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domingo, 18 de febrero de 2018

Segundas partes

Cuando decimos que segundas partes nunca fueron buenas, nos referimos a la continuación de una obra que pensábamos acabada. La siguiente página era una hoja en blanco o el próximo fotograma empezaba una interminable lista de nombres. La llegada de una continuación nos alegraba o decepcionaba, dependiendo de la calidad de la misma. Las series, sin embargo, utilizan la prolongación para profundizar en los personajes y acercarse a nuestra forma de percibir la realidad. Porque la vida no se para tras un supuesto final y siempre sigue, inconmovible, a nuestro pesar o a nuestro favor. Por eso quiero mostrar hoy las segundas partes de historias que relaté un día en este blog y que siguieron vivas después de su publicación.

Si en “la biblioteca del emigrante” (5/11/2017) hablaba de la curiosa existencia de la “partagère” (también llamada “givebox”), una estantería que, en medio de una plaza, facilitaba el intercambio de cualquier objeto de segunda mano, hoy tengo que lamentar su desaparición. En la pasada nochevieja, un desaprensivo quemó parte de la misma. Tras el triste acontecimiento, los vecinos de mi barrio no tardaron en movilizarse para desmontarla, repararla y darle así una segunda vida. En la página de facebook “Givebox Saint Louis La Partagère” podemos seguir el estado de la restauración y contribuir a la causa aportando madera o pintura. Resulta emocionante ver cómo el espíritu de la partagère sigue presente a pesar de su ausencia. Los bancos cercanos se han convertido en el nuevo e improvisado soporte de la humana necesidad de compartir. Aunque apena ver los libros, la ropa o los objetos de turno expuestos a la lluvia de este húmedo invierno, en su favor diré que el cambio de dueño no dura mucho tiempo.

En mi antiguo barrio de Lyon, del que me mudé hace exactamente un año, no existía semejante iniciativa. A pesar de haber dedicado a aquel familiar rincón tres artículos, “encuentros rutinarios” (4/9/2016), “agitado, pero no revuelto” (12/2/2017) y “unos centímetros a la izquierda” (19/2/2017), muchas cosas se quedaron en el tintero. Como, por ejemplo, que el piso en donde viví durante dos años y medio fue alquilado antes por otra pareja multicultural, francés él y española ella. Les resultamos simpáticos y nos eligieron como sus sucesores entre todas las visitas que recibieron. Además, descubrí que ella era de Alicante y habíamos estudiado en la misma universidad, aunque en distintas épocas y facultades. Estaba embarazada, razón por la que dejaron el piso, y la siguiente vez que la vimos iba acompañada por su hijo. Fue cuando nos recomendó su pediatra, que antes le recomendaron otras amigas. Era alguien que trataba muy bien a los niños y se tomaba el tiempo necesario para aclarar cualquier duda y responder cada llamada de los desesperados padres. Con tales referencias, no dudamos en contactarle cuando nació nuestro hijo. Esta singular red de relaciones siguió tejiéndose cuando descubrí que mi socio llevaba a sus hijos al mismo pediatra, pero sobre todo cuando el propio médico nos confesó que su mujer era arquitecta y buscaba un estudio en donde hacer una temporada de prácticas para validar su título. Nosotros necesitábamos a alguien que nos echara una mano y no nos lo pensamos dos veces.       


Así fue como descubrimos que la pareja era de origen sirio (imposible reconocerlo en el perfecto francés que habla el marido) y acabé dedicando un artículo a la mujer, “que no nos lo cuenten otros” (9/7/2017), en que hablaba de la triste suerte del colectivo sirio. La casualidad, llamémosla así, quiso que otro becario sirio, que también mencioné en el artículo, llamara a nuestra puerta. Lo que no dije fue que, para nuestra sorpresa, apenas duró una jornada en el estudio. Nos preocupamos cuando no dio señales de vida al día siguiente: llamamos varias veces a un móvil, que parecía apagado, y acabamos recibiendo un mail en donde explicaba que no podía compatibilizar el ritmo del estudio con un trabajo de verano. Si bien hemos tenido becarios de todo tipo, ninguno es comparable al que hizo las prácticas más cortas de la historia y nos dejó un amargo sabor de boca, una mezcla de falta de seriedad y escasa motivación. Su compatriota, la mujer del pediatra, deploró la imagen que el joven dio de su país, que poco me importó, pues no soy de los que generalizan fácilmente. Ella nos dejó unos meses más tarde, al término de su contrato. Tal vez vuelva algún día, si el trabajo del estudio lo permite, para demostrar que las segundas partes, buenas o malas, son meras conexiones con el complejo y vasto mundo que nos rodea, tan inesperadas como inevitables.

domingo, 10 de septiembre de 2017

De vuelta

Si septiembre tuviera sinónimos, serían regreso, vuelta o nostalgia (por todo lo que acaba y no sabemos si recuperaremos). Más allá de las diferencias que separan naciones, todos coincidimos en las ganas de dejar todo a un lado durante un tiempo: partir en agosto y volver en septiembre. Es el mes melancólico, que supone el fin de muchas cosas, pero también el comienzo de otras. Y aquí estamos un año más, agradecidos por poder seguir luchando mientras nos acordamos de quienes se quedaron por el camino y no pueden decir lo mismo. De vuelta. De septiembre.

