domingo, 29 de marzo de 2020

Ya estamos muertos

A veces la realidad supera a la ficción. Y cuando lo hace, el resultado es tan abrumador que nos sentimos desbordados por algo que se nos antojaba inimaginable. Nosotros, que nos creíamos tan inteligentes, fuimos incapaces de adelantar un improbable desenlace y nos encontramos perdidos, sin poder organizar el contraataque necesario para acabar con el enemigo, vencidos por un invisible virus.

Todo ha sucedido tan rápido, que cuando empezamos a reflexionar ya era demasiado tarde. No se dio al fenómeno la importancia que necesitaba, ni se hizo nada para evitar la situación actual, a pesar de haber constatado el primer brote en China hace más de tres meses, a pesar de haber visto las medidas aplicadas allí y a pesar de haber comprobado cómo el dantesco contexto se reproducía de igual manera en Italia. Si resulta difícil entender por qué no se ha actuado antes, debemos acudir al significado de la palabra “confinamiento”, tan alejada de nuestra forma de ser, que nunca antes habíamos utilizado tanto y cuya pronunciación daba miedo. Nos parecía inconcebible ver a aquellas personas aisladas en Wuhan, gritándose palabras de ánimo desde las terrazas, intentando hacer más llevadero un encierro propio de la más claustrofóbica película. La enfermedad nos recordó cuán frágiles somos y no quisimos admitirlo. Creamos objetos cada vez más perfectos, capaces de suplir nuestras limitaciones, pero un simple y minúsculo virus puede acabar con nosotros.

Desde Francia he seguido religiosamente las noticias de cuanto sucedía en España, comparando la evolución del fenómeno, las reacciones y formas de enfrentarse al desastre. Si bien el brote empezó casi al mismo tiempo, la progresión en nuestro país fue fulgurante y el número de contagios no tardó en doblar el de Francia. Y si las contundentes medidas llegaron tarde a España, por increíble que parezca, las autoridades se despertaron aún más tarde en Francia. Mientras los españoles estaban confinados en sus casas, los franceses iban, forzados, a votar en las elecciones municipales. Pero esa tensa situación de fingida normalidad cayó por su propio peso apenas un día después, cuando se ordenó el confinamiento y la “guerra” contra el virus dejó de ser un secreto a voces para convertirse en una triste realidad. Ahora ya ni siquiera enciendo la televisión. El coronavirus ha acaparado tanto los telediarios, que la angustia transmitida por una información sensacionalista empeora aún más la situación. Ya ni siquiera hay titulares y solo queda una sucesión de noticias alarmantes. Como si no sucediera nada más en el mundo, que parece haber dejado de girar. Ahora, más que nunca, necesitamos otras noticias que nos saquen de esta triste espiral que nos atrapa y de la que cada vez nos cuesta más salir. 

Tal vez una de las cosas más difíciles de soportar sea la violenta irrupción de la incertidumbre. Pasamos nuestra existencia ignorando que todo cambia, aferrándonos a cuanto nos proporciona una falsa sensación de estabilidad (un trabajo, una pareja, una familia, unas distracciones que nos vacíen de inquietudes), hasta que la realidad acaba imponiéndose. Por eso cuesta tanto aceptarla y la incapacidad de controlar la situación nos produce ansiedad y tristeza. No queda más remedio que redefinir nuestra rutina y aprender a adaptarnos a cada día, como debimos hacer antes de que todo cambiara. Vivimos en un periodo de reflexión que nos muestra lo que podíamos haber sido si nuestra vida no hubiera seguido los dictados de esta frenética sociedad. 

Salgo a una calle vacía y las sirenas de las ambulancias resuenan con más fuerza que nunca sobre un silencio sepulcral. Paseo por el paisaje post-apocalíptico donde nos ha tocado vivir y pienso que ya estamos muertos. El virus ya nos ha matado. O al menos lo que éramos antes de que todo cambiara. Ya nada volverá a ser como antes. Se acerca el momento de renacer y empezar una nueva vida. Cada día que pasa es un día menos para demostrar que estamos preparados para el verdadero cambio.

sábado, 29 de febrero de 2020

Igualdad vetada

A estas alturas de la película, tras constatar lo logrado en tantos ámbitos, resulta extraño que no haya unanimidad a la hora de defender ciertos valores básicos. Como si, por unas razones u otras, interesase que sigan siendo considerados como antaño. La igualdad de género forma parte de esos principios que han sufrido demasiado. La gota que colmó el vaso ya hizo que desbordara hace tiempo y ahora toca ver cómo podemos lograr un equilibro que, por desgracia, nunca existió. 

