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jueves, 31 de diciembre de 2020

Cuando no se vuelve a casa por Navidad

 Muchas veces nada sucede como habíamos planeado y queremos forzar la situación para satisfacer ese deseo que, en nuestro interior, reclama un protagonismo perdido. Entonces nos preguntamos si realmente tiene sentido ese esfuerzo, si esa imposición es justificada o si procede de un niño al que le cuesta frenar la inercia de sus propios caprichos y aceptar la realidad.

 

Dadas las circunstancias, este año no he podido saciar el común anhelo de volver a casa por Navidad, como tampoco han hecho miles de expatriados que viven lejos de sus familias de origen. No es la primera vez que no vuelvo, pues quienes tenemos la oportunidad de crear una familia añadimos otras casas a las que volver. Sin embargo, sí es la primera vez que no vuelvo a ninguna casa y me quedo donde estoy, en ese hogar que he creado tras once años de vida en el extranjero.

 

Desde que resido lejos de mi país, mi vida ha seguido el ritmo dictado por esos regresos a la casilla de salida. Al principio la frecuencia se fijó de forma natural en tres meses, siguiendo esa inercia que se imprime en nosotros desde niños, cuando las vacaciones condicionan nuestra forma de percibir el tiempo. Y aunque esas limitaciones ya no existían, me seguí sirviendo de ellas, pues Navidad y Semana Santa, a pesar de haber perdido el sentido religioso que tuvieron para mí en un principio, seguían siendo las épocas perfectas para reencontrar a familia y amigos, para revivir esas celebraciones tan presentes en mi recuerdo.

 

Eso me permitió descomponer el tiempo en fragmentos soportables, capaces de mantener la nostalgia a raya. Siempre había una meta, un objetivo que movía todo lo demás: revivir esas sensaciones que nos llenan de energía, esa fuerza de voluntad que nos impulsa a seguir adelante y a levantarnos de la cama cada mañana. Las ganas de que llegara el viaje me hacían contar las semanas que lo precedían y programar cuanto haría en cada momento de esas esperadas vacaciones. Como si del final de una etapa se tratara, me afanaba en atar cabos, en acabar lo que había empezado o en acelerar lo que duraba demasiado. Tras haber estado en mi tierra y apaciguado el viento interno, la agitación dejaba paso a un tiempo de calma que aprovechaba para programar el próximo viaje y comprar los nuevos billetes de avión. Y entre ambos periodos, la vida pasaba más rápida que nunca.

 

Pero no tardé en descubrir que no tenía tantas vacaciones como deseaba y los periodos de tres meses se alargaron a seis, e incluso más, hasta llegar a un viaje de regreso al año cuando las obligaciones (tanto profesionales como económicas) no dejaban otra salida. Digamos que dejé de hacer pie para nadar durante cada vez más tiempo por mis propios medios.

 

Y en este hogar que hemos creado lejos de nuestras respectivas familias, sentimos que el tiempo pasa de otra manera, que los meses se convierten en semanas, como si todo se acelerara o cada instante adquiriera más densidad que el anterior. Eso no quiere decir que no siga fantaseando con esos momentos de regreso, que al ser más escasos son más esperados. Con esas llegadas al aeropuerto cargadas de una emoción sincera, con sus abrazos interminables, con sus besos incontables y con sus lágrimas incontenibles.

 

Así que este artículo va dedicado a un colectivo del que ya apenas se habla en los medios. A todos esos migrantes que viven lejos de sus familias y a quienes estos tiempos de incertidumbre les han dejado fuera de juego. A quienes, acostumbrados a reservar con antelación cada billete de vuelta (porque cada euro ahorrado ahora supone viajar más mañana) no han podido lidiar con las cambiantes restricciones que la pandemia impone. A quienes no pueden fijar en el calendario la próxima vez que verán a sus seres queridos. A todos ellos, a todos nosotros, feliz año nuevo. Que el 2021 nos traiga más viajes y la seguridad de que, tarde o temprano, volveremos a reencontrarnos.

domingo, 29 de noviembre de 2020

La paella deslocalizada

 Algo no encaja, sabemos qué es, pero no queremos reconocerlo. Hacemos la vista gorda porque, por algún motivo, nos conviene: hay algo que nos gusta y no estamos dispuestos a renunciar a ello. Si ese pequeño engaño toma la forma de una buena paella, nos dan igual los argumentos a rebatir, porque cualquier excusa es buena para reencontrar esas sensaciones que nunca deben ser olvidadas.

 

Cuando, una vez en Francia, pasó el tiempo suficiente como para añorar mi tierra y sus sabores, me lancé a cocinar mi primer arroz. Reconozco que empecé cocinando cosas más sencillas, como la clásica tortilla de patatas, que perfeccioné en mi época de estudiante y tanto apreciaron mis amigos franceses, o el tradicional zarangollo murciano. Podía haber aprovechado para hacer mis pinitos en la cocina francesa, que cada día conocía más, pero mi primer reflejo, el más natural, fue recuperar esos sabores que ya echaba de menos. No soy de los que no pueden vivir sin jamón serrano, pero sí de los que asocian un sabor a un determinado recuerdo del pasado y no quieren que se pierda en el olvido.

 

Digamos que eché mano del recetario de mi vida, sirviéndome de internet, pero también de unas pequeñas hojas en donde apuntaba sugerencias de familiares y amigos, que me fueron tan útiles en mis tiempos de estudiante. Entre esos papeles encontré los pasos para preparar un buen arroz, dictados por mi madre, que siempre hacía todo “a ojo”. Difícil tarea tenía por delante si quería reencontrar esos sabores que, una vez por semana, educaron el paladar de mi infancia y hacer perdurar ese saber local, transmitido de forma oral, que tiende a desaparecer.

