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domingo, 31 de enero de 2021

Un mundo inabarcable

 Mientras preparamos el equipaje, nos vemos rodeados por más bártulos que de costumbre. Ya intuíamos que no iba a caber todo, así que no nos sorprende ver la pila de ropa de pequeño formato que queda por encajar. Cogeremos la maleta pequeña, esa naranja, con forma de tigre y ruedas, de la que puede tirar sin problemas y sobre la que se sienta cuando esperamos a embarcar en el avión.

 

Toca repetir la habitual ceremonia: distribuir el peso, utilizar la báscula para evitar sorpresas al facturar y comprobar que no olvidamos nada. No pueden faltar los juguetes para los momentos de descanso en el hotel o en el piso de alquiler, los cuadernos para dibujar y colorear durante las esperas en los restaurantes y lo necesario para llenar esos tiempos muertos que tan largos resultan a un niño pequeño. Porque, desde hace cinco años, él viaja con nosotros para descubrir nuevos lugares y también tiene que divertirse.

 

Cuanto antes asumamos que vivimos en un mundo inabarcable, antes disfrutaremos del viaje con nuestros hijos. Al igual que, en nuestra corta existencia, no podremos ir a todos los lugares, ni leer todos los libros, ni ver todas las películas, ni vivir todas las experiencias que nos gustaría. Cuando reconocemos nuestros límites, nos liberamos de ellos y podemos aprovechar plenamente el presente, sin frustraciones, admitiendo que nuestra acotada percepción no nos hace menos libres. Entonces podremos renunciar a los cargados viajes de otras épocas y seguir el ritmo de nuestro hijo para ver el mundo a través de sus ojos. Sin prisas. Sin más objetivo que disfrutar de cada instante como si fuera el último.

 

Hablo de mi propia experiencia, claro está. Mi hijo cogió un avión por primera vez con un mes y medio de edad y, desde entonces, no ha parado. En nuestro caso, el viaje es una auténtica necesidad. Como vivimos lejos de nuestras familias, nos vemos obligados a movernos con frecuencia para mantener fuertes los lazos que nos unen. A lo que sumamos pequeñas escapadas de placer, pues concebimos el viaje como una forma de vida: un aprendizaje que nos ayuda a entender cuál es nuestro lugar en el mundo. Desde que nació, hemos llevado a nuestro hijo a museos, exposiciones y cualquier lugar de interés. Él explora, se ve expuesto a incontables estímulos y reacciona ante ellos. Ese imprevisible resultado es el bagaje que acumula tras cada periplo, que le servirá para afirmarse como persona y le permitirá enfrentarse a encrucijadas futuras. Tal vez no recuerde los lugares visitados, pero ese mecanismo desarrollado le acompañará durante el resto de su vida.

 

Hace un tiempo descubrimos un documental que comparte estos mismos valores. Se llama “Hola, mundo” y cuenta las experiencias de una pareja que viaja con su hijo desde la más temprana edad. Narrado por Alejandro Sanz, se puede ver íntegramente en YouTube y es muy recomendable. Cuenta con las intervenciones de varios expertos (un neuropsicólogo, una pediatra, una bióloga y un psicólogo) que analizan las consecuencias de los viajes en el desarrollo del niño y desmontan los prejuicios de quienes no se atreven a exponer a su hijo a determinados riesgos, que no son tales. Cuando hablamos de viajes, no se trata de una simple escapada de fin de semana, sino de largas estancias en destinos muy distintos. Además, antes del nacimiento del niño, los padres ya abandonaron sus respectivas ocupaciones para viajar sin interrupciones y vivir del relato de sus aventuras, que podemos seguir en la estupenda web https://algoquerecordar.com/. Así que nos presentan una forma poco convencional de viajar. Incluso si su caso es muy extremo y difícilmente extrapolable, el documental no deja de ser interesante, sobre todo para quienes tenemos el viaje impreso, de un modo u otro, en nuestra genética.

 

Viajar es un intento más de abarcar un mundo inaprensible. Poco importa la edad que se tenga. Cuanto más viajamos, más ganas tenemos de seguir sometiéndonos a ese bombardeo de estímulos que abre nuevas puertas en nuestra mente. Espero que tanto la experiencia de Lucía, Rubén y Koke, como la mía propia, convenza a quienes todavía tengan reparos para viajar con niños pequeños y les anime a hacer las maletas cuando las condiciones sanitarias lo permitan.


jueves, 31 de diciembre de 2020

Cuando no se vuelve a casa por Navidad

 Muchas veces nada sucede como habíamos planeado y queremos forzar la situación para satisfacer ese deseo que, en nuestro interior, reclama un protagonismo perdido. Entonces nos preguntamos si realmente tiene sentido ese esfuerzo, si esa imposición es justificada o si procede de un niño al que le cuesta frenar la inercia de sus propios caprichos y aceptar la realidad.

 

Dadas las circunstancias, este año no he podido saciar el común anhelo de volver a casa por Navidad, como tampoco han hecho miles de expatriados que viven lejos de sus familias de origen. No es la primera vez que no vuelvo, pues quienes tenemos la oportunidad de crear una familia añadimos otras casas a las que volver. Sin embargo, sí es la primera vez que no vuelvo a ninguna casa y me quedo donde estoy, en ese hogar que he creado tras once años de vida en el extranjero.

