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sábado, 28 de diciembre de 2019

Un poquito de por favor

Si nos sentimos solos en medio de la multitud, cuando deberíamos encontrarnos más acompañados que nunca, significa que algo va mal. Que la sociedad ha disfrazado esta situación de normalidad: antes nos preocupaba, pero ahora se ha vuelto casi irreversible. La soledad acompañada es cada vez más difícil de revocar.

Se abren las puertas de un tranvía abarrotado, veo el escaso espacio que queda, agarro a mi hijo con una mano, sostengo su bicicleta y su mochila con la otra. Es el tercer tranvía que pasa desde que llegamos, hace diez minutos, a la parada, así que no pienso perderlo. Salen tres pasajeros, el milagro se produce y conseguimos entrar, al tiempo que seis personas nos empujan por detrás. El inevitable choque se produce, la bicicleta acaba contra la pierna de no sé quien y las puertas se cierran mientras mi hijo, con la cabeza a la altura de mi cintura, respira con dificultad y saca todo el aire de sus pulmones con un sonoro llanto. Para conseguirle una burbuja de aire, empujo a quienes nos rodean utilizando la bicicleta como arma blanca. El llanto silencia las conversaciones, pero no fomenta la solidaridad. En esos momentos reprimo unas incontenibles ganas de gritar “un poquito de por favor”, cual Fernando Tejero en Aquí no hay quien vida, aun a riesgo de pasar por loco, pues ningún gabacho me habría entendido. Unas paradas después, cuando empezamos a tener más espacio, consigo hacer malabarismos con bicicleta, mochila y niño para pasar el abono por la máquina, no sea que, además, un revisor me dé la puntilla. Un alma caritativa se apiada de nosotros y le ofrece un asiento a mi hijo, algo que solo me ha sucedido tres veces en cuatro años.

Reconozco que la situación está lejos de corresponderse con las expectativas que tenía al llegar a Francia. Nuestros vecinos tienen fama de ser más corteses que nosotros, pero a la hora de la verdad, cuando realmente necesitamos esa cortesía, comprobamos que en todas partes cuecen habas y que unsmartphonenos aleja más de nuestros congéneres de lo que pretende acercarnos. Cual efectiva máscara, esconde el rostro de su propietario y, con unos auriculares como cómplices, le exime de cualquier obligación social. Todavía no he visto a nadie levantar la cara de la pantalla para ver qué ocurre a su alrededor. Lo comprobé cuando mi mujer estuvo embarazada, más tarde cuando tuve que apañármelas con un carrito de bebé y ahora que me toca mantener el equilibrio con los accesorios más variopintos. Nunca me he sentido más solo en medio de tanta gente.

Así que la frase de Fernando Tejero es más actual que nunca, sobre todo si queremos que la solidaridad sea algo más que un emoticono en el whatsapp. Más aún cuando las fechas navideñas parecen obligarnos a ser más amables de lo habitual, aunque la mayoría se sienta únicamente empujada a consumir más de lo habitual. Espero que, al menos, la navidad nos permita volver a ver el mundo con los ojos del niño que fuimos. Cuando se tiene un hijo, resulta más fácil: sentimos la natural obligación de ofrecerle la infancia más feliz posible, para que siempre pueda llevar consigo un agradable recuerdo que le permita sobrellevar los momentos más amargos. Incluso si nos juramos que no obligaríamos a nuestros hijos a creer en una mentira, nos vemos reescribiendo con ellos la carta a los Reyes Magos. Porque sabemos que si la ilusión se ausenta durante la infancia, todo está perdido de antemano. 

Este año descubrimos en Francia un ritual que adoptamos con gusto. Se trata del calendario del adviento: un panel con veinticuatro casillas para abrir cada día de diciembre, antes de navidad, dentro de las cuales el niño encuentra una figura de chocolate. Como todo en esta época, se ha convertido en un hábito consumista más, pero uno no deja de mirar cada cuadrado con optimismo, pensando que, algún día, al final del calendario, conseguiremos recuperar el por favor perdido por el camino.

domingo, 26 de mayo de 2019

Una de madres, padres e hijos

A veces celebramos que sin ciertas cosas la vida sería imposible. Suele ser una vez al año, obligados por una sociedad cada vez más consumista, ávida de ritos con que esclavizar a la creciente población. Si bien hoy toca felicitar a las madres, conviene refrescar unos cuantos principios antes de regalar lo que se tercie. 

No, no me he equivocado de fecha, pues en Francia el día de la madre se celebra el último domingo del mes de mayo. Es el momento en que pensamos en ellas y en su siempre infravalorada labor. Incluso la sociedad actual, que se acerca a grandes pasos a la igualdad, sigue ejerciendo una enorme presión sobre ellas, que hacen frente a las mismas exigencias laborales que sus compañeros masculinos, pero sin descuidar sus obligaciones como madres. Cuando se trata de los padres la presión es menor, porque, aunque hayamos cambiado, todavía arrastramos un modelo de familia tradicional. La verdadera igualdad no llegará hasta que los padres no asumamos todas nuestras responsabilidades y carguemos con la mitad del peso de la familia. 

Yo he afrontado el reto y reconozco que no es fácil, pues supone entrar en un mundo habitualmente femenino. Cuando voy a recoger a mi hijo, tanto antes en la guardería como ahora en el colegio, suelo estar rodeado de madres. Cuando busco ayuda en publicaciones de puericultura, descubro que la mayoría está dirigida a mujeres. Y si echamos mano a libros más antiguos, vemos que asignan a la mujer el cuidado exclusivo de los hijos, hasta que llegan a cierta edad. Los padres parecemos relegados a un segundo plano en el caso de la educación de los niños, y cuando intentamos equilibrar la balanza nos encontramos muy solos, con la cabeza llena de dudas, sobre todo cuando vivimos en el extranjero y no tenemos familiares cerca. Y es que la educación secundaria debería incluir una asignatura obligatoria que nos preparara a afrontar el reto de criar a un niño (o una niña) con solvencia. Resulta sorprendente que no recibamos formación alguna para uno de los trabajos más importantes que vayamos a desempeñar en nuestra vida. Y así nos va, dejando a los críos bajo el cuidado del todopoderoso internet, quejándonos cuando vemos que carecen de todo tipo de valores o educación. 