 

Además, no pude evitar que las primeras dificultades fueran técnicas: el arroz cocinado con una básica placa eléctrica no era comparable al obtenido con un buen quemador de gas. Huelga decir que el resultado no estaba a la altura de lo esperado, con demasiados granos duros y sin sabor alguno. Me hicieron falta unos cuantos intentos antes de poder hacer una paella comestible y que, en todo caso, no tenía nada que ver con la que hacía mi madre. Cometí muchos errores, de ésos que solo se pueden evitar repitiendo el proceso una y otra vez. Incluso si a mis amigos les gustaba el resultado, o al menos eso decían, yo sabía que no se podía comparar con un buen arroz a banda alicantino ni con un sabroso caldero del Mar Menor. A veces me preguntaba por qué me complicaba tanto la vida, pues mi nivel de frustración aumentaba con cada intento fallido. Había algo superior a mí que me empujaba, una extraña sensación que solo podía calmar de una manera. Quienes vivimos en el extranjero nos sentimos muchas veces como pez fuera del agua y yo buscaba una rápida vía de escape, algo que me devolviera el equilibrio necesario para afrontar la lucha diaria, sin tener que coger un avión y recorrer cientos de kilómetros.

 

También estaban los problemas con los ingredientes, más éticos que otra cosa, sobre todo cuando vi que las gambas que encontraba en Francia procedían del Pacifico, de Madagascar o de Ecuador… Algo inconcebible para mí, acostumbrado a los frescos pescados de las costas murcianas y alicantinas. Acabé asumiendo que ahora vivo lejos del mar y el Mediterráneo francés no exporta gambas tan buenas como las de Santa Pola. Además, los pimientos, los limones y las especias venían de mi querida huerta murciana y no me quedó más remedio que aceptar que los ingredientes de mi deslocalizada paella recorrieran más kilómetros de los deseados. Así que, cada semana, cuando los encuentro en el mercado, hago la vista gorda y recuerdo que siempre hay un precio que pagar, nos guste o no, si queremos alcanzar nuestros objetivos. Ahora incluso hay plataformas, como Gastronomic Spain, especializadas en acercar a quienes vivimos lejos de nuestra tierra productos que no podríamos encontrar de otra manera.

 

Al final, gracias a un quemador de gas que instalé en la terraza de mi piso, a una equilibrada mezcla de ingredientes y a la experiencia que dan diez años de intentos, he llegado a cocinar algo que merece ser llamado arroz. Que sigue sin parecerse al que comía en mi infancia, pero que me sirve para reconciliarme con el mundo cuando pierdo la esperanza.

domingo, 26 de abril de 2020

Largo domingo de confinamiento

Acabamos aceptando las contradicciones como única forma de explicar la realidad. Admitiendo que la lógica es incapaz de dar coherencia al mundo. Rindiéndonos ante la paradoja como única certeza para justificar lo que escapa a la razón. Para explicar que nunca hayamos estado tan aislados y, a la vez, tan conectados. Esta crisis nos ha enseñado a normalizar lo que, hasta hace muy poco, habría sido impensable.

Nuestra situación es una gran metáfora de la sociedad contemporánea, cuyos dispositivos electrónicos y formas de comunicación convierten al contacto físico en algo prescindible. Como si el mundo le hubiera dado la razón, de un día para otro nos hemos visto encerrados en ese entorno individualizado. Y cuando el aislamiento nos fue impuesto, la tecnología se convirtió, para la mayoría, en la única forma de soportarlo. Nos separamos tanto, que la distancia parece ahora insalvable. Me pregunto si volveremos a ser como antes. Si, tras haber comprobado que casi todas nuestras necesidades pueden ser saciadas a distancia, volveremos a tolerar el contacto físico. Si el hecho de pisar la calle tendrá el mismo valor que antes o si, a pesar de poder reencontramos, seguiremos tan aislados como ahora, que rehuimos a quien se nos acerca. Imaginemos que esta pandemia nos hubiera pillado hace treinta años: sin teléfonos móviles, ordenadores, internet, ni la posibilidad de trabajar desde casa; con un teléfono fijo que se habría colapsado y cinco canales en la televisión. 

Así que no tenemos tantas razones para quejarnos como creemos. Al fin y al cabo, quedarse en casa no es tan terrible como parece. Aun cuando lo más duro vendrá después, una vez que el tsunami económico nos ahogue, estoy harto del discurso pesimista difundido en los medios y quiero romper una lanza a favor del optimismo, de las oportunidades que ahora se nos abren. Personalmente, tengo la suerte de poder trabajar a distancia. Aunque con mi hijo al lado resulta difícil y debo controlar que haga lo que le mandan desde el colegio, también puedo disfrutar más de él. Para evitar la monotonía, cada semana me impongo un desafío que superar: tanto profesional como personal. El fin de semana hago balance, renuevo retos o propongo otras metas. Y el domingo, tras superar la inercia de la semana, dejo que surja lo inesperado. 

