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domingo, 27 de septiembre de 2020

Con mascarillas y a lo loco

 Muchos necesitamos leer, escribir y viajar tanto como beber, comer y respirar. Son reflejos que no podemos controlar: simplemente están ahí y dependemos de ellos para sobrevivir. Por eso, por muchos obstáculos que aparezcan, seguiré cogiendo un avión (o lo que se tercie) cada vez que pueda. Y por eso dedico mi octava página de anécdotas viajeras a las dificultades que debemos afrontar si queremos movernos en estos tiempos de pandemia.

 

Acababan de reabrir las fronteras cuando, a principios de julio, cogí a mi hijo de la mano para que no olvidara de dónde viene su padre y, de rebote, él mismo. Confieso que algo de recelo experimenté al llegar al aeropuerto de Lyon: el recuerdo del confinamiento seguía presente y no sabía muy bien cómo volveríamos a viajar en esta rara época. Para mi sorpresa, exceptuando el uso de la mascarilla, el respeto de las normas sanitarias brillaba por su ausencia. En el fondo tampoco me sorprendía tanto, pues ya sabía cómo había sido la «desescalada» en Francia, mucho más brutal que en España, pues desde la reapertura de los restaurantes, todo volvió a ser más o menos como antes. En ninguna fila de espera se veía la famosa «distancia social». Y si nosotros la respetábamos, no tardábamos en sentir la presencia de la siguiente persona en la espalda... Igual daba que estuviéramos en el mostrador de facturación, en el control de seguridad o en la puerta de embarque. Por eso me sorprendió que, en este último lugar, alguien del aeropuerto gritara «antes de entrar en el avión, hay que respetar la distancia de seguridad». A mí me dio la risa floja, pues no entendía de qué podía servir entonces, justo antes de encerrarnos como sardinas en lata.

 

Ya en el avión, una vez pasado el control de temperatura y obviado la distancia, el embarque fue más fácil que de costumbre, al no llevar equipaje de mano, cuya facturación fue obligatoria (y gratuita). Lo difícil vino al aterrizar, cuando las azafatas recogieron los formularios de rigor (a los que ya dediqué mi anterior artículo) para devolverlos unos minutos más tarde, entre la confusión generalizada, porque cada pasajero debía presentar el suyo en el control sanitario del aeropuerto. Por aquel entonces el papelito ya había pasado por demasiadas manos, no había gel hidroalcohólico que lo desinfectara y el avión parecía el camarote de los hermanos Marx. No sé si el acento que tenía la azafata cuando hablaba francés influyó en algo, pero nadie entendió que el desembarco sería progresivo y los pasajeros debían permanecer sentados hasta que se les llamara, fila por fila, como si fuera la vuelta al cole. En cuanto el avión se paró, todos se levantaron a la vez: las prisas por salir ganaron a la aprensión por el virus. Y luego nos preguntamos por qué en esta segunda oleada los contagios suben como la espuma...

 

Tal vez influya que la «distancia de seguridad» cambie en cada país: un metro, uno y medio o dos. Si bien el virus es el mismo, la forma de enfrentarse a él cambia dependiendo de dónde nos encontremos. Además, las reglas varían de una semana a otra, lo cual aporta una sensación de descontrol que resta credibilidad. Y como este verano tuve la oportunidad, además, de ir a Grecia, también pude ver cómo se las gastan por allí. Para empezar, antes de viajar hay que rellenar un formulario por internet, a cambio del cual recibimos un código QR que mostrar a la policía en el aeropuerto, lo que me parece más apropiado que el papelito que va de mano en mano. Y no hay que tomárselo a guasa, pues la presencia policial hace que cualquier olvido cueste caro, como comprobamos cuando vimos que una pareja fue obligada a volver a Lyon porque no disponía del dichoso código. Después, en función de los países en donde hayamos estado antes, hacen el test de rigor, que nos exime de toda cuarentena si el resultado es negativo, tras recibirlo veinticuatro horas después.

 

Tras la animada llegada, pasamos las vacaciones sin contratiempos, hasta que, un día antes de volver, toco la frente de mi hijo... ¡Treinta y nueve grados! Todas las alarmas coronavíricas se dispararon en mi cabeza, seguro de perder el vuelo y permanecer atrapados en un país extranjero. Menos mal que, tras una noche difícil, la fiebre desapareció y todo quedó en un susto, en una simple insolación. Demasiadas visitas de ruinas bajo el sol... Así que al final pudimos volver a casa con las ganas de viajar intactas, con las pilas cargadas para seguir afrontando todo lo que estos extraños tiempos nos sigan deparando.

domingo, 30 de agosto de 2020

Una cuestión de honor

Todo en esta vida se puede reducir a un trozo de papel firmado. Es un acto de síntesis tan potente, que parece irreal. Tan fácil de usar, que nos lleva a abusar de esa capacidad de transformar la complejidad del mundo en insolentes cuartillas garabateadas.