Y para darle la vuelta a la tortilla, me gustaría recordar que sin hijos no habría madres. Es decir, que sin políticas que incentiven la natalidad, el número de madres seguirá disminuyendo. La ausencia de ayudas estatales, los contratos precarios, la inestabilidad laboral y la pérdida de poder adquisitivo hace que nos lo pensemos más de una vez antes de traer un niño al mundo. De este modo, países como España e Italia sustentan las peores tasas de natalidad de Europa. Y encabezando la lista se encuentran Irlanda, Suecia, Reino Unido y Francia. En el país galo contamos con numerosas ayudas, que van desde los mil euros en el nacimiento hasta una mensualidad que se recibe durante toda la infancia del niño, adaptada al poder adquisitivo de cada familia. De momento España ha dado un gran paso con la prolongación de la baja por paternidad, pero el camino para evitar el crecimiento negativo sigue siendo largo. 

No es fácil ser madre, o padre, pero si dejáramos de intentar algo por el simple hecho de ser difícil, nunca haríamos nada. Se trata, en definitiva, de usar más el sentido común, no solo en la creación de nuevas políticas familiares, sino en las decisiones que tomamos en nuestro día a día. No hay que esperar a que los astros se alineen y nos encontremos con la mejor situación posible. Basta con que cambiemos nosotros, con que tomemos la iniciativa y hagamos caso a nuestro instinto, convencidos de nuestras capacidades. Y entonces veremos que esas condiciones perfectas que pensábamos inalcanzables (la utópica igualdad o las necesarias ayudas) acaban tomando forma, rendidas ante el peso de nuestro propio esfuerzo.

domingo, 3 de marzo de 2019

Buenos deseos

Todo empieza siempre con buenos deseos. Cuanto emprendemos, ya sea una actividad, un trabajo, unas vacaciones…, debe comenzar bien y acabar de la misma manera. Queremos que todo suceda lo mejor posible, que el camino no tenga baches y que nada nos impida lograr nuestros objetivos. Y tiene sentido, porque no vale la pena empezar algo si no estamos convencidos de que acabaremos con éxito. Luego la realidad se encargará de demostrar si estábamos en lo cierto, de comprobar si nuestras aptitudes eran las necesarias y de poner las cosas en su debido sitio.

Es algo recurrente en año nuevo, como un reflejo que repetimos de forma instintiva, no sabemos si movidos por un verdadero sentimiento de empatía o por la simple reiteración de una convención social de obligado uso. Deseamos un feliz año a quien está junto a nosotros, pero también a quien se encuentra al otro lado de un teléfono o de una pantalla, a quien vemos de forma ocasional o a quien cuya vida nos importa lo más mínimo. 

En Francia, donde la educación y las buenas formas llegan a límites insospechados, este hábito roza con demasiada frecuencia lo obsceno. Más allá de los primeros días o semanas, se puede felicitar el año hasta finales de enero. Si durante esas fechas nos encontramos con alguien a quien no vemos desde el año pasado, ya sabemos cómo debemos empezar la conversación. Pero si soltar un “feliz año” a bocajarro durante las dos primeras semanas es lo más normal del mundo, su uso en la segunda quincena se vuelve cada vez más raro. Salvo en el ámbito laboral, donde la imagen que aparentamos importa demasiado y muchas aberraciones están permitidas. Así, todos los emails empiezan con artificiosas construcciones que desean lo mejor (e incluso más) a su lector. Poco importa lo que venga después, si escribimos a compañeros que aborrecemos o si ponemos a caldo al destinatario por incompetente, dando lugar a cómicos contrastes. Las fórmulas de cortesía son infinitas en la lengua francesa, donde nada es lo suficientemente cursi, y ponen en evidencia una hipocresía subyacente en cada palabra de forzada condescendencia. 

También está la costumbre de los “vœux” (deseos). Se trata de las típicas tarjetas que se envían por correo para felicitar el año (aunque los emailsya son mayoritarios) y los destinatarios son antiguos y futuros clientes. Suponen un pretexto para decir “estoy aquí, acuérdate de mí porque yo he pensado en ti”. También se les llama “vœux” a unas ceremonias que organizan todos los ayuntamientos galos. En ellas, el alcalde de turno prepara un discurso en que habla de los principales logros del ejercicio anterior y de los que depara el nuevo año, seguido por un cóctel o “vin de l’amitié” (vino de la amistad), donde todos los vecinos intercambian opiniones con una copa en la mano. Y cada vez más empresas comparten este hábito, prolongación de las cenas navideñas, en donde desean un productivo año a sus empleados y clientes, ofrecen una fiesta más o menos suntuosa y demuestran de lo que son capaces.

Ni que decir tiene que yo también me he visto atrapado en esta ineludible red de apariencias. Yo también he empezado mis emailscon la frase “antes de nada…” y yo también he enviado los obligados vœux, aunque, eso sí, utilizando frases originales que ofrezcan una alternativa a las manidas palabras ñoñas. Ya sé que acabamos de empezar el mes de marzo y todo esto queda un poco lejos, pero nunca lo había mencionado en este blog y me apetecía comentarlo. Además, quería desear a todos mis lectores que este año 2019, simplemente, pase. Para bien o para mal. Deseo que nos reencontremos dentro de un año en esta página, tal y como somos. No deseo salud, amor, dinero o éxito profesional. Deseo simplemente que no perdamos las ganas de hacer lo que quiera que hagamos. Porque de poco sirve ser afortunados si no valoramos lo que tenemos o nos faltan ganas para disfrutarlo. 

domingo, 11 de febrero de 2018

La vuelta al mundo en 80 bocados

Inspiramos con fuerza y sentimos cómo nuestros pulmones se llenan de un extraño aire. No lo podemos ver, pero sabemos que contiene algo distinto. Un aroma impregna el ambiente, lo define y cambia con cada temporada. Nos recuerda sensaciones pasadas y nos hace revivir momentos casi olvidados. Espiramos y empezamos de nuevo, intentando distinguir esta vez los ingredientes del postre que acabamos de probar, iniciando un inevitable viaje a un destino que nos es familiar.

