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domingo, 18 de noviembre de 2018

6 + 3 años lejos

Tarde o temprano llega el momento de recapitular. De mirar atrás y analizar el camino recorrido. De rendir cuentas, si se da el caso, y establecer la nueva estrategia que dirigirá nuestros próximos pasos. Solemos hacerlo al final de una etapa importante, durante fechas de obligado paso, que nos marcan aun cuando no queremos admitirlo y suelen ser motivo de alegría. En mi caso la fiesta es doble: cumplo tres años de blog y nueve de vida en el extranjero, sin saber cuál de los dos aniversarios hace que el tiempo pase más rápido. 

Sin estas recurrentes celebraciones, nos costaría medir el paso del tiempo. Unas veces son esperadas y otras nos hacen sentir tanto vértigo que deseamos que pasen lo antes posible. Aparte de las clásicas efemérides, ciertos guiños de la vida nos transportan con facilidad a otro tiempo. Son fugaces instantes que nos resultan familiares (un gesto, un olor o una forma de ver las cosas) y abren viejas cicatrices, permitiéndonos mirar a través de ellas para descubrirnos a nosotros mismos en otro momento y otro lugar. La distancia desaparece en cuestión de segundos y conseguimos analizar con ojo crítico lo que no pudimos hacer en su día. 

Dentro de doce meses cumpliré una década viviendo lejos y empiezo a notar un extraño cosquilleo. Si durante esta etapa he redefinido conceptos que creía conocer, como distancia, ausencia o patria, todavía me quedan definiciones por reescribir. La llegada de los dos dígitos se aventura distinta a cualquier otro cumpleaños, como si se cerraran puertas que ya nunca volverán a abrirse. Pase lo que pase, seguiré viviendo como lo he hecho desde que llegué a Francia, sin hacer planes más allá de los próximos tres meses. Porque la experiencia me ha enseñado que la vida se estructura siguiendo múltiplos de tres: la beca con la que llegué a Francia duró tres meses, me la prolongaron otros tres, mi primer contrato fue de seis meses y el segundo tuvo la misma duración. En el ámbito personal, me casé después de tres años de noviazgo y cuando nació mi hijo (todos sabemos que un embarazo dura nueve meses) seguí constatando que los grandes cambios se producen en múltiplos de tres. Así que, sin ser supersticioso, los aniversarios que ahora celebro (tres y nueve) parecen más especiales que de costumbre. 

Durante los últimos nueve más tres meses (curiosamente un año se divide en múltiplos de tres) ciertas cosas han cambiado en este blog, fiel reflejo de mi vida cotidiana. Cuando la maquinaria empieza a chirriar y amenaza con estallar en el momento menos pensado, hay que hacer una pausa. Los compromisos profesionales y personales me obligaron a parar, coger aliento y ver las cosas desde otra perspectiva: abrir espacios para que la intuición recuperara el terreno que había perdido. Ese descanso me sirvió para reconocer lo que realmente me importaba y confirmar que necesitaba seguir escribiendo, aunque fuera de otra manera. Si antes de ese paréntesis publicaba una entrada por semana en este blog, a partir de ahora lo haré una vez al mes. Siempre que pueda compaginarlo con mi cada vez más escaso tiempo libre. 

Además, este periodo de reflexión me ha permitido crear un nuevo blog. Se llama “Cuaderno francés” y se encuentra en la web literaria Zenda. A pesar de que su leitmotiv es el mismo que el de “Todavía lejos” (contar anécdotas, descubrimientos o reflexiones de mi vida en Francia), lo abordo desde otra perspectiva. La literatura constituye un digno telón de fondo y se convierte en el hilo conductor que teje nuevas historias y dirige mis dedos cuando me abalanzo sobre el teclado. Para mí es todo un honor disponer de un pequeño espacio en Zenda, ese vasto territorio donde nos encontramos autores noveles, escritores consagrados, lectores ávidos y editores, con el único objetivo de leer y ser leídos, de compartir nuestra pasión a través de artículos, entrevistas, cuentos, poesías, fragmentos de libros, blogs, comentarios... Un afable lugar en donde escribiré cada tres semanas.  

