Mostrando entradas con la etiqueta marca España. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta marca España. Mostrar todas las entradas

domingo, 25 de agosto de 2019

España Global (Marca España II)

En el juego de las verdades a medias es fácil participar. Solo hace falta cierto conocimiento de la realidad y algo de picaresca disimulada, para que no se vea el plumero. Añadimos un envoltorio atractivo, un título que enganche y ya está: nuestra posverdad está lista para convertirse en un virus de incontrolados efectos. 

En la época en que vivimos se ha vuelto demasiado difícil distinguir la realidad de un decorado inventado. Entre esas manipulaciones, una hace que me piten los oídos de forma insoportable. Se llama Marca España, rebautizada España Global por el último gobierno. Pensaba que esa artificiosa imagen de nuestro país sería suprimida con el cambio de ejecutivo, pero solo se le ha dado un lavado de cara para que suene más moderna y adaptada a nuestros tiempos. Que no nos engañen: aunque la mona se vista de seda, mona se queda. Quienes vivimos en el extranjero sufrimos esta lacra, transformada en un anuncio que aparece todas las noches en TVE internacional, después del telediario. Empieza con la lectura de una cita del Quijote en un teatro, tras la cual se levantan distintos espectadores para enumerar con orgullo cualidades de nuestro país, con un fondo de música in crescendo(castañuelas incluidas). Todo muy bonito, como siempre ocurre con las verdades a medias, hechas a la medida de quien las necesita. Las facultades citadas han sido cuidadosamente elegidas y nos llevan a preguntarnos por qué unas y no otras, o si son completamente ciertas. 

Acostumbrado a los arrebatos patrióticos de la Marca España, no presté demasiada atención al anuncio y fue mi mujer, que no es española, quien me hizo remarcar una de las máximas que se citaban: « en el mundo solo hay diecinueve democracias plenas y somos una de ellas ». Me preguntó qué era eso de una democracia plena. Buena pregunta, pues si la Unión Europea se compone de veintiocho países, cuesta imaginar que no fueran democráticos todos. Pues bien, el “índice de democracia” es una clasificación creada por el medio inglés The Economisten la que se puntúa la calidad de la democracia de cada nación y cuya última publicación sitúa a España en la decimonovena plaza. Si bien es motivo de alegría, no quiere decir que solo haya diecinueve países realmente democráticos en el mundo. La lista consta de cuatro grupos: democracias plenas, democracias imperfectas, regímenes híbridos y regímenes autoritarios. Para estar en el primero hay que tener una nota mayor de ocho, obtenida solo por veinte naciones. En el anuncio no se dice la posición de España en el ranking, lo que nos devuelve al terreno de las verdades a medias. Decir que ocupamos el puesto diecinueve de veinte no parece que motive mucho, así que la frase se formula de otra manera, se hace referencia a una clasificación que nadie conoce y todos contentos. Porque la publicidad pretende motivar a los expatriados para que nos convirtamos en embajadores de España. Es decir, para que hablemos maravillas del país que nos obligó a abandonarlo y poco hace para que volvamos. 

Pero, ¿adónde nos lleva todo esto? En un mundo plagado de etiquetas, de hashtagsque quieren reducirnos a un simple sustantivo, de grupos cuya sola existencia es motivo de enfrentamiento, me sorprende que, en vez de luchar por eliminar este tipo de clasificaciones reduccionistas, nos hundamos hasta el fondo en esta pelea en el barro. No olvidemos que el ilusorio objetivo de España Global es mejorar nuestra imagen en el extranjero: decir a quienes nos miran por encima del hombro que somos mejores que ellos… en otras cosas que desconocen que existen. Por eso no entiendo que el anuncio esté en español y no aparezcan subtítulos en otro idioma. Así que me pregunto para qué sirven estas campañas y por qué se gasta tanto dinero público en ellas. Me pregunto por qué no hacemos del diálogo (el que nos permitiría tener un gobierno) una cualidad que exportar en el próximo anuncio. Tal vez porque somos una “democracia plena”: a nuestros dirigentes les encanta convocarnos a elecciones y trasladarnos los problemas que son incapaces de resolver.   

domingo, 1 de enero de 2017

Televisión Marca España

Somos fácilmente manejables. Quienes mueven los hilos cambian, pero el principio es el mismo. Los mecanismos de control son cada vez más numerosos y la tecnología ocupa el rol que antes correspondía a los medios de comunicación. Las nuevas aplicaciones e innecesarios accesorios amansan con éxito a un creciente rebaño. Aún así, no podemos obviar el papel que sigue desempeñando la televisión. Los españoles que vivimos en el extranjero solemos seguir Televisión Española Internacional para no perder el contacto con nuestro país de origen, pero se ha convertido en un objeto tan manipulado por la malograda "marca España", que a veces cuesta reconocer.