En Francia se trata del mes de la "rentrée", una de esas palabras que pierden toda su riqueza cuando la traducimos al castellano. Si bien equivale a nuestra "vuelta al cole", su significado es mucho más complejo y no se aplica únicamente a los niños. Igual de importantes son la rentrée politique (la reanudación de la vida política), la rentrée littéraire (fecha clave para editores y lectores, cuando una avalancha de nuevas publicaciones invade las librerías que, por suerte, todavía quedan) o la rentrée théâtrale (el comienzo de la nueva temporada en los escenarios). En Francia la rentrée es, en definitiva, uno de los momentos más importantes del año. Es la vuelta a la vida, cuando retomamos actividades, pero, sobre todo, empezamos nuevas y podemos reinventarnos a nosotros mismos. El calendario señala siempre el uno de enero como el comienzo de todo, cuando se formulan los nuevos propósitos, y nos hace olvidar que, en realidad, todo empieza en septiembre, como un eterno eje en torno al que gira, una y otra vez, el ciclo de la vida.

En mi particular regreso a la rutina, camino del trabajo, me he encontrado con todos esos actores que siguen jugando su mismo papel, perfectamente coordinados, saliendo a mi encuentro a la misma hora y en el mismo lugar (siempre que yo también conserve mis hábitos horarios). Si un día me retraso o adelanto, los rostros que tanto conozco ya no son los mismos. No ha faltado ninguno y me pregunto si, en mi ausencia, han seguido escenificando la misma coreografía.

Son las siete y cuarto de la mañana y la ciudad se despierta sin prisas. En una plaza la grúa se afana en llevarse los únicos coches que impiden que el mercado del barrio se instale como lo hace habitualmente, tres días a la semana. Unos tenderos esperan mientras otros abren sus camiones y exponen su fresca mercancía. Entre todos destaca siempre el carnicero, con su potente voz y su imperturbable sonrisa, bromeando con sus parroquianos. Sigo caminando y, algo más lejos, una señora anda absorta en sus pensamientos. Unas veces va mirando el suelo, otras mantiene la mirada en el horizonte, perdida, y se cruza fugazmente con la mía. Tiene el pelo gris, a la altura de los hombros, gafas y una bolsa que cuelga de su mano, donde seguramente lleve la comida para el descanso del mediodía. Se dirige a la boca del metro, donde un joven repartidor de periódicos gratuitos la espera con un ejemplar en las manos. Más allá, los bares árabes sirven los primeros tés del día. Sobre la pared del fondo hay un televisor, donde el telediario de la mañana anuncia los resultados deportivos del fin de semana. Sentados en una mesa, sus ropas manchadas delatan a unos pintores que intentan reunir fuerzas antes de empezar una nueva jornada. Caras de sueño, bostezos y pocas ganas de levantarse de la silla.


Y unas calles antes de llegar a mi trabajo se encuentra el único de estos personajes que no ha faltado un día a su cita, sentado junto al mismo portal, con su eterna gorra, su barba y sus gafas. Frente a él hay una pequeña cesta y un cartel que pide, por favor, una moneda. No implora ni dice nada, sólo observa la vida pasar como el perro fiel que espera le sea devuelta una mínima parte de la lealtad que ya ha ofrecido. Cuando, pasadas las siete de la tarde, emprendo el camino de vuelta a casa, lo vuelvo a ver en el mismo lugar, con la misma postura. Hay algo de admirable en su manera de actuar, de crear una rutina inalterable. Para él no hay rentrée que valga. Todos los días son el mismo. Le miro y me pregunto si los cambios que inventamos, nuestras idas y venidas, son una mera ilusión, un pasatiempo con que ocuparnos mientras la vida se repite siguiendo su habitual ritmo. A veces me dan ganas de dejarlo todo, sentarme a su lado, escuchar la historia que le ha llevado hasta allí y mirar, al fin, el mundo a los ojos. Sin que las comodidades y las distracciones escondan lo que de verdad importa.

domingo, 27 de noviembre de 2016

Ayudar a soñar

Sus arrugadas manos sostienen una bandeja de mimbre llena de golosinas. Su gran sonrisa ilumina un rostro que más de setenta años se han encargado de esculpir. Una tira atada a la bandeja rodea su cuello y le ayuda a mantener su contenido horizontal mientras camina entre las filas de asientos rojos, gritando lo que puede ofrecer. Al otro lado de la gran sala, otra mujer de su misma edad hace lo propio con un importante cargamento de helados. Sus figuras se recortan sobre la gran pantalla blanca y hacen crujir el antiguo parqué bajo sus pies. Observo, divertido, el entrañable espectáculo y doy gracias al azar por haberme mostrado un mágico lugar donde el tiempo se detuvo hace más de ochenta años. Estoy en un auténtico cine de barrio y la película va a empezar.

