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domingo, 1 de julio de 2018

Cuanto quieren que veamos

Nos miramos a los ojos, perdemos los rasgos que nos distinguen y conservamos un envoltorio parecido a cualquier otro. Percibimos solo las sombras, lejos de un interior inescrutable, abocado al olvido en un mundo superficial y vacío. Al otro lado de la red, nuestro adversario muestra la mejor imagen que ha podido crear, listo para empezar el juego de máscaras. En el tenis, como en la vida, cuando las fuerzas de dos jugadores son similares, gana quien confía más en sí mismo, proyecta una imagen más sólida y gestiona mejor los momentos de tensión que amenazan el camino a la victoria.

Todo está en la mente. El futuro ganador se concentra mientras alarga el tiempo que precede al saque. Visualiza su estrategia para intentar imponer un ritmo que le favorezca. Él sabe que la realidad es un complejo baile de espejos. Cuanto vemos es una combinación de reflejos cruzados, de lo que aparentan los demás y lo que nosotros mostramos. Toda generalización se convierte en el mejor ejemplo de este cruel mecanismo. Si hacemos uso de estereotipos, no solo faltamos a la verdad, sino que cerramos la puerta a cuanto sale de lo comúnmente establecido y solo vemos lo que otros quieren que veamos. Entramos en el previsible mundo de las apariencias, donde nada es interesante y no hay espacio para la duda o la sorpresa. Lo que realmente importa sucede en la frontera, esa tierra de nadie donde todo es posible.

Me gusta el tenis porque las líneas que delimitan la pista tienen un importante rol. Son claras, pero también gruesas y dan forma a un lugar tan peligroso como atractivo. Los mejores golpes son aquellos que llegan hasta allí y no pueden ser devueltos. Son momentos que materializan la belleza de lo incontestable. A veces la pelota juega con el peligro y roza ligeramente la línea, con tono de burla: sabe que a pesar de haber caído fuera, tiene la misma validez que cualquiera de las conservadoras compañeras que caen dentro de los límites establecidos. Los mejores jugadores entrenan ese culto a la línea y saben que les puede sacar de más de un apuro, cuando la máscara definida por su táctica no basta para marcar la diferencia.

Si observamos el mundo con los ojos de un tenista, vemos que los estereotipos equivalen a esa imagen que el jugador ofrece sobre la pista, resultado de su estrategia o de los errores que no ha podido evitar cometer. En la mayoría de los casos, los tópicos no son justos con la realidad y se utilizan como un arma arrojadiza que pretende abatir un objetivo concreto. Los clichés habituales suelen asociarse a naciones enteras, pero los hay para cada región, provincia, ciudad o pueblo. También están los más inmediatos, que utilizan el color de la piel, el sexo o cualquier otro rasgo físico para encasillar a todo hijo de vecino. Aunque intentamos ignorarlos o pensar que ya han sido superados, solo basta con cambiar de ciudad o de país para comprobar que siguen tan vigentes como el primer día. Tal vez porque la realidad absoluta no existe y depende de nuestra forma de ver las cosas, como individuo y como grupo. Vivir en Francia me ha permitido ver que las rancias ideas preconcebidas siguen bien arraigadas en el subconsciente colectivo y no juegan a favor del extranjero. Tampoco hay que ir muy lejos para constatarlo, pues en nuestro propio país se ha instalado una curiosa imagen de mi región natal, Murcia, convertida en blanco fácil para todo tipo de chistes desde hace unos años. La forma de hablar y las peculiaridades de mis paisanos han creado un nuevo lugar común y han sido motivo de innumerables mofas. 

Si participara en este juego de imágenes colectivas, aportaría mi personal visión del mes de junio, del que rescato la llegada del asfixiante calor veraniego, el tenis, Roland Garros, y las grandes victorias de Nadal. Incluso ese torneo sufre las consecuencias de las ideas generalizadas, que influyen en los locutores deportivos que dicen "Roland Garró" pensando que así pronuncian los franceses, olvidando que la regla de la "s" muda no se aplica en este caso y obviando la "a" nasal, tan difícil de articular para un español. La célebre competición es ampliamente seguida en Francia y la televisión pública le da una gran cobertura. Enciendo el televisor y veo cómo un jugador, gracias a un saque directo, acaba de ganar un partido en la arcilla de París. La pelota golpeó la línea y no dejó opción a su adversario, rendido ante la pureza de un gesto auténtico. Más allá de imágenes deformadas o ambigüas, la verdad se abre paso para acallar a quienes la atacan. 

domingo, 4 de febrero de 2018

Una historia de odio (más)

Es difícil amar a la especie invasora. A lo extraño o a lo desconocido. Porque hacerlo significa arriesgar, salir de nuestro mundo de seguridades, romper prejuicios y entrar en el terreno de la duda, donde podemos no ser bien recibidos. Odiar es, en cambio, fácil. No requiere asumir ningún riesgo, pues siempre hay una excusa por que llevar la contraria al prójimo y evitar que cambie nuestra inamovible vida. Sobre todo si es la mayoría la que señala con el dedo y tira la primera piedra.

La historia sucedió en Pedrera, un pueblo de Sevilla, hace unas semanas, pero pudo haber sucedido en cualquier lugar de España. El detonante fue un accidente de tráfico leve, dos españoles por un lado y tres rumanos por otro, que acabó en pelea. La conducción no saca lo mejor de nosotros mismos y si hay un accidente de por medio, apaga y vámonos. La trifulca acabó con un herido, el conductor español, y encendió la chispa de un brote xenófobo de nefastas consecuencias: una decena de coches de rumanos volcados, protestas en la calle, gritos frente a las casas de familias rumanas... Y para calmar los ánimos, al alcalde no se le ocurrió otra cosa que hilar una fina ironía que nadie comprendió, se descontextualizó y acabó siendo viral en internet. "A mí me gustaría ver a gente fusilada", fue la frase de la polémica. Si bien hay que ver el discurso total para entenderla, fue muy desafortunada y me recuerda a quienes hablan diciendo cuanto se les pasa por la cabeza y, si alguien se ofende, improvisan un "eso son bromas, hombre, son maneras de hablar" (respuesta literal que dio el alcalde para aclarar el malentendido).

