. Me dirijo a él y, por el camino, una nueva mano me saluda. Al final nos juntamos una decena de viejos amigos. Eran compañeros del instituto, o de la carrera, y muchos no se conocían entre ellos. Decidimos aprovechar el tiempo de espera para tomar un café y ponernos al día. Comprobamos que todos habíamos seguido caminos paralelos y cada uno, arrastrado por la misma crisis, trabajaba en un país distinto. Habíamos vuelto a casa para reencontrar a familiares y amigos y coincidíamos en el viaje de vuelta a la rutina. Intercambiamos anécdotas y nos sentimos identificados con situaciones similares. Pero apenas una hora después, tuvimos que despedirnos para no perder nuestros respectivos vuelos. Lo hicimos con tristeza, conscientes de la dificultad de revivir algo parecido. Nuestros destinos estaban demasiado alejados y lo más probable es que nunca nos volviéramos a ver. Ello no impidió que nos abrazáramos con la confianza en un nuevo encuentro. Hasta luego, amigos. Hasta que la vida vuelva a cruzar nuestros caminos. 

domingo, 28 de mayo de 2017

Quien no vuelve es porque no quiere

Son fríos, van a lo suyo y se creen más de lo que son, pues tienen la capacidad de controlar muchas vidas bajo su tiranía. Aunque los números retratan la realidad de forma objetiva, las sucesiones de cifras no me dicen nada y las suelo olvidar con facilidad. Sin embargo, leyendo la prensa española, me he encontrado con una estadística que no me ha dejado indiferente: en el año 2015, 52.109 emigrantes españoles volvieron a casa, un 27% más que en 2014. Y a pesar del optimista dato, conservé mi habitual recelo hacia los números antes de seguir leyendo el artículo.

Es el mayor regreso que se ha producido desde el inicio de la crisis, pero durante el 2015 también salieron 94.645 españoles del país, la cifra más alta desde que hay datos, que ensombrece la anterior y confirma un saldo migratorio negativo. Así que ya estaba a punto de olvidar esos números cuando leí algo mucho más interesante: las medidas adoptadas para promover la vuelta de expatriados. Como la de volvemos.org, una plataforma creada por y para emigrantes, que relaciona a quienes quieren volver con empresas deseosas de contratar a alguien con experiencia en el extranjero. Otra iniciativa que merece ser aplaudida es la lanzada por el ayuntamiento de Valladolid, que otorga ayudas económicas a las citadas empresas, así como a los emigrantes interesados en volver (ayudándoles a iniciar un proyecto innovador o con los gastos de un alojamiento temporal).

No es la primera vez que menciono las ganas de regresar a la que se enfrenta todo emigrante tarde o temprano. He hablado de casos concretos, e incluso de mi propia experiencia, para acabar concluyendo que una vuelta masiva nunca será posible sin una ayuda de las instituciones públicas. Por eso no me ha sorprendido la lógica idea del ayuntamiento de Valladolid, gobernado por el PSOE con apoyo de Podemos, dicho sea de paso. Es la única manera de provocar el movimiento migratorio inverso, ya que frenar la huida de cerebros sigue siendo una utopía. Por eso me indigna la falta de ideas del gobierno central, que en lugar de fomentar y coordinar la distribución de este tipo de ayudas por todo el país, se dedica a promover la creación de contratos basura. Así que, tras casi ocho años viviendo en el extranjero, sólo puedo sentirme escéptico cuando leo los datos del INE. Pero pondré un ejemplo que ilustre mejor mi forma de ver las cosas, poniéndome en el lugar de quienes no tienen la suerte de ser vallisoletanos o de encontrar una solución en volvemos.org.

Digamos que se llama Pepe. Es ingeniero y hace diez años que se instaló en Suiza. Le gustaría volver, pero lo ve difícil, sobre todo cuando trabaja en una reconocida institución y gana cinco veces más que sus compañeros de promoción en España. Aunque los alquileres y el coste de la vida están por las nubes, consigue ahorrar bastante. Así que se pudo permitir una boda por todo lo alto y criar dos niños sin problemas económicos. Se va de viaje cuando tiene vacaciones, esquía en los Alpes en invierno y navega en el lago Lemán en verano. Vamos, que Pepe no vive nada mal.