Antes había más posibilidades, pero ahora pesa el lado malo de vivir en el extranjero. Las vídeo-llamadas no son nuevas para nosotros. Lo que cambia es la posibilidad de coger un avión para aparecer tras unas horas en el lugar que nos vio nacer. En lo que a mí respecta, esta crisis me ha impedido vivir las fiestas de mi querida Murcia y pisar una tierra que no veo desde hace seis meses. Si bien la experiencia me ha enseñado a no depender de estos efímeros viajes de retorno y a no contar los días que los preceden, siempre duele cuando los planes se cancelan. No conviene perder el tiempo pensando en lo que pudo ser y no fue, pero me entristece no saber cuándo será. Porque, con el proteccionismo que se avecina y el regreso de las fronteras, parece difícil volver a movernos libremente. Porque el domingo es cuando más cuesta ocupar el tiempo, cuando más pensamos en los encuentros con familia y amigos, en los aviones perdidos, en las vacaciones que no llegan y en los abrazos que no damos. Porque ya no somos dueños de nuestras vidas, sino esclavos de la salud, que podemos perder en cualquier momento, y del dinero, que perderemos con la crisis.

Por eso, para animarme, me quedo con el confinamiento de Caleb, Margaux y Léon, una familia que, en el puerto de Paimpol, en Bretaña, vive en un pequeño velero. Sueñan con la visión del horizonte, con el sonido del casco deslizándose sobre el agua, con las sacudidas de las olas, con el viento hinchando las velas y silbando en la jarcia, con atardeceres mágicos y con noches estrelladas. Extienden el brazo y hunden su mano en esa misma agua que no tardará en sacarles de su encierro. Sueñan que son libres y yo sueño con ellos.

domingo, 29 de marzo de 2020

Ya estamos muertos

A veces la realidad supera a la ficción. Y cuando lo hace, el resultado es tan abrumador que nos sentimos desbordados por algo que se nos antojaba inimaginable. Nosotros, que nos creíamos tan inteligentes, fuimos incapaces de adelantar un improbable desenlace y nos encontramos perdidos, sin poder organizar el contraataque necesario para acabar con el enemigo, vencidos por un invisible virus.

Todo ha sucedido tan rápido, que cuando empezamos a reflexionar ya era demasiado tarde. No se dio al fenómeno la importancia que necesitaba, ni se hizo nada para evitar la situación actual, a pesar de haber constatado el primer brote en China hace más de tres meses, a pesar de haber visto las medidas aplicadas allí y a pesar de haber comprobado cómo el dantesco contexto se reproducía de igual manera en Italia. Si resulta difícil entender por qué no se ha actuado antes, debemos acudir al significado de la palabra “confinamiento”, tan alejada de nuestra forma de ser, que nunca antes habíamos utilizado tanto y cuya pronunciación daba miedo. Nos parecía inconcebible ver a aquellas personas aisladas en Wuhan, gritándose palabras de ánimo desde las terrazas, intentando hacer más llevadero un encierro propio de la más claustrofóbica película. La enfermedad nos recordó cuán frágiles somos y no quisimos admitirlo. Creamos objetos cada vez más perfectos, capaces de suplir nuestras limitaciones, pero un simple y minúsculo virus puede acabar con nosotros.

Desde Francia he seguido religiosamente las noticias de cuanto sucedía en España, comparando la evolución del fenómeno, las reacciones y formas de enfrentarse al desastre. Si bien el brote empezó casi al mismo tiempo, la progresión en nuestro país fue fulgurante y el número de contagios no tardó en doblar el de Francia. Y si las contundentes medidas llegaron tarde a España, por increíble que parezca, las autoridades se despertaron aún más tarde en Francia. Mientras los españoles estaban confinados en sus casas, los franceses iban, forzados, a votar en las elecciones municipales. Pero esa tensa situación de fingida normalidad cayó por su propio peso apenas un día después, cuando se ordenó el confinamiento y la “guerra” contra el virus dejó de ser un secreto a voces para convertirse en una triste realidad. Ahora ya ni siquiera enciendo la televisión. El coronavirus ha acaparado tanto los telediarios, que la angustia transmitida por una información sensacionalista empeora aún más la situación. Ya ni siquiera hay titulares y solo queda una sucesión de noticias alarmantes. Como si no sucediera nada más en el mundo, que parece haber dejado de girar. Ahora, más que nunca, necesitamos otras noticias que nos saquen de esta triste espiral que nos atrapa y de la que cada vez nos cuesta más salir. 

Tal vez una de las cosas más difíciles de soportar sea la violenta irrupción de la incertidumbre. Pasamos nuestra existencia ignorando que todo cambia, aferrándonos a cuanto nos proporciona una falsa sensación de estabilidad (un trabajo, una pareja, una familia, unas distracciones que nos vacíen de inquietudes), hasta que la realidad acaba imponiéndose. Por eso cuesta tanto aceptarla y la incapacidad de controlar la situación nos produce ansiedad y tristeza. No queda más remedio que redefinir nuestra rutina y aprender a adaptarnos a cada día, como debimos hacer antes de que todo cambiara. Vivimos en un periodo de reflexión que nos muestra lo que podíamos haber sido si nuestra vida no hubiera seguido los dictados de esta frenética sociedad. 

Salgo a una calle vacía y las sirenas de las ambulancias resuenan con más fuerza que nunca sobre un silencio sepulcral. Paseo por el paisaje post-apocalíptico donde nos ha tocado vivir y pienso que ya estamos muertos. El virus ya nos ha matado. O al menos lo que éramos antes de que todo cambiara. Ya nada volverá a ser como antes. Se acerca el momento de renacer y empezar una nueva vida. Cada día que pasa es un día menos para demostrar que estamos preparados para el verdadero cambio.

sábado, 29 de febrero de 2020

Igualdad vetada

A estas alturas de la película, tras constatar lo logrado en tantos ámbitos, resulta extraño que no haya unanimidad a la hora de defender ciertos valores básicos. Como si, por unas razones u otras, interesase que sigan siendo considerados como antaño. La igualdad de género forma parte de esos principios que han sufrido demasiado. La gota que colmó el vaso ya hizo que desbordara hace tiempo y ahora toca ver cómo podemos lograr un equilibro que, por desgracia, nunca existió. 