A partir de ahora alternaré las publicaciones de “Cuaderno francés” con las de “Todavía lejos”, la personal vitrina que acoge cuanto pasa por mi cabeza, donde me dejo llevar por la intuición recuperada durante la larga pausa de este año. El ritmo ha cambiado, pero sigo conservando las ganas de quien se sentó hace tres años para escribir historias que suceden lejos de su país natal. En una tierra que no es ni mejor, ni peor que la suya, sino simplemente el lugar adonde le han llevado las circunstancias. Tan válido como cualquier otro para mirar la vida a los ojos.

domingo, 25 de febrero de 2018

Terceras partes

La realidad desmontó mis prejuicios cuando entré en la comisaría. Con cada paso que daba se esfumaba el halo de misterio que siempre ha envuelto el mundo de los casos por resolver. Aquel no era el mítico lugar que el cine y la literatura habían grabado en mi subconsciente, sino un anodino edificio de oficinas. La decepción calmó mi nerviosismo mientras seguía las instrucciones que me dieron en la entrada. Ascensor. Segundo piso. Pasillo de la izquierda. El despacho del agente que llevaba mi caso estaba vacío, así que me senté en una sala contigua. Eran las siete de la mañana y en la desierta planta no encontré a nadie a quien preguntar.

La anécdota sucedió hace tres años y vino a mi memoria la semana pasada, cuando relaté las segundas partes de algunas historias de este blog y muchas se quedaron en el tintero. Así, a pesar de que desvelé quién apuntó con un láser a una escuela judía en “unos centímetros a la izquierda” (19/2/2017), no conté las consecuencias de la inspección policial de mi domicilio descrita en “agitado, pero no revuelto” (12/2/2017). El agente responsable de la misma dijo que debía declarar para confirmar mi versión de los hechos, pero, al no tener nada concluyente que aportar, intenté escurrir el bulto. Sin embargo, la policía no pensaba lo mismo y no tardé en recibir la llamada que me convocó a un interrogatorio en comisaría.

Elegí aquella temprana hora para no dar explicaciones en el trabajo. No quería ensombrecer la buena relación que tenía con mi jefe, con quien trabajaba desde hacía apenas cuatro meses. El agente apareció con cara de sueño y una taza de café en la mano. Las preguntas que siguieron a una grave descripción de los hechos fueron tan previsibles como aburridas, espaciadas por silencios que permitían al hombre teclear mis respuestas. No solo estaban relacionadas con la noche del fatídico martes en que alguien apuntó con un láser al militar que hacía guardia frente a la escuela judía, sino que pretendían averiguar qué tipo de persona era yo. Además me sirvieron para comprobar cuán aburrida era mi vida, pues a la hora de los hechos me encontraba durmiendo desde hacía un buen rato. Acabé conversando con el agente, descubriendo que era de Dijon y que, curiosamente, ambos habíamos pasado allí el último fin de semana. Imprimió la declaración, la firmé y ya no volví a saber nada más del tema. Le pregunté si tenían otros sospechosos, pero no desveló nada y se limitó a decir que la investigación avanzaba a buen ritmo. La comisaría dejó de ser para mí el lugar donde se resuelven intrigantes casos y se convirtió en la aburrida oficina donde se registran declaraciones de quien no tiene nada interesante que decir.