Hasta que un día le llama un amigo suyo, que es un avispado político del gobierno central, y le dice que ya se puede volver a España, que la crisis es cosa del pasado y hay tanto trabajo como antes. Se acabó eso de desperdiciar talento español en el extranjero. "Vente a casa, Pepe, que aquí se está de lujo y hay más sol que en los Alpes". Pepe se interesa por el tema, está dispuesto a hacer sacrificios para volver y escucha ilusionado cómo su amigo le ofrece un puesto de camarero en un bar de tapas. Aunque se trata de un contrato temporal que tendrá que romper y volver a firmar cada vez que quiera coger vacaciones, le dice que con el tiempo podrá darle algo mejor, porque el país va realmente bien y el optimismo es desbordante. Pepe no parece convencido, pues con un sueldo seis veces inferior al actual no podrá mantener a su joven familia. Entonces su amigo le propone algo mejor: un puesto de camarero en un gastrobar, de ésos que ahora están de moda y salen como setas. Ante una nueva negativa de Pepe, el político insiste en que hay trabajo para dar y vender y, como en el país alpino ha aprendido francés e italiano, puede llegar a ser recepcionista en un hotel de lujo. Con un poco de suerte, piensa, acabará recibiendo a los que hoy son sus compañeros de trabajo, que van a España en busca de precios bajos, sol y playa. Pero Pepe acaba cansándose y le cuelga. El político no puede entender tal rechazo. "Si los emigrantes no vuelven es porque no quieren", predicará a partir de ese momento. Y lo peor es que habrá quien se lo crea. 

domingo, 29 de enero de 2017

Si nos toca, volvemos

Hay cosas que no se pueden hacer a cualquier precio, por mucho que las deseemos o creamos que son buenas para nosotros. Ciertas decisiones necesitan ser bien meditadas, porque un paso en falso puede traer consecuencias difíciles de asumir. Todo expatriado se pregunta alguna vez si volverá a vivir en la tierra donde nació, pero forzar las cosas para que la balanza se incline del lado que preferimos nunca es una buena respuesta. A veces la mejor resolución es esperar y dejar que el tiempo se convierta en el aliado imbatible que nos guiará en la próxima encrucijada.

Hace unos años, una familia española emigró a Alemania. Un matrimonio y su hija se fueron en busca de oportunidades, trabajo y dignidad. Lo encontraron todo. La pareja se puso a trabajar en un restaurante, prosperó y construyó un futuro para su hija. Estaban bien integrados y llevaban una vida correcta, pero el éxito no les quitó de la cabeza una idea que les acompañó desde que dejaron su país. Vivían sin lujos y ahorraban todo lo que podían para hacer realidad ese sueño. Tenían una inquebrantable confianza en el futuro, el que resuelve todos los problemas del presente.

Un buen día rompieron la hucha y volvieron a su tierra. Apoyaron su decisión con una organización seria y metódica. Les llevó muchos años, pero al fin reunieron el dinero suficiente para comprarse una casa en el pueblo que les vio nacer. Como sabían que España seguía estancada en una crisis de difícil solución, crearon su propio trabajo: compraron un local y abrieron un restaurante. Él estaba en la cocina y ella servía; hasta su hija les echaba una mano. Tampoco aquella decisión fue improvisada: cuidaron al máximo cada detalle, eligiendo una decoración moderna y una cocina creativa. Utilizaron todos los medios a su alcance para poner la suerte de su lado.

A pesar de la ilusión y las buenas intenciones, el restaurante nunca se llenó. La comida y el servicio eran de calidad, pero a veces la vida es demasiado caprichosa. No consiguieron abrirse un hueco en una cerrada clientela que parecía tener unos hábitos bien establecidos. Cerraron el local. Se habían equivocado, pero eran unos trabajadores incansables y conocían la solución que les sacaría de aquel callejón sin salida. Por mucho que les dolió, vendieron su local y su flamante casa, volvieron a Alemania y recuperaron su antiguo trabajo. Y allí siguen, ahorrando religiosamente, esperando el día en que la ocasión definitiva se les presente.