 

Desde que resido lejos de mi país, mi vida ha seguido el ritmo dictado por esos regresos a la casilla de salida. Al principio la frecuencia se fijó de forma natural en tres meses, siguiendo esa inercia que se imprime en nosotros desde niños, cuando las vacaciones condicionan nuestra forma de percibir el tiempo. Y aunque esas limitaciones ya no existían, me seguí sirviendo de ellas, pues Navidad y Semana Santa, a pesar de haber perdido el sentido religioso que tuvieron para mí en un principio, seguían siendo las épocas perfectas para reencontrar a familia y amigos, para revivir esas celebraciones tan presentes en mi recuerdo.

 

Eso me permitió descomponer el tiempo en fragmentos soportables, capaces de mantener la nostalgia a raya. Siempre había una meta, un objetivo que movía todo lo demás: revivir esas sensaciones que nos llenan de energía, esa fuerza de voluntad que nos impulsa a seguir adelante y a levantarnos de la cama cada mañana. Las ganas de que llegara el viaje me hacían contar las semanas que lo precedían y programar cuanto haría en cada momento de esas esperadas vacaciones. Como si del final de una etapa se tratara, me afanaba en atar cabos, en acabar lo que había empezado o en acelerar lo que duraba demasiado. Tras haber estado en mi tierra y apaciguado el viento interno, la agitación dejaba paso a un tiempo de calma que aprovechaba para programar el próximo viaje y comprar los nuevos billetes de avión. Y entre ambos periodos, la vida pasaba más rápida que nunca.

 

Pero no tardé en descubrir que no tenía tantas vacaciones como deseaba y los periodos de tres meses se alargaron a seis, e incluso más, hasta llegar a un viaje de regreso al año cuando las obligaciones (tanto profesionales como económicas) no dejaban otra salida. Digamos que dejé de hacer pie para nadar durante cada vez más tiempo por mis propios medios.

 

Y en este hogar que hemos creado lejos de nuestras respectivas familias, sentimos que el tiempo pasa de otra manera, que los meses se convierten en semanas, como si todo se acelerara o cada instante adquiriera más densidad que el anterior. Eso no quiere decir que no siga fantaseando con esos momentos de regreso, que al ser más escasos son más esperados. Con esas llegadas al aeropuerto cargadas de una emoción sincera, con sus abrazos interminables, con sus besos incontables y con sus lágrimas incontenibles.

 

Así que este artículo va dedicado a un colectivo del que ya apenas se habla en los medios. A todos esos migrantes que viven lejos de sus familias y a quienes estos tiempos de incertidumbre les han dejado fuera de juego. A quienes, acostumbrados a reservar con antelación cada billete de vuelta (porque cada euro ahorrado ahora supone viajar más mañana) no han podido lidiar con las cambiantes restricciones que la pandemia impone. A quienes no pueden fijar en el calendario la próxima vez que verán a sus seres queridos. A todos ellos, a todos nosotros, feliz año nuevo. Que el 2021 nos traiga más viajes y la seguridad de que, tarde o temprano, volveremos a reencontrarnos.

domingo, 18 de octubre de 2020

No lo dudes, hazlo

 Decir que el tiempo pasa rápido es una obviedad, un contrasentido o las dos cosas a la vez. La noción de tiempo es una construcción artificial, cuya percepción cambia en función de la manera en que la midamos y nos lleva a preguntarnos si realmente existe. Si el tiempo fuera como un río que poder remontar navegando a contracorriente, me gustaría retroceder once años y entregarme una carta a mí mismo, o más bien, a quien todavía duda en coger un avión que le llevará a Dijon y cambiará el resto de su vida.

 

No lo dudes, hazlo. Porque no tardarás en acostumbrarte a la sensación de vértigo que ahora te revuelve el estómago, mientras piensas que no estás preparado para un cambio tan radical. Ten en cuenta que al primer paso siempre le seguirá el siguiente, que las puertas se te abrirán una tras otra y que vas a provocar una larga cadena de acontecimientos con maravillosas consecuencias. Lo más importante es que sepas adaptarte a cada momento. Para conseguirlo, solo necesitas confiar en que lo mejor siempre está por llegar.

 

No te entristezcas por lo que dejas atrás. Piensa que, como todo en esta vida, forma parte de un ciclo de aprendizaje. Que lo ya vivido, si sabes atesorarlo bien, te acompañará durante el resto de tu existencia. Si no valoras esa experiencia como debes y no dejas el espacio suficiente para que lo inesperado se pueda instalar, no podrás evolucionar. Tal vez la mayor inteligencia a la que podamos aspirar sea saber adaptarnos al cambio, pues éste es la única constante en nuestras vidas. Y el viaje sin billete de vuelta que estás a punto de iniciar es la mejor prueba de ello.

 

No lo dudes, hazlo. Porque gozas de un estado físico y mental que no volverás a tener. Tu energía es desbordante, aunque no te lo parezca: sírvete de ella para llegar más lejos que nunca antes. Acabas de terminar una carrera universitaria, el telón de la vida se abre ante ti y todo es posible, aunque no lo sepas o no quieras convencerte. Sé consciente de ello. No te preocupes si te digo que esa energía irá disminuyendo progresivamente, sin que te des cuenta, así que aprovéchala mientras circule con fuerza por tus venas. Y no te subestimes.

 

No lo dudes, hazlo. Porque tu familia y amigos seguirán estando ahí, a pesar de la distancia, y te recibirán con los brazos abiertos cada vez que vuelvas por vacaciones. No tengas miedo de perderles. No te voy a mentir diciéndote que las relaciones no se enfriarán, pero te puedo confirmar que la euforia es mayor cuando los encuentros escasean y se esperan con impaciencia. Que sentirás que el tiempo se detiene cada vez que les vuelvas a abrazar. Que la tecnología hará la distancia más llevadera, pues multiplicará las formas de comunicación y nos hará sentir más conectados que nunca.

