Mostrando entradas con la etiqueta tradiciones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta tradiciones. Mostrar todas las entradas

domingo, 3 de marzo de 2019

Buenos deseos

Todo empieza siempre con buenos deseos. Cuanto emprendemos, ya sea una actividad, un trabajo, unas vacaciones…, debe comenzar bien y acabar de la misma manera. Queremos que todo suceda lo mejor posible, que el camino no tenga baches y que nada nos impida lograr nuestros objetivos. Y tiene sentido, porque no vale la pena empezar algo si no estamos convencidos de que acabaremos con éxito. Luego la realidad se encargará de demostrar si estábamos en lo cierto, de comprobar si nuestras aptitudes eran las necesarias y de poner las cosas en su debido sitio.

Es algo recurrente en año nuevo, como un reflejo que repetimos de forma instintiva, no sabemos si movidos por un verdadero sentimiento de empatía o por la simple reiteración de una convención social de obligado uso. Deseamos un feliz año a quien está junto a nosotros, pero también a quien se encuentra al otro lado de un teléfono o de una pantalla, a quien vemos de forma ocasional o a quien cuya vida nos importa lo más mínimo. 

En Francia, donde la educación y las buenas formas llegan a límites insospechados, este hábito roza con demasiada frecuencia lo obsceno. Más allá de los primeros días o semanas, se puede felicitar el año hasta finales de enero. Si durante esas fechas nos encontramos con alguien a quien no vemos desde el año pasado, ya sabemos cómo debemos empezar la conversación. Pero si soltar un “feliz año” a bocajarro durante las dos primeras semanas es lo más normal del mundo, su uso en la segunda quincena se vuelve cada vez más raro. Salvo en el ámbito laboral, donde la imagen que aparentamos importa demasiado y muchas aberraciones están permitidas. Así, todos los emails empiezan con artificiosas construcciones que desean lo mejor (e incluso más) a su lector. Poco importa lo que venga después, si escribimos a compañeros que aborrecemos o si ponemos a caldo al destinatario por incompetente, dando lugar a cómicos contrastes. Las fórmulas de cortesía son infinitas en la lengua francesa, donde nada es lo suficientemente cursi, y ponen en evidencia una hipocresía subyacente en cada palabra de forzada condescendencia. 

También está la costumbre de los “vœux” (deseos). Se trata de las típicas tarjetas que se envían por correo para felicitar el año (aunque los emailsya son mayoritarios) y los destinatarios son antiguos y futuros clientes. Suponen un pretexto para decir “estoy aquí, acuérdate de mí porque yo he pensado en ti”. También se les llama “vœux” a unas ceremonias que organizan todos los ayuntamientos galos. En ellas, el alcalde de turno prepara un discurso en que habla de los principales logros del ejercicio anterior y de los que depara el nuevo año, seguido por un cóctel o “vin de l’amitié” (vino de la amistad), donde todos los vecinos intercambian opiniones con una copa en la mano. Y cada vez más empresas comparten este hábito, prolongación de las cenas navideñas, en donde desean un productivo año a sus empleados y clientes, ofrecen una fiesta más o menos suntuosa y demuestran de lo que son capaces.

Ni que decir tiene que yo también me he visto atrapado en esta ineludible red de apariencias. Yo también he empezado mis emailscon la frase “antes de nada…” y yo también he enviado los obligados vœux, aunque, eso sí, utilizando frases originales que ofrezcan una alternativa a las manidas palabras ñoñas. Ya sé que acabamos de empezar el mes de marzo y todo esto queda un poco lejos, pero nunca lo había mencionado en este blog y me apetecía comentarlo. Además, quería desear a todos mis lectores que este año 2019, simplemente, pase. Para bien o para mal. Deseo que nos reencontremos dentro de un año en esta página, tal y como somos. No deseo salud, amor, dinero o éxito profesional. Deseo simplemente que no perdamos las ganas de hacer lo que quiera que hagamos. Porque de poco sirve ser afortunados si no valoramos lo que tenemos o nos faltan ganas para disfrutarlo. 