Cuando estas fechas nos sorprenden lejos de nuestra patria, nos reconforta saber lo que sucede en ese lugar que un día dejamos, aunque sólo sea para recordar nuestra infancia o juventud. TVE propone algunas emisiones fundamentales, como el sorteo de lotería, el discurso del Rey, las campanadas de la Puerta del Sol o el concierto de Año Nuevo. Otras son más prescindibles, como la programación de Nochebuena o la gala de Nochevieja, pero el hecho de ver lo mismo que nuestra familia y amigos, nos acerca un poco más a ellos. Y junto con los turrones que podemos encontrar en bastantes supermercados (al menos en Francia), la distancia desaparece o se hace más llevadera.

Durante el resto del año, TVE Internacional acusa el efecto de un filtro impuesto por un ambiguo y peligroso interés general. En un afán de hacer un producto enteramente español, buque insignia de esa "marca España" que tanto les gusta mencionar a nuestros políticos, nos encontramos con una mezcla de emisiones que, dependiendo del día y la hora, da ganas de apagar el televisor. Lo que debería ser una combinación de los mejores programas de las cadenas públicas, se convierte en una versión censurada de la Primera. Para empezar, desaparecen los espacios que no son de producción propia. Atrás quedan las películas y series extranjeras. Sólo veremos las castizas cintas que proponen "versión española" o "cine de barrio" (Paco Martínez Soria y Pajares y Esteso en cabeza). Y como los programas propios no son tan abundantes como deberían, se repiten hasta la saciedad.

Comprendo que el gobierno quiera promocionar el país con productos que fomenten el orgullo patrio y mejorar así nuestra degradada imagen en el extranjero, pero incluso admitiendo esta premisa, algunas decisiones son cuestionables. Por ejemplo, ¿por qué no emiten ningún evento deportivo? Si tanto nos enorgullecen nuestros éxitos deportivos, ¿por qué no difundir los partidos de fútbol de equipos españoles que son emitidos por la televisión pública en España? Lo mismo podríamos decir de los encuentros de tenis, baloncesto o de cualquier otro deporte. En la parrilla de TVE internacional no aparece nunca un evento deportivo. Otra cuestión difícil de explicar es por qué la programación cambia dependiendo del continente en que nos encontremos. Lejos de las diferencias horarias que deben asumir las emisiones en directo, los programas y su orden cambian, como si la imagen que se quiere transmitir fuera distinta dependiendo del público al que va dirigida.

Así que me pregunto cuál es el objetivo real de TVE internacional, un servicio público que debería ser objetivo, lejos de los gustos del gobierno de turno. Si fuera que los expatriados nos sintamos como en casa, el vacío de las emisiones deportivas sería imperdonable. Si fuera mejorar nuestra imagen en el extranjero, recordemos que, salvo en América, una mayoría de espectadores no habla español y no dura más de cinco minutos ante la pantalla. Poco les importa que los espacios libres entre cada programa repitan anuncios de la socorrida "marca España" diciendo lo buenos, fuertes y guapos que somos. Tal vez el verdadero objetivo sea reducir el complejo de inferioridad presente en la mayoría de los españoles, que tan poco nos ayuda cuando vivimos en el extranjero.

No nos engañemos: la mayor parte de los espectadores son emigrantes que, como yo, quieren saber qué pasa en su país, escuchar su lengua materna y sentirse como en casa cuando saben que es físicamente imposible. No queremos que nos manipulen para hacernos volver, ignorando que los problemas que nos hicieron partir siguen existiendo. No queremos que nos vendan una España ideal donde todo es perfecto. Queremos ver nuestro país con sus encantos y sus defectos. Porque es la tierra en donde nacimos, que no elegimos y, como nuestra familia, aceptamos tal y como es.

domingo, 20 de noviembre de 2016

Y ahora, ¿qué?