Otra tercera parte que no quiero olvidar es la del artículo “encuentros rutinarios” (4/9/2016), en que describí a los personajes que me acompañaron cada día en mi antiguo barrio de Lyon. Uno de ellos no entró en la página, pero merece un pequeño y digno hueco. Dignidad es, precisamente, la mejor palabra con que puedo aludir a aquella mujer. Su arrugado y poco agraciado rostro delata una avanzada edad. Aunque su pequeño y esquelético cuerpo carga con más de ochenta años, luce los modelos más extravagantes. Colores estridentes, sombreros enormes, pañuelos estampados con todo tipo de motivos, pulseras y collares de grandes tamaños, combinaciones improbables... Las prendas son de calidad y nunca la vi repetir una, por lo que deduje que no le falta dinero ni espacio en su personal ropero. La curiosidad me hizo reparar en ella la primera vez. Cautivado por su original presencia, me fue fácil distinguirla de forma cotidiana y descubrir que en ella había algo más que una marcada personalidad. Muchas veces la vi esperando al tranvía o al autobús y llegué a pensar que aquella distracción le permitía exhibirse durante más tiempo. Como si ejecutara una memorizada coreografía, la vi coger un autobús para bajar en la siguiente parada y esperar al próximo que llegara. Después cruzaba la calle y hacía lo propio con el bus que iba en sentido contrario. Así pasaba sus días, siempre en el mismo barrio, siempre en las mismas calles, como si su brújula interior se hubiera desorientado y estuviera condenada a repetir los mismos movimientos para no perderse. 

En sus ojos encontré una mirada perdida en un lejano lugar, incapaz de reconocer su entorno inmediato. Aunque durante un tiempo pensé que estaba loca, acabé imaginando que estaba más despierta que quienes la miramos con escepticismo. Tal vez sus ojos vean un mundo al que los nuestros no llegan. Como tantos genios juzgados por la incomprensión, cuya visionaria actitud solo fue apreciada por las siguientes generaciones. Ahora que ya no vivo en el mismo barrio, me gustaría coger un autobús para volver a encontrarla en una parada, bajar y hacer más amena su espera. Para preguntarle qué ven sus ojos y averiguar por qué los míos no ven lo mismo.


domingo, 18 de febrero de 2018

Segundas partes

Cuando decimos que segundas partes nunca fueron buenas, nos referimos a la continuación de una obra que pensábamos acabada. La siguiente página era una hoja en blanco o el próximo fotograma empezaba una interminable lista de nombres. La llegada de una continuación nos alegraba o decepcionaba, dependiendo de la calidad de la misma. Las series, sin embargo, utilizan la prolongación para profundizar en los personajes y acercarse a nuestra forma de percibir la realidad. Porque la vida no se para tras un supuesto final y siempre sigue, inconmovible, a nuestro pesar o a nuestro favor. Por eso quiero mostrar hoy las segundas partes de historias que relaté un día en este blog y que siguieron vivas después de su publicación.

Si en “la biblioteca del emigrante” (5/11/2017) hablaba de la curiosa existencia de la “partagère” (también llamada “givebox”), una estantería que, en medio de una plaza, facilitaba el intercambio de cualquier objeto de segunda mano, hoy tengo que lamentar su desaparición. En la pasada nochevieja, un desaprensivo quemó parte de la misma. Tras el triste acontecimiento, los vecinos de mi barrio no tardaron en movilizarse para desmontarla, repararla y darle así una segunda vida. En la página de facebook “Givebox Saint Louis La Partagère” podemos seguir el estado de la restauración y contribuir a la causa aportando madera o pintura. Resulta emocionante ver cómo el espíritu de la partagère sigue presente a pesar de su ausencia. Los bancos cercanos se han convertido en el nuevo e improvisado soporte de la humana necesidad de compartir. Aunque apena ver los libros, la ropa o los objetos de turno expuestos a la lluvia de este húmedo invierno, en su favor diré que el cambio de dueño no dura mucho tiempo.

En mi antiguo barrio de Lyon, del que me mudé hace exactamente un año, no existía semejante iniciativa. A pesar de haber dedicado a aquel familiar rincón tres artículos, “encuentros rutinarios” (4/9/2016), “agitado, pero no revuelto” (12/2/2017) y “unos centímetros a la izquierda” (19/2/2017), muchas cosas se quedaron en el tintero. Como, por ejemplo, que el piso en donde viví durante dos años y medio fue alquilado antes por otra pareja multicultural, francés él y española ella. Les resultamos simpáticos y nos eligieron como sus sucesores entre todas las visitas que recibieron. Además, descubrí que ella era de Alicante y habíamos estudiado en la misma universidad, aunque en distintas épocas y facultades. Estaba embarazada, razón por la que dejaron el piso, y la siguiente vez que la vimos iba acompañada por su hijo. Fue cuando nos recomendó su pediatra, que antes le recomendaron otras amigas. Era alguien que trataba muy bien a los niños y se tomaba el tiempo necesario para aclarar cualquier duda y responder cada llamada de los desesperados padres. Con tales referencias, no dudamos en contactarle cuando nació nuestro hijo. Esta singular red de relaciones siguió tejiéndose cuando descubrí que mi socio llevaba a sus hijos al mismo pediatra, pero sobre todo cuando el propio médico nos confesó que su mujer era arquitecta y buscaba un estudio en donde hacer una temporada de prácticas para validar su título. Nosotros necesitábamos a alguien que nos echara una mano y no nos lo pensamos dos veces.       