La tarea no es fácil y todos somos conscientes de ello. Hace unos años que se abrió la caja de Pandora y ya no hay vuelta atrás: tenemos que crear unas nuevas reglas del juego en las que nos reconozcamos todos. Y sin dejar de lado el sentido común, porque si la balanza se ha inclinado hasta ahora del lado masculino, corremos el riesgo de olvidar el necesario equilibrio e inclinarla del lado femenino, volviendo a repetir las mismas injusticias, abandonados a una venganza orquestada durante milenios. Si bien acabó la era de las mujeres lastradas por las ocupaciones del hogar, antes de que la intransigencia cambie de bando de forma descontrolada, los hombres debemos asumir nuestra parte del trabajo doméstico, no como una ayuda, sino como un reparto equitativo de tareas que debió hacerse mucho antes. Lejos de ser así, la igualdad, que debería ser universal, recibe distinta atención dependiendo del lugar en donde nos encontremos, como he podido comprobar de primera mano. 

Tengo la costumbre de ver el telediario de Televisión Española por las noches, siempre que tengo tiempo y ganas, hasta que ciertas noticias me obligan a cambiar de cadena y no querer saber nada de mi país. Es una de las ventajas de vivir en el extranjero: cuando el panorama da demasiada vergüenza ajena, siempre podemos cortar los lazos durante un tiempo, hasta que la melancolía y la curiosidad nos hacen volver la mirada al lugar de donde venimos. Recuerdo cuando los casos de violencia de género se convirtieron en habituales, hasta casi monopolizar la sección de sucesos. El problema siempre estuvo ahí, pero la visibilidad y el reconocimiento otorgados no fueron los mismos que ahora. Cuando cambiaba de canal, los telediarios franceses, más escuetos y superficiales, nunca hablaban de este tipo de violencia. Así que me preguntaba si el fenómeno realmente sucedía en Francia. Incluso llegué a pensar que los gabachos eran más civilizados que nosotros (aunque no me guste generalizar, hay que reconocer que en cuestión de modales van un paso por delante), dejándome llevar por un genético complejo de inferioridad. Hasta que, hace un tiempo, mi imagen cambió por completo. Aprovechando la reacción en cadena provocada por el movimiento “me too”, el fenómeno empezó a ganar visibilidad en los medios galos, que hablaron de España como un ejemplo a seguir, con una política definida y una forma de actuar que ya estaba salvando vidas (incluso si es insuficiente y el contador de víctimas no deja de aumentar cada día). Criticaron, además, al gobierno francés, que fue incapaz de anticipar nada y no siguió al país vecino. Después llegaron las manifestaciones masivas, a las que tan asiduos son los franceses, las pintadas reivindicativas en las calles y la necesidad de reclamar una igualdad que, abanderando la pertenencia a la civilización más avanzada que hemos tenido, se conseguirá algún día.

Pero el arma más efectiva para luchar y lograr ese objetivo es la educación. Por eso me sorprende tanto la aparición del pin parental en España. Por eso me hubiera gustado recibir educación sexual en el colegio, aprender cómo ser un buen padre o cómo aceptar las cosas que no puedo cambiar. No tuve esa suerte y debo improvisar cada día, por mi cuenta, afrontando como puedo los retos que la vida pone ante mí. Por eso, en vez de vetos restrictivos, propondría nuevos contenidos que enriquezcan aún más a nuestros hijos, para que la sociedad del futuro no vuelva a cometer los errores del pasado. Y del presente.  

sábado, 28 de diciembre de 2019

Un poquito de por favor

Si nos sentimos solos en medio de la multitud, cuando deberíamos encontrarnos más acompañados que nunca, significa que algo va mal. Que la sociedad ha disfrazado esta situación de normalidad: antes nos preocupaba, pero ahora se ha vuelto casi irreversible. La soledad acompañada es cada vez más difícil de revocar.