 

No te hundas cuando llegues y te encuentres solo, en un lugar desconocido, pensando en quienes ya no están a tu lado. Esos momentos de soledad pasarán tan rápido, que no tardarás en olvidarlos. Déjate sorprender por la amabilidad de quienes encontrarás en tu camino y te cogerán de la mano para ayudarte, mostrándote lo que aún ignoras.

 

No lo dudes, hazlo. Porque es lo más importante, y estimulante, que te puede suceder en estos momentos. El punto de inflexión al que ahora te enfrentas, tenía que llegar, tarde o temprano. Así que debes conservar una mente abierta y estar preparado para todo. Sé que tienes miedo a que todas tus certezas desaparezcan, pero solo serán sustituidas por otras que, a su vez, se verán renovadas cuando llegue su hora. Porque todo acaba cambiando y cuanto antes lo asumas, mejor te adaptarás.

 

No lo dudes, hazlo. Porque todo es posible y, aunque suene a trillada frase de ánimo, solo necesitas un poco de confianza en ti y en el futuro para conseguir todo lo que te propongas. Te lo digo porque no son simples palabras vacías, porque sé por lo que vas a pasar y te aseguro que es lo mejor que te puede suceder en la vida.

domingo, 27 de septiembre de 2020

Con mascarillas y a lo loco

 Muchos necesitamos leer, escribir y viajar tanto como beber, comer y respirar. Son reflejos que no podemos controlar: simplemente están ahí y dependemos de ellos para sobrevivir. Por eso, por muchos obstáculos que aparezcan, seguiré cogiendo un avión (o lo que se tercie) cada vez que pueda. Y por eso dedico mi octava página de anécdotas viajeras a las dificultades que debemos afrontar si queremos movernos en estos tiempos de pandemia.

 

Acababan de reabrir las fronteras cuando, a principios de julio, cogí a mi hijo de la mano para que no olvidara de dónde viene su padre y, de rebote, él mismo. Confieso que algo de recelo experimenté al llegar al aeropuerto de Lyon: el recuerdo del confinamiento seguía presente y no sabía muy bien cómo volveríamos a viajar en esta rara época. Para mi sorpresa, exceptuando el uso de la mascarilla, el respeto de las normas sanitarias brillaba por su ausencia. En el fondo tampoco me sorprendía tanto, pues ya sabía cómo había sido la «desescalada» en Francia, mucho más brutal que en España, pues desde la reapertura de los restaurantes, todo volvió a ser más o menos como antes. En ninguna fila de espera se veía la famosa «distancia social». Y si nosotros la respetábamos, no tardábamos en sentir la presencia de la siguiente persona en la espalda... Igual daba que estuviéramos en el mostrador de facturación, en el control de seguridad o en la puerta de embarque. Por eso me sorprendió que, en este último lugar, alguien del aeropuerto gritara «antes de entrar en el avión, hay que respetar la distancia de seguridad». A mí me dio la risa floja, pues no entendía de qué podía servir entonces, justo antes de encerrarnos como sardinas en lata.

 

Ya en el avión, una vez pasado el control de temperatura y obviado la distancia, el embarque fue más fácil que de costumbre, al no llevar equipaje de mano, cuya facturación fue obligatoria (y gratuita). Lo difícil vino al aterrizar, cuando las azafatas recogieron los formularios de rigor (a los que ya dediqué mi anterior artículo) para devolverlos unos minutos más tarde, entre la confusión generalizada, porque cada pasajero debía presentar el suyo en el control sanitario del aeropuerto. Por aquel entonces el papelito ya había pasado por demasiadas manos, no había gel hidroalcohólico que lo desinfectara y el avión parecía el camarote de los hermanos Marx. No sé si el acento que tenía la azafata cuando hablaba francés influyó en algo, pero nadie entendió que el desembarco sería progresivo y los pasajeros debían permanecer sentados hasta que se les llamara, fila por fila, como si fuera la vuelta al cole. En cuanto el avión se paró, todos se levantaron a la vez: las prisas por salir ganaron a la aprensión por el virus. Y luego nos preguntamos por qué en esta segunda oleada los contagios suben como la espuma...

 

Tal vez influya que la «distancia de seguridad» cambie en cada país: un metro, uno y medio o dos. Si bien el virus es el mismo, la forma de enfrentarse a él cambia dependiendo de dónde nos encontremos. Además, las reglas varían de una semana a otra, lo cual aporta una sensación de descontrol que resta credibilidad. Y como este verano tuve la oportunidad, además, de ir a Grecia, también pude ver cómo se las gastan por allí. Para empezar, antes de viajar hay que rellenar un formulario por internet, a cambio del cual recibimos un código QR que mostrar a la policía en el aeropuerto, lo que me parece más apropiado que el papelito que va de mano en mano. Y no hay que tomárselo a guasa, pues la presencia policial hace que cualquier olvido cueste caro, como comprobamos cuando vimos que una pareja fue obligada a volver a Lyon porque no disponía del dichoso código. Después, en función de los países en donde hayamos estado antes, hacen el test de rigor, que nos exime de toda cuarentena si el resultado es negativo, tras recibirlo veinticuatro horas después.