Se llama "Cinéma Bellecombe", recibe el nombre de la iglesia de Lyon junto a la que se encuentra, pero bien podría llamarse "Cinema Paradiso", pues no tiene nada que envidiar a la sala de la mítica película de Giuseppe Tornatore. Aunque sigue perteneciendo a la iglesia, una asociación de ancianos se encarga de darle vida cada miércoles tarde y fin de semana. La cartelera no es variada, pero los precios son atractivos. Hay una única sala y dos películas cada semana, que llegan cuando ya han dejado de proyectarse en los cines convencionales. La asociación se guarda el derecho de elegirlas, por lo que sólo veremos títulos para toda familia, con poca violencia, muchas comedias, producción nacional y algún que otro clásico de la historia del cine. Los éxitos de la temporada también pasarán por esta atípica sala donde la calurosa acogida de su personal hará que nos sintamos como en casa. El geométrico estilo art déco nos hará viajar en el tiempo hasta reencontrar el modesto teatro que en los años treinta fue reconvertido en cine. A pesar de las vetustas butacas de las primeras filas, de las que se acordará nuestra espalda tras dos horas de inmovilidad, el sonido es impecable y la calidad de la imagen delata la presencia de un proyector digital. Todos los ingredientes para ayudarnos a soñar y dejar volar nuestra imaginación en la cómplice oscuridad.

Éste es mi cine de barrio, el que está al lado de mi casa, pero no es el único en Francia y esa es la moraleja de esta historia. También están los cines de arte y ensayo, más numerosos, que proyectan películas imposibles de ver en los círculos comerciales. Allí encontraremos los filmes premiados en conocidos festivales o los más destacados de cualquier país del mundo, que veremos en versión original subtitulada. Porque, por bueno que sea el doblaje, es imposible sustituir las respiraciones, pausas y entonaciones de los actores. Además, estos cines suelen organizar retrospectivas sobre un director determinado, proyecciones en presencia de actores y director, debates animados por críticos, cortometrajes, cursos, talleres... Pequeños detalles que dignifican al cine, tratándolo como un arte más y no como un objeto que consumir según modas o gustos de productoras.

Descubrí este tipo de cines cuando llegué a Dijon, donde contaba con dos (El Dorado y Devosge) cerca de mi casa. Tras la gala de los Goya, siempre estaban las películas premiadas, como después de cada festival de Cannes o de Berlín. Había ciclos interesantes y la posibilidad de ver en versión original las mejores películas de los círculos comerciales. Lejos de lo que pueda pensarse, estos cines no son pequeños o cochambrosos, sino que tienen todas las comodidades imaginables y, además, son más baratos que los convencionales. Cuando dejé la capital de la mostaza, pensé que los echaría de menos, pero en Lyon no he tenido razones para quejarme: hay muchos más cines de arte y ensayo. Fue en esta ciudad donde los hermanos Lumière inventaron el cinematógrafo y el Institut Lumière se ha encargado de reformar muchas salas, con una programación muy interesante.

En España la realidad es bien distinta, pues siempre que comparemos la política cultural de nuestro país con la de Francia, saldremos muy mal parados. Siguiendo con ejemplos que conozco de cerca, diré que en Murcia el panorama es más que desolador: en el centro sólo quedan tres salas apenas rentables, acosadas por los enormes multicines de los centros comerciales, donde ver una película pasa a ser un acto consumista más. La única esperanza es la Filmoteca Regional, aunque la programación sea menos actual y animada que en los cines franceses. Recuerdo con cariño cuando mi padre me hablaba de los desaparecidos cines de arte y ensayo de los años setenta, cuando el cine representaba un útil instrumento que ayudaba a soñar y ver el mundo con otros ojos.

domingo, 4 de septiembre de 2016

Encuentros rutinarios

Tiene doce años y un mundo en sus ojos. Ha ofrecido a una anciana el único asiento que quedaba libre en el tranvía y sólo se ha sentado tras haber escuchado su rechazo. Me ha devuelto la mirada y no es tan inocente como su pequeña estatura podría hacer pensar. Acostumbro a mirar a los ojos a quien encuentro en mi camino, con franqueza, porque es la única forma de conocer a quien aparece frente a nosotros. Sin palabras ni acciones que deformen quienes realmente son. Todos me evitan y orientan sus cabezas hacia las anodinas pantallas de sus teléfonos móviles, que parecen robarles el alma y convertirles en cuerpos inertes. Él es el único que me observa como yo a él. Por un instante nuestros pensamientos se cruzan y me cuenta que no tiene una vida fácil ni nunca la tendrá.

No sé su nombre, pero no es la primera vez que le veo y mentiría si dijera que no le he echado de menos, como a todas esas personas con que me cruzo antes de subir al tranvía. Forman parte de esos rostros que vemos casi todos los días a la misma hora, en el mismo sitio, y que la rutina, esa invisible organizadora del mundo, pone ante nosotros. La vida se decide a partir de esos detalles, gracias a matices que muestran cómo cada elemento se relaciona con el resto, aunque las invisibles conexiones escapen a menudo a nuestros ojos. Con el tiempo he ido entrenando una mirada curiosa que analiza su entorno, compara su evolución y, desde la discreción de un estudiado segundo plano, va atribuyendo a cada pieza la posición que le corresponde en un infinito rompecabezas.

Tras las vacaciones pensaba que podría haber alguna ausencia, una baja impuesta por un cambio de costumbres, pero casi todos han resistido en los puestos que la vida les ha otorgado, esperando en silencio nuestro encuentro. Nunca nos saludamos, pero sabemos quiénes somos. A veces juego a adivinar sus vidas, a asignar nombres y roles a partir de su físico, sus gestos o su forma de vestir. Me alegra encontrarles lejos de sus recorridos habituales, cuando les veo comprando un sábado, saliendo de su casa o paseando con su familia por el parque. No sólo les reconozco por seguir los pasos de una repetitiva coreografía, sino por formar parte de mi vida. Entonces recojo preciadas pistas que me ayudan a completar esas historias que nunca sabré cuán lejos están de la realidad.