Si en Francia enero sabe (y huele) a galette des rois (torta de hojaldre y crema de almendras, equivalente a nuestro roscón de reyes), febrero sabe a crêpes. Como manda la tradición, el día de la Candelaria (2 de febrero) se preparan toneladas de esa fina masa que podemos rellenar a nuestro antojo: azúcar, mermeladas de todo tipo, caramelo, chocolate, nata, helado... Siendo una de las combinaciones más acertadas (y clásicas) los deliciosos crêpes con caramelo a la mantequilla salada. Este irresistible postre procede de la región de Bretaña, aunque se consume en todo el país, ya sea en los socorridos puestos de comida ambulantes o en las cuidadas "crêperies". En éstas encontraremos también los crêpes salados o "galettes", hechos con harina de trigo sarraceno y rellenos con embutido, cebolla, champiñones, varios tipos de queso y muchos más ingredientes que explotan la versatilidad de una masa cuya utilización se ha extendido por todo el mundo. Y, como es costumbre, acompañaremos nuestros crêpes con una buena sidra bretona, servida en un pequeño bol (o bolée). Siempre me ha gustado esta particular manera que tienen los franceses de empezar el año. Las galettes de rois o los crêpes son meras excusas para organizar una merienda o una cena entre familiares y amigos, para combatir con calor humano y buenos momentos en torno a una mesa el frío, la lluvia y la nieve del rudo invierno.

Febrero también sabe a "bugnes" (buñuelos de carnaval), un postre típico de Lyon que la tradición manda comer en mardi gras (o martes de carnaval). Se trata de una masa, hecha con harina, huevos, mantequilla, azúcar y levadura, que no tiene mucho misterio y que podemos encontrar en muchos otros países, como en Italia, en Rumanía o en España, por citar tres ejemplos. En el fondo no nos diferenciamos tanto como creemos y lo que pensamos que son especialidades locales, son, en realidad, manifestaciones del subconsciente colectivo, que cambian de nombre o forma dependiendo de donde nos encontremos. Basta con viajar o conversar con personas de distintos orígenes para rebajar un poco nuestro orgullo hacia todas las cosas que imaginamos genuinas de nuestra tierra. Fue así como me dí cuenta de que las torrijas también se comen en Francia (donde se llaman con acierto "pan perdido", "pain perdu"), en Rumanía y en muchos otros sitios. Una amiga china me explicó que la leche frita también se puede probar en su país, así como el arroz con leche, que procede precisamente de Asia, desde donde se exportó a todo el planeta.

También hay productos que, aunque los encontremos en otros lugares, no se utilizan de igual manera. Un claro ejemplo son los jarabes (sirops en francés), que en España asociamos más a los medicamentos, pero que en Francia son bebidas muy consumidas, sobre todo entre el público infantil. Estos concentrados de innumerables sabores (fresa, granada, menta...) se mezclan con agua para preparar bebidas refrescantes o acompañar postres. Fue una de las sorpresas que me deparó el país galo y que, todo hay que decirlo, no termina de convencerme. Aún así, combinados con ciertos licores dan lugar a cócteles que no están nada mal, como el kir (vino blanco con crème de cassis).


Y a pesar de que las bugnes no sean tan lionesas como nos quieren vender, Lyon sí que puede presumir de un chef local fuera de lo común, que llevó la cocina tradicional a un ámbito superior, al de la llamada "nouvelle cuisine". Se trata de Paul Bocuse, considerado como "el chef del siglo" y cuyo principal mérito fue el de dignificar a los cocineros. Aunque murió el pasado veinte de enero, le sobrevive un legado que nunca desaparecerá. Su cocina ya forma parte del subconsciente colectivo, como todas esas recetas que dan la vuelta al mundo y que hoy he querido repasar. Esas que hablan del choque cultural entre varios países, pero nos demuestran que todos pisamos la misma tierra y nos reconocemos en ella. Y no hay que despreciar o ensalzar unas respecto a otras, sino asumirlas como un rico patrimonio que solo nuestro personal gusto se encargará de ordenar. 

domingo, 14 de enero de 2018

Restos de un mundo acabado

Al ensuciar el suelo construyen el paisaje de las primeras semanas de enero. Empezamos el año pisando los restos de un mundo acabado. Las hojas de abeto cubren las aceras y su rastro delata el pasaje de más de un cadáver. Los que hace apenas unos días fueron árboles de navidad y decoraron multitud de hogares, se agolpan ahora en las cunetas o en las calles de cualquier ciudad francesa. Abandonados a su suerte, que su futuro fuera anunciado de antemano no hace que sea menos triste.

En Francia, como en muchos otros países, es fácil hacerse con uno de esos abetos. Durante el mes de diciembre abundan los puestos callejeros donde podemos elegir la especie y el tamaño de nuestro temporal compañero. Frente a cada supermercado, en las grandes superficies o en los mercadillos navideños. Fueron plantados para jugar su particular rol, respaldados por una larga tradición. Más tarde, en el calor de los salones familiares, que acelera su inevitable degradación, son decorados por adultos y niños, que encontrarán los esperados regalos a sus pies el día de Navidad. Porque los llamativos envoltorios son el eje en torno al que giran las fiestas de fin de año. El verdadero origen de estas celebraciones se ha convertido en un secundario telón de fondo, oculto tras un consumismo exacerbado. En los abarrotados centros comerciales nos convertimos en víctimas de la sociedad, haciendo lo que los demás quieren que hagamos, ahogados entre objetos que esperan ocupar su lugar bajo el abeto de turno, sin encontrar el sentido de este artificial circo. No me opongo al hecho de regalar, de tener un detalle y pensar en una persona para ofrecerle algo que forme parte de su vida. Pero no soporto que otros programen nuestros deseos y decidan cuándo y cómo consumiremos, valiéndose del black friday, de las navidades, de las rebajas, del día del padre o de la madre y de las nuevas tecnologías con caducidad programada para asegurarse de que nunca saldremos de este círculo vicioso.