 

Tras la animada llegada, pasamos las vacaciones sin contratiempos, hasta que, un día antes de volver, toco la frente de mi hijo... ¡Treinta y nueve grados! Todas las alarmas coronavíricas se dispararon en mi cabeza, seguro de perder el vuelo y permanecer atrapados en un país extranjero. Menos mal que, tras una noche difícil, la fiebre desapareció y todo quedó en un susto, en una simple insolación. Demasiadas visitas de ruinas bajo el sol... Así que al final pudimos volver a casa con las ganas de viajar intactas, con las pilas cargadas para seguir afrontando todo lo que estos extraños tiempos nos sigan deparando.

domingo, 30 de agosto de 2020

Una cuestión de honor

Todo en esta vida se puede reducir a un trozo de papel firmado. Es un acto de síntesis tan potente, que parece irreal. Tan fácil de usar, que nos lleva a abusar de esa capacidad de transformar la complejidad del mundo en insolentes cuartillas garabateadas.

Cuando somos pequeños nos inculcan la importancia de escribir la carta a los Reyes Magos, o de estudiar durante años para obtener un diploma. Después conseguimos un trabajo regulado por un contrato firmado. Ingresamos el dinero ganado en un banco, donde nos sepultan bajo montañas de formularios, sobre todo si queremos, y podemos, comprar una casa. Cuando no queda más remedio que alquilar, el casero nos ofrece otro tipo de contrato. Si nos casamos, pasamos por el ayuntamiento a rellenar otro papel y nos precipitamos a inscribir a nuestros hijos en el libro de familia y en el registro civil. Si el amor se acaba, los papeles del divorcio nos permiten pasar página. Y cuando llega el final, gracias al seguro de vida afrontamos los gastos del funeral y garantizamos que el último papel, el certificado de defunción, quedará sellado como debe.

Siempre me ha dado risa firmar esos documentos, pues los veo como simples trozos de papel, que en nada se pueden comparar con una situación real. Porque cuando todo va bien y creemos que la vida puede ser maravillosa, nuestra propia fuerza de voluntad nos basta para superar cualquier obstáculo. Pero cuando las cosas se tuercen, tal vez ese trozo de papel es lo único que nos queda, un fiable testigo que sobrevive al olvido y nos recuerda, para bien o para mal, lo que un día dijimos, lo que un día aceptamos o lo que un día nos prometieron. Un antídoto contra la mala memoria del que, a veces, nos gustaría prescindir. Asociamos, en definitiva, cada etapa de la vida con un papel determinado, cuya firma nos obliga a cumplir las condiciones necesarias para cruzar un umbral predefinido. Si el escenario vital cambia, el papeleo evoluciona con él.

Y ahora que el coronavirus ha venido para quedarse, la nueva normalidad nos ha traído todo tipo de nuevos certificados. Así que este verano, en el habitual viaje de vuelta a casa por vacaciones, me tuve que enfrentar al previsible formulario de rigor. Había que indicar el asiento ocupado en el avión, el motivo del viaje, los países visitados en los últimos catorce días, si tenemos algún síntoma o si hemos estado en contacto con algún contagiado de COVID-19. Una pequeña firma para declarar que todas las informaciones son ciertas y listo.

Al final todo se reduce a eso, me dije, a una simple declaración de honor, como si fuera garantía de algo. Porque siempre hay personas más “honorables” que otras. Y si alguien descubre que ciertos honores están por los suelos, aparecen las malas memorias (no sé por qué me viene a la cabeza el “no lo recuerdo” de Iñaki Urdangarín). De todos modos, reconozcamos que nadie en su sano juicio, una vez subido en un avión, declararía que tiene síntomas compatibles con coronavirus, aunque tuviera que beber un botellín de agua cada cinco minutos para disimular la tos y lo más honorable hubiera sido no ir a ningún sitio. Pues el generalizado miedo al virus nos hace sentir culpables cada vez que estornudamos de forma involuntaria y provocamos una onda expansiva de miradas acusadoras, que nos tratan cual criminal recién escapado de la cárcel. 

Pero volvamos al avión, a ese momento en que la azafata distribuye los formularios y mi compañero de asiento, de unos cincuenta años de edad, le dice que no sabe escribir. La azafata se acercó, hizo como quien no había escuchado bien, le dijo lo que tenía que escribir y siguió su camino. Como era de esperar, me tocó rellenar su papel. El hombre me acercó su DNI para completar sus datos personales y entonces lo comprendí todo, pues al ser de origen marroquí sabía escribir en árabe, pero no en español. Cuando llegué al final de la hoja, me disponía a indicar de forma automática que no tenía ningún síntoma, pero preferí preguntarle antes. Al fin y al cabo, era su honor el que estaba en juego. “No, claro que no”, me dijo. Y le devolví la hoja para que, al menos, garabateara una firma, confiando ciegamente en el honor de aquel desconocido y esperando que, por el bien de mi familia, ese simple trozo de papel, como tantos otros, no tuviera que servir nunca para nada.  

domingo, 8 de abril de 2018

Carreras de obstáculos

Todos tenemos un punto de partida que nos es familiar, el origen de muchos sueños, que no esconde secretos para nosotros. Es el aeropuerto más cercano a nuestro domicilio, donde empezamos incontables viajes con paso firme. Sin embargo, cuando cogemos el avión de vuelta desde un lejano destino, el aeropuerto se convierte en un desconocido lugar en donde debemos desenvolvernos con rapidez si queremos llegar a buen puerto. La séptima edición de anécdotas viajeras de este blog va dedicada a esos momentos de desasosiego que ponen a prueba nuestra capacidad de reacción.