La tarea no es fácil y todos somos conscientes de ello. Hace unos años que se abrió la caja de Pandora y ya no hay vuelta atrás: tenemos que crear unas nuevas reglas del juego en las que nos reconozcamos todos. Y sin dejar de lado el sentido común, porque si la balanza se ha inclinado hasta ahora del lado masculino, corremos el riesgo de olvidar el necesario equilibrio e inclinarla del lado femenino, volviendo a repetir las mismas injusticias, abandonados a una venganza orquestada durante milenios. Si bien acabó la era de las mujeres lastradas por las ocupaciones del hogar, antes de que la intransigencia cambie de bando de forma descontrolada, los hombres debemos asumir nuestra parte del trabajo doméstico, no como una ayuda, sino como un reparto equitativo de tareas que debió hacerse mucho antes. Lejos de ser así, la igualdad, que debería ser universal, recibe distinta atención dependiendo del lugar en donde nos encontremos, como he podido comprobar de primera mano. 

Tengo la costumbre de ver el telediario de Televisión Española por las noches, siempre que tengo tiempo y ganas, hasta que ciertas noticias me obligan a cambiar de cadena y no querer saber nada de mi país. Es una de las ventajas de vivir en el extranjero: cuando el panorama da demasiada vergüenza ajena, siempre podemos cortar los lazos durante un tiempo, hasta que la melancolía y la curiosidad nos hacen volver la mirada al lugar de donde venimos. Recuerdo cuando los casos de violencia de género se convirtieron en habituales, hasta casi monopolizar la sección de sucesos. El problema siempre estuvo ahí, pero la visibilidad y el reconocimiento otorgados no fueron los mismos que ahora. Cuando cambiaba de canal, los telediarios franceses, más escuetos y superficiales, nunca hablaban de este tipo de violencia. Así que me preguntaba si el fenómeno realmente sucedía en Francia. Incluso llegué a pensar que los gabachos eran más civilizados que nosotros (aunque no me guste generalizar, hay que reconocer que en cuestión de modales van un paso por delante), dejándome llevar por un genético complejo de inferioridad. Hasta que, hace un tiempo, mi imagen cambió por completo. Aprovechando la reacción en cadena provocada por el movimiento “me too”, el fenómeno empezó a ganar visibilidad en los medios galos, que hablaron de España como un ejemplo a seguir, con una política definida y una forma de actuar que ya estaba salvando vidas (incluso si es insuficiente y el contador de víctimas no deja de aumentar cada día). Criticaron, además, al gobierno francés, que fue incapaz de anticipar nada y no siguió al país vecino. Después llegaron las manifestaciones masivas, a las que tan asiduos son los franceses, las pintadas reivindicativas en las calles y la necesidad de reclamar una igualdad que, abanderando la pertenencia a la civilización más avanzada que hemos tenido, se conseguirá algún día.

Pero el arma más efectiva para luchar y lograr ese objetivo es la educación. Por eso me sorprende tanto la aparición del pin parental en España. Por eso me hubiera gustado recibir educación sexual en el colegio, aprender cómo ser un buen padre o cómo aceptar las cosas que no puedo cambiar. No tuve esa suerte y debo improvisar cada día, por mi cuenta, afrontando como puedo los retos que la vida pone ante mí. Por eso, en vez de vetos restrictivos, propondría nuevos contenidos que enriquezcan aún más a nuestros hijos, para que la sociedad del futuro no vuelva a cometer los errores del pasado. Y del presente.  

domingo, 17 de noviembre de 2019

La fiesta del hartazgo

Aprender de nuestros errores nos ayuda a seguir adelante, no solo en un país extranjero, sino en cualquier ámbito de la vida. Evitar la autocrítica a toda costa y pensar que los problemas desaparecen si los ignoramos nos puede llevar a situaciones esperpénticas, como la vivida durante los últimos meses en la política española, cuyo mal sabor de boca recuerda que siempre se puede ir a peor.

Ya he comentado en alguna ocasión que nunca me ha gustado la política y, menos aún, hablar de ella. Pero ver las cosas desde lejos me ha llevado a adentrarme en un terreno minado, donde me sirvo de la distancia para conservar cierta objetividad o, al menos, comparar cuanto sucede a cada lado de la frontera. Así que, si hasta yo puedo convertirme en un acertado analista político (mi artículo“decepciones anticipadas” ya se adelantaba a la triste situación que siguió a las elecciones de abril), significa que el panorama es demasiado triste. Y como han sucedido más cosas en los últimos siete días que en los últimos siete meses, la situación bien merecía otro artículo.

Tras la sonada decepción de este verano, sentimos que nos habían tomado el pelo: los depositarios de nuestra confianza no estuvieron a la altura de la encrucijada (una vez más) y su incapacidad de dialogar devolvió la pelota a nuestro tejado, como si nosotros hubiéramos sido los responsables. Se nota que a nuestros incompetentes políticos les encantan los domingos electorales, cuando ponen la papeleta en la urna, sonríen y el fotógrafo de turno inmortaliza el idílico momento. “Es la fiesta de la democracia”, dicen sin remordimientos. Yo la llamaría más bien “la fiesta del hartazgo”, porque ya estamos hartos de votar para nada. Ingenuos, esperaban que resolviésemos sus problemas y se han encontrado con lo previsible: aún más problemas. Ahora el panorama es más complicado que el anterior, pero ¿quién esperaba lo contrario? La situación es tan ridícula, que nuestros políticos (quién los ha visto y quién los ve) se han afanado en encontrar una solución por la vía rápida, como si nada hubiera pasado antes. Sin aprender de sus errores, o tal vez empujados por ellos a un incierto futuro del que nadie sabe (o quiere saber) nada, con una crisis económica asomando el plumero y una ultraderecha más contenta que unas pascuas. 