Se abren las puertas de un tranvía abarrotado, veo el escaso espacio que queda, agarro a mi hijo con una mano, sostengo su bicicleta y su mochila con la otra. Es el tercer tranvía que pasa desde que llegamos, hace diez minutos, a la parada, así que no pienso perderlo. Salen tres pasajeros, el milagro se produce y conseguimos entrar, al tiempo que seis personas nos empujan por detrás. El inevitable choque se produce, la bicicleta acaba contra la pierna de no sé quien y las puertas se cierran mientras mi hijo, con la cabeza a la altura de mi cintura, respira con dificultad y saca todo el aire de sus pulmones con un sonoro llanto. Para conseguirle una burbuja de aire, empujo a quienes nos rodean utilizando la bicicleta como arma blanca. El llanto silencia las conversaciones, pero no fomenta la solidaridad. En esos momentos reprimo unas incontenibles ganas de gritar “un poquito de por favor”, cual Fernando Tejero en Aquí no hay quien vida, aun a riesgo de pasar por loco, pues ningún gabacho me habría entendido. Unas paradas después, cuando empezamos a tener más espacio, consigo hacer malabarismos con bicicleta, mochila y niño para pasar el abono por la máquina, no sea que, además, un revisor me dé la puntilla. Un alma caritativa se apiada de nosotros y le ofrece un asiento a mi hijo, algo que solo me ha sucedido tres veces en cuatro años.

Reconozco que la situación está lejos de corresponderse con las expectativas que tenía al llegar a Francia. Nuestros vecinos tienen fama de ser más corteses que nosotros, pero a la hora de la verdad, cuando realmente necesitamos esa cortesía, comprobamos que en todas partes cuecen habas y que unsmartphonenos aleja más de nuestros congéneres de lo que pretende acercarnos. Cual efectiva máscara, esconde el rostro de su propietario y, con unos auriculares como cómplices, le exime de cualquier obligación social. Todavía no he visto a nadie levantar la cara de la pantalla para ver qué ocurre a su alrededor. Lo comprobé cuando mi mujer estuvo embarazada, más tarde cuando tuve que apañármelas con un carrito de bebé y ahora que me toca mantener el equilibrio con los accesorios más variopintos. Nunca me he sentido más solo en medio de tanta gente.

Así que la frase de Fernando Tejero es más actual que nunca, sobre todo si queremos que la solidaridad sea algo más que un emoticono en el whatsapp. Más aún cuando las fechas navideñas parecen obligarnos a ser más amables de lo habitual, aunque la mayoría se sienta únicamente empujada a consumir más de lo habitual. Espero que, al menos, la navidad nos permita volver a ver el mundo con los ojos del niño que fuimos. Cuando se tiene un hijo, resulta más fácil: sentimos la natural obligación de ofrecerle la infancia más feliz posible, para que siempre pueda llevar consigo un agradable recuerdo que le permita sobrellevar los momentos más amargos. Incluso si nos juramos que no obligaríamos a nuestros hijos a creer en una mentira, nos vemos reescribiendo con ellos la carta a los Reyes Magos. Porque sabemos que si la ilusión se ausenta durante la infancia, todo está perdido de antemano. 

Este año descubrimos en Francia un ritual que adoptamos con gusto. Se trata del calendario del adviento: un panel con veinticuatro casillas para abrir cada día de diciembre, antes de navidad, dentro de las cuales el niño encuentra una figura de chocolate. Como todo en esta época, se ha convertido en un hábito consumista más, pero uno no deja de mirar cada cuadrado con optimismo, pensando que, algún día, al final del calendario, conseguiremos recuperar el por favor perdido por el camino.

domingo, 17 de noviembre de 2019

La fiesta del hartazgo

Aprender de nuestros errores nos ayuda a seguir adelante, no solo en un país extranjero, sino en cualquier ámbito de la vida. Evitar la autocrítica a toda costa y pensar que los problemas desaparecen si los ignoramos nos puede llevar a situaciones esperpénticas, como la vivida durante los últimos meses en la política española, cuyo mal sabor de boca recuerda que siempre se puede ir a peor.