Así fue como descubrimos que la pareja era de origen sirio (imposible reconocerlo en el perfecto francés que habla el marido) y acabé dedicando un artículo a la mujer, “que no nos lo cuenten otros” (9/7/2017), en que hablaba de la triste suerte del colectivo sirio. La casualidad, llamémosla así, quiso que otro becario sirio, que también mencioné en el artículo, llamara a nuestra puerta. Lo que no dije fue que, para nuestra sorpresa, apenas duró una jornada en el estudio. Nos preocupamos cuando no dio señales de vida al día siguiente: llamamos varias veces a un móvil, que parecía apagado, y acabamos recibiendo un mail en donde explicaba que no podía compatibilizar el ritmo del estudio con un trabajo de verano. Si bien hemos tenido becarios de todo tipo, ninguno es comparable al que hizo las prácticas más cortas de la historia y nos dejó un amargo sabor de boca, una mezcla de falta de seriedad y escasa motivación. Su compatriota, la mujer del pediatra, deploró la imagen que el joven dio de su país, que poco me importó, pues no soy de los que generalizan fácilmente. Ella nos dejó unos meses más tarde, al término de su contrato. Tal vez vuelva algún día, si el trabajo del estudio lo permite, para demostrar que las segundas partes, buenas o malas, son meras conexiones con el complejo y vasto mundo que nos rodea, tan inesperadas como inevitables.

domingo, 17 de diciembre de 2017

La sangría francesa

En un mundo globalizado como el nuestro, donde las fronteras han perdido el sentido que un día tuvieron (aunque muchos se empeñen en demostrar lo contrario), todo se mezcla de forma natural. Lenguas, culturas, experiencias, formas de ver la vida, olores y sabores. Si combinamos sabores, utilizando las dosis adecuadas y sazonando con cuidado, nuestro paladar se enriquece gracias a una simbiosis inevitable. Porque detrás está el placer que experimentamos al sentir algo nuevo y vivir de una forma más completa.

Podemos dar la vuelta al mundo sin abandonar nuestra propia ciudad. Basta con salir a la calle y entrar en cualquiera de los establecimientos que importan exóticos sabores. Incluso los restaurantes locales incluyen cada vez con más frecuencia especialidades extranjeras, en muchos casos convertidas en una sutil pincelada. Y cuando vivimos lejos de nuestra tierra, la distancia se hace más llevadera gracias a esos pequeños guiños: a las tiendas o bares españoles que encontramos a nuestro paso o a los cocineros locales que asumen nuestras tradiciones como un estimulante reto.

Me serviré de una curiosa anécdota para ilustrar esa forma de mezclar culturas. Sucedió hace más de un año, pero no viene mal recordar el calor de una tarde de agosto ahora que el frío ha llegado para quedarse. Buscaba la terraza de un bar junto con unos amigos franceses, cuando la sombra de un toldo nos llamó a gritos. La pizarra extendida en la calle nos invitó a probar la sangría casera o "fait maison", apelativo que adoran los franceses, como si el simple hecho de haber sido producida in situ fuera garantía de algo, obviando la destreza o torpeza de su autor. Y cuando se trata de un producto español elaborado en el extranjero, soy más que escéptico. Tras la paella con chorizo, miedo me da ver lo que los galos han hecho con nuestra veraniega bebida. Aún así cedí y pedimos una ronda de sangría francesa. Cualquier excusa es buena para mirarse a los ojos y gritar santé.