domingo, 11 de marzo de 2018

El poder de la voz

Hay cosas que no se pueden ver, ni tocar: solo se sienten. Aún así intentamos objetivarlas, desmontarlas para subirlas a internet y compartirlas con tanta gente como sea posible. Todo ello permite que no se olviden: que alguien, en cualquier momento y lugar, componga esos pedazos y dé una nueva vida al conjunto. El problema llega cuando no obtenemos lo que esperábamos y nos preguntamos, incrédulos, qué ha fallado. Cuando pensábamos que el método era infalible.

Todos hemos experimentado esa sensación alguna vez. Seguimos al pie de la letra los pasos y utilizamos las cantidades exactas de la receta, pero, a pesar de todo, el resultado deja mucho que desear. No es el sabor que buscábamos, ése que nos recuerda a nuestra infancia o que los medios venden como el más exquisito e innovador. En el fondo necesitamos una sensación que nos sacuda por dentro, cual descarga eléctrica, y nos recuerde que estamos vivos. Tal vez por eso nos atraen tanto las emisiones culinarias y está de moda ver a gente comiendo, ya sea en la tele o en youtube. Quién nos iba a decir que salivaríamos al ver a un tipo llenar su boca en directo. El primer plano se cierra frente a su cara, mientras intenta masticar sin que salga un hilo de salsa entre los labios y compone un gesto patético. Se hace el silencio y la espera se prolonga demasiado. El espectador aguarda el veredicto, así como quien ha preparado el plato, que sonríe mientras el tipo se esfuerza en tragar cuanto antes y mostrar de la forma más evidente posible el placer que invade su cuerpo. Buenísimo. Acaba afirmando, como si pudiera decir otra cosa. La cámara se aleja para mostrar en un mismo plano al periodista extasiado y al cocinero satisfecho. Y frente a la pantalla, el espectador se pregunta qué sentido tiene este falso teatro o qué habría sucedido si el comensal hubiera dicho que tampoco era para tanto o que las lentejas de su madre le gustan más...

Hace más de una década, antes de que esta búsqueda del éxtasis carnal invadiera los medios, empecé mi personal intento por retener las sensaciones que me eran familiares y quería que me acompañaran siempre. Por aquella época, los estudios me llevaron a compartir piso y a hacer mis primeros pinitos en la cocina. Empecé aprendiendo recetas clásicas y sencillas, que metí en mi maleta cuando, unos años más tarde, aterricé en Francia, donde mi tortilla de patatas cosechó cierta fama. Lo aposté todo a una carta ganadora, pues los extranjeros en general, y los franceses en particular, tienen debilidad por nuestro plato más internacional. Sin embargo, otras recetas se me resistieron y pasaron sin pena ni gloria por mi cocina. A pesar de haberlas anotado con rigor, siguiendo los pasos dictados por mi madre o mis amigos. Mi objetivo siempre ha sido volver con cada bocado a mi país de origen, diluir la distancia o, al menos, hacerla más llevadera. Cerrar los ojos y dejarme llevar. Pero en algunos de esos viajes me he quedado a mitad de camino. Es lo que me sucede con uno de mis platos favoritos, pues, aunque consigo hacer algo comestible, es incomparable con el sabor que ha marcado mi infancia y sigue vivo en mi memoria: el del arroz de mi madre. El resultado cambia si cocino con una vitrocerámica o con un fuego a gas, claro está, y si el tipo de paellera también influye, hay un factor que pesa más que ninguno. Mi madre, como tantas otras, mide las cantidades a ojo y utiliza los ingredientes siguiendo su intuición, respetando proporciones que sólo ella conoce y que proceden de una tradición oral.