Estas escenas hacen pensar en un pasado no muy lejano, pues sus protagonistas han olvidado que estamos en pleno siglo veintiuno. Y eso no sólo significa que podemos grabar las ocurrencias de un alcalde con nuestro teléfono y subirlas a la red para escarnio público, sino que tenemos más de veinte siglos a nuestras espaldas de los que hay que aprender. Que poco a poco y con mucho esfuerzo nos hemos convertido en una sociedad tolerante. Y aunque ahora somos políticamente correctos, por nuestras venas no ha dejado de correr la envidia y el odio. Cuando nos cuesta contenerlos, salen a la luz en twitter o en situaciones como la vivida en Pedrera. A sus habitantes les daré sólo dos consejos, ya mencionados otras veces en este blog, para acabar con sus enfrentamientos: que lean y viajen. Leer es una posibilidad barata e incluso gratuita (para algo están las bibliotecas municipales). Gracias a los libros podemos entender el pasado y aprender de nuestros errores: servirnos de la cultura para amueblar nuestra mente. Estudiar todos los puntos de vista para crear el nuestro. Incluso internet nos puede ayudar, si usamos la red de un modo adecuado, en la difícil tarea de comprender nuestro mundo con toda su complejidad.

Viajar nos permite conocer otras realidades de primera mano y nos aporta una visión global de las cosas. Lo mejor es vivir durante una temporada en otro país y formar parte de esa pequeña comunidad extranjera que es mirada con recelo por los habitantes locales. Viajar ayuda a tirar por tierra ideas preconcebidas y comprobar que Rumanía es un país como el nuestro, con sus luces y sus sombras, que no merece el desprecio al que es sometido de forma generalizada. Precisamente esta semana, un gran amigo (español y arquitecto para más señas) me hablaba de las oportunidades laborales que hay allí. Tras la represión comunista, el país de Drácula ha ido despertando poco a poco de su letargo hasta llegar al efervescente presente. Los cambios se suceden a gran velocidad y facilitan la construcción de un mundo nuevo. Algo que no deja de recordarme a los años que siguieron a la transición española, en que nuestro país cambió profundamente y nos recordó que todo es posible si creemos en ello.


Así que, frente al saturado panorama de la arquitectura española del que hablé la semana pasada, Rumanía ofrece una solución real. La vida ha acabado invirtiendo las tornas y demostrando, una vez más, que la historia es, ha sido y será, cíclica. Tal vez algunos habitantes de Pedrera encuentren allí mejores oportunidades que en su pueblo. Hacer las maletas y empezar desde cero en un país extranjero es un ejercicio de humildad que todo el mundo debería hacer al menos una vez en la vida. La lucha nos curte y nos ayuda a ver el futuro con esperanza, aun cuando ciertos actos mermen nuestra confianza en el género humano.   

domingo, 9 de julio de 2017

Que no nos lo cuenten otros

Cada día observamos la realidad a través de los ojos de otros. Cuando nos hablan de lugares que nunca pisaremos o de situaciones que nunca viviremos, no nos queda otra opción que confiar en ellos. Pero esa es la trampa, porque se sirven de nuestra credulidad para construir un mundo falso con el que poder manejarnos. Hasta que la realidad llama a nuestra puerta y se muestra tal y como es: sincera y humilde. Eso es lo que vi cuando trabajé con dos compañeros sirios y enterré todos los prejuicios que los medios nos venden a diario.

Les seleccionamos a golpe de currículum, anteponiendo siempre sus cualidades. A estas alturas de la vida, no me dejo influenciar por estereotipos o lugares comunes, que he sufrido en primera persona y protagonizan varias entradas de este blog. Aun así, no me fue indiferente que ella hubiera nacido en Alepo, donde estudió arquitectura. Las imágenes de masacre e injusticia a las que, desgraciadamente, estamos habituados vinieron a mi cabeza. Y tal vez fuera una de las razones por las que la elegimos. Para demostrarnos que en Siria hay más cosas que una devastadora guerra.

Cuando ella y su marido llegaron a Francia por primera vez, hace catorce años, el conflicto no existía. No pude ocultar mi incredulidad cuando me contó que, en aquella época, Siria era un país más seguro que la actual Francia. Como mujer, nunca tuvo ningún problema para pasear por la ciudad a cualquier hora de la noche y disfrutó de un ambiente despreocupado y libre. Me dijo, con orgullo, que la bella Alepo, patrimonio de la humanidad, fue considerada la ciudad habitada más antigua del mundo. Una imagen que me costó superponer a las inertes ruinas que vemos en las noticias. Cuando dejó el país no lo hizo por necesidad. Su carácter la empujó a dar el paso, para cumplir el sueño de una niña que quería viajar y ver mundo. Su familia y amigos la siguieron años más tarde, alertados por la tragedia que se avecinaba.