Siguiendo con las tradiciones de esta época del año, en el país galo, una vez abiertos los regalos el veinticinco de diciembre y acabadas las comidas familiares de rigor, no hay nada que rascar. Sólo queda preparar los planes de Nochevieja (palabra que no tiene traducción en francés, que la llamará simplemente "noche de San Silvestre"), pues el dos de enero toca volver a la normalidad. Si bien en España aprovechamos el día de los Santos Inocentes para gastar las bromas de rigor, nuestros amigos del otro lado de los Pirineos tendrán que esperar hasta el uno de abril, cuando el llamado "poisson d'avril" (pez de abril) sustituirá al clásico "inocente, inocente". Así que, llegada la primera semana de enero, cuando se acumulan en las calles los restos de un mundo consumista y vacío, no puedo evitar pensar en las costumbres de mi país natal, donde tantos niños esperan la llegada de los Reyes Magos. Recuerdo con nostalgia la ilusión de esa cuenta atrás y los nervios de la especial noche del cinco de enero. Así que compadezco a nuestros vecinos franceses, que carecen de un día en que los niños sean los únicos protagonistas. Ahora que soy padre también soy sensible a las voces que aconsejan no hacer que nuestros hijos crean en una mentira. Para ser sincero, recuerdo la amarga desilusión que sentí cuando descubrí la verdad. Ninguna navidad volvió a ser igual y hasta me juré a mí mismo que, llegado el momento, no le escondería nada a mi hijo para evitarle tal decepción hacia los adultos.


Ahora él tiene casi dos años y ve el mundo como un lugar fascinante donde todo está por descubrir. No se sorprende fácilmente, porque no tiene prejuicios ni conoce nada con que pueda comparar. La sociedad todavía no le ha obligado a seguir el camino por el que andan los demás, así que no sabe lo que es el peligro, la duda o la decepción. Vemos juntos la cabalgata de reyes por la televisión y, mientras señala la pantalla, repite los nombres que le susurro al oído. Melchor. Gaspar. Baltasar. Le digo que esa noche vendrán a traerle regalos, pero él no lo entiende y se limita a repetir los tres nombres. Le señalo el lugar donde los encontrará la mañana siguiente, bajo el árbol de navidad, ese abeto natural que me juré nunca comprar y que ahora perfuma todo el salón. Si está ahí es por él. Y si le cuento una historia que en su día aborrecí, también es por él. Para enseñarle que lo más importante de este mundo es la ilusión. Para recordarle que ésa es la llave que abre todas las puertas, la fuerza que nos empuja a alcanzar nuestras metas y que, sin ella, nada vale la pena. Para decirle que cualquier cosa es posible si cree realmente en ella.      


domingo, 10 de diciembre de 2017

Matices del francés

El tiempo acaba desvelando todos los secretos. Poco a poco, limpiando primero el polvo más superficial y quitando luego cada capa. Como un implacable juez convencido de que siempre encontrará la verdad. Ocho años de vida en Francia me han permitido conocer la lengua de Molière desde dentro y hacer un pequeño e incompleto balance. Para recordarme que cada día aprendo algo nuevo y que el tiempo siempre guarda una sorpresa en la recámara.

Son cosas que no se aprenden en los libros y ningún profesor se atreve a enseñar. Tal vez porque no son indispensables y sólo se usan en el lenguaje coloquial, que curiosamente es el que usamos la mayor parte del tiempo. Así que sólo gracias a la casualidad, las conversaciones, los libros y las películas se pueden advertir esos matices que un ojo atento no tarda en encontrar. Como es el caso de las siglas y los acrónimos, recursos muy utilizados por los franceses. En mi profesión, cualquiera sabe de lo que hablo si menciono un CCTP, una DPGF, un RICT o un PIGC, al igual que otros entornos cuentan con sus específicas siglas. Al principio nos resultará muy difícil seguir una conversación que las incluya, sobre todo si no conocemos su origen, pero acabaremos agradeciendo tal economía de palabras. Otros términos nos chocarán nada más escucharlos. Todavía me cuesta asimilar que "Mano" es un nombre propio de mujer. Diminutivo de Marie-Noëlle, para ser más exactos, que no tiene equivalente en español, pero que podríamos traducir por "María Navidad".

En el ámbito de las onomatopeyas, comprobamos que de poco sirven los sonidos aprendidos en la infancia. Todavía no sé por qué extraña razón los gallos franceses no cantan "quiquiriquí", sino "cocoricó", palabra que precederá toda reivindicación patriótica (no olvidemos que el gallo es el símbolo nacional) y que se parece bastante al canto de sus homólogos rumanos, "cucuricú". No creo que este detalle haya contribuido a que la lengua francesa haya vuelto a ser nombrada la más sexy del planeta. Seguramente quienes piensan que es tan romántica es porque no la han escuchado o hablado lo suficiente. Yo la considero una lengua demasiado melosa, en la que todo se suaviza en exceso. No sólo los sonidos, sino las expresiones reflejan una dulzura característica, como, por ejemplo, "se faire plaisir", que traduciríamos literalmente por "hacerse placer", aunque el verdadero equivalente es "darse el gusto". Si en español emplearíamos esta expresión en contadas ocasiones, en francés es muy usual. Toda elección parece condicionada por esa hedonista actitud. Y es que la lengua de Voltaire está plagada de "mots doux" (palabras suaves) que suavizan cualquier situación, por dura que pueda ser, en esa búsqueda del placer a toda costa.