A veces tengo la extraña impresión de que todo sigue igual. Y digo extraña porque la naturaleza se esfuerza en mostrarnos cada día que todo cambia. La estabilidad es un concepto relativo que utilizan quienes no toman la distancia suficiente ante un determinado acontecimiento, se empeñan en mirar las cosas de forma parcial y reconocen un fragmento de realidad como el único existente. Hemos cambiado de gobierno, pero la palabra cambio ha perdido todo su significado. Hace tiempo que no hablo de política porque me he quedado sin palabras para describir el panorama nacional y utilizar sólo insultos no es lo mío. Pero ha llegado el momento de decir algo sobre el bochornoso espectáculo que se escenifica en el congreso de los diputados.

Diez meses han hecho falta para conseguir un gobierno casi idéntico al anterior. Entonces, ¿para qué ha servido todo este tiempo? Diez meses en que no ha pasado nada aparte de constantes descalificaciones, inútiles reuniones o cómicas representaciones para hacer creer que alguien buscaba un acuerdo. Durante diez meses parecía que nuestros políticos, más incompetentes que de costumbre, esperaban que la situación se resolviese sola. Diez meses han bastado para acabar con cualquier esperanza en el fin del bipartidismo o en el auge del sentido común. Diez meses después de las primeras elecciones, ya nadie se acuerda de los verdaderos problemas de la sociedad.

Desde la distancia me pregunto por qué no ha habido ninguna huelga general durante este tiempo en que nuestros políticos no han dejado de cobrar sus abultados sueldos y en que escandalosos casos de corrupción no han dejado de aparecer. ¿Dónde quedó el indignado espíritu del 15-M? Ahora había muchas más razones para movilizarse que entonces: las que instigaron aquel movimiento siguen existiendo y se ven acompañadas por una crisis política sin precedentes. ¿Por qué no ha habido una cadena de manifestaciones para exigir un acuerdo en menos tiempo? Por menos motivos hemos visto revoluciones y hasta guerras aparecer. Pero esta España conformista y callada del "si hay que ir, se va..." le ha venido muy bien a una clase política falta de soluciones.

En mi caso, si la sangre empieza a hervirme, recurro a un infalible método: dejo de ver Televisión Española y de leer periódicos digitales. Cuando vivimos en el extranjero, es fácil desconectar y cortar los lazos que nos unen a nuestro país de origen. Aunque nunca lo hago de forma permanente, en pequeñas dosis es un analgésico bastante eficaz. Así, cuando vuelvo a encender el televisor, lo hago incluso con cierta ternura, esperando ansioso el último escándalo creado por nuestros políticos, que a veces tienen más sentido del espectáculo que un productor de hollywood.

Hace poco me encontré, tras el telediario de las nueve, con un anuncio de mi querida "marca España" que ya conocía. Un grupo de niños muestra los puntos fuertes de nuestro país, con imágenes espectaculares y una música que mantiene una tensión constante. La primera vez que lo vi me sentí orgulloso de mi patria, pero la euforia dio paso a la nostalgia, después a la tristeza y, al fin, a la frustración y a la indignación. El anuncio abusa de una demagogia barata que sólo utiliza verdades a medias. Si nuestro país fuera tan maravilloso, yo no llevaría trabajando siete años en Francia. Si existieran tantas oportunidades, ya tendría mi billete de vuelta comprado. Hasta llegué a creer que el anuncio me reprochaba haber abandonado un lugar tan estupendo.

Pero la realidad es bien distinta a lo que pretende vender (recordemos que el anuncio busca lavar nuestra dañada imagen externa y atraer turistas). Vemos a un grupo de niños, pero nadie dice que las ayudas del estado a las familias son irrisorias y el crecimiento demográfico es negativo. Cuando uno de los críos afirma que quiere ser científico, nadie le dice que tendrá que dejar España para ejercer esa profesión, pues el presupuesto dedicado a investigación es escaso. Cuando dicen que somos el segundo país con mayor esperanza de vida, se olvidan de indicar que la edad de jubilación tendrá que prolongarse por el descenso de la natalidad y la salida de jóvenes que, como yo, no encuentran un trabajo digno. Pero como todos estos problemas no parecen preocupar a un gobierno que ha tardado diez meses en formarse, no salen en el anecdótico anuncio. Aunque precisamente eso, el arte de escurrir el bulto y de ignorar las tareas más importantes, también es marca España.

domingo, 14 de agosto de 2016

Vacaciones en el país low cost

No somos iguales, pero tampoco tan distintos como nos quieren hacer creer. Españoles, franceses o de cualquier otra nacionalidad, todos compartimos las ganas de disfrutar de un tiempo de descanso, todos contamos los días que faltan para parar el cronómetro de la vida y hacer realidad nuestros soñados planes. Hasta solemos coincidir en la forma de utilizar ese tiempo, que es tan preciado como escaso y siempre pasa demasiado rápido.