Un día, como cualquier otro, salgo de mi casa a las ocho de la mañana, cruzo la calle, ando unos metros y ya están ahí, con una bolsa de rafia bajo el brazo, delante del supermercado. No les importa que falte media hora para que abra, es su peculiar ritual y nadie puede quitárselo. Permanecen de pie, incansables, viendo la vida pasar, controlando las obras cercanas y comentando lo que se les pasa por la cabeza. Visten camisetas de andar por casa o viejos chándales y uno de ellos luce siempre una gorra. Ninguno de los dos hombres volverá a cumplir los setenta. Aunque podrían disfrutar de un merecido descanso, nunca faltan a su cita, ya sea invierno o verano. Y parece que la fórmula tiene éxito, porque desde hace unos meses son tres los que esperan, sin prisa, que las puertas automáticas se abran. Acaban de saludar a una mujer, que se para y habla con ellos.

A ella también la veo todos los días mientras pasea a su perro antes de ir al trabajo. Tiene cuarenta y tantos, una mirada despierta y una alborotada melena. Forma parte de esas personas que acaban pareciéndose a sus mascotas, o viceversa, pues no les conozco tanto como para afirmarlo. El perro es un gran danés de paso fuerte y decidido, tan negro como el pelo de su dueña, al que sus colgantes orejas recuerdan demasiado. Les suelo ver saliendo de su edificio o conversando con el trío del súper. A veces camino tranquilo, con el tiempo suficiente para comprobar cómo ella me reconoce y sonríe, pero cuando llego tarde al trabajo, me cuesta esquivar al perro mientras busca una farola.

Antes de llegar a la parada del tranvía, paso por la floristería que regenta una incansable mujer. Lo hace con pasión y alegría, que transmite en cada movimiento, desde que pone sus más vistosas flores junto a la puerta hasta que pliega la pizarra colocada en medio de la acera, en la que siempre escribe una frase llena de optimismo. Una de ellas, de Albert Einstein, resume perfectamente esta vuelta al trabajo y parece dar fuerzas para continuar con la rutina, con las cosas que nos cuesta más hacer, no porque no nos gusten, sino porque estamos obligados a hacerlas. "La vida es como una bicicleta. Hay que avanzar para no perder el equilibro".

domingo, 26 de junio de 2016

Abriendo el camino (III) : Una aventura personal

Aplastados por el peso de un trabajo demasiado presente en nuestras vidas, cegados por una profesión que utiliza la máscara de una pasión para invadir nuestro mundo personal, a veces olvidamos qué es lo más importante. Ignoramos los detalles capaces de justificar una existencia. Pasamos por alto las pistas que deberían guiar nuestro camino. A veces privilegiamos el éxito profesional y relegamos a un segundo plano lo más valioso que podemos encontrar: las personas que salen a nuestro paso y nos acompañan durante más o menos tiempo. Más allá de mi experiencia laboral en el extranjero, me quedo con una emocionante aventura personal que está lejos de acabar.

Cuando la beca "Eurodisea" me llevó a Dijon, lo hizo incluyendo el alojamiento, algo que facilita mucho la vida cuando no se conoce nada ni a nadie en el lugar al que se viaja. Tuve dos opciones: una residencia de estudiantes o una familia de acogida, aunque la elección no parecía ser una posibilidad. Yo prefería una residencia, pues buscaba libertad y empezar esta nueva etapa desde cero: quería demostrarme a mí mismo que podía desenvolverme solo. Durante mis estudios estuve en un colegio mayor y compartí piso, así que esta vez me apetecía cambiar. No quería depender de una familia desconocida ni plegarme a sus horarios y costumbres.

Como si el destino hubiera escuchado mis deseos y conspirado en mi contra, la beca me impuso una familia de acogida. Tras aceptar a regañadientes y conocer a mis anfitriones, comprendí cuán lejos mis prejuicios estaban de la realidad. Me encontré con una familia amable y simpática que me acogió calurosamente y me trató como a un hijo más. Con un carácter más que abierto, me facilitaron una inmersión total en la cultura francesa: no dudaron en corregir mi errores al hablar, en mostrarme sus lugares preferidos, en cocinar las especialidades locales y hacerme probar los vinos de los que más orgullosos estaban. Conviví con ellos durante casi ocho meses y continuamos manteniendo una buena relación cuando me fui a compartir piso con un amigo y cuando, un año después, me independicé finalmente y alquilé mi propio apartamento. Se convirtieron en mi familia francesa y siempre han estado ahí para todo lo que he necesitado.

La beca incluía igualmente un curso intensivo de francés durante un mes. Además de repasar las claves de la gramática, aprendimos todas aquellas palabras y expresiones que no figuran en ningún libro, pero que forman parte del argot la vida cotidiana. Y, por encima de todo, los becados formamos un grupo muy majo, que se convirtió en inseparable y al que nuestra profesora no dudó en unirse. Españoles, portugueses y rumanos, unidos por una misma situación, compartimos sentimientos similares, disfrutamos de una experiencia única e intensa, descubrimos juntos un nuevo país y nos abrimos paso en un complicado mundo laboral.