Cuando somos pequeños nos inculcan la importancia de escribir la carta a los Reyes Magos, o de estudiar durante años para obtener un diploma. Después conseguimos un trabajo regulado por un contrato firmado. Ingresamos el dinero ganado en un banco, donde nos sepultan bajo montañas de formularios, sobre todo si queremos, y podemos, comprar una casa. Cuando no queda más remedio que alquilar, el casero nos ofrece otro tipo de contrato. Si nos casamos, pasamos por el ayuntamiento a rellenar otro papel y nos precipitamos a inscribir a nuestros hijos en el libro de familia y en el registro civil. Si el amor se acaba, los papeles del divorcio nos permiten pasar página. Y cuando llega el final, gracias al seguro de vida afrontamos los gastos del funeral y garantizamos que el último papel, el certificado de defunción, quedará sellado como debe.

Siempre me ha dado risa firmar esos documentos, pues los veo como simples trozos de papel, que en nada se pueden comparar con una situación real. Porque cuando todo va bien y creemos que la vida puede ser maravillosa, nuestra propia fuerza de voluntad nos basta para superar cualquier obstáculo. Pero cuando las cosas se tuercen, tal vez ese trozo de papel es lo único que nos queda, un fiable testigo que sobrevive al olvido y nos recuerda, para bien o para mal, lo que un día dijimos, lo que un día aceptamos o lo que un día nos prometieron. Un antídoto contra la mala memoria del que, a veces, nos gustaría prescindir. Asociamos, en definitiva, cada etapa de la vida con un papel determinado, cuya firma nos obliga a cumplir las condiciones necesarias para cruzar un umbral predefinido. Si el escenario vital cambia, el papeleo evoluciona con él.

Y ahora que el coronavirus ha venido para quedarse, la nueva normalidad nos ha traído todo tipo de nuevos certificados. Así que este verano, en el habitual viaje de vuelta a casa por vacaciones, me tuve que enfrentar al previsible formulario de rigor. Había que indicar el asiento ocupado en el avión, el motivo del viaje, los países visitados en los últimos catorce días, si tenemos algún síntoma o si hemos estado en contacto con algún contagiado de COVID-19. Una pequeña firma para declarar que todas las informaciones son ciertas y listo.

Al final todo se reduce a eso, me dije, a una simple declaración de honor, como si fuera garantía de algo. Porque siempre hay personas más “honorables” que otras. Y si alguien descubre que ciertos honores están por los suelos, aparecen las malas memorias (no sé por qué me viene a la cabeza el “no lo recuerdo” de Iñaki Urdangarín). De todos modos, reconozcamos que nadie en su sano juicio, una vez subido en un avión, declararía que tiene síntomas compatibles con coronavirus, aunque tuviera que beber un botellín de agua cada cinco minutos para disimular la tos y lo más honorable hubiera sido no ir a ningún sitio. Pues el generalizado miedo al virus nos hace sentir culpables cada vez que estornudamos de forma involuntaria y provocamos una onda expansiva de miradas acusadoras, que nos tratan cual criminal recién escapado de la cárcel. 

Pero volvamos al avión, a ese momento en que la azafata distribuye los formularios y mi compañero de asiento, de unos cincuenta años de edad, le dice que no sabe escribir. La azafata se acercó, hizo como quien no había escuchado bien, le dijo lo que tenía que escribir y siguió su camino. Como era de esperar, me tocó rellenar su papel. El hombre me acercó su DNI para completar sus datos personales y entonces lo comprendí todo, pues al ser de origen marroquí sabía escribir en árabe, pero no en español. Cuando llegué al final de la hoja, me disponía a indicar de forma automática que no tenía ningún síntoma, pero preferí preguntarle antes. Al fin y al cabo, era su honor el que estaba en juego. “No, claro que no”, me dijo. Y le devolví la hoja para que, al menos, garabateara una firma, confiando ciegamente en el honor de aquel desconocido y esperando que, por el bien de mi familia, ese simple trozo de papel, como tantos otros, no tuviera que servir nunca para nada.  

domingo, 30 de junio de 2019

Trampas low cost

La tela se teje de forma inexorable. Cada nuevo hilo cuenta, cada nueva puntada asegura la resistencia del conjunto. La araña vuelve a rodear el centro, convencida de la eficacia de sus gestos. Y tras acabar una geometría perfecta, se pregunta si servirá algún día para algo o si la muerte llegará antes de que todo cobre el sentido deseado. Por pequeñas que sean, nuestras decisiones tejen una personal tela de araña que atrae todo aquello con lo que soñamos. No hay que subestimar nunca el poder de una elección, porque si dejamos que otros elijan por nosotros, quedamos atrapados en una trampa creada por quienes se enriquecen ejerciendo un control invisible.