Cae la noche en Pekín. Nuestro vuelo sale de madrugada y no conseguimos averiguar a qué hora cierra el metro, que asegura la conexión con el aeropuerto. En una ciudad desconocida, el arte de estimar el tiempo que podemos perder en los medios de transporte se aproxima a un juego de azar. Y como en todo juego, conviene controlar al máximo cuanto depende de nosotros y gestionar con rapidez e inteligencia las variables que se nos presentan de improvisto. Cuando viajamos tan lejos, los vuelos son tan largos y sus precios tan elevados, que las nefastas consecuencias que conlleva su pérdida se multiplican. Así que preferimos no arriesgar y confiar en la recepcionista del hotel, que reservó un taxi. Era un buen coche, pero no tenía el pequeño letrero con las clásicas luces, ni el taxímetro en el salpicadero. Antes de subir ya conocíamos el precio de la carrera (bastante elevado respecto al nivel de vida local) y yo empezaba a olerme algo raro, aunque la recepcionista nos dijo que era un hombre de confianza y solía dar aquel servicio a los huéspedes del hotel. Mis sospechas se confirmaron cuando llegamos al aeropuerto o, mejor dicho, cuando estuvimos en los alrededores. El conductor, que no hablaba inglés, nos explicó como pudo que no llegaría hasta la puerta, pero que nos dejaría cerca. Paró en medio de la oscura carretera que llevaba al aeropuerto, nos señaló las luces que marcaban la entrada y desapareció. Si te he visto, no me acuerdo. Como suponía, se trataba de un taxista ilegal que no quería ser inculpado por los profesionales del oficio, que esperaban, pacientes, la llegada de nuevos viajeros. Seguramente habíamos pagado el doble que una carrera habitual, gracias al negocio que hotel y conductor llevaban entre manos. Poco importaba ya, pues de nada servía el arrepentimiento.

No tardamos en llegar al desierto vestíbulo. Nunca habíamos visto un aeropuerto tan vacío, así que nos temimos lo peor. Analizamos, ávidos, las pantallas, para comprobar que el último vuelo había salido a las doce de las noche. Salvo las luces que iluminaban todo, no encontramos signo de vida alguno a nuestro alrededor. Los huérfanos mostradores de facturación nos hacían imaginar que éramos los únicos supervivientes de una catástrofe nuclear o nos encontrábamos en un sueño. ¿Nos habíamos equivocado de día? ¿Habíamos confundido la madrugada con la tarde y nuestro avión ya había salido? Uno de los taxistas que se encontraba en la puerta adivinó nuestra angustia y se nos acercó. Tras una extraña conversación (quien haya estado en el país del sol naciente sabe que el inglés no está muy extendido), comprendimos que estábamos en la terminal de vuelos nacionales. El hombre aprovechó para decirnos que nuestro verdadero destino (las salidas internacionales) estaba muy lejos, que tardaríamos unos tres cuartos de hora en llegar a pie y que perderíamos nuestro vuelo. A aquellas horas los autobuses que conectaban las terminales ya no pasaban y no teníamos otra opción que subirnos a su taxi. Si una cosa habíamos aprendido en el bien llamado gigante asiático, es que todo es desmesuradamente grande: las calles, las plazas, los edificios..., así que no nos sorprendía que el aeropuerto de la capital tuviera unas dimensiones descomunales. Después recordamos el timo del taxi que nos llevó hasta allí, sin ni siquiera especificar que había varias terminales ni preguntar adónde íbamos, y no quisimos repetir experiencia. Lo último que necesitábamos era que alguien más se aprovechara de nuestra mala fortuna. Todavía teníamos cierto margen hasta la hora del despegue y decidimos andar. No tardamos en ver los habituales carteles que indican el tiempo restante a pie: quince minutos para llegar a nuestra terminal.


La situación volvía a estar bajo control, respiramos aliviados y redujimos el alocado ritmo de los últimos minutos. Recordamos que a veces conviene llegar con bastante antelación al aeropuerto, aunque solo sea para dejar un hueco a las carreras de obstáculos de última hora y tener algo más que contar al volver a casa.     

domingo, 11 de febrero de 2018

La vuelta al mundo en 80 bocados

Inspiramos con fuerza y sentimos cómo nuestros pulmones se llenan de un extraño aire. No lo podemos ver, pero sabemos que contiene algo distinto. Un aroma impregna el ambiente, lo define y cambia con cada temporada. Nos recuerda sensaciones pasadas y nos hace revivir momentos casi olvidados. Espiramos y empezamos de nuevo, intentando distinguir esta vez los ingredientes del postre que acabamos de probar, iniciando un inevitable viaje a un destino que nos es familiar.

Si en Francia enero sabe (y huele) a galette des rois (torta de hojaldre y crema de almendras, equivalente a nuestro roscón de reyes), febrero sabe a crêpes. Como manda la tradición, el día de la Candelaria (2 de febrero) se preparan toneladas de esa fina masa que podemos rellenar a nuestro antojo: azúcar, mermeladas de todo tipo, caramelo, chocolate, nata, helado... Siendo una de las combinaciones más acertadas (y clásicas) los deliciosos crêpes con caramelo a la mantequilla salada. Este irresistible postre procede de la región de Bretaña, aunque se consume en todo el país, ya sea en los socorridos puestos de comida ambulantes o en las cuidadas "crêperies". En éstas encontraremos también los crêpes salados o "galettes", hechos con harina de trigo sarraceno y rellenos con embutido, cebolla, champiñones, varios tipos de queso y muchos más ingredientes que explotan la versatilidad de una masa cuya utilización se ha extendido por todo el mundo. Y, como es costumbre, acompañaremos nuestros crêpes con una buena sidra bretona, servida en un pequeño bol (o bolée). Siempre me ha gustado esta particular manera que tienen los franceses de empezar el año. Las galettes de rois o los crêpes son meras excusas para organizar una merienda o una cena entre familiares y amigos, para combatir con calor humano y buenos momentos en torno a una mesa el frío, la lluvia y la nieve del rudo invierno.