En lo que a trabajo se refiere, tuve la suerte de contar con simpáticos compañeros que se convirtieron en amigos y que continuaron guiándome en mi aventura francesa. Siempre me implico con intensidad en cada proyecto que realizo, empujándome a integrar en mi vida personal a quien encuentro por un motivo laboral. Como ejemplo, mientras trabajaba en el proyecto y dirección de obra de un crematorio, conocí a la familia de pompas fúnebres que ocuparía el edificio una vez acabado. A pesar del respeto inicial que me provocaba aquella profesión, descubrí a un equipo joven que me enseñó cuán humano y apasionante es su trabajo (sí, estoy hablando de una funeraria). Acabé haciéndome amigo del director del crematorio, que hasta fue testigo en mi propia boda.

Y así es como he ido aprovechando cualquier posibilidad que la vida me ha ofrecido para crecer personalmente y convertir cada encuentro en una buena historia que compartir. Me he dejado llevar, sin lógica aparente, por lo que de verdad importa. Si buscásemos la razón por la que dejamos al amor dirigir nuestras vidas, pronto nos rendiríamos. Guiado por el más irracional de los sentimientos, hace dos años dejé mi trabajo en Dijon para cambiar de ciudad, empezar un nuevo camino y llegar a otra fiesta empezada, de la mano de quien conoce al anfitrión. En Lyon encontré trabajo en otro estudio de arquitectura, demostrándome que siempre hay oportunidades para quien sabe buscarlas. Y aquí sigo, con la única seguridad de no saber a donde me lleva el camino.

Singapur, 02/05/2015

Cuando abrimos los ojos, parpadeamos y, perplejos, nos preguntamos si seguimos soñando, significa que hemos llegado en el momento justo, al lugar indicado.

domingo, 29 de mayo de 2016

Curar con palabras

Sabía que aquella mañana llegaría tarde al trabajo. La noche anterior le había costado conciliar el sueño, pues al despertar sería su cumpleaños y no quería admitir que había perdido el rumbo de su vida. Habían anunciado lluvia de nuevo y por un momento pensó en no levantarse, olvidando la última vez que había visto lucir el sol en el cielo de Lyon. El mismo que iluminaba la tierra que tanto añoraba y que hacía un año había abandonado. La imagen de la gente dejada atrás le dio las fuerzas necesarias para salir de la cama. Si no lo hago por mí, lo haré por ellos, pensó cuando, a las cinco de la madrugada, cogió el metro que le llevaría al centro para empezar su jornada.

Hacía dos años que María había perdido a su padre y su recuerdo se sentaba cada día a su lado en el metro. Con la pensión de su madre como único ingreso, apenas llegaban a fin de mes y, menos aún, a prometer un futuro a su hermano pequeño. Con el dinero que ella mandaba desde el extranjero, quería alimentar la ilusión de que podía elegir un mundo mejor. María había estudiado psicología, pero se había encontrado con una crisis que obligaba a tener dos carreras y saber dos idiomas para conseguir un empleo temporal apenas remunerado. Sin el dinero suficiente, seguir estudiando era un lujo para ella. Se decidió a salir de su país, aunque los destinos donde se podía defender con su inglés ya estaban saturados. Le habían aconsejado ir a Francia, pero ¿cómo podría ejercer su profesión sin saber el idioma? ¿Cómo se puede curar con palabras sin conocer una lengua?

Llegaba con casi una hora de retraso. Nadie estaba allí para comprobarlo, pero tendría que afanarse si quería limpiar los mismos despachos en la mitad de tiempo. Aunque en su época de estudiante nunca se había imaginado empezar su cumpleaños en una situación parecida, no quería perder la oportunidad que la vida le había dado. En realidad cuidaba los hijos de una familia española afincada en Lyon que, además, le había pagado un curso de francés. Llevaba los niños al colegio, les daba de comer y limpiaba la casa, pero ahora su prioridad era encontrar un trabajo que le permitiera alquilar un piso y, por primera vez en veinticinco años, vivir su propia vida. Su francés no era muy bueno y se tuvo que conformar con limpiar oficinas, un empleo que el padre de la familia le había ofrecido. María halló en él una mano tendida al otro lado del abismo. Sólo tenía que atreverse a saltar, pero cuando se han perdido tantas cosas, ése es el menor problema.

Solía aprovechar la soledad de la madrugada para detenerse en cada mesa, observar la disposición de cada objeto e imaginar qué tipo de persona se sentaba en cada silla. Era un instinto que le recordaba su verdadera profesión, esa que nunca había ejercido. Todo detalle le servía para trazar un rápido perfil: sabía quiénes eran los maniáticos del orden, quién tenía hijos o quién viajaba a los destinos más exóticos, presentes en fotografías pegadas en cualquier parte. Ella llegaba siempre después, cuando la vida ya ha pasado y sólo queda el reflejo de los sueños no realizados. Actuaba como el policía que analiza el lugar del crimen o como el arqueólogo que viaja en el tiempo cuando estrecha el pasado entre sus manos. A veces jugaba a reconstruir las escenas que allí habían sucedido e interpretar la pieza de teatro de una vida que pudo ser y no fue, truncada por decisiones que otras personas habían tomado por ella. Se sentaba en una de las cómodas sillas e imaginaba que tenía más suerte, que podía disfrutar de horarios normales o de vacaciones pagadas. Podía soñar con los ojos abiertos. No quería poder ni riquezas, sino tener un trabajo estable, llevar una vida sencilla y realizarse tanto profesional como personalmente.