Para una mente formateada por el islamismo radical que muestran los medios, resulta difícil encajar en ese contexto a una mujer católica cuya apariencia o forma de ser nunca delatarían su origen (o al menos lo que comúnmente hemos aceptado). Para remarcar esa contradicción, me dijo que, antes, la mitad de la población era católica y muchos lugares claves para el cristianismo se encuentran en terreno sirio. También me habló de las dificultades encontradas para inscribir a sus hijos en un colegio católico en Lyon, donde fueron rechazados tras ver su apellido y comprobar su origen. Primero le dijeron a su marido que no quedaban plazas disponibles, pero, casualidades de la vida, vieron que todavía quedaba alguna cuando les anunció que era médico (el pediatra de mi hijo, para más señas, aunque eso es otra historia).

Unos meses más tarde llegó al estudio un becario que compartía el mismo origen, pero distinta trayectoria. Él sí que dejó Alepo para huir de la guerra, junto con su madre y su hermana, dos años atrás. Conseguir un visado no fue tarea fácil, aun con el apoyo de unos familiares ya instalados en Lyon. Una vez aquí, tuvo que aprender una nueva lengua y empezar de cero, pues la escuela de arquitectura no le convalidó los años cursados en Siria. Buena parte de su familia se quedó al otro lado de la frontera, como su propio padre, que se resistió a probar la misma suerte. A ciertas edades, dar un salto al vacío es un paso imposible. Sin las fuerzas suficientes para aprender un nuevo idioma y buscar un trabajo, prefirió quedarse en Alepo y mantener su negocio, en el que había trabajado durante toda su vida. Unos amigos le alojaron en Turquía durante los momentos más difíciles del conflicto y lo volverían hacer si la guerra le siguiera acosando.


Lo más triste de estas historias es que sus protagonistas nunca volverán a su país de origen. Ni pueden, ni quieren. Ni siquiera durante unas vacaciones. El lugar que un día llamaron hogar se ha convertido en una ruina irreconocible. La romántica idea del regreso pierde aquí todo su sentido. Ellos sólo pueden mirar hacia delante y saltar sobre los obstáculos que les ponga su país de acogida. Así que, cuando hablemos de emigrantes sirios, como de cualquier otro país, no lo hagamos refiriéndonos a molestos invasores que vienen a perturbar nuestra comodidad. Mirémosles a los ojos y escuchemos sus historias de decepción, lucha y superación. Que no nos lo cuenten otros.

domingo, 4 de junio de 2017

Derrotas y esperanzas

El silencio ayuda a pensar, sobre todo cuando procede del dolor ante la pérdida de una vida humana. Llena un minuto aparentemente vacío, que a pesar de haber sido repetido durante tantas veces, no pierde su sentido. Es un acto reflejo que surge tras cada atentado terrorista: un momento de respeto, un instante de reflexión. Hace años salíamos a la calle cada vez que ETA acababa con una nueva vida. Ahora los asesinos y las razones que impulsan a matar han cambiado, pero el silencio sigue siendo el mismo.

Cuando empecé a escribir estas líneas tenía el reciente atentado de Manchester en la cabeza y no podía imaginar que la historia se volvería a repetir en Londres en tan poco tiempo. Desgraciadamente ni siquiera me ha sorprendido, pues el riesgo es inminente, siempre ha existido y existirá. La guerra contra el terrorismo está perdida de antemano, pero no somos capaces de admitir la derrota. Aunque sea un discurso pesimista y políticamente incorrecto, es real y por eso nos da miedo reconocerlo como tal. El año pasado un político francés admitió que, a pesar del estado de emergencia y demás medidas adoptadas tras la tragedia del Bataclan, el riesgo seguía siendo más alto que nunca y resultaba imposible impedir que un atentado sucediera en cualquier lugar. Tan sólo unos días después un camión arrolló a una multitud en Niza.

Y aunque los políticos conservadores aprovechen este momento para vender falsas esperanzas, ellos también saben que sus promesas no sirven más que para conseguir votos y llevarles al poder. Las fronteras que debemos defender no son las físicas, que separan pueblos, sino las invisibles, que delimitan valores e ideas, para alertar cuando ciertas actitudes obvian el respeto al prójimo o a la vida humana. La emigración no es el problema, sino parte de la solución. Yo mismo soy un emigrante y disfruto siéndolo, conociendo la cultura local y las de aquellos que se hallan en mi situación. En este tiempo de Ramadán me gusta pasear por la plaza Bahadourian de Lyon, donde cada tarde se monta un mercadillo musulmán. Entre los puestos se escucha hablar en árabe y se respira un ambiente festivo. Dar un bocado a esos exóticos manjares basta para echar por tierra los prejuicios, fomentar la tolerancia y olvidar el miedo a un atentado.

La única arma para combatir el terrorismo es la educación. Debemos asumir que nuestro mundo actual está perdido, pero que si educamos a las generaciones venideras según auténticos valores comunes, lejos de adoctrinamientos inútiles (de uno u otro bando), habrá esperanza. La cultura es la última oportunidad, no para nosotros, que seguiremos viviendo (y muriendo) con el miedo a un nuevo atentado, sino para las generaciones que no conoceremos. Es inútil desperdiciar dinero en defensa, pensando que podemos escapar de lo inevitable. Aunque acabemos con los terroristas, el odio que motiva sus actos seguirá existiendo, encarnado en su descendencia ideológica. La cultura es la única que puede enseñarnos (a nosotros y a ellos) a aprender de nuestros errores.


Por eso lucharé contra el terrorismo de la mejor manera que conozco: educando a mi propio hijo. Le explicaré que en este mundo no hay buenos ni malos, sino gente que se cree buena o mala, porque el bien y el mal no existen y todo depende de cómo veamos las cosas. Le enseñaré a ponerse en el lugar del otro antes (y después) de llevar a cabo cualquier acción. Le mostraré todas las opciones posibles, sin privilegiar ninguna, para que pueda elegir sin la influencia de intereses ajenos. Le diré que el sentido común es el principal instrumento de que disponemos para actuar de forma coherente y eficaz. Y cuando tenga suficiente criterio para decidir por sí mismo, le preguntaré si merece la pena salvar una humanidad enferma de odio y perdida. Sólo entonces le diré que él y los suyos son los únicos que pueden hacer algo antes de que todo se vaya al carajo.  