Entonces llegó la sorpresa: la sangría estaba de muerte. Refrescante, muy sabrosa, con un toque generoso de fruta y con el punto perfecto de alcohol. En los ocho años que llevo en Francia no había probado una sangría tan buena. Incluso cuando voy a España me cuesta encontrar algo parecido entre el aguachirle que sirven a los turistas. Así se lo dije al dueño del bar cuando volvió a la mesa y le pedimos otra ronda. Chapeau, como decís vosotros, y olé, como decimos nosotros. Le pregunté si era español, había vivido al sur de los Pirineos o tenía familia allí, pero ninguna de mis suposiciones resultó acertada. No hace falta ser español para hacer una buena sangría, me dijo, tajante. Y hasta nos invitó a venir en septiembre para probar su paella, que prepara cada año durante las fiestas del barrio. Le pregunté si le echaba chorizo y me respondió con una sonrisa. El punto justo, dijo.

Volvió al otro lado de la barra y me quedé pensativo. Qué razón tenía. Cuando algo, como una receta, trasciende al subconsciente colectivo, cualquiera puede usarlo a su conveniencia. Al igual que descargamos información de una nube de datos, podemos enriquecernos gracias a ese saber mundial y hacerlo nuestro, añadiendo un personal toque. No significa que desvirtuemos el original, sino que nuestra aportación debe suponer el digno complemento a una centenaria tradición. Podemos echarle chorizo a una paella, o lo que nos apetezca, siempre que el resultado valga la pena. Al igual que podemos hacer un coulant au chocolat, un wok o sushi. Y aunque repruebo la mayoría de las consecuencias de la globalización, reconozco mi debilidad por un privilegio al que nuestros antecesores no tuvieron acceso. Me gusta comer japonés una vez al mes, ir a un restaurante chino o tailandés para celebrar una ocasión especial o recurrir a un kebab cuando no tengo tiempo para cocinar.


Si no pedimos una tercera ronda de sangría fue porque ya empezaban a subir a la cabeza las dos anteriores. Antes de irnos, una música familiar me sacó de mi pensamientos. Al principio me pareció una melodía habitual, pero después me sorprendió reconocer un ritmo que hacía tiempo no escuchaba. Era un pasodoble. Me dí la vuelta y el dueño me sonrió desde el interior del bar. Poco importaba que personalmente aborreciera aquella cantinela. Además de buen cocinero, el tipo era un cachondo. Chapeau, amigo. Algún día vendré a probar tu paella. Aunque le pongas chorizo.  

domingo, 26 de noviembre de 2017

Carta a la vida

Quién me iba a decir que, ocho años después de haber llegado a un país extranjero, la vida me obligaría a aprender una lengua nueva. Sin seguir un curso, sin estudiar un sólo libro, sin nada que me pueda ayudar en mi ardua tarea. La única forma de progresar es conversar y dejarse llevar, sin miedo, por un juego en donde las reglas se aprenden sobre la marcha y la improvisación es una necesaria aliada. Como un reto en que la intuición y las ganas de aprender son los únicos maestros, además de un pequeño, pero inteligente, ser de apenas noventa centímetros de estatura.