Hay cosas que no se pueden reproducir de forma literal, por mucho que nos esforcemos. Cuando le pedí a mi madre que me enseñara sus recetas, no solo lo hice para poder desenvolverme fuera de casa o viajar a mi país cada vez que preparo un arroz, sino para perpetuar un centenario saber. Para no perder un patrimonio inmaterial que no entiende de fronteras y nos acompaña a donde vamos. Para recuperar los sabores que conforman nuestra cultura, que se perderá si no la cuidamos, cuando la gente se canse de ella y no quede nadie para transmitirla y desafiar al paso del tiempo. Para captar el alma de las cosas, ésa que no queda plasmada en los libros o en las páginas web. Porque la eficacia de la comunicación escrita o audiovisual nos decepciona a veces. Sobre todo cuando es incapaz de reflejar de forma fiel el saber popular, el que nos muestra quiénes fuimos y, tal vez, seguimos siendo. Solo la calidez de la voz y el dictamen de la experiencia permiten conservar los decisivos matices que nos definen y que pueden desaparecer con facilidad. Porque cuando la voz se apaga, solo queda el silencio o el eco de una canción cuya letra olvidamos con el tiempo. 

domingo, 14 de enero de 2018

Restos de un mundo acabado

Al ensuciar el suelo construyen el paisaje de las primeras semanas de enero. Empezamos el año pisando los restos de un mundo acabado. Las hojas de abeto cubren las aceras y su rastro delata el pasaje de más de un cadáver. Los que hace apenas unos días fueron árboles de navidad y decoraron multitud de hogares, se agolpan ahora en las cunetas o en las calles de cualquier ciudad francesa. Abandonados a su suerte, que su futuro fuera anunciado de antemano no hace que sea menos triste.

En Francia, como en muchos otros países, es fácil hacerse con uno de esos abetos. Durante el mes de diciembre abundan los puestos callejeros donde podemos elegir la especie y el tamaño de nuestro temporal compañero. Frente a cada supermercado, en las grandes superficies o en los mercadillos navideños. Fueron plantados para jugar su particular rol, respaldados por una larga tradición. Más tarde, en el calor de los salones familiares, que acelera su inevitable degradación, son decorados por adultos y niños, que encontrarán los esperados regalos a sus pies el día de Navidad. Porque los llamativos envoltorios son el eje en torno al que giran las fiestas de fin de año. El verdadero origen de estas celebraciones se ha convertido en un secundario telón de fondo, oculto tras un consumismo exacerbado. En los abarrotados centros comerciales nos convertimos en víctimas de la sociedad, haciendo lo que los demás quieren que hagamos, ahogados entre objetos que esperan ocupar su lugar bajo el abeto de turno, sin encontrar el sentido de este artificial circo. No me opongo al hecho de regalar, de tener un detalle y pensar en una persona para ofrecerle algo que forme parte de su vida. Pero no soporto que otros programen nuestros deseos y decidan cuándo y cómo consumiremos, valiéndose del black friday, de las navidades, de las rebajas, del día del padre o de la madre y de las nuevas tecnologías con caducidad programada para asegurarse de que nunca saldremos de este círculo vicioso.

Siguiendo con las tradiciones de esta época del año, en el país galo, una vez abiertos los regalos el veinticinco de diciembre y acabadas las comidas familiares de rigor, no hay nada que rascar. Sólo queda preparar los planes de Nochevieja (palabra que no tiene traducción en francés, que la llamará simplemente "noche de San Silvestre"), pues el dos de enero toca volver a la normalidad. Si bien en España aprovechamos el día de los Santos Inocentes para gastar las bromas de rigor, nuestros amigos del otro lado de los Pirineos tendrán que esperar hasta el uno de abril, cuando el llamado "poisson d'avril" (pez de abril) sustituirá al clásico "inocente, inocente". Así que, llegada la primera semana de enero, cuando se acumulan en las calles los restos de un mundo consumista y vacío, no puedo evitar pensar en las costumbres de mi país natal, donde tantos niños esperan la llegada de los Reyes Magos. Recuerdo con nostalgia la ilusión de esa cuenta atrás y los nervios de la especial noche del cinco de enero. Así que compadezco a nuestros vecinos franceses, que carecen de un día en que los niños sean los únicos protagonistas. Ahora que soy padre también soy sensible a las voces que aconsejan no hacer que nuestros hijos crean en una mentira. Para ser sincero, recuerdo la amarga desilusión que sentí cuando descubrí la verdad. Ninguna navidad volvió a ser igual y hasta me juré a mí mismo que, llegado el momento, no le escondería nada a mi hijo para evitarle tal decepción hacia los adultos.