Ya he comentado en alguna ocasión que nunca me ha gustado la política y, menos aún, hablar de ella. Pero ver las cosas desde lejos me ha llevado a adentrarme en un terreno minado, donde me sirvo de la distancia para conservar cierta objetividad o, al menos, comparar cuanto sucede a cada lado de la frontera. Así que, si hasta yo puedo convertirme en un acertado analista político (mi artículo“decepciones anticipadas” ya se adelantaba a la triste situación que siguió a las elecciones de abril), significa que el panorama es demasiado triste. Y como han sucedido más cosas en los últimos siete días que en los últimos siete meses, la situación bien merecía otro artículo.

Tras la sonada decepción de este verano, sentimos que nos habían tomado el pelo: los depositarios de nuestra confianza no estuvieron a la altura de la encrucijada (una vez más) y su incapacidad de dialogar devolvió la pelota a nuestro tejado, como si nosotros hubiéramos sido los responsables. Se nota que a nuestros incompetentes políticos les encantan los domingos electorales, cuando ponen la papeleta en la urna, sonríen y el fotógrafo de turno inmortaliza el idílico momento. “Es la fiesta de la democracia”, dicen sin remordimientos. Yo la llamaría más bien “la fiesta del hartazgo”, porque ya estamos hartos de votar para nada. Ingenuos, esperaban que resolviésemos sus problemas y se han encontrado con lo previsible: aún más problemas. Ahora el panorama es más complicado que el anterior, pero ¿quién esperaba lo contrario? La situación es tan ridícula, que nuestros políticos (quién los ha visto y quién los ve) se han afanado en encontrar una solución por la vía rápida, como si nada hubiera pasado antes. Sin aprender de sus errores, o tal vez empujados por ellos a un incierto futuro del que nadie sabe (o quiere saber) nada, con una crisis económica asomando el plumero y una ultraderecha más contenta que unas pascuas. 

Curiosamente el pasado domingo también fue un día electoral en Rumanía. Allí, para elegir al presidente de la República, recurren a dos vueltas. Solo los dos candidatos más votados pasan a la segunda convocatoria, sistema similar al utilizado en Francia. Sin olvidar que las elecciones legislativas del país galo, que permiten elegir a los componentes de la cámara baja, también se sirven de la doble vuelta. Si bien resulta difícil extrapolarlo a España, donde la monarquía parlamentaria impide que elijamos al jefe del Estado, tal vez sea una pista a explorar para evitar el bloqueo político en que nos hemos instalado. Creo que deberíamos aprender de los errores de los últimos meses y revisar un sistema caduco; hacer autocrítica y madurar como democracia. Otro de esos persistentes errores es el voto rogado, que sufrimos todos los residentes en el extranjero. Un complejo método que nos obliga a meter nuestra papeleta dentro de un sobre que introducimos a su vez en otro: uno destinado al consulado, que a su vez envía el segundo a la delegación en cuyo censo figuramos, que debe recibirlo antes de la fecha oficial del recuento. Y utilizando una documentación electoral que solo llega a nuestro domicilio, cuando lo hace, si la solicitamos antes. Eso significa que debemos votar antes incluso de la campaña electoral, sin ver esos debates que dan vergüenza ajena, con trozos de adoquín, falsos gráficos y demás parafernalia inútil.

Como parece difícil que estas reflexiones sean escuchadas algún día por quienes podrían servirse de ellas, no me queda más remedio que recurrir a una viñeta de Mafalda que el azar ha puesto en mis manos esta semana. Una envenenada ironía que conjuga sutilmente la historia de mi vida con la de nuestros apreciados políticos.


domingo, 27 de octubre de 2019

Diez años construyendo lejos

Cuando una obra dura más de diez años, hay que hacerse algunas preguntas. Sobre la complejidad del proyecto, las dificultades encontradas y la pertinencia de las soluciones aportadas. Para confirmar si vale la pena seguir adelante o si debemos cambiar un camino plagado de obstáculos por otro que ofrezca un tranquilo paseo. Para decidir si seguimos jugando y arriesgando o nos plantamos para asegurar lo que ya hemos ganado.