Empezamos a utilizar el término “low cost” cuando aparecieron las compañías aéreas que proponían precios imbatibles. Nos permitieron viajar más, pero acabaron condicionando las fechas de nuestras vacaciones y hasta su lugar. La tiranía de lo barato es tal, que deforma los precios descaradamente. Con tal de ofrecer la mayor ganga, ponen en opción aquellas cosas que acaban siendo obligatorias y cualquier excusa (el tipo de tarjeta de crédito, el asiento, la forma en que nos trate la azafata o el azafato de turno...) aumenta el precio final. Quienes vivimos en el extranjero sabemos bien de qué va el juego. Las fechas de nuestras vacaciones son decididas por motores de búsqueda que comparan cientos de compañías aéreas. Y cuando queremos osar y decidir nosotros, debemos ahorrar durante todo el año, porque cada vez que hay una fecha señalada en el horizonte (navidades, festivos, puentes…) los precios suben como la espuma y de poco vale comprar los billetes con antelación.

Antes de los aviones low costestaban las marcas blancas, a nuestro alcance en cualquier estantería de supermercado, que, al igual que los vuelos baratos, se han multiplicado con los años. Todo producto tiene su equivalente de bajo precio, que a pesar de hacernos dudar de su calidad, nos acaba encandilando. Como las marcas de ropa que deslocalizan su producción en países pobres. Se trata de un medio de control más, como cualquier otro: saben que los productos más baratos serán comprados por la inmensa mayoría y son una puerta de entrada segura a millones de hogares. Pensamos que podemos elegir, que somos libres porque tenemos la posibilidad de escoger, pero al final acabamos esclavizados por lo más barato. Las empresas saben que poco importa lo que metan en sus artículos e incluso juegan con ese factor: serán comprados porque su precio será imbatible.

Pero también podemos consumir de forma responsable, asumiendo que cada decisión tomada es importante. Comercio justo o ético, alimentos ecológicos, productores locales... Si bien hay muchas opciones, todas tienen un precio. Cuando esa decisión nos importa, hacemos lo posible para que las cuentas salgan a fin de mes: ciertos sacrificios compensan y permiten encontrar el necesario equilibrio. Aun así, esta posibilidad no está al alcance de todos, porque cuando el cinturón ya está apretado por culpa de infravalorados salarios, acabamos pasando demasiado tiempo frente a la estantería del súper hasta dar con el producto que nos permita estirar un poco más el presupuesto, pagar facturas o, simplemente, uno de esos pequeños placeres que se dejan pronto de lado cuando no hay más remedio. Y yo me pregunto por qué es tan difícil hacer las cosas con cabeza y utilizar un denostado sentido común. ¿Por qué los productos que vienen de un consumo responsable no reciben más ayudas? ¿Por qué no se incentiva la vía más coherente? Porque hay demasiados intereses en juego: los de quienes se benefician de este sistema, los de quienes prefieren tener controlada a una población que no piensa por sí misma, como la araña se sirve de invisibles hilos para inmovilizar a sus víctimas. Pero nosotros tenemos la última palabra, la que deja espacio a la esperanza. Elegir es tener poder. Que nadie nos lo quite.

domingo, 8 de abril de 2018

Carreras de obstáculos

Todos tenemos un punto de partida que nos es familiar, el origen de muchos sueños, que no esconde secretos para nosotros. Es el aeropuerto más cercano a nuestro domicilio, donde empezamos incontables viajes con paso firme. Sin embargo, cuando cogemos el avión de vuelta desde un lejano destino, el aeropuerto se convierte en un desconocido lugar en donde debemos desenvolvernos con rapidez si queremos llegar a buen puerto. La séptima edición de anécdotas viajeras de este blog va dedicada a esos momentos de desasosiego que ponen a prueba nuestra capacidad de reacción.