Ubud, Bali (Indonesia), 04/05/2015

Cada arruga nos recuerda un momento de lucha, esa energía cuya pérdida en el fragor de la batalla nos hizo tan fuertes como para soñar con la victoria.

domingo, 2 de abril de 2017

Contacto humano

De buenas a primeras no nos caen bien, reconozcámoslo. Solemos tener una deformada imagen de nuestros vecinos franceses y ellos nos ven con los mismos maliciosos ojos. Además, los encuentros deportivos (como el amistoso de fútbol de esta semana) sacan siempre a relucir viejas rencillas: es la excusa perfecta para airear rivalidades que habitualmente escondemos de forma diplomática. Contra todo pronóstico, en los más de siete años que llevo viviendo en las Galias, he hecho buenas migas con muchos franceses. Son las excepciones que confirman la regla. Aunque si hay tantas, tal vez signifique que la regla no exista y los prejuicios sólo sean una imagen impuesta.

Mi primer contacto con ellos no pudo ser mejor. Tuve la suerte de ser acogido en una familia que me recibió con los brazos abiertos. La confianza fue mutua y no necesité mucho tiempo para desmontar los trillados tópicos que muestran a nuestros vecinos como fríos, cerrados, estirados o antipáticos. Inevitablemente aparecieron esos lugares comunes que todos conocemos y que ellos utilizaron para lanzarme pequeñas púas y divertirse con mi reacción. Era su manera de salpimentar la convivencia y prevenir una aburrida rutina. Aquellas confrontaciones eran lógicas: yo estaba conociendo una nueva cultura y el reflejo inicial fue compararla con la mía, con las referencias que, desde la más temprana edad, forman parte de mí. En el trabajo también pude contar con simpáticos compañeros que me permitieron enterrar los pocos prejuicios que aún me quedaban, aunque también les gustara jugar con ellos e incitar el enfrentamiento irónico.

En ese contexto aprendí una costumbre francesa que cambia la fría imagen que tenemos de nuestros vecinos: se dan dos besos o un apretón de manos cuando se saludan. Todos los días. Lo que más me costó asimilar de este hábito es que se repite cada día en el trabajo, aunque veamos regularmente a nuestros compañeros. De todas maneras, quienes peor llevan la adaptación a esta rutina son ellas. A los hombres nos basta con un apretón de manos entre nosotros, pero ellas tienen que besar a todos (y a todas). Al menos cuando falta confianza (en un primer encuentro, entre puestos de distinto rango o trabajadores de diferentes empresas) se recurre al apretón de manos. Una amiga española me contó lo extraño que le resultaba ver a su jefe acercándole la mejilla cada vez que la veía por primera vez en un día. Al principio no supo qué hacer, hasta que vio cómo se besaban sus compañeros y no le quedó más remedio que arrimar su cara. En mi caso, llegué a pensar que se trataba de una práctica puntual en pequeñas empresas donde los empleados forman una especie de familia. No deja de ser una actitud inesperada en el trabajo, donde las relaciones suelen ser más frías (y más tensas) que en el ámbito personal, como cada vez que el dinero se mete de por medio y los intereses económicos reemplazan a los humanos.

Este corriente gesto se llama la "bise" en francés y se traduce en dos besos (mua, mua), aunque en ciertas regiones se dan tres o cuatro cada vez. Así llegamos a situaciones un tanto incómodas, pues no sólo nos preguntamos cuántos besos hay que dar, sino por qué lado empezar (cuestión vital si queremos evitar indeseados encuentros de labios), si damos un verdadero beso o nos contentamos con un simple beso en el aire. Todo dependerá de la confianza que tengamos con la otra persona y hasta de la jerarquía social, como sucede en el trabajo. De hecho la "bise" también se utiliza para definir distintos grados de proximidad dentro de un grupo de amistades. Me refiero a los besos entre hombres, ya que ellas no tienen manera de hacer esa distinción. En España se dan entre hombres de una misma familia, pero en Francia los besos también atañen a amigos muy cercanos. Que me haya acostumbrado a este hábito no significa que no me sienta extraño al ver cómo algunos se besan y otros se dan la mano dentro de un grupo de amigos, materializando una innecesaria exclusión.


Al final yo también tengo amigos gabachos a los que les hago la "bise". Aunque me he adaptado a esta costumbre tan francesa, yo me quedo con el español abrazo de toda la vida. Si es un gesto difícil de ver entre galos (demasiado contacto físico para ellos), no le hacen ascos a una buena palmada en la espalda, de esas que nos devuelven la confianza en nosotros mismos cuando andamos bajos de moral. Nada mejor que sentir a alguien entre nuestros brazos para recordarnos que en esta vida lo más importante es el contacto humano.  

domingo, 5 de marzo de 2017

Igualdad ausente

A veces olvidamos que los estereotipos se hallan dentro de nosotros mismos, como un defecto de fábrica que el mundo ha ido imprimiendo en nuestros genes, sin dejarnos elegir. A veces vemos y oímos lo que queremos ver y oír y le echamos la culpa a los demás de nuestra deformada percepción. A veces nuestro camino se ve condicionado por esas invisibles barreras, que se materializan cuando cambiamos de entorno, como cualquier emigrante que, en terreno hostil, lucha para que la palabra igualdad tenga el sentido que de verdad merece.