La obra más larga en cuya dirección he podido participar es la del museo de las confluencias de Lyon. Llegué en la recta final, pero la odisea duró siete años, trece si contamos la elaboración del proyecto. Desde el momento en que el estudio de arquitectura Coop Himmelb(l)auganó el concurso internacional, se sucedieron problemas técnicos y económicos que alargaron el final de una obra colosal, a la altura de la inclasificable imagen del edificio. Trabajar en una empresa que supone tal desafío ayuda a ver las cosas de otra manera: a relativizar y a aprender a un ritmo acelerado. 

Por mucho que intente dejar el trabajo a un lado, al llegar a casa me encuentro con una obra de similar dificultad. Se trata de un castillo del siglo XIII, cuya construcción avanza a un ritmo desigual desde hace exactamente diez años. Es una reproducción del llamado “Burg Branzoll”, situado en Chiusa, ciudad del norte de Italia. Al principio los muros se levantaban con rapidez, pues la fascinación por una nueva actividad dirigía mis movimientos. Después aparecieron otras inquietudes y ocupaciones que alargaron el trabajo. Conocí a la que acabó siendo mi mujer y el castillo se convirtió en una ruina sobre la que se acumulaba el polvo. Fue precisamente ella quien me animó a retomar la obra. Y así, gracias a su ayuda, la construcción empezó a acercarse a su forma final. Hasta que llegó mi hijo; el castillo sufrió un nuevo revés y volvió a su privilegiado lugar del salón, desde donde hoy espera, paciente, a que llegue su turno.

Fue un regalo que me hicieron mis amigos del instituto cuando me fui a Francia. Conocían mi gran afición a las maquetas, que me llevó a estudiar arquitectura, y me ofrecieron un pasatiempo para superar esos difíciles momentos en que, lejos de casa, añoramos cuanto no podemos tener a nuestro lado. El regalo no pudo ser más acertado y guardo con mucho cariño el recuerdo de aquella última cena en que me lo dieron, antes de que todo cambiara. Por eso me afané en reorganizar mi maleta para encajar cada uno de los componentes del castillo. Quien me conoce sabe la importancia que le doy a la amistad. Estoy muy orgulloso de mis amigos: nos conocemos desde que éramos unos críos y todos son especiales para mí. Uno de mis grandes miedos en el momento de mi partida fue perder esa amistad. Los estragos de la distancia eran una amenaza considerable y, además, dudaba poder encontrar unos amigos como ellos en Francia. Al final, aquella falsa idea acabó cayendo por su propio peso y, cada vez que vuelvo a mi tierra, ellos siempre están ahí, demostrando que podemos reencontrarnos como si el tiempo no hubiera pasado.

Hace apenas un par de semanas nos volvimos a juntar. Era la boda de Silvia y José. Ahí estábamos todos, menos los anfitriones, en torno a una misma mesa, como en mi cena de despedida, en la que me regalaron la maqueta del castillo. Han pasado diez años y el grupo ha crecido: hay más parejas e incluso niños. Reímos, contamos anécdotas, compartimos momentos de nuestras vidas, recorrimos la mesa con la mirada y encontramos esos invisibles lazos que siempre nos unirán. Tiramos de ellos y recordamos ese instante en que nuestros destinos se cruzaron por primera vez.