Ahora él tiene casi dos años y ve el mundo como un lugar fascinante donde todo está por descubrir. No se sorprende fácilmente, porque no tiene prejuicios ni conoce nada con que pueda comparar. La sociedad todavía no le ha obligado a seguir el camino por el que andan los demás, así que no sabe lo que es el peligro, la duda o la decepción. Vemos juntos la cabalgata de reyes por la televisión y, mientras señala la pantalla, repite los nombres que le susurro al oído. Melchor. Gaspar. Baltasar. Le digo que esa noche vendrán a traerle regalos, pero él no lo entiende y se limita a repetir los tres nombres. Le señalo el lugar donde los encontrará la mañana siguiente, bajo el árbol de navidad, ese abeto natural que me juré nunca comprar y que ahora perfuma todo el salón. Si está ahí es por él. Y si le cuento una historia que en su día aborrecí, también es por él. Para enseñarle que lo más importante de este mundo es la ilusión. Para recordarle que ésa es la llave que abre todas las puertas, la fuerza que nos empuja a alcanzar nuestras metas y que, sin ella, nada vale la pena. Para decirle que cualquier cosa es posible si cree realmente en ella.      


domingo, 16 de julio de 2017

Tradiciones

La primera vez que lo vemos, nos atrae por su novedad. La segunda pensamos que la casualidad lo ha cruzado en nuestro camino. A la tercera empezamos a pensar que hay algo detrás de esa repetición inesperada. A la cuarta estamos convencidos de ello y a la quinta vez ya forma parte de nuestro carácter. Acabamos haciendo nuestro todo lo que, de forma espontánea u obligada, se repite, como las impuestas tradiciones, que representan la manera en que un colectivo entiende el mundo. Durante estos años de vida entre tres países, no sólo he aprendido que un mismo hecho es interpretado de forma distinta en cada tierra, sino que lo más importante es enriquecerse comprendiendo cada cultura y punto de vista. De la misma manera que un objeto sólo puede ser percibido en su totalidad si lo observamos desde todos los ángulos posibles.

Muchas de las tradiciones que unen países tienen un origen religioso, aunque la distinta forma de seguirlas define a cada nación. La Pascua de resurrección, por poner un ejemplo, se resume en Francia, como en buena parte de Europa, en los clásicos huevos y figuras de chocolate que llenan los escaparates de las tiendas. La semana santa no se celebra y el único día festivo es el lunes. Los más religiosos van el domingo a misa, pero la mayoría pasa el día buscando los ansiados huevos, que la costumbre manda esconder en el jardín, junto con regalos para los más pequeños de la casa.

En Rumanía, la Pascua ortodoxa es una gran celebración familiar, incluso más importante que la Navidad. La mesa se queda pequeña cuando recibe los platos preparados durante días. Entre ellos no falta la ensaladilla rusa (“ensalada de buey” la llaman, si traducimos literalmente) ni el sarmale, imprescindible en todo festejo, que consiste en rollitos de hojas de col fermentada, rellenos de carne de cerdo, arroz y tomate. Los rumanos, grandes amantes de los rituales, van antes a la misa de las doce de la noche para cumplir con una ancestral costumbre: encender una vela en la iglesia y llevar el fuego hasta su casa, antes de pasar por el cementerio para ofrecerlo a los que ya se han ido. La Pascua es también la esperada excusa para jugar con los típicos huevos de colores, intentando romper el huevo del adversario y guardar el propio intacto.