Pero a veces el francés traspasa la frontera de la cursilería con bastante frecuencia y hace que el exceso de azúcar se vuelva indigesto. Si nos referimos al vocabulario relativo a los bebés (al que no he podido evitar recurrir), comprobamos cómo abundan las palabras creadas por la repetición de una simple sílaba. Un niño se suele llamar de forma cariñosa "loulou", de la misma manera que "nounou" se refiere a una niñera o "doudou" al peluche que acompaña de forma permanente a la criatura, sobre todo cuando duerme (hace "dodo"). Así, podemos componer frases tan monas como "le loulou a fait dodo avec son doudou chez sa nounou" (el niño ha dormido con su peluche en casa de su niñera). Hay muchas palabras que siguen en la misma línea, pero me resultan bastante ñoñas y las evito siempre que puedo.


Otras, sin embargo, siempre me han atraído por su fina ironía, como es el caso de "belle famille" (bella familia), que equivale a "familia política". Porque cuando los franceses llaman "belle mère" a su suegra, no es porque piensen que sea más guapa que su propia madre... La cortesía implícita en la lengua de nuestros vecinos gabachos les lleva a llamar "beau frère" o "belle soeur" (hermano guapo o hermana guapa) a su cuñado/a. De la misma manera abundan las fórmulas de agradecimiento que, aunque nos parezcan construcciones artificiosas, son de uso obligado. Y si no las utilizamos con la debida frecuencia nos arriesgamos a ser socialmente sancionados. Incluso si a veces me resulta difícil usarlas o encontrar la frase más adecuada para cada situación, reconozco que la educación nunca debe perderse. Porque, como decía mi padre, mi primer profesor de francés, recurrir a ella no cuesta dinero, nos abre todas las puertas y hace la vida más soportable.

domingo, 10 de septiembre de 2017

De vuelta

Si septiembre tuviera sinónimos, serían regreso, vuelta o nostalgia (por todo lo que acaba y no sabemos si recuperaremos). Más allá de las diferencias que separan naciones, todos coincidimos en las ganas de dejar todo a un lado durante un tiempo: partir en agosto y volver en septiembre. Es el mes melancólico, que supone el fin de muchas cosas, pero también el comienzo de otras. Y aquí estamos un año más, agradecidos por poder seguir luchando mientras nos acordamos de quienes se quedaron por el camino y no pueden decir lo mismo. De vuelta. De septiembre.

En Francia se trata del mes de la "rentrée", una de esas palabras que pierden toda su riqueza cuando la traducimos al castellano. Si bien equivale a nuestra "vuelta al cole", su significado es mucho más complejo y no se aplica únicamente a los niños. Igual de importantes son la rentrée politique (la reanudación de la vida política), la rentrée littéraire (fecha clave para editores y lectores, cuando una avalancha de nuevas publicaciones invade las librerías que, por suerte, todavía quedan) o la rentrée théâtrale (el comienzo de la nueva temporada en los escenarios). En Francia la rentrée es, en definitiva, uno de los momentos más importantes del año. Es la vuelta a la vida, cuando retomamos actividades, pero, sobre todo, empezamos nuevas y podemos reinventarnos a nosotros mismos. El calendario señala siempre el uno de enero como el comienzo de todo, cuando se formulan los nuevos propósitos, y nos hace olvidar que, en realidad, todo empieza en septiembre, como un eterno eje en torno al que gira, una y otra vez, el ciclo de la vida.

En mi particular regreso a la rutina, camino del trabajo, me he encontrado con todos esos actores que siguen jugando su mismo papel, perfectamente coordinados, saliendo a mi encuentro a la misma hora y en el mismo lugar (siempre que yo también conserve mis hábitos horarios). Si un día me retraso o adelanto, los rostros que tanto conozco ya no son los mismos. No ha faltado ninguno y me pregunto si, en mi ausencia, han seguido escenificando la misma coreografía.

Son las siete y cuarto de la mañana y la ciudad se despierta sin prisas. En una plaza la grúa se afana en llevarse los únicos coches que impiden que el mercado del barrio se instale como lo hace habitualmente, tres días a la semana. Unos tenderos esperan mientras otros abren sus camiones y exponen su fresca mercancía. Entre todos destaca siempre el carnicero, con su potente voz y su imperturbable sonrisa, bromeando con sus parroquianos. Sigo caminando y, algo más lejos, una señora anda absorta en sus pensamientos. Unas veces va mirando el suelo, otras mantiene la mirada en el horizonte, perdida, y se cruza fugazmente con la mía. Tiene el pelo gris, a la altura de los hombros, gafas y una bolsa que cuelga de su mano, donde seguramente lleve la comida para el descanso del mediodía. Se dirige a la boca del metro, donde un joven repartidor de periódicos gratuitos la espera con un ejemplar en las manos. Más allá, los bares árabes sirven los primeros tés del día. Sobre la pared del fondo hay un televisor, donde el telediario de la mañana anuncia los resultados deportivos del fin de semana. Sentados en una mesa, sus ropas manchadas delatan a unos pintores que intentan reunir fuerzas antes de empezar una nueva jornada. Caras de sueño, bostezos y pocas ganas de levantarse de la silla.


Y unas calles antes de llegar a mi trabajo se encuentra el único de estos personajes que no ha faltado un día a su cita, sentado junto al mismo portal, con su eterna gorra, su barba y sus gafas. Frente a él hay una pequeña cesta y un cartel que pide, por favor, una moneda. No implora ni dice nada, sólo observa la vida pasar como el perro fiel que espera le sea devuelta una mínima parte de la lealtad que ya ha ofrecido. Cuando, pasadas las siete de la tarde, emprendo el camino de vuelta a casa, lo vuelvo a ver en el mismo lugar, con la misma postura. Hay algo de admirable en su manera de actuar, de crear una rutina inalterable. Para él no hay rentrée que valga. Todos los días son el mismo. Le miro y me pregunto si los cambios que inventamos, nuestras idas y venidas, son una mera ilusión, un pasatiempo con que ocuparnos mientras la vida se repite siguiendo su habitual ritmo. A veces me dan ganas de dejarlo todo, sentarme a su lado, escuchar la historia que le ha llevado hasta allí y mirar, al fin, el mundo a los ojos. Sin que las comodidades y las distracciones escondan lo que de verdad importa.