La fórmula de sol y playa es un valor seguro, sobre todo cuando en la mayoría de países europeos la vitamina D es un bien limitado. En Francia, la cotizada Costa Azul es el principal atractivo veraniego, pero la oferta es muy variada: las interminables playas atlánticas son una alternativa menos masificada y los paisajes marítimos de Bretaña y Normandía son de una sobrecogedora belleza. A los amantes del campo y la montaña no les decepcionarán las impresionantes cimas de los Alpes o los volcanes de Auvernia, y los que buscan un buen cambio de paisaje y costumbres, se irán a Córcega. Para recorrer en familia cualquier punto del hexágono galo (analogía geométrica a la que recurren como nosotros a la forzada "piel de toro") muchos prefieren la opción de la autocaravana, cuya cultura está bastante arraigada en Francia, pues su privilegiada posición junto al centro de Europa motiva a quienes optan por un completo viaje atravesando varios países.

Muchos franceses se alejarán de sus fronteras para eligir destinos más o menos asequibles. Un amigo me contó que un fin de semana en la Costa Azul con su familia le costaba lo mismo que una semana entera en El Campello. La crisis y el auge del terrorismo en determinados países nos han entronado como los reyes del turismo low cost, una realidad que nuestros políticos, tan faltos de ideas como siempre, no han dudado en convertir en el motor de nuestra economía, aunque a veces le cueste arrancar y corra el riesgo de pararse en cualquier momento. Así es como han transformado el "made in Spain" en algo muy parecido al "made in China": una marca de la que nadie espera mucha calidad. De hecho, mis amigos franceses vuelven sorprendidos tras visitar nuestro país y encontrar mucho más que un simple destino low cost. Lo peor de todo es que este modelo económico nos condena a largo plazo, dependiendo de visitantes en busca de insolación y borrachera que obedecen a modas pasajeras y que, tarde o temprano, preferirán un lugar más barato.

Aunque por razones bien distintas a las de los galos, yo también he pasado mis vacaciones en nuestro país low cost, y si insisto con el anglicismo es por una curiosa situación que me tocó vivir. Para llegar hasta Alicante hicimos escala en Barcelona, pero el entusiasmo por pisar mi país tras casi un año de ausencia no tardó en desvanecerse. Al salir del avión reclamé el carrito de mi hijo y la azafata me explicó que vueling es una compañía low cost que no ofrece ese tipo de servicios y que el carrito lo recogería en Alicante junto al resto de maletas. Yo le contesté que ya había volado con Lufthansa, había hecho dos escalas y siempre me habían devuelto el carrito sin tener que decir nada. También le pregunté si le parecía lógico tener que pasar las tres horas que duraba la escala con un bebé de seis meses en brazos. La azafata se limitó a repetirme la política de su compañía, calcada a la de nuestro enfermo país low cost, que piensa cada vez menos en las personas y más en los recortes, en abaratar todo para reducirnos a un mero número, a un ínfimo salario que sólo da para comprar marcas blancas, llegar duramente a fin de mes y descubrir si el precario contrato será renovado. Al final tuvimos que esperar media hora para que una empleada del aeropuerto (y no de vueling) utilizara su sentido común, bajara hasta la bodega del avión y nos diera el carrito.

Ya en Torrevieja, nuestro destino final, pudimos sufrir los estragos de un tipo de turismo impulsado durante años. Cuando camino por el paseo marítimo, abriéndome paso a codazos entre un ruso, una familia francesa y otra inglesa, me cuesta reconocer las rocas entre las que saltaba de pequeño en busca de cangrejos, caracolas o pequeñas piedras. Ahora es difícil encontrar un lugar decente en donde cenar sin tener que buscar el menú español entre el sueco y el alemán o ver una carta sin un toro embistiendo un capote. Entonces recuerdo lo que realmente he venido a buscar en este país low cost: su alegre gente, de un valor incalculable, dispuesta a afrontar el abaratamiento de su patria con una sonrisa y a tender una mano amiga a quien necesita ayuda para levantarse.

domingo, 24 de enero de 2016

Una cuestión de respeto

No podemos evitar ser juzgados, sucede cada día con todo desconocido que encontramos, pero podemos esperar que el veredicto no se base en cuestiones arbitrarias como nuestro físico o nuestra nacionalidad, aun cuando juegan un papel determinante en nuestra personalidad. Podemos pedir ser tratados con el respeto que merecemos. Nadie elige donde nace. Nadie elige la imagen que se formará en los ojos de otro. Que nadie nos lo tenga en cuenta y, menos aún, nos lo reproche.