Aquella mañana no tenía tiempo para jugar a la búsqueda del tesoro y sólo podía concentrarse si no quería perder su empleo. Le extrañó ver un paquete envuelto en papel de regalo mientras limpiaba un escritorio. Sobre él, una etiqueta llevaba su nombre. ¿Sería para ella? Quedó paralizada por un instante, el tiempo que su mente necesitó para asimilar que había dejado de ser una mera espectadora. Abrió el envoltorio y se vio disfrutando de la vida que algún día esperaba tener, como la actriz deseosa por deslumbrar al público que había comprado su entrada sin haberla visto actuar antes. Sus temblorosas manos sostenían un contrato temporal que llevaba su nombre. Trabajaría en recursos humanos, aportando su formación en psicología para elegir entre los candidatos a un nuevo puesto. No curaría con palabras, pero estaría más cerca de hacerlo.

Una vez pasada la sorpresa inicial, lo comprendió todo. El padre de los niños que cuidaba estaría detrás de aquello. Él, que trabajaba en la empresa, que sabía cuándo era su cumpleaños y que no era más que otro emigrante español con más suerte que ella. Entonces comprendió que cada paso dado, por más insignificante o alejado de nuestro propósito que nos parezca, nos acerca más a nuestros sueños. Avanzó hasta el amplio ventanal que, desde lo alto de la torre de oficinas, ofrecía una impresionante vista de Lyon. Y allí, con su nuevo contrato en una mano, vio el amanecer a través de las lágrimas que inundaban sus ojos. Aunque los contornos se difuminaban, pudo ver el sol nacer y sentir una desconocida sensación de poder. La ciudad entera, aún dormida, se rendía sin saberlo bajo sus pies y ella, en la soledad de su torre, saboreaba el primer día de una nueva vida.  

domingo, 10 de abril de 2016

Hijos de emigrantes

Nunca sabemos cuándo la vida va a sorprendernos. Cuando somos testigos de uno de esos momentos inesperados nos echamos hacia atrás con un gesto de incredulidad, preguntándonos qué se esconde tras esa extraña coincidencia o si somos nosotros quienes provocamos lo que no somos capaces de entender. Hace año y medio me incorporé al equipo de dirección de obra de un museo de Lyon. Entre mis nuevos compañeros se encontraba un tipo simpático que no sólo tenía un apellido español, sino que conocía mi ciudad natal y tenía a parte de su familia en Guadalupe, una pedanía de Murcia. No tardamos en hacernos amigos y, aunque él nació en Lyon y es francés, a veces conversamos como dos murcianos separados únicamente por una generación de emigrantes.

La historia de la emigración española es cíclica y se repetirá mientras nuestro nivel de vida sea visiblemente inferior al de nuestros vecinos europeos, diferencia que nuestro anterior gobierno se empeñó en acrecentar con sus políticas de los últimos años. La desigualdad es mayor que nunca, así como las razones por las que partir. Antes iban a Alemania, Suiza o América Latina y ahora los destinos son más diversos. Más de la mitad de los españoles residentes en el extranjero no han nacido en España, según el Instituto Nacional de Estadística, y esos datos no tienen en cuenta todos aquellos hijos de emigrantes que, como mi amigo, tienen la nacionalidad del país en que nacieron.

Él sólo ha estado en Murcia de vacaciones, pero recuerda con cariño los veranos de su infancia, las cálidas aguas del Mar Menor o los paseos entre los naranjos. Por sus venas corre sangre española y no es difícil darse cuenta, pues su carácter abierto, amable y jovial le delata. Desde que sus padres murieron ha perdido la buena costumbre de hablar español, los encuentros con sus hermanos son cada vez más esporádicos y entre ellos les resulta más fácil utilizar el francés, sobre todo porque sus hijos y sobrinos sólo hablan en esa lengua.

Una vez, hablando del curso de la vida, me dijo que cuando tenemos hijos acabamos dejándonos llevar por ellos y llegando a donde ellos nos llevan. Tal vez sus padres pensaran trabajar en Francia hasta jubilarse y pasar el ocaso de sus vidas bajo el sol murciano que les vio nacer, pero su camino se torció cuando menos lo esperaban: tras la repentina muerte de su padre, su madre decidió quedarse en Francia. Sus hijos estaban allí y se acabó resignando a volver a Murcia un verano cada dos años, obligando así a su familia a conocer la tierra de la que proceden. Mi amigo tiene dos hijos y también ha podido comprobar cómo ellos han acabado guiando su vida. Aunque les haya enseñado español, ya no lo hablan en casa y a él cada vez le cuesta más expresarse en esa hermosa lengua que sus padres le dejaron como la herencia más preciada.