En el país de Drácula, cada momento importante de la vida se ve acompañado de innumerables ritos. Cuando un niño celebra su primer cumpleaños, por ejemplo, los padres organizan una gran fiesta que culmina con una curiosa costumbre: los padrinos le cortan su primer mechón de pelo, pasándolo antes por una especie de roscón que después se comen los invitados. Además, disponen sobre una mesa una serie de objetos para que el niño elija entre ellos. Según la tradición, lo que coja en primer lugar, impulsado por su instinto más visceral, hablará de su futura profesión.

De vuelta a Francia, anteayer celebramos el catorce de julio, la fiesta nacional, día en que todo hijo de vecino puede tirar petardos donde y como quiera. Los clásicos fuegos artificiales, que se tiran en todos los pueblos y ciudades, dibujan el inevitable telón de fondo de este día festivo, que acaba con el no menos tradicional baile de los bomberos. Todas las estaciones de bomberos se abren al público para convertirse en improvisadas discotecas donde bailar hasta la madrugada. La tradición surgió en la época de entreguerras, cuando un equipo de bomberos regresaba a su estación de Montmartre, tras haber participado en el desfile de los Campos Elíseos, y se vio seguido por una inesperada multitud. Al llegar decidieron mostrarles la estación, así como alguna que otra técnica de extinción de fuegos y, sin saberlo, crearon un hábito que se extendió por todo el país.


Pero ni en Francia ni en Rumanía he encontrado todavía nada que se parezca a las tradiciones de nuestra España cañí, donde el patrón (o patrona) de cualquier localidad se convierte en el cómplice perfecto de un desmadre colectivo. En estos días de sanfermines, vienen a mi memoria todas esas celebraciones que se suceden con la precisión de un reloj suizo. Aunque los españoles no tengamos fama de puntuales, en lo que a festividades se refiere respetamos cada día y hora del calendario. Personalmente, no suelo seguir costumbres que no haya creado yo mismo. Tal vez porque mi vida, en general, no es nada tradicional. Pero si la tradición en cuestión supone pasar un buen rato en buena compañía, no seré yo el que la rechace. Esté donde esté.

domingo, 10 de julio de 2016

Días especiales

Hay días que brillan con luz propia. Instantes a los que prestamos más atención porque, de una u otra manera, significan algo para nosotros. Son fechas señaladas en el calendario, que se hacen esperar con impaciencia o se ignoran deliberadamente. Son jornadas especiales de antemano, aun cuando no hayan hecho nada para merecerlo. Son momentos fijados por un recuerdo más o menos agradable, que conmemoran un hecho importante de vidas propias o ajenas. Su singular condición hace que un año se vea menos vacío y nos fuerza a preparar una jornada que parecemos obligados a disfrutar. Son días que dependen de cada persona, pero también del país que los quiere imponer.

Los más importantes son los que decidimos nosotros, directa o indirectamente: cumpleaños, aniversarios, santos... cuando festejar es un acuerdo tácito entre nosotros y la persona que un día fuimos, que un día se casó, empezó una relación importante o cualquier otra cosa que merezca ser recordada. Hay otros días que buscan también tocar nuestra fibra sensible, pero con los que no tenemos una relación íntima y que son impuestos por una nación, una religión, una tradición (local o importada) o un centro comercial. Se trata del día de la constitución, navidad, halloween o el black friday, por poner algunos nombres y apellidos. Mi vida entre tres países me ha permitido observar cómo cada territorio cambia estas celebraciones, acepta unas o rechaza otras.

Sin ir más lejos, el pasado diecinueve de junio fue el día del padre en Francia, aunque cambia cada año al estar ligado al tercer domingo del sexto mes. La fecha está tan alejada en el tiempo del día del padre español, como su origen. Todo se remonta a cuando un fabricante de mecheros, en mil novecientos cuarenta y nueve, decidió promocionar un nuevo encendedor de gas con el novedoso lema "día del padre". No sólo tuvo un éxito arrollador, sino que empezó una tradición que obligó a todo hijo de vecino a comprar el mechero de turno a su padre. Aunque el objeto haya cambiado, el trasfondo consumista, que apela a nuestra sensibilidad para gastar, como si de un vil chantaje se tratara, sigue estando ahí. En Rumanía este día ni siquiera existe.