En la esfera personal no doy importancia a los prejuicios, pues cada uno es libre de pensar como quiera. De igual manera yo soy libre de elegir a quien quiero tratar y de ignorar a quien no me aporta nada. Sin embargo, en el mundo profesional las cosas son distintas y a menudo nos vemos obligados a tratar con gente que desconocemos, hacia la que no sentimos ninguna afinidad pero cuya opinión sobre nosotros puede influir seriamente en nuestro trabajo. Es una cuestión de confianza, de crear el ambiente propicio para que un cliente se sienta satisfecho y se deje llevar, para que nuestro superior nos delegue tareas cada vez más importantes, para que nuestros subordinados se sientan apreciados y necesarios. Es una cuestión de respeto.

En este contexto los prejuicios nunca ayudan y pondré como ejemplo la imagen que los franceses tienen de España. Si bien la mayoría piensa que es un país donde se vive muy bien y no dudan en elegirlo para ir de vacaciones, no creen que España sea sinónimo de trabajo bien hecho. Aunque no me guste generalizar, el sentimiento de superioridad de los franceses hacia nuestro país está muy extendido. Siempre he intentado evitar que esta degradada imagen influya en el juicio que otros puedan tener sobre mi trabajo. En las primeras reuniones con gente que no conozco intento ser discreto, hablar lo justo para no desenmascarar mi acento, dejar que mi propio trabajo defina el concepto que los demás tendrán de mí. Cuando ya me he ganado su confianza, algunos no tardan en preguntarme de dónde viene mi acento, aunque a muchos no les importa y ni siquiera se interesan. A veces me gusta jugar y dejar que lo adivinen para comprobar hasta dónde llegan las imágenes preconcebidas. Han pensado que vengo del sur de Francia, de Italia o hasta de Argentina, pero no muchos aciertan y se sorprenden cuando les comento cuál es mi país de origen. Entonces no tardan en hablar de sus vacaciones, sobre todo cuando eran niños, y descubrimos que hemos pisado los mismos lugares y nos hemos bañado en las mismas playas. Murcia, La Manga, Torrevieja, Alicante, El Campello o Benidorm. Nos damos cuenta de lo pequeño que es el mundo, empezamos a hablar de paisajes compartidos en nuestra memoria y en unos minutos parecemos viejos amigos.

Hay otra imagen complementaria a ese eterno país de vacaciones low cost que también he podido ver de cerca. En el estudio de arquitectura donde trabajo solemos recibir currículums cada semana y muchos de ellos son españoles. Una vez, en uno de esos emails, el interesado reconocía no tener idea de francés y afirmaba estar dispuesto a trabajar incluso sin recibir nada a cambio, poniendo de manifiesto no sólo la precariedad de la arquitectura española, sino la desesperación de todo un país en donde el empleo es un bien escaso. Yo ya conocía aquella situación, pero mi jefe me miró, incrédulo, y me dijo: "no sé cómo hacéis en España, pero aquí lo que me está proponiendo es ilegal y no puedo arriesgarme a tener a alguien sin contrato". Tenía razón y aquel email suponía un paso atrás en la lucha diaria que mantengo por ganar el respeto de los franceses y demostrar que se puede confiar en nuestro país. Me entristeció leer aquella candidatura y ver que mi compatriota antepusiera la posibilidad de trabajar gratis a sus propios méritos, que de cara afuera nos hayamos convertido en un simple país de mano de obra barata. Hay principios por los que debemos luchar y nunca abandonar. Si renunciamos a ellos en la primera batalla, la guerra estará perdida de antemano.