Hace unas semanas mi amigo me llamó para contarme el penúltimo capítulo de esta historia, el más insólito o el más coherente, según cómo se mire. Su hija, atraída por una lengua que le gusta y tiene en los genes, está estudiando filología hispánica, en septiembre cursará una beca Erasmus y ha elegido Murcia para vivir esa experiencia. Su padre acudió a mí para encontrar un buen alojamiento y facilitarle las cosas. Colgué el teléfono con una sonrisa, pensando en cómo la vida se reconduce para cerrar un ciclo que siempre se repite. La sangre de los padres de mi amigo, tras haber emprendido una larga aventura, volverá al lugar del que un día salió. Su nieta pisará la tierra a la que sus abuelos nunca pudieron regresar, la descubrirá durante unos meses y quién sabe lo que sucederá después. Tal vez decida acabar su carrera allí e instalarse indefinidamente. Tal vez no esté preparada, vuelva a Lyon y deje que otra generación cierre el ciclo que la vida ya ha abierto. El futuro estará sólo en sus manos, pues aunque la vida marque las tendencias que invisiblemente nos guían, la elección siempre es posible y todavía podemos ser libres.

A veces veo a mi amigo como si se tratara de una imagen de mi propio futuro. Entonces pienso en mi hijo e intento imaginar lo que tiene preparado para mí. Me recorre un escalofrío cuando siento la incertidumbre de los próximos años y la ausencia de certezas, que tampoco he tenido en otras situaciones de mi vida. En momentos como éste viene a mi cabeza una filosofía que me acompaña desde que hace seis años y medio dejara mi país: lo mejor siempre está por llegar.

domingo, 27 de marzo de 2016

Amigos para siempre


Entraron en nuestra vida hace tanto tiempo que nos cuesta recordar. Lo hicieron de forma discreta o fortuita y se quedaron para siempre. Nos conocen mejor que nadie y un simple gesto les basta para saber cómo nos sentimos. Aun cuando hace tiempo que no los vemos, tenemos la certeza de que siempre están ahí, dispuestos a ayudarnos en cualquier momento, y nunca nos equivocaremos si vamos a ellos en busca de consejo. Hablo de los amigos de verdad, ésos que nos cuesta tanto dejar atrás por miedo a no encontrar otros allá a donde vayamos.

Al llegar a un país extranjero no nos será difícil hacer nuevos amigos, sobre todo si venimos gracias a un programa de estudios. Seguramente serán de varias nacionalidades, se hallarán en la misma situación que nosotros y al cabo de pocas semanas tendremos la impresión de conocerlos desde siempre. En un país ajeno las experiencias son más intensas, vivimos más cosas en menos tiempo y nos resulta muy fácil abrirnos y empatizar con alguien. Esos nuevos lazos hacen más difícil la despedida, que tarde o temprano acaba llegando, y forman parte del efecto erasmus, ese estado transitorio que asumimos cuando llegamos y del que tanto nos costará desprendernos.

Casi sin darnos cuenta nos encontraremos con un trabajo, pero no todos podrán o querrán hacer lo mismo y las fiestas de despedida se convertirán en una agridulce rutina. Una vez echada el ancla, desde nuestra estable atalaya será más fácil ver la gente pasar. Aunque el dolor de las amistades a distancia será mitigado por las redes sociales, no podremos evitar salir al encuentro de nuevos "erasmus" que sigan guardando la frescura y el estado de ánimo que tanto necesitamos. Haremos nuevos amigos y compartiremos nuevos momentos que acabarán pasando. Tras unos meses ellos también se irán, el espejismo desaparecerá y nosotros repetiremos el ciclo de las nuevas amistades pasajeras, de las relaciones más o menos íntimas con fecha de caducidad. Tendremos un amigo en cada país, pero nadie a nuestro lado que nos abrace sinceramente. Acabaremos preguntándonos si volveremos a hacer nuevos amigos para siempre, como esos que nos siguen esperando fielmente en nuestro país y que nos reciben con los brazos abiertos cada vez que les visitamos.

Un día me cansé y decidí no volver a hacer amigos erasmus. Seguiría de una vez el consejo de mi padre, que siempre intentaba convencerme para que fuera con franceses y me integrara del todo. Hice buenos amigos que todavía hoy conservo, pero no fue nada fácil, pues algunos franceses ponen frente a ellos un muro imposible de franquear sin ayuda. Acababa de cumplir un año en Dijon y pensaba que nunca volvería a tener amigos como los que había dejado en España cuando mi compañero de piso encontró a un granadino que se volvería a su ciudad en cuatro meses y que no conocía a mucha gente, pues sus amigos, como los nuestros, también se habían ido. A pesar de mi reticencia por conocer a alguien que estuviera de paso, acabamos quedando con él. Tal vez fuera gracias al abierto carácter del sur que ambos compartíamos, pero en poco tiempo congeniamos y nos convertimos en buenos amigos, algo que nunca habría sucedido con un francés. Su despedida fue triste a pesar de haber sido anunciada, él se convirtió en un nombre que alarga mi lista de amigos de facebook y yo volví a mi eterna búsqueda de otra amistad que valiera la pena guardar.