En el caso del día de la madre, cada país recurre a una fecha y a una razón distintas para celebrarlo. Los franceses reservan el último domingo del mes de mayo gracias al impulso del mariscal Pétain en mil novecientos cuarenta y dos, aunque la festividad no se hizo oficial hasta ocho años más tarde. En el contexto de la Segunda Guerra Mundial, surge como un homenaje a las responsables de engendrar "hombres sanos y pueblos fuertes", según el machista discurso de Pétain, que intentaba consolar a aquellas mujeres que habían perdido marido e hijos en la contienda.

En Rumanía la celebración coincide con el Día Internacional de la Mujer (el ocho de marzo), en un notable ejercicio de coherencia. Allí es una fiesta importante donde nadie (ya sea hombre o mujer) duda en felicitar a todas las mujeres que forman parte de su vida y el festejo traspasa el ámbito materialista al que estamos acostumbrados. Además, supone la culminación de una semana de festividades que empieza el uno de marzo y gira en torno a la primavera. Es el momento de regalar los entrañables "martisor", pequeños accesorios portadores de fortuna que las mujeres lucen toda la semana, atados con un hilo blanco y rojo. El país de Drácula celebra también el día de los niños, el uno de junio, en el que, una vez más, el lado humano se impone al material para felicitar simplemente a los pequeños de la casa u ofrecerles una fiesta en vez de colmarles de regalos. Y como los mayores también se merecen una pequeña consideración, en España tenemos el día de los abuelos, el veintiséis de julio. En Francia, sin embargo, sólo existe el día de la abuela (el primer domingo de marzo), como si los hombres, menos longevos, no tuviéramos derecho a tener nietos...

Pero en medio de todas estas celebraciones impuestas, tan políticamente correctas, no termino de sentirme a gusto. ¿Por qué no dejar la puerta abierta a la improvisación del detalle fortuito o a la magia del "te quiero" inesperado en lugar de privilegiar gestos forzados? Así que yo prefiero ir a tomar el té con el sombrerero loco y celebrar nuestro no cumpleaños, por la simple razón de que podemos hacerlo trescientas sesenta y cuatro veces al año. Como ya dijo el gran Joaquín Sabina, "que todas las noches sean noches de boda; que todas las lunas sean lunas de miel".  

domingo, 10 de enero de 2016

Dos bodas y media (II) : Que no nos corten las alas

A veces resulta difícil escapar de las garras de la tradición. A veces cuesta demasiado salir de los prejuicios habituales que nos envuelven. A veces el precio por evitar los dictados de la sociedad es demasiado alto. Rechazamos los convencionalismos por el simple hecho de haber sido impuestos sin preguntarnos antes, sin dejarnos elegir. Huimos de todo aquello que no depende de nosotros y limita nuestra libertad. Cuando nos obligan a bajar la cabeza y asentir, tenemos derecho a pedir explicaciones a cambio. Que no nos corten las alas sin haber volado antes. Que nos dejen alzar el primer vuelo antes de encerrarnos, pues será nuestra única arma para reclamar lo que nos deben.

Desde nuestra llegada a Rumanía supimos que no iba a ser fácil salir del camino establecido: nadie entendía por qué no queríamos hacer lo que todo el mundo hacía. Nos deshicimos en explicaciones que se perdieron en el aire, pues es imposible convencer a quien nunca ha ido más allá de las imposiciones y a quien le han robado la curiosidad. Fueron precisamente las imposiciones locales y mi curiosidad las que nos empujaron a celebrar una boda tradicional rumana, pero los hábitos no tardaron en asfixiarnos y no fuimos capaces de seguir todas las costumbres.