Los desafortunados lugares comunes explican ciertos complejos de inferioridad, que aparecen cuando alguien de un colectivo desfavorecido se dirige a una persona de otro grupo social, o interpreta las palabras de ésta. Aunque luche por la idealizada igualdad, no podrá evitar interpretar todo gesto o expresión ambigua como un prejuicio en su contra. Incluso si la persona que tiene en frente muestra un carácter abierto y prefiere ignorar esos clichés, al colectivo desfavorecido le costará superar la lacra que la sociedad le ha impuesto. La igualdad no llegará mientras ambos bandos no olviden esos estereotipos, algo que parece bastante improbable. Son los gérmenes de la xenofobia, el racismo o cualquier tipo de discriminación, que, por desgracia, no creo que puedan erradicarse, pues se hallan en lo más profundo de nuestra condición humana.

Como emigrante español he podido comprobar que, a pesar del progreso que en las últimas décadas ha experimentado nuestra nación, algunos gabachos nos siguen mirando por encima del hombro. Seguimos siendo ese país de pandereta (flamenco, toros, fútbol, siesta y fiesta) que no duda en explotar sus clásicos tópicos si les sirven para recibir más turistas y enriquecerse a su costa. Si echamos mano a esos clichés que tanto aborrezco, los franceses se suelen caracterizar por un chovinismo (palabra que tiene precisamente su origen en el francés Nicolas Chauvin, personaje de exacerbado patriotismo) que les hace sentir superiores a cualquier nación. Tampoco puedo olvidar que parte de mi familia es rumana. En Francia, no pocos chistes se burlan de los rumanos, que tratan como a un pueblo pobre y gitano. Y España comparte esa degradada imagen que sólo se puede aplicar a un reducido colectivo del país dacio, pero que es generalizada hasta el esperpento.

De poco sirve que hable de estas injusticias, porque sólo se pueden superar de dos maneras: leyendo y viajando. Y estos dos estupendos hábitos están desapareciendo en una sociedad esclavizada por internet, un medio que nos abre al mundo, pero también nos encierra en nuestras casas. Si tenemos acceso a todo en cualquier momento y lugar, la necesidad de salir a buscar nuestras propias respuestas acaba perdiéndose. La red debería ayudarnos a tener una visión más rica y global que en cualquier otro momento de nuestra historia, pero se está revelando como una oscura forma de adoctrinar fácilmente a la sociedad. De este modo, la política del miedo y del desprecio hacia el prójimo acaba cosechando un éxito arrollador: asistimos a la radicalización de musulmanes o vemos cómo las políticas conservadoras adquieren cada vez más poder para librarnos del mal que todo extranjero (de otro país, religión, raza, condición sexual...) parece aportar.


En este oscuro panorama, una curiosa iniciativa arroja un poco de luz y devuelve la confianza en un futuro que creíamos haber perdido. Desde hace unos días, un joven marcha a pie, desde Marsella hasta París, para denunciar el fundamentalismo religioso. Por las ciudades que pasa, intenta reunirse con los imanes que hacen apología del odio hacia otras culturas. Pero, sobre todo, se dirige a los jóvenes que encuentran en esa forma extremista de ver las cosas su leitmotiv y son manipulados impunemente. Se llama Abdelghaní Mehra y es hermano de Mohammed Mehra, el terrorista abatido hace cinco años tras haber matado a tres niños judíos y cuatro adultos en Toulouse. Entre todos los estereotipos imaginables, tal vez uno de los peores resulte ser familiar de un terrorista. Abdelghaní vivirá el resto de su existencia con un apellido que le asocia a un asesino y, ante todo, con el dolor de haber perdido a un hermano corrompido por el odio. Por eso lucha con los escasos medios de que dispone para superar prejuicios y soñar con la igualdad, uno de los supuestos principios de la República Francesa. Y aunque combata en una batalla de antemano perdida, no podrá reprocharse que no haya luchado por lo que creía.

Auschwitz, 17/08/2011

Cuando los prejuicios sentencian a muerte, no podemos olvidar ni, menos aún, dejar de luchar.

domingo, 9 de octubre de 2016

Hacer la fiesta

Reconocemos mejor los rasgos distintivos de nuestra tierra cuando nos alejamos de ella, cuando la distancia borra lo superfluo y destaca lo original, cuando vemos nuestro país con los ojos de quien nunca lo ha pisado y sólo ha oído hablar de él. Entre esas singularidades, hay algunas que nos cuesta más exportar. Nos alegra que permanezcan entre nuestras fronteras porque conforman nuestra identidad, incluso si en un mundo globalizado cada vez es más difícil conservar un rasgo autóctono. Aunque a veces sea un cliché contra el que luchar cuando es utilizado para dañar nuestra imagen, no podemos evitar sentir cariño hacia nuestra alegre manera de celebrar la vida, que se manifiesta en todas esas fiestas que salpican nuestra geografía.

Cuando vivimos en el extranjero nos duele que el prejuicio que asocia a España con la fiesta anteceda cualquier valoración de nuestro trabajo. Los franceses, por ejemplo, si bien aplican la expresión "faire la fête" (literalmente "hacer la fiesta") cuando alguien va a divertirse (ya sea en casa o fuera), prefieren utilizar la española palabra "fiesta", sin traducción que valga, cuando quieren referirse a un auténtico desmadre. Es una curiosa forma de expresarse que nos da una idea de la imagen colectiva que nuestro país tiene en el extranjero. Y no les culpo por ello. Al fin y al cabo nosotros nos lo hemos buscado y les hemos convencido con más de un motivo. El trabajo inverso, el necesario para deshacer tan grandes prejuicios, es mucho más difícil, si no imposible. Pero el caso es que después de casi siete años de convivencia con nuestros vecinos gabachos, les tengo que dar la razón: no saben divertirse como nosotros.