Fue un intenso fin de semana en el que poco dormí y que, en vez de agotarme, me dejó una olvidada sensación de plenitud. Diez años después, volví a coger un avión con destino a Francia. Esta vez no tenía un billete de simple ida, sino uno de vuelta. Regresé a Lyon con las maletas llenas de una renovada fe en la amistad, de nuevos recuerdos que se añaden a una extensa lista, de sensaciones recuperadas, de una energía que solo se obtiene en el lugar donde fuimos felices, de momentos que me atan a mi tierra y hacen que nunca olvide de donde vengo. Seguiré echando los dados en un país extranjero, construyendo un castillo ya empezado, pero con la certeza de que nunca perderé todo lo que ya he ganado. 


domingo, 29 de septiembre de 2019

Un verano árabe

En el coche no cabe un bulto más. Maletas y bolsas repletas se agolpan hasta hacer inservible el retrovisor. Sobre la baca, una lona oculta más de lo mismo. Los padres delante, los tres hijos y la abuela detrás completan el monovolumen. Aunque dos mil kilómetros les separan de Argelia, sus rostros no reflejan cansancio alguno. Parecen cegados por una luz que les guía hacia sus orígenes, donde el espejismo creado por una memoria evocadora hace que el desierto sea menos árido de lo que parece. 

Reconozco que antes de vivir en Francia no me había interesado demasiado por la comunidad árabe y poco sabía de ella. Algo difícil de creer para mis amigos franceses, sobre todo para quienes les gusta insinuar que Europa se termina en los Pirineos. Y de poco ayuda ver que las indicaciones de la autovía aparecen en árabe al llegar a la Jonquera, para guiar a quienes cogen el ferry en Alicante. Bromas aparte, en España seguimos arrastrando las consecuencias de un pasado que condiciona ciertos roles sociales. No se trata de mala fe, sino de una forma de relacionarnos transmitida de generación en generación. Y acostumbrados al paisaje existente, nuestra pasividad ha contribuido a perpetuarlo. Poco queda de una ocupación que duró setecientos años, que se dice pronto. Ahora las comunidades árabes se agrupan en barrios bien delimitados y, aunque no siempre es así, suelen realizar trabajos de poca importancia o mal remunerados. Les reservamos las tareas que nadie quiere hacer y, a pesar de ello, muchos se atreven a mirarles mal.

En Francia la situación es distinta y el mestizaje está a la orden del día. Aun cuando también tienen barrios propios, donde abundan cafés y comercios frecuentados solo por árabes fieles a sus tradiciones, y están las conflictivas “banlieues" (afueras), convertidas en caldo de cultivo yihadistaen más de una ocasión. Fuera de esos lugares es fácil ver algún velo por la calle y advertir conversaciones que mezclan francés y árabe sin reparo. La convivencia es pacífica y la explicación la encontramos en el periodo de ocupación francesa del Magreb, en que Argelia incluso llegó a ser un departamento francés. Las mujeres y los hombres árabes desempeñan todo tipo de trabajos y sus impronunciables apellidos se mezclan con los más chovinistas. 

Todos ellos repiten un ritual tan sagrado como cualquier otro: vuelven a su país de origen durante el mes de agosto, si su economía se lo permite y no les obliga a ahorrar hasta el próximo año. Un mes para reencontrar a familia y amigos, para mostrar a hijos y nietos que las historias contadas antes de dormir eran reales. Un mes para convertir en omnipresente la lengua que hablan en círculos cerrados. Un mes para rescatar imágenes, sonidos, sabores y olores que les convirtieron en lo que hoy son. Un mes para recuperar cuanto añoran y hacer más llevadera la lucha diaria lejos del que fue su primer hogar. Un mes para saciar las ganas de volver.

Yo también hago un larga ruta en coche para volver a mi tierra una vez al año. Aunque antes la hacía de un tirón, cuando el cansancio pesa demasiado me veo obligado a parar y dormir a medio camino. Una vez paré en un hotel de carretera y les volví a ver. Eran las once de la noche y, sobre los asientos del monovolumen aparcado en la gasolinera, toda la familia dormía. Cuando pasé a su lado, eché un rápido vistazo y los ojos protectores del padre se abrieron para analizar el peligro, como una alarma bien calibrada. No era la única familia árabe que dormía en el aparcamiento. Cuando al día siguiente retomé el camino, el lugar estaba vacío. Habían partido tras el primer rezo de la mañana. Pensé en ellos antes de arrancar el coche. En su coraje y en su capacidad de resistencia, de defender sus orígenes pase lo que pase. Les volví a ver en la autovía y les adelanté decenas de veces. Y cuando llegué a mi destino, ellos seguían su ruta, incansables. Guardianes de una cultura que sobrevivirá a pesar de cualquier traba.

domingo, 25 de agosto de 2019

España Global (Marca España II)

En el juego de las verdades a medias es fácil participar. Solo hace falta cierto conocimiento de la realidad y algo de picaresca disimulada, para que no se vea el plumero. Añadimos un envoltorio atractivo, un título que enganche y ya está: nuestra posverdad está lista para convertirse en un virus de incontrolados efectos. 