domingo, 16 de julio de 2017

Tradiciones

La primera vez que lo vemos, nos atrae por su novedad. La segunda pensamos que la casualidad lo ha cruzado en nuestro camino. A la tercera empezamos a pensar que hay algo detrás de esa repetición inesperada. A la cuarta estamos convencidos de ello y a la quinta vez ya forma parte de nuestro carácter. Acabamos haciendo nuestro todo lo que, de forma espontánea u obligada, se repite, como las impuestas tradiciones, que representan la manera en que un colectivo entiende el mundo. Durante estos años de vida entre tres países, no sólo he aprendido que un mismo hecho es interpretado de forma distinta en cada tierra, sino que lo más importante es enriquecerse comprendiendo cada cultura y punto de vista. De la misma manera que un objeto sólo puede ser percibido en su totalidad si lo observamos desde todos los ángulos posibles.

Muchas de las tradiciones que unen países tienen un origen religioso, aunque la distinta forma de seguirlas define a cada nación. La Pascua de resurrección, por poner un ejemplo, se resume en Francia, como en buena parte de Europa, en los clásicos huevos y figuras de chocolate que llenan los escaparates de las tiendas. La semana santa no se celebra y el único día festivo es el lunes. Los más religiosos van el domingo a misa, pero la mayoría pasa el día buscando los ansiados huevos, que la costumbre manda esconder en el jardín, junto con regalos para los más pequeños de la casa.

En Rumanía, la Pascua ortodoxa es una gran celebración familiar, incluso más importante que la Navidad. La mesa se queda pequeña cuando recibe los platos preparados durante días. Entre ellos no falta la ensaladilla rusa (“ensalada de buey” la llaman, si traducimos literalmente) ni el sarmale, imprescindible en todo festejo, que consiste en rollitos de hojas de col fermentada, rellenos de carne de cerdo, arroz y tomate. Los rumanos, grandes amantes de los rituales, van antes a la misa de las doce de la noche para cumplir con una ancestral costumbre: encender una vela en la iglesia y llevar el fuego hasta su casa, antes de pasar por el cementerio para ofrecerlo a los que ya se han ido. La Pascua es también la esperada excusa para jugar con los típicos huevos de colores, intentando romper el huevo del adversario y guardar el propio intacto.

En el país de Drácula, cada momento importante de la vida se ve acompañado de innumerables ritos. Cuando un niño celebra su primer cumpleaños, por ejemplo, los padres organizan una gran fiesta que culmina con una curiosa costumbre: los padrinos le cortan su primer mechón de pelo, pasándolo antes por una especie de roscón que después se comen los invitados. Además, disponen sobre una mesa una serie de objetos para que el niño elija entre ellos. Según la tradición, lo que coja en primer lugar, impulsado por su instinto más visceral, hablará de su futura profesión.

De vuelta a Francia, anteayer celebramos el catorce de julio, la fiesta nacional, día en que todo hijo de vecino puede tirar petardos donde y como quiera. Los clásicos fuegos artificiales, que se tiran en todos los pueblos y ciudades, dibujan el inevitable telón de fondo de este día festivo, que acaba con el no menos tradicional baile de los bomberos. Todas las estaciones de bomberos se abren al público para convertirse en improvisadas discotecas donde bailar hasta la madrugada. La tradición surgió en la época de entreguerras, cuando un equipo de bomberos regresaba a su estación de Montmartre, tras haber participado en el desfile de los Campos Elíseos, y se vio seguido por una inesperada multitud. Al llegar decidieron mostrarles la estación, así como alguna que otra técnica de extinción de fuegos y, sin saberlo, crearon un hábito que se extendió por todo el país.


Pero ni en Francia ni en Rumanía he encontrado todavía nada que se parezca a las tradiciones de nuestra España cañí, donde el patrón (o patrona) de cualquier localidad se convierte en el cómplice perfecto de un desmadre colectivo. En estos días de sanfermines, vienen a mi memoria todas esas celebraciones que se suceden con la precisión de un reloj suizo. Aunque los españoles no tengamos fama de puntuales, en lo que a festividades se refiere respetamos cada día y hora del calendario. Personalmente, no suelo seguir costumbres que no haya creado yo mismo. Tal vez porque mi vida, en general, no es nada tradicional. Pero si la tradición en cuestión supone pasar un buen rato en buena compañía, no seré yo el que la rechace. Esté donde esté.

domingo, 21 de mayo de 2017

Nuevos bocados

Como una zambullida en agua helada, notamos que una nueva sensación nos asalta y lleva a un mundo desconocido. Una vez allí será difícil volver al lugar de donde venimos, o al menos llevará más tiempo de lo esperado. Es el efecto del primer bocado. Con el segundo vendrá la certeza de haber iniciado un proceso sin fin, que comienza cada vez que probamos un nuevo plato. Es la forma más sencilla de conocer el país al que acabamos de llegar o de viajar sin cambiar de ciudad.

La gastronomía nos facilita la inmersión en un lugar determinado. Es capaz de enseñar aspectos de la tradición local, de la sabiduría popular o de la historia de una región, que sería difícil conocer de otra manera. Todo ello en un solo instante, haciendo trabajar nuestro gusto y olfato de forma placentera. Pero no tienen por qué gustarnos esos nuevos sabores, que nos enfrentarán a situaciones incómodas y forjarán nuestra personal opinión. ¿Qué decir cuando un buen anfitrión nos prepara con orgullo una delicia local y no pasamos del tercer bocado? Nos guste o no, un buen plato nos habla de los productos de la tierra que visitamos y su peculiar forma de combinar sabores conforma la personalidad de ese lugar. Además, los rituales en torno a la mesa (el orden de los platos o la forma de comerlos) también participan en esa forma de interpretar el mundo que nos rodea.