Más allá de nuestras fronteras el tiempo pasa deprisa y nos deja con la nostalgia por todo aquello que tanto echamos de menos. Unas veces toma la forma de ganas de volver y otras de comparación con las nuevas cosas que entran en nuestra vida, como una balanza siempre descompensada. A veces una posibilidad suele llevar a la otra, pues cuando la balanza se inclina del lado de nuestro país, sentimos ganas de volver. Y entonces tenemos un problema de difícil solución. Unos (los que no viven muy lejos y tienen tiempo y dinero) optan por coger el primer avión de vuelta para calmar la morriña, aunque sólo sea durante unos días, y otros (los que no se pueden permitir ese viaje relámpago) tendrán que respirar hondo y seguir adelante. Yo me he servido de ambas soluciones, he probado otras tantas (siete años dan para mucho) y desde que me dedico a escribir he descubierto que si dejo la nostalgia en este blog, no me atormenta en mi vida cotidiana.

Ahora que el verano queda bien atrás, recordamos los buenos momentos vividos, que en muchos casos tienen unas fiestas locales como telón de fondo. No hay pueblo español que no cuente con unos buenos festejos patronales, que en muchos casos son esperados con ilusión durante todo el año. Ahí encontramos las verbenas, las barracas populares, los moros y cristianos, las ferias, las paellas gigantes, los interminables desfiles, las hogueras, los fuegos artificiales, las ganas de pasar el día en la calle, de beber y de disfrutar con los nuestros hasta que el cuerpo aguante. Las grandes ciudades no se quedan atrás, proponen mayores festejos y en algunas incluso cada barrio cuenta con celebraciones en distintas épocas del año. Así, los sanfermines son nuestra fiesta más internacional, pero las fallas, la feria de abril o la tomatina de Buñol no se quedan muy atrás.

Al llegar a Francia, guiado por esa tradición festera tan enraizada en el carácter ibérico, pensé que cada población tendría sus fiestas locales y que esa necesidad de celebración sería compartida por todo el mundo. Nada más lejos de la realidad. En el país galo cuentan con días especiales, festividades que se celebran con más o menos intensidad, pero que no se pueden comparar con la más pequeña de las fiestas de cualquier población española. Descubrí que en Dijon lo único parecido es la fiesta de la música, que el veintiuno de junio marca el principio del verano y todos aprovechan para lanzarse a la calle a disfrutar del buen tiempo y de los grupos que tocan en cada esquina. Espíritu similar se respira el catorce de julio, la fiesta nacional, cuando todos coinciden para ver los fuegos artificiales que se lanzan en cualquier localidad. Siempre se trata de momentos puntuales y nunca llegan a paralizar una ciudad entera durante días. Por eso los franceses no tienen más remedio que importar nuestra palabra "fiesta". Porque no saben divertirse como nosotros.   

domingo, 22 de mayo de 2016

Tiempo ganado

Pasa invisible a nuestros ojos, a veces intuimos su presencia y sólo lo valoramos cuando ya lo hemos perdido, cuando no es suficiente para lo que necesitamos o cuando no nos queda mucho. El tiempo es la estructura de nuestras vidas y, si falla, las derrumba sin remedio. Por eso morimos un poco cada vez que pasamos demasiado tiempo en el trabajo, cuando dejamos escapar preciados instantes para disfrutar de los nuestros y ver la vida con los ojos abiertos. Recibiremos dinero a cambio, pero ¿de qué sirve sino para seguir el tirano dictado de la sociedad? Acabaremos gastando esa moneda de cambio y las horas perdidas nunca nos serán devueltas. Sin embargo, con el tiempo en nuestros bolsillos podemos hacer todo lo que nos propongamos. Por eso esbozamos una sonrisa con cada pequeño día ganado, con cada puente o día festivo que habíamos olvidado, pero cuya presencia nos aporta la energía de quien es capaz de cualquier cosa si tiene tiempo para ello.

De vez en cuando conviene que alguien nos recuerde que trabajamos para vivir. En Francia todos esperan con impaciencia la llegada del mes de mayo, el más agraciado, el que cuenta con cuatro días festivos que se aprovechan con la ilusión de quien recibe un cheque en blanco. Al día del trabajo, por todos conocido, añadiremos la fiesta de la Victoria, que cada ocho de mayo conmemora el fin de la segunda guerra mundial, el jueves de la Ascensión (treinta y nueve días tras la Pascua de resurrección) y el lunes de Pentecostés (el día siguiente al séptimo domingo después de Pascua). Estos dos últimos cambian cada año, así que varias combinaciones son posibles e igual podemos tener un día festivo por semana que dos seguidos o separados por poco. En lo que al trabajo se refiere, es fácil deducir que este mes no es muy productivo y todo el mundo lo considera de antemano. Cualquiera aprovecha para coger una semana o dos de vacaciones y hacer alguna escapada, así que resulta inútil programar una reunión importante o pensar que un proyecto o una obra vayan a avanzar mucho, como si de una especie de mes de agosto se tratara.