Hace unas semanas escribí mi opinión sobre la conocida "marca España" que nuestro antiguo gobierno se afanaba en vender, pero puede que no haya sido lo bastante claro. Pondré un ejemplo muy explícito para que cualquier político pueda entender con facilidad la verdadera imagen de nuestro país en el extranjero. La marca "España" es algo así como la marca "Hacendado": la gente la elige atraída por el precio, después comprueba que la calidad es buena, pero, que no se engañe nadie, si la elige una segunda y hasta una tercera vez, sigue siendo por el precio.   

sábado, 21 de noviembre de 2015

Marca España

Cerramos los ojos y las imágenes vienen a nuestra cabeza. De la misma manera que se forman los sueños, montamos fragmentos de realidad a partir de nuestra experiencia, de las películas que vemos, de los libros que leemos y de las historias que escuchamos en boca de amigos o conocidos. Es así como se forma la imagen de un país. No es objetiva, no es imparcial, pero tampoco es personal. Creemos que es nuestra, pero en realidad es una construcción colectiva que crean los otros, los que viven lejos del país retratado y que seguramente nunca lo hayan pisado. Es una representación que se forma a lo largo de los siglos, influenciada por los intereses económicos y políticos del momento, pero que sobrevive a todos ellos, que perdura en el tiempo y se instala de forma irremediable en el subconsciente colectivo.

Por esta razón resulta inútil cambiar esa imagen desde dentro del propio territorio. No podemos crear una marca España, pues ya existía antes de que llegáramos y seguirá estando allí cuando nos vayamos. Cuando estamos dentro de nuestras fronteras no pensamos en ella y eso nos puede llevar al error de querer cambiarla, pero cuando salimos nos enfrentamos a esa imagen y vemos que el esfuerzo personal no es suficiente para frenar una corriente que fluye con la fuerza que el tiempo le ha dado.

Desde mi salida de España me he dedicado a desmontar la falsa imagen que los franceses tienen de nuestro país. Me miraron con los ojos desorbitados cuando afirmé nunca haber ido a una corrida de toros (muchos se creen que vamos a los toros en lugar de ir al cine) y no saber tocar la guitarra. También les expliqué para su asombro que la verdadera paella no lleva chorizo, por citar algunos ejemplos representativos. Para que se hagan una idea de hasta dónde llegan los estereotipos, les contaré que una compañera de trabajo me llegó a definir como un "español alemán". Ya saben, los alemanes tienen fama de serios, organizados y trabajadores y los españoles de sociables, vagos y fiesteros. Al verme le costaba creer que un español pudiera trabajar tanto como cualquiera, pues se dice que como en nuestro país hace más calor, la gente prefiere beber gazpacho y dormir la siesta a ir al trabajo. Desgraciadamente el porcentaje de parados no ayuda a desmentirlo.

Sobre choques culturales podría escribir un libro, pues no sólo soy un español viviendo en Francia, sino que además mi mujer es de nacionalidad rumana. No lo nieguen, puedo ver la imagen formándose en sus cabezas, un reflejo muy deformado de la realidad. Incluso no les culparé si se preguntan por qué me casé con una rumana teniendo tantas francesas para elegir. La respuesta es bien sencilla: ¿y por qué no? Si algo he aprendido en mi estancia en el extranjero, es a no generalizar, a otorgar el beneficio de la duda a cualquiera, a dejar que construya su propia imagen a través de sus acciones, partiendo de cero, sin tener que romper las expectativas que una marca determinada le haya impuesto. Actualmente vivo entre tres países y para mí el concepto de patria es bastante abierto. La experiencia me ha enseñado que todos somos habitantes de una misma roca que gira irremediablemente alrededor del Sol, que las fronteras tienden a diluirse y que la idea de una marca España tiene tan poco sentido hoy en día como una marca Francia o una marca Cataluña. 

Así que ya saben, que no les engañen, que no les vendan Cervantes o Picasso cuando lo que quieren es Jordi Pujol, Rodrigo Rato o Iñaki Urdangarín (en Francia siguen muy de cerca su caso, afilando su conocida guillotina). Para qué conformarse con el jamón serrano de toda la vida cuando pueden disfrutar de un magnífico cinco jotas marca España. Tal vez ése sea nuestro mayor distintivo, ese carácter pillo o golfo que tarde o temprano sale a relucir. Para acabar, me gustaría hacer una humilde sugerencia al gobierno que saldrá de las próximas elecciones: dejen de malgastar el dinero público en crear una etiqueta que no sirve para nada e inviértanlo en acabar con los vergonzosos (por decirlo de un modo amable) datos del paro. Porque esa sí que es la verdadera marca España, la cifra que mejor nos define y que nos señala con el dedo no sólo en Europa, sino en el mundo entero. Bajar el paro no sólo nos llevaría a ganar el respeto de nuestros vecinos y lavar nuestra degradada imagen de una forma convincente y duradera, sino que además, y lo que es más importante, cambiaría las vidas de más de cuatro millones de personas.