Entre esos ritos procedentes de la religión, de supersticiones y de un inefable saber popular, destacaré que la boda duró tres días. En el primero, la familia de la novia nos invitó a una simpática fiesta para "marcar" el domicilio familiar con unas ramas de abeto colocadas en la puerta, que bendijimos con una mezcla de vino y agua y los cánticos habituales. El día de la boda mis padrinos me vistieron y aprovecharon para gastar todo tipo de bromas, afeitándome con crema chantilly y una espada u ofreciéndome ropa que no era la mía... Acompañado por mi séquito, volví a la casa de la novia para pedir su mano a su madre, que me rechazó dos veces. Como a la tercera va la vencida (no sólo en Rumanía), acabó cediendo y tuve que buscar a la novia en la casa, aunque, gracias a la aprobación de mi suegra, ya no fue difícil. Para seguir con las tradiciones partieron una tarta sobre la cabeza de la novia (sí, fue tan extraño como parece) y nos dirigimos a la iglesia, siempre acompañados por un abeto, símbolo de protección y fertilidad. La ceremonia religiosa siguió el rito cristiano ortodoxo y nos sorprendió a todos los españoles por su solemnidad y belleza. Ya en la celebración, lo más destacado fue la interminable sucesión de comida, bailes tradicionales, comida y más bailes (en este orden además) hasta bien entrada la madrugada. Y, cómo no, a medianoche la novia fue secuestrada para comprobar hasta dónde podían llegar mi desesperación y capacidad de negociación. Siguiendo con las costumbres, al día siguiente la familia de la novia nos ofreció una estupenda comida que sería el final perfecto para tres intensos días difíciles de olvidar.

No me detendré en explicar por qué no hicimos una tercera boda, española esta vez. Sencillamente pensamos que dos bodas en dos países distintos y en menos de una semana serían suficientes. A pesar de todo se me ocurrió la genial idea de, ya puestos, formalizar las cosas también en mi país de origen, pensando que la carrera de obstáculos había terminado. Así de confiado llegué al consulado español de Lyon, donde la responsable del registro civil sacó el formulario correspondiente y todo parecía ir bien, hasta que mencioné la nacionalidad de mi mujer. "Bueno, bueno, esto va a ser muy complicado", me soltó, insinuando las ventajas que ella podía obtener de la nacionalidad española y que no creo sirvan de mucho mientras vivamos en Francia. Mi indignación aumentó por momentos y antes de romper mi pasaporte delante de ella y salir corriendo para pedir la nacionalidad francesa, le dije que ya nos habíamos casado en Francia, donde no habíamos tenido ningún problema. "No he dicho que fuera imposible -continuó-, pero usted comprenderá que éste no es el caso del españolito cualquiera que se casa con una de su pueblo. Tendrá que rellenar este formulario, entregarlo con los documentos requeridos y esperar la decisión del cónsul". Así que respiré hondo, me preparé para el sprint final y volví unos meses después con todo lo necesario bajo el brazo.

Unas semanas más tarde mi mujer me preguntó si el papeleo español se había terminado y contábamos con el beneplácito del cónsul o tendríamos que organizar otra boda. Yo le contesté que ni había comprobado la validez de los papeles españoles, ni lo haré nunca. Ya no importaban las trabas que la burocracia o la sociedad pusiera frente a nosotros, ya nadie podía cortarnos las alas.  

Funeral en Bali (Indonesia), 06/05/2015

No podemos dejar que los lugares, las costumbres y las formas de ver el mundo que nos separan, escondan los gestos, las miradas y las reacciones que nos unen.

domingo, 27 de diciembre de 2015

En torno a la mesa

Las acciones aisladas se pierden en la memoria. Se convierten en anécdotas más o menos importantes, momentos pasajeros capaces de marcar fugazmente una vida, pero que acaban desapareciendo en el olvido. La repetición cíclica de esos instantes los transforma en hábitos capaces de dirigir el rumbo de toda una sociedad. Nos reconocemos en nuestras costumbres, en la constante repetición de rituales. La Navidad forma parte de esas reiteraciones que bajo un mismo nombre se suceden de forma distinta en cada país y cuyos matices muestran la personalidad local. Poco importa en qué lugar estemos, pues todos compartimos esa debilidad por reencontrarnos en torno a una mesa para pasar las horas comiendo, riendo, recordando o simplemente compartiendo un momento. Este año mi mesa está puesta en Francia, donde nuestros turrones se encuentran con su foie gras y donde sólo el recuerdo trae el aroma de las Navidades más especiales, las que vivimos cuando somos niños.