Cuando pasé mi primer mayo en Francia, se me quedó cara de tonto por dos simples razones. La primera es que al no estar prevenido, no pude programar unas vacaciones o aprovechar para hacer como mínimo un puente. La segunda es que no entendí cómo en España, un país con fama de católico (aunque no sea así, basta con preguntar a cualquier extranjero para ver nuestra imagen desde fuera), no sean festivos ni el jueves de la Ascensión ni el lunes de Pentecostés. Pocos franceses recordarán el significado de estos días, pero ninguno irá a trabajar, aun cuando su país esté considerado como uno de los menos religiosos del mundo y el setenta por ciento de la población declare no identificarse con ninguna creencia. Dicho sea de paso, el lunes de Pentecostés es considerado como una curiosa "jornada de solidaridad". Tras el episodio de canícula que asoló Francia en 2003, cuando el calor se llevó por delante a muchos ancianos, se decidió donar el sueldo correspondiente a ese día a las personas mayores. Pero en la práctica muchas empresas deciden mantener el día festivo y pagar la jornada de solidaridad de su propio bolsillo.

Luego está la otra cara de la moneda, una simple regla capaz de enfriar al más avispado: si el día festivo cae en fin de semana, no hay fiesta que valga. No pasa como en muchas Comunidades Autónomas españolas, que mueven las festividades como quieren para no desaprovechar su cuota de días libres. Sin ir más lejos, este año hemos vivido una inusual sequía de días festivos en Francia, pues el uno y el ocho de mayo han caído en domingo... Menos mal que el lunes pasado fue Pentecostés y pudimos disfrutar de un merecido respiro. De todos modos ya estoy pensando en el próximo año, que será más fértil en cuanto a esos días perdidos para el trabajo.

Suelo mantener una sana rencilla con algunos amigos franceses cuando nos disputamos el título de país que menos trabaja. Yo suelo decir que en España no tenemos mes alguno que se parezca a su volátil mayo y ellos sacan a relucir, una vez más, el estereotipo del español holgazán y fiestero, que bebe sangría y no se salta una siesta. Así que, por curiosidad, me he informado para saber quién tiene razón y ver hacia dónde se inclina la balanza del ocio. Francia cuenta con un total de once días festivos por año, mientras que España... tiene catorce y sólo es superada por Finlandia como nación europea con más días libres. Mi habitual lucha contra los prejuicios parece lejos de la victoria.

domingo, 21 de febrero de 2016

Más allá de los sueños

¿Con qué soñamos antes de nacer, antes del principio de todo, antes de tener razones para soñar, cuando el camino todavía no está trazado, todo queda por decidir y las posibilidades son infinitas? Hoy hace un mes que cuento con un nuevo morador en mi casa. Como suelo hacer con mis invitados, mi curiosidad me ha empujado a preguntarle sobre el camino que le ha llevado hasta aquí, sobre las dificultades encontradas y las decisiones tomadas. Conozco las razones de su partida, pero lo más importante se me escapa. Todavía no ha sido capaz de responder y tampoco he insistido mucho. Después de todo no es un invitado cualquiera, pues mi casa también es la suya. Finalmente he decidido escribir lo que necesito saber, confiando en que algún día lo lea, las palabras se transformen en imágenes en su cabeza y se junten con esas otras que espero algún día describa. 

Ningún viaje empieza desde cero y, aunque hayas llegado a mi casa sin maleta alguna, sé que tu equipaje se halla dentro de ti. A través de tus gestos y expresiones sin palabras comprendo que hay algo anterior a cualquier experiencia adquirida. Me pregunto de dónde viene ese carácter, si arrastras el bagaje de quienes vinieron antes de ti, de las personas que condicionaron mi camino, pero que se fueron antes de conocerte. Me pregunto si te encontraste con ellas en el lugar de donde vienes, te observo atento y comprendo que así fue, que tienes un mensaje que darme de su parte, aunque todavía sea temprano para comunicármelo, porque hay que comprender ciertas cosas antes.

Poco importa que te hable en español, francés o rumano, pues sé que sólo entiendes el lenguaje del corazón, el que escuchas cuando te estrecho contra mi pecho y sientes el calor de mi cuerpo. Sé que te es imposible conversar y por eso te miro a los ojos cada vez que los abres, esperando que me hables sin palabras y me cuentes los secretos de la vida, del lugar del que procedes y que sólo tú conoces, donde se hallan las respuestas a todas las preguntas y dudas que nos atormentan durante nuestra existencia. Sé que cuando puedas hablar será demasiado tarde y lo habrás olvidado todo.

Has llegado a una tierra desconocida para ti. Cuando hayas recuperado las fuerzas necesarias para cogerme de la mano, te llevaré conmigo a descubrirla. No te obligaré a hacer nada que no quieras, pero me esforzaré en mostrarte todos los caminos, pues sólo una visión global de las cosas te ayudará a decidir y a seguir el sendero que más se identifique con lo que guardas en tu interior. No intentaré convencerte de nada a cualquier precio, porque el sectarismo es la mayor lacra de nuestra sociedad e impide cualquier tipo de sana convivencia. Te miro y pienso que tienes mucha suerte. Podrás elegir entre tres países: España, Francia o Rumanía, pero ¿por qué limitarse cuando el mundo es tan grande y tiene tanto que ofrecer? Espero que nunca tengas prejuicios, pues roban el tiempo e impiden ver lo más importante. Quédate con lo mejor de cada lugar y completa un bagaje que te acompañará a donde vayas, cuando decidas que ya has pasado demasiado tiempo en mi casa.

Has hecho un largo viaje para llegar hasta aquí y por eso pasas la mayor parte del tiempo durmiendo, cansado por los contratiempos que encontraste a tu paso. Eres el último eslabón de una cadena tan larga que es imposible asimilar, así que tendrás que buscar en lo más profundo de tu memoria genética para hallar las respuestas que te pido. ¿Dónde estabas mientras esperabas nuestro encuentro, mientras observabas con paciencia el desarrollo de la cadena de acontecimientos que te llevaría hasta mí? ¿Estabas seguro de que algún día nos encontraríamos o te atormentaba pensar que yo cogiera en algún momento el sendero equivocado que me alejaría de ti? El camino también ha sido largo para mí. Ahora que te puedo abrazar comprendo que ha valido la pena, que los momentos de profunda tristeza, los traspiés y las derrotas acaban siendo compensadas, que la incertidumbre y las dudas por seguir luchando desaparecen con una simple sonrisa tuya.