La historia es real, aunque menos conocida que la de Ángel, el finalista de Masterchef del año pasado. Emigró a Londres para hacer realidad su sueño de ser chef, pero acabó trabajando como friegaplatos. Frustrado y sin posibilidad de evolucionar, cambió aquel sueño por el de volver a su añorada tierra. Sin embargo, no podía hacerlo con una mano delante y otra detrás: su orgullo quería demostrar que su aventura había valido la pena. Quería volver por la puerta grande. Desde el principio del concurso su historia me resultó simpática. Me sentí identificado, al menos en parte. Además, conozco a muchos como él y sé de qué pasta están hechos. Son luchadores que no se rinden ante nada, de convicciones poderosas que les guían de forma ciega. Sabía que su actitud le llevaría lejos, y así fue. La victoria habría sido la guinda del pastel, pero acabó como un digno finalista. Su evolución fue flagrante y se ganó a pulso el reconocimiento público. Su sueño se hizo al fin realidad y volvió por la puerta grande.


Estas historias (y muchas otras) vienen a confirmar lo que ya he denunciado en más de una ocasión en este blog. El regreso de los expatriados conlleva un salto al vacío más importante que el ya dado cuando dejaron su país. Aun intentando ahorrar, un salario modesto no puede llenar un colchón capaz de amortiguar tal caída. Una vuelta generalizada no será posible sin una intervención del Estado, sin una ayuda que garantice la seguridad que todo hogar debe aportar. Queremos volver a casa, no a un mundo más hostil que el conocido en el extranjero. Sin el necesario apoyo, el regreso se convierte en un paso casi temerario, que puede ser en falso. Hace falta un golpe de suerte, un empujón ajeno a nosotros mismos, una mano tendida al otro lado del abismo. Hay una frase que ilustra muy bien esta idea. La escuché en un anuncio de lotería en donde una pareja de emigrantes mira su décimo con ilusión. Suspiran, sonríen y dicen: "si nos toca, volvemos". ¿Y si no nos toca?

domingo, 12 de junio de 2016

Abriendo el camino (I) : Punto de partida

Tras siete meses combatiendo la nostalgia a golpe de tecla con este blog, ha llegado el momento de explicar el porqué de esta aventura en el extranjero. La razón por la cual mi despertador suena cada día, a mil doscientos kilómetros de mi ciudad natal, es la misma que ha empujado a más de dos millones de españoles al exilio indefinido. Se trata del sueño de llevar una vida digna, de trabajar en lo que un día estudiamos, de tener un empleo en el que seamos respetados y de gozar de derechos sociales a los que nuestro país de origen renunció y que ahora parecen irrecuperables.

Conviene recordar el contexto que provocó nuestra partida, sobre todo cuando unas elecciones generales se acercan y muchos prometen lo que fueron incapaces de hacer en su día. Uno de los privilegios que concede el paso del tiempo es la posibilidad de mirar atrás y poner a cada uno en su sitio. Cuando la crisis se instalaba a sus anchas en España, nuestros siempre brillantes políticos decían que estábamos en la "champions league" de la economía. Meses más tarde empezaron a hablar de "desaceleración económica", pero ya era demasiado tarde para todo. Por aquel entonces nuestro país se hallaba en lo más profundo de un abismo escondido bajo toneladas de demagogia barata, la misma a la que nuestro actual gobierno acude para hablar de "recuperación económica". Más que osado, parece temerario referirse de ese modo a una alarmante cantidad de contratos basura, pues significa legitimar condiciones laborales inaceptables en otros países europeos.

Volviendo al pasado, en medio del enrarecido ambiente de una crisis en pañales obtuve mi sufrido título de arquitecto, que este mes cumple siete primaveras. A la euforia por haber culminado muchos años de intenso trabajo, se unió una amarga decepción: el diploma que acababa de conseguir no servía para mucho más que para enmarcarlo. Y como no soy de los que les gustan colgar papeles firmados en la pared, ni siquiera para eso podía utilizarlo. Todavía recuerdo la indignación que sentí tras haber pasado tanto tiempo estudiando una carrera que no me garantizaba nada. Así fue como pasé un verano agridulce, contento por disfrutar de un merecido descanso, pero preocupado por un futuro inexistente. Poco a poco empecé a asumir que la única opción razonable, si quería ser consecuente con mi vida y aprovechar mis años de estudio, era cambiar de país.