Tengo que confesar que los franceses me tratan de ludópata cuando les digo que la Navidad empieza realmente el 22 de diciembre con el sorteo de lotería. Les cuesta imaginar que unas fiestas familiares puedan comenzar con un juego de azar y el hecho de decir que son niños los que cantan los números premiados no ayuda a mejorar nuestra imagen... Poco importa que insista en explicarles que no he comprado un décimo en mi vida, pero que nunca olvidaré cuando iba al colegio y el portero de mi edificio escuchaba el sorteo en la radio. Aquella música se repetía cada vez que pasaba frente a una panadería, un bar o cualquier otro comercio abierto y los corros improvisados se formaban cuando los niños cantaban con fuerza para anunciar orgullosos el gordo.

En Francia los niños sólo cantan villancicos (no será lo único que tengamos en común) y la Navidad llega sólo en Nochebuena. La tradición mandará que el foie gras preceda al pavo relleno y que el postre traiga la "bûche de Noël", una especie de brazo de gitano al que no haremos ascos. Y, cómo no, los clásicos bombones se comerán a todas horas. Los encontraremos en el trabajo, en la pausa para el café, pero también en cualquier hogar nos los ofrecerán nada más entrar. Son los inevitables "papillotes", bombones con un envoltorio dorado que en el interior esconden un chiste, una adivinanza o una cita célebre, una excusa para comenzar una conversación con quien queramos compartirlos. Curiosamente, aunque los manjares clásicos franceses están en nuestra mesa, ninguno de los comensales hemos nacido en la Galia. Son unas Navidades atípicas, pero ningún gabacho vendrá a reprochárnoslo. Ni siquiera lo ha hecho Papá Noel, al que excepcionalmente hemos dejado entrar a sabiendas de que los pirineos son infranqueables para los Reyes Magos.

Tal vez sea una de las cosas que más echo menos, pues durante mi estancia en Francia sólo he podido prolongar una vez las vacaciones de Navidad hasta Reyes. Las fiestas se acabarán tras el año nuevo, cuando en España empezará la cuenta atrás para la llegada de los Reyes Magos. Aquí no es lo mismo y quien espere un día festivo o incluso regalos ya puede hacer las maletas. En vez de roscón, los franceses tienen la "galette des rois", una tarta de hojaldre rellena de pasta de almendras que esconde una figurita dentro y que, como todos los dulces que preparan aquí, es irresistible. La tradición es comerla el primer domingo del año, pero ¿quién puede reservar un dulce así a un único día? Así que durante todo el mes de enero se sucederán las cenas o reuniones entre familiares y amigos para ver quién se corona rey, como si se tratara de un auténtico deporte nacional.

Para acabar, lejos de los discursos moralizadores y de los arrebatos consumistas propios de estas fechas, yo me quedo con los ojos del niño que acaba de ver el futuro en la bola de madera que sostiene entre sus dedos. Ha esperado todo el año este momento y ha perdido la cuenta de las noches que lleva sin dormir. Por más que lo intenta, es incapaz de dibujar una sonrisa mientras su boca se agranda para cantar con todas sus fuerzas el número premiado con el gordo. La melodía no le deja escuchar otra cosa, ni los gritos de felicidad que surgen en el teatro, ni las botellas de champán que empiezan a descorcharse donde se vendió el número, ni el estruendo de los aviones que en esos momentos aterrizan trayendo a todos los que no pudieron comprar un décimo, pero para quienes el regreso es el mejor premio.