Para concentrarme, le miro a los ojos y escucho, atento. La repetición de sonidos me ha permitido entender las reglas más básicas, aunque hay tantas excepciones que cualquier norma caduca con rapidez. Cuando se trata de nombres, sólo se pronuncian las últimas sílabas: mandarina se transforma en "nina", basura en "sura", tortilla en "tilla", Natalia en "Talia", Matilda en "Tilda" y manta en "tita", ya que entra en juego el diminutivo mantita. Pero hay que llevar cuidado, porque una regla complementaria indica que la "s" final no se pronuncia. Así, diremos "Ca" en lugar de Lucas o "Colá" en vez de Nicolás. Para enriquecer nuestro discurso, mezclaremos palabras de varios idiomas, sin olvidar nunca su significado. Por ejemplo, si queremos referirnos a un coche, diremos "shina" (de "mașină", coche en rumano), pero también valdrá "toche". Siguiendo el mismo razonamiento, para beber agua pediremos "apa", "agua" o "de l'eau" y acompañaremos nuestros gestos con cada palabra: cuando cogemos un vaso, antes de beber y en el momento de dejarlo sobre la mesa. Si queremos, en cambio, un biberón, bastará con decir "bibi", si está demasiado caliente lo expresaremos con "c'est chaud", cuando hayamos terminado lo indicaremos con "fini" (acabado en francés) y si todavía tenemos hambre diremos "encore" (más). Antes de salir a la calle nos protegeremos con una "căciulă" (gorro en rumano), cuya pronunciación respeta todas las sílabas (cachula), como también sucede con "chaussette" (que se pronuncia "choset" y quiere decir calcetín en francés). Y entre las palabras más innovadoras de este vocabulario encontraremos "totó", sinónimo de aspirador, o "cocolá", evolución de chocolat (chocolate en francés).

El aprendizaje de esta nueva lengua no se limita a seguir las directrices de un profesor o los pasos de un rígido método, sino todo lo contrario: la implicación del alumno es fundamental y su rol activo influye en la calidad de la enseñanza. El maestro aprende entonces del discípulo y se crea una enriquecedora simbiosis, que se materializa en un principio aplicable a cualquier ámbito de la vida: cuanto más se da, más se recibe a cambio. Cuántas más palabras enseño a mi hijo, más reglas encuentra y más complejo es el vocabulario que inventa. Si el aprendizaje de tres lenguas al mismo tiempo me asustó en un principio, se ha acabado desarrollando con una increíble naturalidad. Su pequeña cabeza procesa toda la información que recibe de una forma sorprendentemente creativa. En lugar de limitarse a acatar las reglas del lugar al que ha llegado, les da una vuelta de tuerca y crea otras normas, que pueden respetar, o no, a sus predecesoras, pero que, en todo caso, le permiten identificarse con ellas. Un mundo nuevo aparece ante él y ante quien repara en ese complejo sistema del cual es el único dueño. Y en ese momento, contra toda expectativa, cruzamos al otro lado del espejo: dejamos de ser los mentores, los guardianes de una verdad que pensábamos controlar, para convertirnos en los espectadores de la creación de un mundo inesperado, de una nueva forma de ver las cosas.


Educar a un niño supone participar en el mágico proceso a través del cual transmitimos todo el saber del mundo. Porque nuestra obligación es ir más allá de las experiencias encontradas en nuestro camino (cuanto hemos leído, viajado, visto u oído), para enseñar las de nuestros predecesores. Admitir que formamos parte de la humanidad, con sus virtudes y sus defectos, y su historia no nos puede dejar indiferentes. Debemos aprender de los errores de quienes nos precedieron para darnos cuenta de que vivimos en un mundo cíclico, que nos condena a repetir acciones que creemos originales. Y si hoy escribo esta carta a la vida es para reconocer que desde que soy padre me siento partícipe de este mundo y me intereso más por él, tanto por el origen como por el futuro de esta cadena a la que pertenecemos y de la que somos responsables. Pero, sobre todo, la escribo para agradecer a la vida cada día en que participo en esta apasionante aventura. 

domingo, 12 de noviembre de 2017

6 + 2 años lejos

Cuando somos niños, un día parece interminable, lleno de nuevas experiencias y horas que nunca acaban. Miramos impacientes el reloj, pero todavía queda demasiado tiempo para escuchar la sirena del colegio. Las semanas se nos hacen eternas y las próximas vacaciones siempre quedan lejos. Sin embargo, cuando maduramos los años pasan con una rapidez que asusta: la percepción del tiempo cambia y se acelera a lo largo de una vida. Y así, subido en este bólido que se acerca más rápido a la meta, me doy cuenta de que ya han pasado ocho años desde que aterricé en Francia. Y ha llegado el momento de explicar cómo y por qué escribo este blog cada semana desde hace ya dos años.