Aunque soy un viajero incansable, comprar un único billete de ida es algo muy serio que no se puede tomar a la ligera, ya que implica rechazar muchas cosas y aceptar otras tantas: un cambio absoluto no apto para cardíacos. Con poco dinero en el bolsillo, decidí presentarme a todas las becas habidas y por haber. Al final conseguí una bastante desconocida: se llama "eurodisea" y se basa en convenios con regiones de distintos países de Europa, que cambian dependiendo de la ciudad en que se resida. El programa está abierto a candidatos ya diplomados y suele incluir tres meses de prácticas remuneradas precedidos de un mes de curso intensivo del idioma en que se trabajará. Yo quería un destino donde hablar inglés y me propusieron Noruega y Suiza. El país del salmón me parecía un lugar estupendo para ir de vacaciones, pero no tanto como para pasar un invierno entero (la beca empezaba en noviembre), así que acabé eligiendo el estado alpino.


Desgraciadamente, unas complicaciones me cerraron esa puerta cuando empezaba a sentir en mi estómago el característico hormigueo que precede toda nueva etapa. Los responsables de la beca vieron en mi currículum que sabía francés y me hicieron otra proposición. En un mundo que gira en torno al inglés, conocer una lengua menos hablada abre muchas más puertas de las que se pueda imaginar. Como ejemplo, el destino francés de la beca llevaba mucho tiempo vacante y no encontraba ningún candidato. Fue cuando llegó a mis oídos el nombre de Borgoña y su capital, Dijon, que sólo conocía por su afamada mostaza. No pasaron muchos días antes de recibir una de esas llamadas capaces de cambiar una vida: una entrevista telefónica con el director del C.A.U.E. de Côte-d'Or. No se trataba de un estudio de arquitectura, pero se dedicaba a la sensibilización sobre esa disciplina. Aunque se alejaba de lo que estaba buscando, era mucho mejor que quedarme con los brazos cruzados o con un trabajo no remunerado. Durante unos días caí en el abismo que existe entre la imagen de lo que deseamos y la realidad, pero salí y acabé aceptando aquel viaje de cuatro meses que se convirtieron en seis años y medio. La aventura acababa de empezar. [Continuará]

Dijon, 20/11/2009

En medio de un mundo material estamos nosotros, preguntándonos cuál es nuestro sitio, si todavía existe, si nos queda algún derecho que reclamar o si ya lo hemos perdido todo.

domingo, 29 de mayo de 2016

Curar con palabras

Sabía que aquella mañana llegaría tarde al trabajo. La noche anterior le había costado conciliar el sueño, pues al despertar sería su cumpleaños y no quería admitir que había perdido el rumbo de su vida. Habían anunciado lluvia de nuevo y por un momento pensó en no levantarse, olvidando la última vez que había visto lucir el sol en el cielo de Lyon. El mismo que iluminaba la tierra que tanto añoraba y que hacía un año había abandonado. La imagen de la gente dejada atrás le dio las fuerzas necesarias para salir de la cama. Si no lo hago por mí, lo haré por ellos, pensó cuando, a las cinco de la madrugada, cogió el metro que le llevaría al centro para empezar su jornada.

Hacía dos años que María había perdido a su padre y su recuerdo se sentaba cada día a su lado en el metro. Con la pensión de su madre como único ingreso, apenas llegaban a fin de mes y, menos aún, a prometer un futuro a su hermano pequeño. Con el dinero que ella mandaba desde el extranjero, quería alimentar la ilusión de que podía elegir un mundo mejor. María había estudiado psicología, pero se había encontrado con una crisis que obligaba a tener dos carreras y saber dos idiomas para conseguir un empleo temporal apenas remunerado. Sin el dinero suficiente, seguir estudiando era un lujo para ella. Se decidió a salir de su país, aunque los destinos donde se podía defender con su inglés ya estaban saturados. Le habían aconsejado ir a Francia, pero ¿cómo podría ejercer su profesión sin saber el idioma? ¿Cómo se puede curar con palabras sin conocer una lengua?