Curiosamente el pasado domingo también fue un día electoral en Rumanía. Allí, para elegir al presidente de la República, recurren a dos vueltas. Solo los dos candidatos más votados pasan a la segunda convocatoria, sistema similar al utilizado en Francia. Sin olvidar que las elecciones legislativas del país galo, que permiten elegir a los componentes de la cámara baja, también se sirven de la doble vuelta. Si bien resulta difícil extrapolarlo a España, donde la monarquía parlamentaria impide que elijamos al jefe del Estado, tal vez sea una pista a explorar para evitar el bloqueo político en que nos hemos instalado. Creo que deberíamos aprender de los errores de los últimos meses y revisar un sistema caduco; hacer autocrítica y madurar como democracia. Otro de esos persistentes errores es el voto rogado, que sufrimos todos los residentes en el extranjero. Un complejo método que nos obliga a meter nuestra papeleta dentro de un sobre que introducimos a su vez en otro: uno destinado al consulado, que a su vez envía el segundo a la delegación en cuyo censo figuramos, que debe recibirlo antes de la fecha oficial del recuento. Y utilizando una documentación electoral que solo llega a nuestro domicilio, cuando lo hace, si la solicitamos antes. Eso significa que debemos votar antes incluso de la campaña electoral, sin ver esos debates que dan vergüenza ajena, con trozos de adoquín, falsos gráficos y demás parafernalia inútil.

Como parece difícil que estas reflexiones sean escuchadas algún día por quienes podrían servirse de ellas, no me queda más remedio que recurrir a una viñeta de Mafalda que el azar ha puesto en mis manos esta semana. Una envenenada ironía que conjuga sutilmente la historia de mi vida con la de nuestros apreciados políticos.


domingo, 30 de junio de 2019

Trampas low cost

La tela se teje de forma inexorable. Cada nuevo hilo cuenta, cada nueva puntada asegura la resistencia del conjunto. La araña vuelve a rodear el centro, convencida de la eficacia de sus gestos. Y tras acabar una geometría perfecta, se pregunta si servirá algún día para algo o si la muerte llegará antes de que todo cobre el sentido deseado. Por pequeñas que sean, nuestras decisiones tejen una personal tela de araña que atrae todo aquello con lo que soñamos. No hay que subestimar nunca el poder de una elección, porque si dejamos que otros elijan por nosotros, quedamos atrapados en una trampa creada por quienes se enriquecen ejerciendo un control invisible.

Empezamos a utilizar el término “low cost” cuando aparecieron las compañías aéreas que proponían precios imbatibles. Nos permitieron viajar más, pero acabaron condicionando las fechas de nuestras vacaciones y hasta su lugar. La tiranía de lo barato es tal, que deforma los precios descaradamente. Con tal de ofrecer la mayor ganga, ponen en opción aquellas cosas que acaban siendo obligatorias y cualquier excusa (el tipo de tarjeta de crédito, el asiento, la forma en que nos trate la azafata o el azafato de turno...) aumenta el precio final. Quienes vivimos en el extranjero sabemos bien de qué va el juego. Las fechas de nuestras vacaciones son decididas por motores de búsqueda que comparan cientos de compañías aéreas. Y cuando queremos osar y decidir nosotros, debemos ahorrar durante todo el año, porque cada vez que hay una fecha señalada en el horizonte (navidades, festivos, puentes…) los precios suben como la espuma y de poco vale comprar los billetes con antelación.

Antes de los aviones low costestaban las marcas blancas, a nuestro alcance en cualquier estantería de supermercado, que, al igual que los vuelos baratos, se han multiplicado con los años. Todo producto tiene su equivalente de bajo precio, que a pesar de hacernos dudar de su calidad, nos acaba encandilando. Como las marcas de ropa que deslocalizan su producción en países pobres. Se trata de un medio de control más, como cualquier otro: saben que los productos más baratos serán comprados por la inmensa mayoría y son una puerta de entrada segura a millones de hogares. Pensamos que podemos elegir, que somos libres porque tenemos la posibilidad de escoger, pero al final acabamos esclavizados por lo más barato. Las empresas saben que poco importa lo que metan en sus artículos e incluso juegan con ese factor: serán comprados porque su precio será imbatible.

Pero también podemos consumir de forma responsable, asumiendo que cada decisión tomada es importante. Comercio justo o ético, alimentos ecológicos, productores locales... Si bien hay muchas opciones, todas tienen un precio. Cuando esa decisión nos importa, hacemos lo posible para que las cuentas salgan a fin de mes: ciertos sacrificios compensan y permiten encontrar el necesario equilibrio. Aun así, esta posibilidad no está al alcance de todos, porque cuando el cinturón ya está apretado por culpa de infravalorados salarios, acabamos pasando demasiado tiempo frente a la estantería del súper hasta dar con el producto que nos permita estirar un poco más el presupuesto, pagar facturas o, simplemente, uno de esos pequeños placeres que se dejan pronto de lado cuando no hay más remedio. Y yo me pregunto por qué es tan difícil hacer las cosas con cabeza y utilizar un denostado sentido común. ¿Por qué los productos que vienen de un consumo responsable no reciben más ayudas? ¿Por qué no se incentiva la vía más coherente? Porque hay demasiados intereses en juego: los de quienes se benefician de este sistema, los de quienes prefieren tener controlada a una población que no piensa por sí misma, como la araña se sirve de invisibles hilos para inmovilizar a sus víctimas. Pero nosotros tenemos la última palabra, la que deja espacio a la esperanza. Elegir es tener poder. Que nadie nos lo quite.

domingo, 26 de mayo de 2019

Una de madres, padres e hijos

A veces celebramos que sin ciertas cosas la vida sería imposible. Suele ser una vez al año, obligados por una sociedad cada vez más consumista, ávida de ritos con que esclavizar a la creciente población. Si bien hoy toca felicitar a las madres, conviene refrescar unos cuantos principios antes de regalar lo que se tercie. 