Febrero también sabe a "bugnes" (buñuelos de carnaval), un postre típico de Lyon que la tradición manda comer en mardi gras (o martes de carnaval). Se trata de una masa, hecha con harina, huevos, mantequilla, azúcar y levadura, que no tiene mucho misterio y que podemos encontrar en muchos otros países, como en Italia, en Rumanía o en España, por citar tres ejemplos. En el fondo no nos diferenciamos tanto como creemos y lo que pensamos que son especialidades locales, son, en realidad, manifestaciones del subconsciente colectivo, que cambian de nombre o forma dependiendo de donde nos encontremos. Basta con viajar o conversar con personas de distintos orígenes para rebajar un poco nuestro orgullo hacia todas las cosas que imaginamos genuinas de nuestra tierra. Fue así como me dí cuenta de que las torrijas también se comen en Francia (donde se llaman con acierto "pan perdido", "pain perdu"), en Rumanía y en muchos otros sitios. Una amiga china me explicó que la leche frita también se puede probar en su país, así como el arroz con leche, que procede precisamente de Asia, desde donde se exportó a todo el planeta.

También hay productos que, aunque los encontremos en otros lugares, no se utilizan de igual manera. Un claro ejemplo son los jarabes (sirops en francés), que en España asociamos más a los medicamentos, pero que en Francia son bebidas muy consumidas, sobre todo entre el público infantil. Estos concentrados de innumerables sabores (fresa, granada, menta...) se mezclan con agua para preparar bebidas refrescantes o acompañar postres. Fue una de las sorpresas que me deparó el país galo y que, todo hay que decirlo, no termina de convencerme. Aún así, combinados con ciertos licores dan lugar a cócteles que no están nada mal, como el kir (vino blanco con crème de cassis).


Y a pesar de que las bugnes no sean tan lionesas como nos quieren vender, Lyon sí que puede presumir de un chef local fuera de lo común, que llevó la cocina tradicional a un ámbito superior, al de la llamada "nouvelle cuisine". Se trata de Paul Bocuse, considerado como "el chef del siglo" y cuyo principal mérito fue el de dignificar a los cocineros. Aunque murió el pasado veinte de enero, le sobrevive un legado que nunca desaparecerá. Su cocina ya forma parte del subconsciente colectivo, como todas esas recetas que dan la vuelta al mundo y que hoy he querido repasar. Esas que hablan del choque cultural entre varios países, pero nos demuestran que todos pisamos la misma tierra y nos reconocemos en ella. Y no hay que despreciar o ensalzar unas respecto a otras, sino asumirlas como un rico patrimonio que solo nuestro personal gusto se encargará de ordenar. 

domingo, 4 de febrero de 2018

Una historia de odio (más)

Es difícil amar a la especie invasora. A lo extraño o a lo desconocido. Porque hacerlo significa arriesgar, salir de nuestro mundo de seguridades, romper prejuicios y entrar en el terreno de la duda, donde podemos no ser bien recibidos. Odiar es, en cambio, fácil. No requiere asumir ningún riesgo, pues siempre hay una excusa por que llevar la contraria al prójimo y evitar que cambie nuestra inamovible vida. Sobre todo si es la mayoría la que señala con el dedo y tira la primera piedra.

La historia sucedió en Pedrera, un pueblo de Sevilla, hace unas semanas, pero pudo haber sucedido en cualquier lugar de España. El detonante fue un accidente de tráfico leve, dos españoles por un lado y tres rumanos por otro, que acabó en pelea. La conducción no saca lo mejor de nosotros mismos y si hay un accidente de por medio, apaga y vámonos. La trifulca acabó con un herido, el conductor español, y encendió la chispa de un brote xenófobo de nefastas consecuencias: una decena de coches de rumanos volcados, protestas en la calle, gritos frente a las casas de familias rumanas... Y para calmar los ánimos, al alcalde no se le ocurrió otra cosa que hilar una fina ironía que nadie comprendió, se descontextualizó y acabó siendo viral en internet. "A mí me gustaría ver a gente fusilada", fue la frase de la polémica. Si bien hay que ver el discurso total para entenderla, fue muy desafortunada y me recuerda a quienes hablan diciendo cuanto se les pasa por la cabeza y, si alguien se ofende, improvisan un "eso son bromas, hombre, son maneras de hablar" (respuesta literal que dio el alcalde para aclarar el malentendido).

Estas escenas hacen pensar en un pasado no muy lejano, pues sus protagonistas han olvidado que estamos en pleno siglo veintiuno. Y eso no sólo significa que podemos grabar las ocurrencias de un alcalde con nuestro teléfono y subirlas a la red para escarnio público, sino que tenemos más de veinte siglos a nuestras espaldas de los que hay que aprender. Que poco a poco y con mucho esfuerzo nos hemos convertido en una sociedad tolerante. Y aunque ahora somos políticamente correctos, por nuestras venas no ha dejado de correr la envidia y el odio. Cuando nos cuesta contenerlos, salen a la luz en twitter o en situaciones como la vivida en Pedrera. A sus habitantes les daré sólo dos consejos, ya mencionados otras veces en este blog, para acabar con sus enfrentamientos: que lean y viajen. Leer es una posibilidad barata e incluso gratuita (para algo están las bibliotecas municipales). Gracias a los libros podemos entender el pasado y aprender de nuestros errores: servirnos de la cultura para amueblar nuestra mente. Estudiar todos los puntos de vista para crear el nuestro. Incluso internet nos puede ayudar, si usamos la red de un modo adecuado, en la difícil tarea de comprender nuestro mundo con toda su complejidad.