Al llegar a Francia tuve la suerte de aterrizar en Dijon, capital de la Borgoña, una de las regiones en donde mejor se come, y en el seno de una familia que se esmeró en mostrarme los platos locales. Un país reconocido por su tradición culinaria no me decepcionó, pero me deparó más de una sorpresa. La primera fue un plato que no deja indiferente a nadie: los caracoles de Borgoña. Aunque una potente salsa a base de mantequilla, ajo y perejil deja el sabor de los moluscos a un lado. Prueba superada. Otro plato peculiar, característico de toda Francia, son las ancas de rana. Con un sabor parecido al pollo, el principal inconveniente son los abundantes huesecillos. Pero yo me quedo con el "boeuf bourguignon", un exquisito estofado que combina dos productos representativos de esta región: la carne de buey y el vino tinto. Mención especial merecen también el "jambon persillé" (jamón cocido con perejil, ajo y vino blanco) y la "fondue bourguignonne" (que consiste en meter pequeños cubos de carne de buey en un cazo con aceite caliente para luego mezclarlos con numerosas salsas, entre las que destacará la clásica mostaza de Dijon).

Cuando, cinco años más tarde, me instalé en Lyon, me lancé a descubrir la región de Auvergne- Rhône-Alpes y los sabores cambiaron radicalmente. Si bien se trata de otro lugar donde se come muy bien, hay que reconocer que la primera impresión resulta sorprendente, pues el principal ingrediente de muchos platos es la casquería. Así nos enfrentamos de buenas a primeras con sabores contundentes, como la "andouillette" (una gruesa salchicha rellena de tripas), que no todo el mundo soporta. El menú lo completarán todo tipo de salchichas y embutidos, pero también las deliciosas "quenelles", hechas con una pasta de harina mezclada con mantequilla, huevos, leche y pequeños trozos de carne o pescado, entre otros platos. Tampoco podemos olvidar que Lyon es la ciudad del célebre Paul Bocuse, fundador de la "nouvelle cuisine" o cocina moderna, origen de los llamados "restaurantes gastronómicos" y de las florituras a las que ya estamos acostumbrados. Razón de más para elegir a Lyon como capital de la gastronomía francesa, galardón que comparte con Dijon, merecido reconocimiento a la tradición y al alto nivel de cualquier brasserie de ambas ciudades.

Pero la cocina que más importa no es la que probamos en un restaurante, sino la que hacemos todos los días. Es en nuestra propia casa donde, de esa manera, se materializan las raíces de la cultura local. Desde mi llegada a Francia he intentado hacer mías esas costumbres y cocinar según la tradición del lugar en que vivo, aconsejado por mis amigos franceses. Así fue como descubrí que le ponen panceta y queso a casi todo (ellos suelen decir de nosotros que abusamos del aceite de oliva y del ajo), desde la quiche lorraine hasta la salade lyonmaise. Y en mi casa, respetando la tierra de la que procedo, estos dos típicos ingredientes conviven de forma natural con las patatas de nuestra tortilla o el arroz de la paella. Es mi manera de demostrar que la mezcla, lejos de resultar indigesta, rompe la mordaza de la monotonía, despierta aletargadas partes de nuestra personalidad y nos hace sentir más vivos que nunca.

domingo, 2 de abril de 2017

Contacto humano

De buenas a primeras no nos caen bien, reconozcámoslo. Solemos tener una deformada imagen de nuestros vecinos franceses y ellos nos ven con los mismos maliciosos ojos. Además, los encuentros deportivos (como el amistoso de fútbol de esta semana) sacan siempre a relucir viejas rencillas: es la excusa perfecta para airear rivalidades que habitualmente escondemos de forma diplomática. Contra todo pronóstico, en los más de siete años que llevo viviendo en las Galias, he hecho buenas migas con muchos franceses. Son las excepciones que confirman la regla. Aunque si hay tantas, tal vez signifique que la regla no exista y los prejuicios sólo sean una imagen impuesta.

Mi primer contacto con ellos no pudo ser mejor. Tuve la suerte de ser acogido en una familia que me recibió con los brazos abiertos. La confianza fue mutua y no necesité mucho tiempo para desmontar los trillados tópicos que muestran a nuestros vecinos como fríos, cerrados, estirados o antipáticos. Inevitablemente aparecieron esos lugares comunes que todos conocemos y que ellos utilizaron para lanzarme pequeñas púas y divertirse con mi reacción. Era su manera de salpimentar la convivencia y prevenir una aburrida rutina. Aquellas confrontaciones eran lógicas: yo estaba conociendo una nueva cultura y el reflejo inicial fue compararla con la mía, con las referencias que, desde la más temprana edad, forman parte de mí. En el trabajo también pude contar con simpáticos compañeros que me permitieron enterrar los pocos prejuicios que aún me quedaban, aunque también les gustara jugar con ellos e incitar el enfrentamiento irónico.

En ese contexto aprendí una costumbre francesa que cambia la fría imagen que tenemos de nuestros vecinos: se dan dos besos o un apretón de manos cuando se saludan. Todos los días. Lo que más me costó asimilar de este hábito es que se repite cada día en el trabajo, aunque veamos regularmente a nuestros compañeros. De todas maneras, quienes peor llevan la adaptación a esta rutina son ellas. A los hombres nos basta con un apretón de manos entre nosotros, pero ellas tienen que besar a todos (y a todas). Al menos cuando falta confianza (en un primer encuentro, entre puestos de distinto rango o trabajadores de diferentes empresas) se recurre al apretón de manos. Una amiga española me contó lo extraño que le resultaba ver a su jefe acercándole la mejilla cada vez que la veía por primera vez en un día. Al principio no supo qué hacer, hasta que vio cómo se besaban sus compañeros y no le quedó más remedio que arrimar su cara. En mi caso, llegué a pensar que se trataba de una práctica puntual en pequeñas empresas donde los empleados forman una especie de familia. No deja de ser una actitud inesperada en el trabajo, donde las relaciones suelen ser más frías (y más tensas) que en el ámbito personal, como cada vez que el dinero se mete de por medio y los intereses económicos reemplazan a los humanos.