Unos meses después me anunció que un amigo suyo de Granada venía a Dijon y me pidió que le ayudara en lo que pudiera. Él también se iría, pero como nunca se puede negar un favor a un amigo, acepté el reto. En poco tiempo la historia volvió a repetirse y nos hicimos grandes amigos. Estuvo un año en Dijon y compartimos momentos que condicionarían el resto de mi vida y harían aún más difícil su despedida. Uno de esos instantes fue una cena que dio en su casa, donde las nacionalidades volvieron a mezclarse de la forma más natural posible: un italiano, un austríaco, una alemana, dos franceses, una yanqui, una rumana y dos españoles. Nunca olvidaré cuando empecé a hablar con aquella misteriosa chica rumana que no sólo conocía mi ciudad natal, sino que ya había estado en ella. En ese momento desaparecieron todas las dudas e inseguridades y ambos nos dimos cuenta del tiempo que habíamos estado esperando aquel encuentro. Cuando la miré a los ojos supe que estaba ante la compañera de viaje que tanto había buscado, con la que me casaría tres años después y tendría un hijo. Desde entonces nunca rechazo a quien el azar pone en mi camino.

domingo, 28 de febrero de 2016

Recuerdos talados

Cuando llegamos por primera vez a un lugar desconocido, buscamos, incluso sin darnos cuenta, guías que permitan orientarnos. Cuando nos hallamos en un terreno hostil, nos aferramos a cualquier detalle que entre en resonancia con alguna parte de nosotros mismos. La mayoría de las veces se trata de recuerdos de nuestra infancia, nuestra juventud o cualquier cosa que algún día significó algo para nosotros. Su presencia nos tranquiliza, la similitud con algo familiar nos da seguridad y, de pronto, nos sentimos con fuerzas renovadas para seguir caminando. Sin embargo, cuando una de esas referencias desaparece drásticamente, nos sentimos abandonados a nuestra suerte en un mundo difícil que no nos ayudará en nada.

Uno de esos amables recuerdos me acompaña desde mi adolescencia. Cada día, después de una jornada de instituto, regresaba a casa acompañado por un grupo de buenos amigos. El penúltimo tramo de ese recorrido atravesaba la avenida Alfonso X el Sabio, que los murcianos llamamos con cariño "Tontódromo" (donde nuestros abuelos paseaban para "tontear" y buscar pareja). A ambos lados del bulevar central, los imponentes árboles (preciosos plátanos de sombra) nos empequeñecían, nos protegían del calor en verano y nos cubrían con sus marrones hojas en otoño. Eran casi las tres de la tarde, en las mesas del Café Bar sólo quedaban los restos de su inconfundible ensaladilla rusa y a Sirvent llegaban los primeros en tomar el café de la tarde. La avenida estaba casi vacía, nada que ver con la marea humana que la invadirá cuando el mercadillo de navidad se instale bajo los árboles o cuando todos los bares saquen sus barras afuera el día del "Entierro de la Sardina". Si un bulevar está anclado en la memoria de los murcianos, es sin duda éste.

Cuando llegué a Lyon y empecé la ardua tarea de buscar piso, me llamó la atención la avenida Cours Lafayette, flanqueada por los mismos plátanos de sombra del Tontódromo murciano. En este caso la vía es más estrecha, no hay bulevar central y entre los árboles sólo pasan coches, pero el simple hecho de mirar sus hojas y pasear bajo su sombra me identificó con ellos y sacó de mi memoria un mundo feliz. Fue como cuando encontramos a un desconocido y tenemos la impresión de haberlo visto antes. Todavía no lo sabía, pero el piso que acabaría eligiendo se encontraría en aquella avenida y tendría la suerte de recorrerla varias veces al día. Una ciudad ajena para mí como entonces era Lyon, se convirtió fácilmente en un sitio familiar. Podría vivir allí y observar los plátanos de sombra desde las ventanas del salón o de mi habitación, olvidar por un momento que estaba en Francia, que podría volver a salir del instituto y regresar a la casa donde mis padres me esperaban con la mesa puesta.

Hace unas semanas hablé de globalización, transporte público, protestas necesarias y causas imparables. Pues bien, el otro día abrí una ventana de mi casa y me encontré con todo ello saltándome a la cara en forma de una casualidad que no era tal. Dos hombres, protegidos con cascos y armados con sendas sierras mecánicas se disponían a cortar las ramas superiores del árbol que se hallaba a escasos metros de mí. Pensé que se trataba de una poda rutinaria, pero el estupor no tardó en aparecer cuando vi que acabaron cortando el grueso tronco en varios tramos, ayudados por una grúa móvil. Indignado, salí a la calle y comprobé, aún más sorprendido, que todos los árboles de la avenida estaban marcados y esperaban a que les llegara su hora. Se trataba de la mejora de una importante línea de autobús. Como la vía no es muy ancha y los coches aparcados en doble fila entorpecen demasiado, habían decidido talar los árboles y crear dos carriles de bus, separados del resto de la calzada. Para tranquilizar a vecinos como yo, decían que compensarían la tala de cada plátano de sombra con la plantación de otros árboles que, por supuesto, serán mucho más pequeños, no llegarán a la ventana de mi cuarto piso y no estarán relacionados con ningún lugar de mi memoria. De pronto me sentí más vacío y desorientado. Cómo le explico ahora a mi hijo que ya no podrá oír los pájaros cantar desde casa, que al otro lado de la ventana de su habitación ningún filtro verde le separará del tráfico de la calle, que el sol del atardecer ya no se recortará entre los árboles (como en la fotografía que un día tomé y que encabeza este blog), que ya no verá pasar las estaciones a través de sus hojas y que no podrá jugar a buscar nidos entre las ramas. Eso sí, le diré que podrá coger un autobús que le dejará cinco minutos antes en el centro. A ver qué le parece.