Llegaba con casi una hora de retraso. Nadie estaba allí para comprobarlo, pero tendría que afanarse si quería limpiar los mismos despachos en la mitad de tiempo. Aunque en su época de estudiante nunca se había imaginado empezar su cumpleaños en una situación parecida, no quería perder la oportunidad que la vida le había dado. En realidad cuidaba los hijos de una familia española afincada en Lyon que, además, le había pagado un curso de francés. Llevaba los niños al colegio, les daba de comer y limpiaba la casa, pero ahora su prioridad era encontrar un trabajo que le permitiera alquilar un piso y, por primera vez en veinticinco años, vivir su propia vida. Su francés no era muy bueno y se tuvo que conformar con limpiar oficinas, un empleo que el padre de la familia le había ofrecido. María halló en él una mano tendida al otro lado del abismo. Sólo tenía que atreverse a saltar, pero cuando se han perdido tantas cosas, ése es el menor problema.

Solía aprovechar la soledad de la madrugada para detenerse en cada mesa, observar la disposición de cada objeto e imaginar qué tipo de persona se sentaba en cada silla. Era un instinto que le recordaba su verdadera profesión, esa que nunca había ejercido. Todo detalle le servía para trazar un rápido perfil: sabía quiénes eran los maniáticos del orden, quién tenía hijos o quién viajaba a los destinos más exóticos, presentes en fotografías pegadas en cualquier parte. Ella llegaba siempre después, cuando la vida ya ha pasado y sólo queda el reflejo de los sueños no realizados. Actuaba como el policía que analiza el lugar del crimen o como el arqueólogo que viaja en el tiempo cuando estrecha el pasado entre sus manos. A veces jugaba a reconstruir las escenas que allí habían sucedido e interpretar la pieza de teatro de una vida que pudo ser y no fue, truncada por decisiones que otras personas habían tomado por ella. Se sentaba en una de las cómodas sillas e imaginaba que tenía más suerte, que podía disfrutar de horarios normales o de vacaciones pagadas. Podía soñar con los ojos abiertos. No quería poder ni riquezas, sino tener un trabajo estable, llevar una vida sencilla y realizarse tanto profesional como personalmente.

Aquella mañana no tenía tiempo para jugar a la búsqueda del tesoro y sólo podía concentrarse si no quería perder su empleo. Le extrañó ver un paquete envuelto en papel de regalo mientras limpiaba un escritorio. Sobre él, una etiqueta llevaba su nombre. ¿Sería para ella? Quedó paralizada por un instante, el tiempo que su mente necesitó para asimilar que había dejado de ser una mera espectadora. Abrió el envoltorio y se vio disfrutando de la vida que algún día esperaba tener, como la actriz deseosa por deslumbrar al público que había comprado su entrada sin haberla visto actuar antes. Sus temblorosas manos sostenían un contrato temporal que llevaba su nombre. Trabajaría en recursos humanos, aportando su formación en psicología para elegir entre los candidatos a un nuevo puesto. No curaría con palabras, pero estaría más cerca de hacerlo.

Una vez pasada la sorpresa inicial, lo comprendió todo. El padre de los niños que cuidaba estaría detrás de aquello. Él, que trabajaba en la empresa, que sabía cuándo era su cumpleaños y que no era más que otro emigrante español con más suerte que ella. Entonces comprendió que cada paso dado, por más insignificante o alejado de nuestro propósito que nos parezca, nos acerca más a nuestros sueños. Avanzó hasta el amplio ventanal que, desde lo alto de la torre de oficinas, ofrecía una impresionante vista de Lyon. Y allí, con su nuevo contrato en una mano, vio el amanecer a través de las lágrimas que inundaban sus ojos. Aunque los contornos se difuminaban, pudo ver el sol nacer y sentir una desconocida sensación de poder. La ciudad entera, aún dormida, se rendía sin saberlo bajo sus pies y ella, en la soledad de su torre, saboreaba el primer día de una nueva vida.  

domingo, 6 de diciembre de 2015

Paraísos perdidos

Ocurre todos los días sin que nos demos cuenta, en silencio, evitando ser descubierto: perdemos algo. Un llavero, unos pendientes, piel muerta, pelo, nuestros propios recuerdos... Se van sin decir nada y su ausencia será difícil de remarcar. Sólo el paso del tiempo los delatará y cuando lo haga ya será demasiado tarde para encontrarlos. Perdemos más fácilmente aquello que olvidamos, que relegamos a un segundo plano, y las pérdidas que más duelen son las de todo aquello que nunca volverá por más que nos esforcemos en recuperarlo. Hace unos meses fui testigo de una pérdida especialmente alarmante, ya que fui plenamente consciente de ella y de la imposibilidad de evitarla.