Para más inri, éste es mi artículo número cien. Ya sé que dos años tienen más de cien semanas, pero últimamente la vida me ha obligado a poner en pausa la maquinaria. Entre compromisos laborales y personales, cada vez me resulta más difícil mantener el ritmo. En momentos como este, me acuerdo de un estupendo consejo que me dio un profesor de Proyectos Arquitectónicos, el gran Joaquín Alvado. Cuando le decíamos que la enorme carga de trabajo que creaban las demás asignaturas no nos permitía dedicarle suficiente tiempo a la suya, él nos contestaba con una pregunta: ¿en qué pensáis cuando andáis por la calle, esperáis a que el semáforo se ponga en verde o llegue el autobús? A partir de entonces, aproveché esos tiempos muertos para pensar en mi proyecto y hacerlo madurar, de forma que al llegar a casa ya tuviera medio trabajo hecho. Aquel extraordinario consejo no sólo me ayudó a acabar con éxito la carrera, sino que me marcó para siempre.     

Así es como escribo este blog: mientras camino o voy en el metro. Pienso en temas para próximos artículos, cómo desarrollar mis ideas, la estructura de la página, el contenido de los párrafos, la frase inicial, lo que quiero transmitir... Anoto en mi móvil lo más importante (antes usaba pequeñas libretas que acababa olvidando) de manera que, cuando al fin me siento frente al ordenador, la página nunca está en blanco. Consulto mis notas, pienso en lo que voy a exponer y me dejo llevar. A veces me sorprendo llegando a conclusiones que no había imaginado antes o a giros que desvían la idea inicial, me guían por un camino paralelo y me muestran un lugar inesperado. Después dejo el texto madurar (un día como mínimo) para volver a él con nuevos ojos y corregirlo sin piedad. De todos modos, no sigo siempre el mismo método e intento dejar espacio a la improvisación.   

Para explicar por qué escribo, tengo que retroceder más de veinte años en el tiempo y recordar cuando empecé a redactar una revista en el colegio, por iniciativa propia, con la ayuda de una vieja máquina de escribir. Más tarde la cambié por un ordenador y mis amigos me ayudaron en mi causa. La publicación, mensual, se volvió cada vez más seria. Además, cualquier excusa era buena para garabatear en un cuaderno: viajes, relatos, diarios... Siempre me atrajo el periodismo, pero cuando la vida me dio a elegir, incliné la balanza del lado de la arquitectura. Cuando acabé la carrera y empecé a trabajar en otro país, recuperé el tiempo libre que los años de estudio me arrebataron. Volví a escribir. Necesitaba algo que me obligara a hacerlo con frecuencia y me permitiera cruzar la frontera de mi espacio personal para encontrar lectores. Un blog era la manera ideal de llegar hasta cualquier persona y sentir la presión necesaria para no dejar de escribir. No tuve que pensar mucho para encontrar un tema del que hablar durante un buen tiempo. Mi vida en el extranjero se convirtió en el contexto ideal para esta nueva aventura. Decidí compartir mis variopintas experiencias para hacer pública una historia de gran actualidad, para decir a quienes se identifiquen en ellas que no están solos y para exponer mi forma de ver la vida. Pero, por encima de todo, ha sido una excusa para escribir, disfrutar haciendo lo que me gusta y no perder el contacto con mi lengua materna.


Y si estos dos años han valido la pena, ha sido gracias a ti, querido lector. No he estado solo durante este tiempo y sois muchos los que me seguís cada semana. Al principio publicaba en este blog una selección de fotos personales, pero aunque la fotografía es otra de mis pasiones, no he encontrado el tiempo necesario para crear un hábito. Para agradecer vuestra fidelidad, he asignado cada imagen a un artículo. Si bien no hay tantas como textos, os propongo un pequeño juego: releer antiguos artículos en busca de esos guiños. Porque mientras estéis ahí, leyendo, seguiré escribiendo desde el extranjero, sintiéndome un poco más cerca de vosotros, pero todavía lejos.

Ginebra, 09/06/2012

Los decorados se superponen y la ciudad, fondo activo de nuestras vidas, se muestra ante nosotros desafiante, retándonos a interpretar los restos de un mundo inacabado.