En la época en que vivimos se ha vuelto demasiado difícil distinguir la realidad de un decorado inventado. Entre esas manipulaciones, una hace que me piten los oídos de forma insoportable. Se llama Marca España, rebautizada España Global por el último gobierno. Pensaba que esa artificiosa imagen de nuestro país sería suprimida con el cambio de ejecutivo, pero solo se le ha dado un lavado de cara para que suene más moderna y adaptada a nuestros tiempos. Que no nos engañen: aunque la mona se vista de seda, mona se queda. Quienes vivimos en el extranjero sufrimos esta lacra, transformada en un anuncio que aparece todas las noches en TVE internacional, después del telediario. Empieza con la lectura de una cita del Quijote en un teatro, tras la cual se levantan distintos espectadores para enumerar con orgullo cualidades de nuestro país, con un fondo de música in crescendo(castañuelas incluidas). Todo muy bonito, como siempre ocurre con las verdades a medias, hechas a la medida de quien las necesita. Las facultades citadas han sido cuidadosamente elegidas y nos llevan a preguntarnos por qué unas y no otras, o si son completamente ciertas. 

Acostumbrado a los arrebatos patrióticos de la Marca España, no presté demasiada atención al anuncio y fue mi mujer, que no es española, quien me hizo remarcar una de las máximas que se citaban: « en el mundo solo hay diecinueve democracias plenas y somos una de ellas ». Me preguntó qué era eso de una democracia plena. Buena pregunta, pues si la Unión Europea se compone de veintiocho países, cuesta imaginar que no fueran democráticos todos. Pues bien, el “índice de democracia” es una clasificación creada por el medio inglés The Economisten la que se puntúa la calidad de la democracia de cada nación y cuya última publicación sitúa a España en la decimonovena plaza. Si bien es motivo de alegría, no quiere decir que solo haya diecinueve países realmente democráticos en el mundo. La lista consta de cuatro grupos: democracias plenas, democracias imperfectas, regímenes híbridos y regímenes autoritarios. Para estar en el primero hay que tener una nota mayor de ocho, obtenida solo por veinte naciones. En el anuncio no se dice la posición de España en el ranking, lo que nos devuelve al terreno de las verdades a medias. Decir que ocupamos el puesto diecinueve de veinte no parece que motive mucho, así que la frase se formula de otra manera, se hace referencia a una clasificación que nadie conoce y todos contentos. Porque la publicidad pretende motivar a los expatriados para que nos convirtamos en embajadores de España. Es decir, para que hablemos maravillas del país que nos obligó a abandonarlo y poco hace para que volvamos. 

Pero, ¿adónde nos lleva todo esto? En un mundo plagado de etiquetas, de hashtagsque quieren reducirnos a un simple sustantivo, de grupos cuya sola existencia es motivo de enfrentamiento, me sorprende que, en vez de luchar por eliminar este tipo de clasificaciones reduccionistas, nos hundamos hasta el fondo en esta pelea en el barro. No olvidemos que el ilusorio objetivo de España Global es mejorar nuestra imagen en el extranjero: decir a quienes nos miran por encima del hombro que somos mejores que ellos… en otras cosas que desconocen que existen. Por eso no entiendo que el anuncio esté en español y no aparezcan subtítulos en otro idioma. Así que me pregunto para qué sirven estas campañas y por qué se gasta tanto dinero público en ellas. Me pregunto por qué no hacemos del diálogo (el que nos permitiría tener un gobierno) una cualidad que exportar en el próximo anuncio. Tal vez porque somos una “democracia plena”: a nuestros dirigentes les encanta convocarnos a elecciones y trasladarnos los problemas que son incapaces de resolver.