Se produjo este último verano, antes del estreno de la película "El Principito". No había leído el libro y no pude perdonarme, no sólo porque se trate del libro más publicado en el mundo después de la biblia, sino porque la ciudad natal de su autor, Lyon, es la misma en que vivo actualmente. Uno de los mayores placeres de dominar una lengua extranjera es el de leer sin pasar por el filtro de un traductor, apreciando cada una de las palabras y expresiones elegidas por el autor, razón de más para no perder un segundo en leer aquel libro. Podría haber descargado la versión digital y haberla leído en el móvil, pero habría extrañado la sensación de pasar con cuidado una página tras otra.

Además, no podía obviar el duro momento que vive el sector editorial, tanto en Francia como en España, gravemente tocado por una crisis económica que ha relegado la cultura a un segundo o más bien un tercer plano. Se trata de un mundo ya mermado por la cada vez más importante presencia del libro electrónico. En medio de un paisaje decadente, las pequeñas librerías sucumben bajo la suela de las grandes estructuras, ya se llamen "Fnac", "Chapitre" o "Gibert Jeune", por citar unos ejemplos franceses. Estaba decidido a comprar mi "Principito" en una de esas librerías de toda la vida, aunque no fuera fácil, pues no figuran en los centros comerciales y sus direcciones no aparecen en internet. Tenía que leer ese libro antes del estreno de la película, los días pasaban, entre semana no quedaba mucho tiempo después del trabajo para largos paseos en busca de tesoros escondidos y los fines de semana solían estar bastante cargados. Reconozco que estaba decidido a rendirme y comprarlo en la Fnac más cercana cuando sucedió lo improbable.

Era una luminosa mañana de finales de julio y el calor del verano quedaba atenuado por los grandes árboles que flanquean la avenida de Saxe. Me dirigía al estudio tras haber visitado a un cliente y miraba distraído los escaparates cuando lo encontré, gritando calladamente. "Le Petit Prince" se encontraba al otro lado de una vitrina enmarcada por unas elegantes y agrietadas molduras de madera. El aspecto descuidado del exterior delataba a una vieja librería de barrio, de las que siempre han estado ahí para acompañarnos y aconsejarnos con el libro que mejor se adaptara a lo que necesitáramos en cada momento. Abrí la puerta contento, satisfecho por haber alcanzado un objetivo casi sin quererlo y haber demostrado que entre los escombros siempre hay esperanza de encontrar supervivientes. En el interior me recibieron dos amables señoras de unos cincuenta años, rodeadas por montañas de libros cuya organización parecían ser las únicas en conocer.

Había empezado a ojear aquel pequeño caos de volúmenes antiguos, imposible de descifrar para un desconocido, cuando les pregunté por el libro de Saint Exupéry. Tenían la edición clásica, con las acuarelas originales del autor, pero también había una reciente publicación adaptada a los tiempos actuales, según decían. Me alcanzaron ambos libros y abrí la nueva versión, que había convertido el intemporal cuento en una moderna historia de viajes interestelares de ciencia ficción. Las mujeres me miraron expectantes. Cuando afirmé que me quedaría con la versión original, respiraron aliviadas. Después me dijeron, con una expresión triste y resignada, que si me interesaban otros libros, sólo tendría hasta el próximo sábado para comprarlos, pues la librería cerraría sus puertas para siempre. No supe qué decir. Había llegado a aquel lugar pensando haber encontrado un paraíso mientras huía de una maquinaria hostil que destruía cuanto hallaba a su paso. Había sido demasiado ingenuo pensando que podía recuperar lo que parecía perdido y había comprobado que aquel cáncer no sólo afecta a España, sino también a Francia y a cualquier otro país. Ya no me hacía falta recorrer todo el universo para descubrir que en todos los planetas lloran las rosas.