Viajar nos permite conocer otras realidades de primera mano y nos aporta una visión global de las cosas. Lo mejor es vivir durante una temporada en otro país y formar parte de esa pequeña comunidad extranjera que es mirada con recelo por los habitantes locales. Viajar ayuda a tirar por tierra ideas preconcebidas y comprobar que Rumanía es un país como el nuestro, con sus luces y sus sombras, que no merece el desprecio al que es sometido de forma generalizada. Precisamente esta semana, un gran amigo (español y arquitecto para más señas) me hablaba de las oportunidades laborales que hay allí. Tras la represión comunista, el país de Drácula ha ido despertando poco a poco de su letargo hasta llegar al efervescente presente. Los cambios se suceden a gran velocidad y facilitan la construcción de un mundo nuevo. Algo que no deja de recordarme a los años que siguieron a la transición española, en que nuestro país cambió profundamente y nos recordó que todo es posible si creemos en ello.


Así que, frente al saturado panorama de la arquitectura española del que hablé la semana pasada, Rumanía ofrece una solución real. La vida ha acabado invirtiendo las tornas y demostrando, una vez más, que la historia es, ha sido y será, cíclica. Tal vez algunos habitantes de Pedrera encuentren allí mejores oportunidades que en su pueblo. Hacer las maletas y empezar desde cero en un país extranjero es un ejercicio de humildad que todo el mundo debería hacer al menos una vez en la vida. La lucha nos curte y nos ayuda a ver el futuro con esperanza, aun cuando ciertos actos mermen nuestra confianza en el género humano.   

domingo, 7 de enero de 2018

Lo imprevisto

No estamos preparados para todo. Necesitamos idear una estrategia que nos permita enfrentarnos a lo imprevisto. Así es como empieza cada viaje: dedicando los días previos a organizar una maleta que debe contener todo aquello que podría ser útil. Anticipando situaciones, intentando controlar la indomable incertidumbre. Mi sexta entrega de anécdotas viajeras va dedicada a esos momentos que preceden y condicionan lo que sucederá en nuestro trayecto.

Quedaban apenas dos semanas para las vacaciones de verano, en las que suelo ir en coche a mi tierra natal. Su larga duración permite encajar mejor el cansado día en que recorro los mil cuatrocientos kilómetros de rigor. En uno de esos días previos arranqué el coche y vi que un nuevo icono, una extraña gota de agua, se encendía en el salpicadero. Tuve que echar mano del manual del coche (un volvo 850 con veinte años a sus espaldas) para confirmar que no quedaba refrigerante del motor. Llené el depósito correspondiente de agua, el icono se apagó y respiré aliviado.

Unos días más tarde, la inquietante gota volvió a aparecer en el salpicadero. Mala cosa cuando estamos en agosto, con treinta grados a la sombra y un largo viaje en perspectiva. Houston, tenemos un problema. Así que fui a un taller volvo en busca de ayuda experta y me encontré con un paisano: un hombre cuyos padres eran de Cartagena y que viajaba allí con sus dos hijos cada verano. Doctor, ¿la cosa es grave? Su severo rostro me hizo presagiar lo peor. El depósito tenía una fuga y había que cambiarlo. Me hizo un presupuesto de seiscientos euros y me advirtió de que, al intervenir, podían romperse otras piezas. El problema era que el arreglo costaba más que el propio coche y el hombre me insinuó que no valía la pena invertir más dinero en él. Le pedí consejo y me mostró tres opciones: hacer la reparación y vender el coche (sabiendo que no recuperaría el dinero gastado), no hacer más arreglos y usarlo para trayectos cortos hasta que no diera más de sí o venderlo a los gitanos, que lo usarían como chatarra. Decepcionado por aquel aciago escenario, le planteé otra posibilidad: viajar a Murcia como tenía previsto, con unas cuantas botellas de agua en el maletero, y ver qué opciones tenía allí. Al fin y al cabo su matrícula seguía siendo española. El hombre (algo corto de miras, todo hay que decirlo) se echó las manos a la cabeza y me dijo que era demasiado arriesgado. Por la autovía, el depósito se vaciaría con mayor rapidez y tendría que parar cada dos horas para llenarlo. Y no me garantizaba que llegara a mi destino, pues, según él, tenía un setenta por ciento de probabilidades de que el motor se parara a mitad de camino. Me aseguró que él no se atrevía a llevar a sus hijos a Cartagena en su coche, de diez años de antigüedad. Todo aquello me pareció exagerado y me despedí antes de que la conversación siguiera por surrealistas derroteros.

Decidí comprar un billete de avión para asegurar la vuelta, pero estaba dispuesto a arriesgar en la ida. Mi coche, que antes fue de mi padre, con el que tantas experiencias habíamos vivido, se merecía un último viaje y morir en donde pasó la mayor parte de su existencia. Así que lo cargué con seis botellas de agua para anticipar cualquier problema, decidí parar cada dos horas para comprobar el nivel del depósito y hacer noche en Barcelona, dividiendo en dos días el trayecto, sin forzar la máquina. A todo esto, mi mujer estaba embarazada de cuatro meses y yo pensaba que, sin que mi hijo hubiera nacido, ya me había convertido en el peor padre del mundo, planeando un viaje que, casi con total certeza, acabaría mal.