sábado, 7 de noviembre de 2015

Vacaciones perdidas

Todos necesitamos un cambio controlado, unos días que nos saquen de la rutina y hagan más soportable nuestra vida. Los llamamos vacaciones y el simple hecho de contar con ellos nos da fuerzas para seguir adelante y soportar momentos difíciles, incluso si su presencia se convierte en un lujo difícil de alcanzar y su imagen se diluye en el más improbable de los sueños. Siempre nos quedarán los recuerdos de cuando éramos niños, de cuando la cuenta atrás para las navidades se volvía insoportable, de los largos meses de verano que tanto nos costaba ocupar, de la angustia de la vuelta al cole. Vivir sin vacaciones nos resultaba inconcebible y estábamos lejos de imaginar el mundo de escasos descansos al que la sociedad nos estaba preparando.

Por esa época no sabía lo que me estaba perdiendo por no haber nacido en Francia. En este país los niños no pueden ir al colegio / instituto más de dos meses seguidos. Como lo han leído, cada dos meses necesitan dos semanas -ni más ni menos- de vacaciones. Si tenemos en cuenta además que los miércoles por la tarde los colegios e institutos franceses están cerrados a cal y canto, terminamos de completar el cuadro. Y, agárrense, hace unos dos años la jornada del miércoles completamente libre para los escolares era sagrada en toda Francia. Se ve que alguien del gobierno se cansó de que sus homólogos europeos le ridiculizaran en cada reunión de Bruselas.

A mi también me entró la risa floja cuando una compañera de trabajo me explicó cómo funcionaba el sistema educativo galo. No pude contenerme tras haber pasado unos cuantos meses desmontando la generalizada imagen de España como un país de vagos que se paraliza todos los días a la hora de la siesta y que después de dormir tiene pocas ganas de trabajar... Para qué nos sirve tener en los genes a Cervantes, Velázquez o Picasso si las palabras "fiesta" y "siesta" son las únicas que todo extranjero reconoce como ibéricas sin dudar. Marca España, ya saben.

Diferencias culturales aparte, imagínense ahora a los padres de las afortunadas criaturas haciendo malabarismos en sus respectivos trabajos para ocuparse de ellas. Sirviéndose con cuentagotas de las cinco semanas anuales de vacaciones pagadas a las que todo asalariado francés tiene derecho. Aunque los abuelos estén ahí para arrimar el hombro, no pocos tendrán que pagarse una guardería o una niñera para salir del trance. También están los que aprovechan el momento para hacer un pequeño viaje con la familia y disfrutar de los pequeños placeres de la vida. Para que el país entero no se vea paralizado cada dos meses, las regiones se reparten en tres zonas que nunca están de vacaciones al mismo tiempo, evitando que las carreteras se colapsen y demostrando una buena organización que en España estamos lejos de ver.

Pero no todas las historias tienen un final feliz. Los padres que no tengan más remedio se verán obligados a coger unos días no remunerados para ocuparse de los peques y apretarse el cinturón a final de mes. Existen unos tipos de contrato que prevén situaciones como ésta y cuentan con todos los miércoles libres, por ejemplo, o con horarios más flexibles que permitan a las familias adaptarse a los ritmos escolares. No hace falta explicar que los sueldos acusan la disminución de las horas de trabajo. Generalmente son las mujeres las que se ven obligadas a optar por esta alternativa, como prueba de que el camino de la igualdad laboral todavía está lejos de nuestro alcance.

Todo esto viene a cuento porque en Francia acaban de terminar las vacaciones de "todos los santos". Si el curso empieza en septiembre, no les hará falta hacer muchas cuentas para calcular que halloween siempre pilla a los críos en casa. Tampoco se vayan a pensar que la vida de los escolares es un camino de rosas, pues las jornadas son más largas que en España y los descansos son bien merecidos (por ejemplo, los chavales pasan en el instituto mañana y tarde e incluso los sábados por la mañana). Durante estos períodos de dos semanas la ciudad entera cambia: hay menos gente por la calle, más tiendas cerradas, los horarios del transporte público se alteran y todos se toman las cosas con más calma. A menudo veo pasar familias enteras en bicicleta por la calle y el niño que todavía llevo dentro les dirige una sonrisa triste, pensando que el pasado nunca vuelve, que esos momentos efímeros de felicidad no se olvidan y que ya nadie le podrá devolver tantas vacaciones perdidas.