No, no me he equivocado de fecha, pues en Francia el día de la madre se celebra el último domingo del mes de mayo. Es el momento en que pensamos en ellas y en su siempre infravalorada labor. Incluso la sociedad actual, que se acerca a grandes pasos a la igualdad, sigue ejerciendo una enorme presión sobre ellas, que hacen frente a las mismas exigencias laborales que sus compañeros masculinos, pero sin descuidar sus obligaciones como madres. Cuando se trata de los padres la presión es menor, porque, aunque hayamos cambiado, todavía arrastramos un modelo de familia tradicional. La verdadera igualdad no llegará hasta que los padres no asumamos todas nuestras responsabilidades y carguemos con la mitad del peso de la familia. 

Yo he afrontado el reto y reconozco que no es fácil, pues supone entrar en un mundo habitualmente femenino. Cuando voy a recoger a mi hijo, tanto antes en la guardería como ahora en el colegio, suelo estar rodeado de madres. Cuando busco ayuda en publicaciones de puericultura, descubro que la mayoría está dirigida a mujeres. Y si echamos mano a libros más antiguos, vemos que asignan a la mujer el cuidado exclusivo de los hijos, hasta que llegan a cierta edad. Los padres parecemos relegados a un segundo plano en el caso de la educación de los niños, y cuando intentamos equilibrar la balanza nos encontramos muy solos, con la cabeza llena de dudas, sobre todo cuando vivimos en el extranjero y no tenemos familiares cerca. Y es que la educación secundaria debería incluir una asignatura obligatoria que nos preparara a afrontar el reto de criar a un niño (o una niña) con solvencia. Resulta sorprendente que no recibamos formación alguna para uno de los trabajos más importantes que vayamos a desempeñar en nuestra vida. Y así nos va, dejando a los críos bajo el cuidado del todopoderoso internet, quejándonos cuando vemos que carecen de todo tipo de valores o educación. 

Y para darle la vuelta a la tortilla, me gustaría recordar que sin hijos no habría madres. Es decir, que sin políticas que incentiven la natalidad, el número de madres seguirá disminuyendo. La ausencia de ayudas estatales, los contratos precarios, la inestabilidad laboral y la pérdida de poder adquisitivo hace que nos lo pensemos más de una vez antes de traer un niño al mundo. De este modo, países como España e Italia sustentan las peores tasas de natalidad de Europa. Y encabezando la lista se encuentran Irlanda, Suecia, Reino Unido y Francia. En el país galo contamos con numerosas ayudas, que van desde los mil euros en el nacimiento hasta una mensualidad que se recibe durante toda la infancia del niño, adaptada al poder adquisitivo de cada familia. De momento España ha dado un gran paso con la prolongación de la baja por paternidad, pero el camino para evitar el crecimiento negativo sigue siendo largo. 

No es fácil ser madre, o padre, pero si dejáramos de intentar algo por el simple hecho de ser difícil, nunca haríamos nada. Se trata, en definitiva, de usar más el sentido común, no solo en la creación de nuevas políticas familiares, sino en las decisiones que tomamos en nuestro día a día. No hay que esperar a que los astros se alineen y nos encontremos con la mejor situación posible. Basta con que cambiemos nosotros, con que tomemos la iniciativa y hagamos caso a nuestro instinto, convencidos de nuestras capacidades. Y entonces veremos que esas condiciones perfectas que pensábamos inalcanzables (la utópica igualdad o las necesarias ayudas) acaban tomando forma, rendidas ante el peso de nuestro propio esfuerzo.

domingo, 28 de abril de 2019

Decepciones anticipadas

Si damos la espalda a cuanto nos decepciona, no es el resultado de una acción premeditada a modo de castigo, sino la consecuencia de un gesto natural. Nuestra mente, aconsejada por su instinto, pasa a otra cosa. En mi caso reconozco que el olvido ha sido intencionado. Hace tiempo que no hablo de política, pero ha llegado el momento de abordar lo que, en este día de elecciones anticipadas, parece ineludible. 

Cuando era pequeño veía cómo mi padre seguía lo que dirigentes de uno y otro partido decían en el telediario o debate de turno, mientras yo encontraba todos los discursos vacíos de sentido: cada político se limitaba a criticar a su oponente y cuanto hacía, por el simple hecho de pertenecer al bando contrario. Siguiendo una lógica infantil, resultado de aplicar un denostado sentido común, yo rebatía a mi padre para recordar que las cosas no son negras o blancas, que todo lo que hace un gobierno, o una oposición, no puede ser malo por definición. Siempre hay matices: buenas, regulares y malas decisiones. Pero los discursos políticos destruían toda acción del prójimo y ensalzaban toda iniciativa propia. Por aquella época, un simple “cuando seas mayor lo entenderás” servía para zanjar cualquier discusión incómoda. 