No lo sabes, pero ríes mientras duermes. Necesito saber con qué sueñas, si las imágenes que ves en tu cabeza te dicen de dónde vienes, si te hablan de mí o del resto de personas que ya has encontrado. No utilizaré más palabras, porque no sirven de mucho. Por eso te vuelvo a mirar a los ojos e intento hablar en el lenguaje de la vida, el que todos conocimos y todos olvidamos. Ahora vuelve a dormirte, pero no olvides contarme lo que sueñes, hijo mío.

Paris, Jardín de las Tullerías, 29/03/2014

A veces el lugar más inesperado se convierte en el espejo que refleja nuestros sueños.

domingo, 24 de enero de 2016

Una cuestión de respeto

No podemos evitar ser juzgados, sucede cada día con todo desconocido que encontramos, pero podemos esperar que el veredicto no se base en cuestiones arbitrarias como nuestro físico o nuestra nacionalidad, aun cuando juegan un papel determinante en nuestra personalidad. Podemos pedir ser tratados con el respeto que merecemos. Nadie elige donde nace. Nadie elige la imagen que se formará en los ojos de otro. Que nadie nos lo tenga en cuenta y, menos aún, nos lo reproche.

En la esfera personal no doy importancia a los prejuicios, pues cada uno es libre de pensar como quiera. De igual manera yo soy libre de elegir a quien quiero tratar y de ignorar a quien no me aporta nada. Sin embargo, en el mundo profesional las cosas son distintas y a menudo nos vemos obligados a tratar con gente que desconocemos, hacia la que no sentimos ninguna afinidad pero cuya opinión sobre nosotros puede influir seriamente en nuestro trabajo. Es una cuestión de confianza, de crear el ambiente propicio para que un cliente se sienta satisfecho y se deje llevar, para que nuestro superior nos delegue tareas cada vez más importantes, para que nuestros subordinados se sientan apreciados y necesarios. Es una cuestión de respeto.

En este contexto los prejuicios nunca ayudan y pondré como ejemplo la imagen que los franceses tienen de España. Si bien la mayoría piensa que es un país donde se vive muy bien y no dudan en elegirlo para ir de vacaciones, no creen que España sea sinónimo de trabajo bien hecho. Aunque no me guste generalizar, el sentimiento de superioridad de los franceses hacia nuestro país está muy extendido. Siempre he intentado evitar que esta degradada imagen influya en el juicio que otros puedan tener sobre mi trabajo. En las primeras reuniones con gente que no conozco intento ser discreto, hablar lo justo para no desenmascarar mi acento, dejar que mi propio trabajo defina el concepto que los demás tendrán de mí. Cuando ya me he ganado su confianza, algunos no tardan en preguntarme de dónde viene mi acento, aunque a muchos no les importa y ni siquiera se interesan. A veces me gusta jugar y dejar que lo adivinen para comprobar hasta dónde llegan las imágenes preconcebidas. Han pensado que vengo del sur de Francia, de Italia o hasta de Argentina, pero no muchos aciertan y se sorprenden cuando les comento cuál es mi país de origen. Entonces no tardan en hablar de sus vacaciones, sobre todo cuando eran niños, y descubrimos que hemos pisado los mismos lugares y nos hemos bañado en las mismas playas. Murcia, La Manga, Torrevieja, Alicante, El Campello o Benidorm. Nos damos cuenta de lo pequeño que es el mundo, empezamos a hablar de paisajes compartidos en nuestra memoria y en unos minutos parecemos viejos amigos.

Hay otra imagen complementaria a ese eterno país de vacaciones low cost que también he podido ver de cerca. En el estudio de arquitectura donde trabajo solemos recibir currículums cada semana y muchos de ellos son españoles. Una vez, en uno de esos emails, el interesado reconocía no tener idea de francés y afirmaba estar dispuesto a trabajar incluso sin recibir nada a cambio, poniendo de manifiesto no sólo la precariedad de la arquitectura española, sino la desesperación de todo un país en donde el empleo es un bien escaso. Yo ya conocía aquella situación, pero mi jefe me miró, incrédulo, y me dijo: "no sé cómo hacéis en España, pero aquí lo que me está proponiendo es ilegal y no puedo arriesgarme a tener a alguien sin contrato". Tenía razón y aquel email suponía un paso atrás en la lucha diaria que mantengo por ganar el respeto de los franceses y demostrar que se puede confiar en nuestro país. Me entristeció leer aquella candidatura y ver que mi compatriota antepusiera la posibilidad de trabajar gratis a sus propios méritos, que de cara afuera nos hayamos convertido en un simple país de mano de obra barata. Hay principios por los que debemos luchar y nunca abandonar. Si renunciamos a ellos en la primera batalla, la guerra estará perdida de antemano.

Hace unas semanas escribí mi opinión sobre la conocida "marca España" que nuestro antiguo gobierno se afanaba en vender, pero puede que no haya sido lo bastante claro. Pondré un ejemplo muy explícito para que cualquier político pueda entender con facilidad la verdadera imagen de nuestro país en el extranjero. La marca "España" es algo así como la marca "Hacendado": la gente la elige atraída por el precio, después comprueba que la calidad es buena, pero, que no se engañe nadie, si la elige una segunda y hasta una tercera vez, sigue siendo por el precio.