sábado, 31 de octubre de 2015

Lo inevitable

Podemos mirar a otro lado, ignorarlo, huir de él y pensar que no nos alcanzará, pero nunca escaparemos de lo inevitable. Hace seis años que llegué a Francia con un billete de ida en la maleta. Tan inevitable fue mi partida como el hecho de empezar a escribir este blog. Estamos habituados a viajar con billetes de ida y vuelta, con la seguridad de saber que nuestros días están contados y que pase lo que pase volveremos al lugar del que procedemos. Cuando la fecha de ida es el único dato impreso en el billete, la certeza queda sustituida por la incertidumbre de no saber cómo acabará la aventura y la necesidad de luchar por descubrir cuál será el siguiente paso, si algún día nos llevará de vuelta a casa.

No soy el único al que la crisis española empujó a abandonar inevitablemente su país. Por eso empiezo este blog. Para informar de lo que lleva consigo una experiencia de este tipo, con sus buenos y sus malos momentos. Para contar lo que nuestros políticos desconocen o ignoran deliberadamente, para hablar de la integración de un exiliado en un país extranjero y para relativizar la imagen de una España lejana a la marca que los medios intentan vender.

Me decido a escribir seis años después de mi partida no sólo porque no haya podido antes, sino sobre todo porque el paso del tiempo cambia mucho la visión de las cosas. Porque la euforia y la excitación de los primeros meses dejan paso a una mirada reposada y crítica, no sólo con el país de origen, sino con el de acogida. Porque el conocimiento prolongado de unas nuevas costumbres locales permite la comparación con las ya conocidas, la confrontación de dos culturas distintas a pesar de su proximidad.

Aterricé en Francia tras acabar la carrera de arquitectura. Podía haber sido cualquier otro país, pues cuando damos un salto al vacío poco importa lo que haya bajo nuestros pies. Lo que de verdad cuenta es volar y sentir el aire contra nuestro cuerpo. Llegué sin conocer a nadie, con una beca de prácticas de cuatro meses, pero conseguí un trabajo que me gusta, hice muy buenos amigos y descubrí al amor de mi vida, con el que tuve la suerte de casarme.

Durante estos años no he desperdiciado el tiempo, para qué nos vamos a engañar, y podrán comprobarlo si siguen este blog, donde espero escribir al ritmo de una página por semana y contar mis experiencias en el país del queso y la baguette. Relataré las dificultades de la vida del exiliado, con su eterna lucha contra el infranqueable muro de los prejuicios culturales, pero también hablaré de los placeres de vivir en un lugar desconocido donde se aprende algo nuevo cada día y se disfruta de derechos ganados no por el simple hecho de haber nacido en un territorio determinado, sino por haber demostrado con trabajo y esfuerzo ser merecedor de ellos. No jugaré a la crítica fácil, sino a la que proviene de la experiencia propia. Al fin y al cabo no tengo licencia para matar, aunque con el tiempo me haya construido una pequeña atalaya desde la que jugar al francotirador que busca con paciencia nuevos objetivos y se lo piensa dos veces antes de disparar.

Echando la vista atrás descubro que mi vida en el extranjero se ha basado en dos simples principios: cambio y adaptabilidad. Nunca sabemos de lo que somos capaces hasta que nos encontramos en una nueva situación y descubrimos aspectos de nosotros mismos hasta ese momento desconocidos. Así, los primeros y frenéticos meses de bombardeo constante de nuevas experiencias dan paso a la estabilidad de la rutina y a la sensación de que nunca dejaremos de aprender en un entorno ajeno que poco a poco se va convirtiendo en nuestro.

A pesar de un aparente equilibrio, el cambio ha sido mi única constante en estos años y nunca me he permitido hacer planes más allá de los siguientes tres meses. Así que, de momento, sólo me comprometeré a escribir este blog hasta enero, pues un cambio muy importante ya está programado para esa fecha. Aunque imagino la confianza que puedan tener en alguien que se fue cuatro meses de su país y lleva seis años sin volver... En fin, a veces las cosas no suceden como las planeamos y lo inevitable acaba por abrirse paso tarde o temprano.