Cuando tuve edad para votar, aún descontento con el panorama político, pero consciente del gran privilegio que supone meter un papel en una urna, decidí desoír los consejos de mi padre y votar en blanco. Si no tenemos una democracia perfecta, hay que engrasar la maquinaria hasta que funcione como es debido. La lectura de libros como “Ensayo sobre la lucidez”, del gran Saramago, me animó a seguir explorando aquella vía, alimentada por la indiferencia hacia un sistema bipartidista.

Una vez en Francia vi que mi decepción, compartida por la mayoría, no era expresada del mismo modo. Mis amigos franceses argumentaban que es más eficaz votar a un partido que hacerlo en blanco. Incluso si no estamos de acuerdo con ciertas ideas, un voto puede servir de castigo hacia la mala gestión de un gobierno. Recordemos que el sistema francés cuenta con una segunda vuelta en la que se debe elegir entre dos candidatos y muchos tienen que votar a quien realmente no apoyan para evitar que salga elegido quien resultaría aún peor para los intereses del país. 

En ese contexto, convencido por mis colegas franceses, decidí dar color a mi voto y contribuir a que el bipartidismo desapareciera. Si bien el panorama político español se volvió más esperanzador que el francés, la euforia fue enfriada por unas elecciones fallidas y una sorprendente incapacidad de dialogar: se dio muchas vueltas para volver a la penosa situación de antes. Si en los últimos meses el paisaje electoral se ha fragmentado aún más, la posibilidad de encontrar acuerdos viables de gobierno se ha desvanecido de forma proporcional. Los discursos se han empobrecido y vuelvo a tener la misma sensación de aquel chiquillo que miraba la televisión junto a su padre. Los actuales líderes se dedican a criticar exclusivamente a sus adversarios, el debate se polariza y no hay propuestas convincentes que piensen en el bien común. 

Y, casualidades de la vida (o no), en un momento en que volvería a votar en blanco, no podré meter mi papel en una urna. La complejidad del voto rogado, del que dependemos los integrantes del CERA (Censo Electoral de los Residentes Ausentes), ha sido una nueva barrera. Como si fuéramos ciudadanos de segunda. Es cierto que no pisamos el mismo suelo, pero participar en la construcción de nuestro país tal vez sea el penúltimo hilo (más allá de familiares y amigos) que nos une a él. Esta situación ahonda en nuestro desarraigo. Si nuestro país de origen nos pone trabas para votar y el de acogida nos niega el derecho al voto sin poseer la nacionalidad, nos sentimos perdidos en el limbo al que nos arrastra el rechazo. Apátridas en tierra hostil que solo quieren tirar los dados con su propia mano. Para ver qué sale. 

domingo, 27 de mayo de 2018

Confiando en el cambio

El optimismo, más que una actitud, significa percibir una esquiva confianza en el futuro y reconocer la esperanza que siempre nos acompaña, aunque a veces esté tan enterrada que cueste demasiado esfuerzo sacarla a la luz. Cuando somos capaces de traspasar una frontera para vivir en el extranjero y salir airosos del reto, sentimos que todo es posible, que una poderosa energía viene en nuestra ayuda cuando la llamamos de forma sincera y que pocas cosas se nos pueden resistir si nuestra voluntad es lo suficientemente firme. 

Esos momentos de lucidez y lucha son los que justifican una vida y nos convencen de que otro mundo es posible. Incluso si los medios solo difunden desoladoras noticias que nos muestran cómo, poco a poco, todo se va yendo a pique (los valores más importantes, el sentido común, el respeto...) frente al auge del materialismo (el consumismo, la corrupción, las distracciones adoctrinadoras...). Pero en lugar de pensar que lo esencial se está perdiendo para siempre, prefiero imaginar que lo sepultamos bajo una tierra que un día será removida. No por nosotros, que no tenemos el tiempo necesario para desmontar un sistema que se afianza de forma irremediable, sino por nuestros hijos, si confiamos lo suficiente en ellos y, sobre todo, les damos las herramientas que necesitan. Ya lo he dicho en alguna otra ocasión: la educación es la única arma que nos puede salvar. Por eso, además de tratar a mi hijo como el padre que quiere lo mejor para él, lo hago como el ciudadano que sueña con un mundo nuevo. El año que viene irá al colegio por primera vez y discrepo de quienes piensan que esta temprana edad es menos importante en su formación. Al contrario, creo que cada paso ayuda a alcanzar toda meta y que hasta los seis años de edad vivimos en una mágica etapa en que la sociedad todavía no nos ha contaminado y todo es posible. 

Solemos tomar como referencia la reputada docencia escandinava, reconocida por su calidad, pero olvidamos que cada nación tiene iniciativas dignas de alabanza. Vivir entre tres países me permite comparar distintos sistemas educativos, que determinarán el tipo de sociedad que tendremos mañana. Del rumano, por ejemplo, me quedo con una curiosa estrategia de incentivos. Premian a los mejores de cada clase o curso. Si bien las recompensas son diversas, vale la pena mencionar que no son materiales. Se trata de experiencias que aportan al alumno un tipo de formación que no puede obtener en una anodina clase, como viajes de estudio, campamentos en plena naturaleza o estancias en el extranjero. 

Si nos fijamos en Francia, destaca su curioso ritmo escolar, que ofrece a los alumnos dos semanas de vacaciones por cada dos meses de clases. Además, parte la semana lectiva en dos, con un miércoles libre que permite a los chavales hacer otras actividades. Si bien podríamos pensar que, con tanto tiempo libre, los franceses no pasan mucho tiempo en el colegio, en realidad el horario lectivo de un curso se encuentra entre los más elevados de la Unión Europea. Una jornada de educación primaria dura seis horas en Francia, en lugar de las cinco a las que estamos acostumbrados en nuestro país. Pero tiempo y calidad no tienen por qué aumentar de forma proporcional, de modo que las más de 900 horas que los alumnos pasan frente a una pizarra durante un curso en Francia contrastan con las 700 que pasan en Finlandia.