Este corriente gesto se llama la "bise" en francés y se traduce en dos besos (mua, mua), aunque en ciertas regiones se dan tres o cuatro cada vez. Así llegamos a situaciones un tanto incómodas, pues no sólo nos preguntamos cuántos besos hay que dar, sino por qué lado empezar (cuestión vital si queremos evitar indeseados encuentros de labios), si damos un verdadero beso o nos contentamos con un simple beso en el aire. Todo dependerá de la confianza que tengamos con la otra persona y hasta de la jerarquía social, como sucede en el trabajo. De hecho la "bise" también se utiliza para definir distintos grados de proximidad dentro de un grupo de amistades. Me refiero a los besos entre hombres, ya que ellas no tienen manera de hacer esa distinción. En España se dan entre hombres de una misma familia, pero en Francia los besos también atañen a amigos muy cercanos. Que me haya acostumbrado a este hábito no significa que no me sienta extraño al ver cómo algunos se besan y otros se dan la mano dentro de un grupo de amigos, materializando una innecesaria exclusión.


Al final yo también tengo amigos gabachos a los que les hago la "bise". Aunque me he adaptado a esta costumbre tan francesa, yo me quedo con el español abrazo de toda la vida. Si es un gesto difícil de ver entre galos (demasiado contacto físico para ellos), no le hacen ascos a una buena palmada en la espalda, de esas que nos devuelven la confianza en nosotros mismos cuando andamos bajos de moral. Nada mejor que sentir a alguien entre nuestros brazos para recordarnos que en esta vida lo más importante es el contacto humano.  

domingo, 22 de enero de 2017

Traducir sentimientos

Condiciona nuestro carácter, nuestra manera de sentir y ver las cosas. Pensamos que la lengua que hablamos es sólo un medio para expresarnos, la paleta de colores con que pintamos el cuadro de nuestra vida, e ignoramos que tiene una personalidad bien definida. Sin saberlo, nos controla y moldea según reglas que sólo intuimos. Necesitamos dominar una lengua extranjera para apreciar las diferencias, los matices que la distinguen de la nuestra y conforman ese alma propia.

Hay determinadas palabras que no encuentran traducción, que expresan de forma concisa un sentimiento que necesitaría una larga frase en otro idioma. Sensaciones que no tienen la misma importancia en ese país y son tratadas de distinto modo. Cuando tenemos la oportunidad de hablar varias lenguas, podemos ver lo que enfatiza cada una de ellas. Al cambiar el chip y dejar a un lado las palabras que desde la infancia nos acompañan, descubrimos que nos resulta más fácil utilizar términos que en nuestro país nunca osaríamos pronunciar. El hecho de insultar o decir tacos pierde su cariz habitual y nos sorprendemos hablando de una forma distinta. Al fin y al cabo, sólo son palabras nuevas con las que jugar. A veces, para expresar bien lo que se nos pasa por la cabeza, nos parece útil mezclar más de una lengua en una misma frase, aunque resulte incomprensible.

De pequeño escuchaba hablar francés sin entenderlo y lo veía como una bonita melodía. El subconsciente colectivo me decía que es la lengua del amor, de la seducción, del erotismo... oh là là ! Sin embargo, cuando llegué a dominarla me di cuenta de que, como siempre, las apariencias engañan y los estereotipos quedan lejos de la realidad. Se me cayó un mito. No voy a poner en duda la belleza de la lengua francesa, cuya musicalidad no admite comparaciones. Sólo diré que es más cursi que romántica. Mis amigos franceses me perdonarán, pero las cosas son como son.

El francés está lleno de fórmulas que buscan endulzar cualquier momento de la vida. Tal vez en España nos haga falta un poco más de tacto para decir ciertas cosas, pero el exceso de glucosa suele dar lugar a hipócritas situaciones. En Francia es frecuente utilizar circunloquios, frases vacías, muy bonitas todas, que eluden lo importante y pintan las cosas de un color que no tienen. Hay palabras comodín, como "voilà quoi", "du coup", "en fait" que no quieren decir nada y sólo buscan ganar tiempo. Es raro decir las cosas a la cara y se llega fácilmente a montajes tan falsos, que el propio aludido los reconoce. Poco importa, porque son las reglas del juego y todo el mundo recurre a ellas.

Es un claro síntoma de la omnipresente educación francesa. En cierto modo les envidio por conservar una forma de hablar que en España se ha perdido, pero en muchos casos llegan a la exageración y utilizan tantas fórmulas de cortesía, que me suelo perder. Como cuando mi interlocutor se despide encadenando tres de esas fórmulas, me deja descolocado y sólo acierto a decir una. Y es que no hay encuentro que acabe sin desear algo bueno. Bon courage, bonne continuation, bonne journée, bon après-midi, bonne soirée, bonne semaine, bon week-end, bon dimanche... La frase cambia dependiendo del momento del día, de la semana o del año y, por supuesto, es compatible con muchas otras fórmulas de cortesía. Es la prueba de que el francés está lleno de buenos deseos, que muchas veces son falsos, pero no dejan de ser obligatorios. Un gran clásico es la forma de acabar cualquier carta o email. Poco importa que hayamos puesto a parir al destinatario, porque todo termina con composiciones artificiosas para despedirse de forma educada.


Dominar una lengua extranjera acaba cambiando una parte de nuestro carácter. Nos sumerge en la cultura de un país e incluso nos hace comprender mejor su historia. Aunque se utilice libremente, siempre queda algo que une a todos los hablantes: una tendencia, una predisposición. No me gusta generalizar, pero para los franceses tal vez se trate de la preocupación por crear una imagen y utilizarla como escudo tras el que ocultarse. Ahí guardan sus mejores armas y esperan con paciencia a que llegue el momento de utilizarlas. A los españoles, sin embargo, se nos va la fuerza por la boca, somos directos y se nos ve venir de lejos. Son dos actitudes distintas que nos motivan a aprender otras lenguas, hasta llegar a aquella que más nos convenza, que más se corresponda con nuestra forma de ser y que pueda traducir nuestros sentimientos de la manera más eficaz. Si acaso existe.