sábado, 31 de octubre de 2015

Lo inevitable

Podemos mirar a otro lado, ignorarlo, huir de él y pensar que no nos alcanzará, pero nunca escaparemos de lo inevitable. Hace seis años que llegué a Francia con un billete de ida en la maleta. Tan inevitable fue mi partida como el hecho de empezar a escribir este blog. Estamos habituados a viajar con billetes de ida y vuelta, con la seguridad de saber que nuestros días están contados y que pase lo que pase volveremos al lugar del que procedemos. Cuando la fecha de ida es el único dato impreso en el billete, la certeza queda sustituida por la incertidumbre de no saber cómo acabará la aventura y la necesidad de luchar por descubrir cuál será el siguiente paso, si algún día nos llevará de vuelta a casa.

No soy el único al que la crisis española empujó a abandonar inevitablemente su país. Por eso empiezo este blog. Para informar de lo que lleva consigo una experiencia de este tipo, con sus buenos y sus malos momentos. Para contar lo que nuestros políticos desconocen o ignoran deliberadamente, para hablar de la integración de un exiliado en un país extranjero y para relativizar la imagen de una España lejana a la marca que los medios intentan vender.

Me decido a escribir seis años después de mi partida no sólo porque no haya podido antes, sino sobre todo porque el paso del tiempo cambia mucho la visión de las cosas. Porque la euforia y la excitación de los primeros meses dejan paso a una mirada reposada y crítica, no sólo con el país de origen, sino con el de acogida. Porque el conocimiento prolongado de unas nuevas costumbres locales permite la comparación con las ya conocidas, la confrontación de dos culturas distintas a pesar de su proximidad.

Aterricé en Francia tras acabar la carrera de arquitectura. Podía haber sido cualquier otro país, pues cuando damos un salto al vacío poco importa lo que haya bajo nuestros pies. Lo que de verdad cuenta es volar y sentir el aire contra nuestro cuerpo. Llegué sin conocer a nadie, con una beca de prácticas de cuatro meses, pero conseguí un trabajo que me gusta, hice muy buenos amigos y descubrí al amor de mi vida, con el que tuve la suerte de casarme.

Durante estos años no he desperdiciado el tiempo, para qué nos vamos a engañar, y podrán comprobarlo si siguen este blog, donde espero escribir al ritmo de una página por semana y contar mis experiencias en el país del queso y la baguette. Relataré las dificultades de la vida del exiliado, con su eterna lucha contra el infranqueable muro de los prejuicios culturales, pero también hablaré de los placeres de vivir en un lugar desconocido donde se aprende algo nuevo cada día y se disfruta de derechos ganados no por el simple hecho de haber nacido en un territorio determinado, sino por haber demostrado con trabajo y esfuerzo ser merecedor de ellos. No jugaré a la crítica fácil, sino a la que proviene de la experiencia propia. Al fin y al cabo no tengo licencia para matar, aunque con el tiempo me haya construido una pequeña atalaya desde la que jugar al francotirador que busca con paciencia nuevos objetivos y se lo piensa dos veces antes de disparar.

Echando la vista atrás descubro que mi vida en el extranjero se ha basado en dos simples principios: cambio y adaptabilidad. Nunca sabemos de lo que somos capaces hasta que nos encontramos en una nueva situación y descubrimos aspectos de nosotros mismos hasta ese momento desconocidos. Así, los primeros y frenéticos meses de bombardeo constante de nuevas experiencias dan paso a la estabilidad de la rutina y a la sensación de que nunca dejaremos de aprender en un entorno ajeno que poco a poco se va convirtiendo en nuestro.

A pesar de un aparente equilibrio, el cambio ha sido mi única constante en estos años y nunca me he permitido hacer planes más allá de los siguientes tres meses. Así que, de momento, sólo me comprometeré a escribir este blog hasta enero, pues un cambio muy importante ya está programado para esa fecha. Aunque imagino la confianza que puedan tener en alguien que se fue cuatro meses de su país y lleva seis años sin volver... En fin, a veces las cosas no suceden como las planeamos y lo inevitable acaba por abrirse paso tarde o temprano.