De vuelta a España, donde la carga lectiva es similar a la francesa, comprobamos que motivar a los alumnos con recompensas se consideraría discriminatorio. Asistimos con tristeza a una degradación continua de la educación, que año tras año baja su nivel con el único objetivo de evitar el fracaso escolar. En lugar de exigir a los peores alumnos un mayor esfuerzo, se cambia todo el sistema para que aprueben sin problema. Una salida fácil que no deja de solucionar el gran problema de nuestro país, el segundo de Europa con una mayor tasa de abandono escolar, solo superado por Malta. Así que me pregunto qué harán en el futuro esos chavales que pasan de curso sin estudiar, insultando a sus profesores y abusando de la impunidad del ignorante. ¿Qué tipo de sociedad estamos construyendo? En vez de concebir un puente que nos permita superar las dificultades, construimos un pozo del que cada vez nos cuesta más salir. Solo espero que ese abismo no ahogue los gritos de quienes pedimos ayuda y sabemos que otro mundo es posible si luchamos lo suficiente por él.

domingo, 3 de diciembre de 2017

Pretextos

Siempre están ahí, respaldándonos, aunque no queramos admitirlo. Unas veces nos preceden y otras quedan atrás. Inventamos pretextos para hacer (o no hacer) lo que queremos. Pueden ser razones legítimas o manipulaciones al servicio de nuestra conveniencia. Quien quiere arriesgar, siempre encontrará un argumento que le empuje a dejarlo todo, cambiar de país y buscar un futuro mejor. Y quien prefiere la continuidad, conservar lo que ya tiene o permanecer en su círculo de seguridad, también hallará una razón a su favor.

Vivimos rodeados de excusas, que utilizamos tanto para justificar acciones (por muy arbitrarias que puedan parecer) como para eludir obligaciones (o todo aquello que no queremos hacer). Cuando las ganas nos abandonan, forman una barrera entre nosotros y el resto del mundo que hace aún más difícil cualquier movimiento. También las necesitamos para forzarnos a hacer algo que nos beneficia, pero nos cuesta demasiado. Las excusas son ambiguas y actúan cual arma de doble filo que, como todo en esta vida, conviene usar en su justa medida. Aunque a veces son actos reflejos que nos ayudan en nuestro camino, en más de una ocasión se transforman en un gran lastre que nos resta velocidad. Cuando llegamos a mentirnos a nosotros mismos, entramos en un círculo vicioso del que resulta difícil salir.

Los ejemplos abundan en un mundo tan superficial como en el que vivimos, donde nada es lo que parece y la verdad se sepulta bajo espesas capas de pretextos. Vemos a diario cómo los políticos abusan de excusas para respaldar cuestionables decisiones o cómo en las redes sociales cualquier argumento es bueno para apoyar indefendibles causas. Pero me centraré en mis personales motivos. Cuando alguien me pregunta por qué dejé mi país, le hablo de construir una vida, de trabajar en lo que un día estudié, de tener un sueldo digno o de disfrutar de derechos sociales. Si bien son razones de peso para mí, no significan lo mismo para otros, que me comentan casos de quienes se enfrentaron a la misma encrucijada y decidieron quedarse. Ellos encontraron sus propios pretextos y siguieron el camino que les indicaron. Es una opción igual de válida que partir, porque ninguna decisión sirve de nada si no nos convence a nosotros mismos. Otros viven frustrados por no haber encontrado la excusa que les permita dar el salto y cambiar de país. Y también hay quien vive en el extranjero deseando hallar el pretexto que le obligue a regresar a su tierra.

Una triste película francesa, "Juste la fin du monde" ("sólo el fin del mundo"), adaptación de una obra de teatro homónima, narra precisamente el regreso a su pueblo natal de un escritor tras doce años de ausencia, período durante el cual no vio a ningún miembro de su familia. El pretexto que le empujó a volver es incontestable: estaba enfermo y moriría en poco tiempo. En su fugaz viaje para notificar su suerte se enfrenta a viejas rencillas, a tensiones familiares y a las razones que le sacaron de allí y le mantuvieron alejado. Aunque el paso del tiempo las aletargó, la vuelta le sirvió para constatar que seguían existiendo. La película es desgarradora e incómoda, pues es tan real que todos podemos identificarnos con las difíciles situaciones que se suceden.

Aunque a veces nos sentimos obligados a hacer algo, a inclinar la balanza de un lado determinado, siempre hay elección. Siempre hay otra posibilidad. Siempre podemos decir que no. Por mucho que nos asuste o no queramos reconocerlo. Entonces pensamos en la vida que hubiéramos llevado de haber tomado el otro camino, el que tanto nos tentó, pero que al final declinamos. Nos preguntamos si habríamos conocido a las mismas personas, si nuestra personalidad se habría afirmado de la misma manera o si habríamos sido más felices. Si, en definitiva, las alternativas eran mejores que la opción finalmente elegida. Al final nos damos cuenta de que ningún camino es mejor que otro y que todos nos enseñan algo importante.


Todos buscamos el pretexto que nos permita realizar nuestros sueños y concretar nuestras más íntimas convicciones. Esperamos que un día llegue y nos coja de la mano, sin saber que podemos construirlo con un mínimo, pero continuado esfuerzo. Sólo debemos ser capaces de reconocerlo cuando se presente ante nosotros y tener la suficiente valentía como para permanecer a su lado.