Recuerdo que me temblaban las manos cuando cogí el volante aquella mañana de agosto, consciente del riesgo al que me enfrentaba, sin saber qué forma tomaría ante mí lo imprevisto. Aunque había preparado aquel trayecto lo mejor que había podido, no sabía si llegaríamos a buen puerto. A las dos horas hicimos la primera parada, pero, para mi sorpresa, no tuve que echar mucha agua. En la segunda eché aún menos, comprobando que el vehículo perdía líquido con menor velocidad cuando iba por autovía, al contrario de lo que afirmó el tipo del taller. Al final no tuvimos ningún contratiempo y utilicé menos de una botella de agua. Una vez en Murcia, a pesar de su excelente comportamiento, mi coche no pudo librarse de su oscuro futuro. Ya había hecho su último viaje. Tras más de quinientos mil kilómetros, el desguace de Monteagudo fue su definitiva parada. Se acabaron las aventuras a su lado. Ya sólo quedaba el recuerdo de una vida larga e intensa.
Mi coche, en su último viaje
20 años, un cambio de motor y 526.701 km de aventuras

domingo, 3 de septiembre de 2017

K.O. técnico tras cinco asaltos

Quien dijo que las vacaciones son para descansar, sería porque no tenía familia y no había viajado mucho. Desde hace un tiempo tengo asumido que no se trata de ese idílico período en que la vida se para y nos deja apreciar lo que en otro momento no podríamos, como muestra el postureo que reflejan las redes sociales. En realidad es un nuevo terreno de combate donde medimos nuestras fuerzas contra adversarios a los que no estamos acostumbrados. Que cambiemos de contexto no significa que la lucha haya acabado. Tras una merecida pausa estival, aprovecho la vuelta a la rutina para recordar, por quinta vez en este blog, los detalles de ese territorio hostil con el que, de forma inevitable, soñamos durante todo el año.

Primer asalto. Cierro la puerta de mi casa y procuro guardar las llaves en un bolsillo de la maleta que pueda recordar con facilidad cuando, dentro de tres semanas, vuelva al mismo lugar. A mi lado, mi mujer, mi hijo, dos maletas de casi veinte kilos y un parque plegable. Frente a nosotros, cuatro pisos de escaleras que no hay más remedio que bajar. Después de veinte minutos y tres viajes logramos salir del edificio. Me cuesta recuperar el aliento y el hecho de tener que movilizar todo el equipaje hasta el tranvía que lleva al aeropuerto no me sirve de consuelo.     

Segundo asalto. Una vez en el mostrador de facturación, el parque plegable se delata a sí mismo: las dimensiones no son las reglamentarias y podría esconder un kalashnikov (o más) dentro. La compañía de un bebé me ayuda a no pasar por un terrorista, pero no me libra de una visita al escáner para equipaje voluminoso, donde espero con paciencia entre asustados perros y grandes bicicletas. La duración de este obligado trámite dependerá del aeropuerto en que estemos. Si en Lyon resulta bastante sencillo, en Bucarest ese gran escáner se encuentra en una escondida sala a la que sólo se puede acceder en compañía de un operario del aeropuerto, a quien le importa poco que vayamos con retraso y estemos a punto de perder nuestro vuelo.

Tercer asalto. Tras una larga carrera, jaleados por la megafonía, que repetía nuestros nombres sin descanso, last calling (último aviso), al fin llegamos al avión. Los pasajeros, sentados desde hace un buen rato, nos reciben con caras largas y miradas acusadoras. Ven, impotentes, cómo intentamos sentarnos y colocar, en el reducido espacio de que disponemos, las tres mochilas que nos acompañan (pertenencias del peque en su mayor parte). Una vez ordenada toda la parafernalia, la azafata nos anuncia, secamente, que los asientos asignados no son los que nos corresponden. Su colega de facturación había olvidado que los bebés sólo se pueden sentar donde haya dos máscaras de oxígeno, ya que van en el regazo de su madre (o padre). Así que tocó buscar el asiento adaptado más cercano y cambiar al pasajero en cuestión, que no disimuló su molestia.

Cuarto asalto. Por muy tranquilo que sea el vuelo, con un bebé siempre hay algún momento de tensión o de difícil control, como cuando rompe a llorar. Si los juguetes no sirven de nada, habrá que pasearlo en brazos por el estrecho pasillo del avión, compartiendo con nuestros compañeros de vuelo las alegrías de la paternidad. Si, en cambio, sólo tiene hambre, bastará con preparar el biberón de turno, siempre que contemos con la ayuda de una amable azafata para calentar el agua a la temperatura adecuada.   


Quinto asalto. Ya en nuestro destino, cuando el agotamiento empieza a desfigurar nuestras caras, vemos cómo el carrito y la maleta del niño aparecen sobre la cinta transportadora, antes de que se pare definitivamente. ¿Y el resto del equipaje? ¿Y el parque plegable? Tal vez acabaron descubriendo el kalashnikov que en realidad llevaba dentro para aniquilar a los empleados del aeropuerto en situaciones como aquélla. Miramos a nuestro alrededor para comprobar que no somos los únicos que se han quedado con cara de tontos. Ahora toca reclamar, indicar las características de las maletas y rezar para que lleguen sanas y salvas al lugar donde pasamos nuestras vacaciones. Si tras cinco asaltos ya estamos noqueados y a punto de perder la consciencia, conviene recordar que el combate está lejos de acabar y no nos queda otra opción que descansar en una esquina del cuadrilátero antes de volver al centro del ring.