Cae la noche en Pekín. Nuestro vuelo sale de madrugada y no conseguimos averiguar a qué hora cierra el metro, que asegura la conexión con el aeropuerto. En una ciudad desconocida, el arte de estimar el tiempo que podemos perder en los medios de transporte se aproxima a un juego de azar. Y como en todo juego, conviene controlar al máximo cuanto depende de nosotros y gestionar con rapidez e inteligencia las variables que se nos presentan de improvisto. Cuando viajamos tan lejos, los vuelos son tan largos y sus precios tan elevados, que las nefastas consecuencias que conlleva su pérdida se multiplican. Así que preferimos no arriesgar y confiar en la recepcionista del hotel, que reservó un taxi. Era un buen coche, pero no tenía el pequeño letrero con las clásicas luces, ni el taxímetro en el salpicadero. Antes de subir ya conocíamos el precio de la carrera (bastante elevado respecto al nivel de vida local) y yo empezaba a olerme algo raro, aunque la recepcionista nos dijo que era un hombre de confianza y solía dar aquel servicio a los huéspedes del hotel. Mis sospechas se confirmaron cuando llegamos al aeropuerto o, mejor dicho, cuando estuvimos en los alrededores. El conductor, que no hablaba inglés, nos explicó como pudo que no llegaría hasta la puerta, pero que nos dejaría cerca. Paró en medio de la oscura carretera que llevaba al aeropuerto, nos señaló las luces que marcaban la entrada y desapareció. Si te he visto, no me acuerdo. Como suponía, se trataba de un taxista ilegal que no quería ser inculpado por los profesionales del oficio, que esperaban, pacientes, la llegada de nuevos viajeros. Seguramente habíamos pagado el doble que una carrera habitual, gracias al negocio que hotel y conductor llevaban entre manos. Poco importaba ya, pues de nada servía el arrepentimiento.

No tardamos en llegar al desierto vestíbulo. Nunca habíamos visto un aeropuerto tan vacío, así que nos temimos lo peor. Analizamos, ávidos, las pantallas, para comprobar que el último vuelo había salido a las doce de las noche. Salvo las luces que iluminaban todo, no encontramos signo de vida alguno a nuestro alrededor. Los huérfanos mostradores de facturación nos hacían imaginar que éramos los únicos supervivientes de una catástrofe nuclear o nos encontrábamos en un sueño. ¿Nos habíamos equivocado de día? ¿Habíamos confundido la madrugada con la tarde y nuestro avión ya había salido? Uno de los taxistas que se encontraba en la puerta adivinó nuestra angustia y se nos acercó. Tras una extraña conversación (quien haya estado en el país del sol naciente sabe que el inglés no está muy extendido), comprendimos que estábamos en la terminal de vuelos nacionales. El hombre aprovechó para decirnos que nuestro verdadero destino (las salidas internacionales) estaba muy lejos, que tardaríamos unos tres cuartos de hora en llegar a pie y que perderíamos nuestro vuelo. A aquellas horas los autobuses que conectaban las terminales ya no pasaban y no teníamos otra opción que subirnos a su taxi. Si una cosa habíamos aprendido en el bien llamado gigante asiático, es que todo es desmesuradamente grande: las calles, las plazas, los edificios..., así que no nos sorprendía que el aeropuerto de la capital tuviera unas dimensiones descomunales. Después recordamos el timo del taxi que nos llevó hasta allí, sin ni siquiera especificar que había varias terminales ni preguntar adónde íbamos, y no quisimos repetir experiencia. Lo último que necesitábamos era que alguien más se aprovechara de nuestra mala fortuna. Todavía teníamos cierto margen hasta la hora del despegue y decidimos andar. No tardamos en ver los habituales carteles que indican el tiempo restante a pie: quince minutos para llegar a nuestra terminal.


La situación volvía a estar bajo control, respiramos aliviados y redujimos el alocado ritmo de los últimos minutos. Recordamos que a veces conviene llegar con bastante antelación al aeropuerto, aunque solo sea para dejar un hueco a las carreras de obstáculos de última hora y tener algo más que contar al volver a casa.     

domingo, 7 de enero de 2018

Lo imprevisto

No estamos preparados para todo. Necesitamos idear una estrategia que nos permita enfrentarnos a lo imprevisto. Así es como empieza cada viaje: dedicando los días previos a organizar una maleta que debe contener todo aquello que podría ser útil. Anticipando situaciones, intentando controlar la indomable incertidumbre. Mi sexta entrega de anécdotas viajeras va dedicada a esos momentos que preceden y condicionan lo que sucederá en nuestro trayecto.

Quedaban apenas dos semanas para las vacaciones de verano, en las que suelo ir en coche a mi tierra natal. Su larga duración permite encajar mejor el cansado día en que recorro los mil cuatrocientos kilómetros de rigor. En uno de esos días previos arranqué el coche y vi que un nuevo icono, una extraña gota de agua, se encendía en el salpicadero. Tuve que echar mano del manual del coche (un volvo 850 con veinte años a sus espaldas) para confirmar que no quedaba refrigerante del motor. Llené el depósito correspondiente de agua, el icono se apagó y respiré aliviado.

Unos días más tarde, la inquietante gota volvió a aparecer en el salpicadero. Mala cosa cuando estamos en agosto, con treinta grados a la sombra y un largo viaje en perspectiva. Houston, tenemos un problema. Así que fui a un taller volvo en busca de ayuda experta y me encontré con un paisano: un hombre cuyos padres eran de Cartagena y que viajaba allí con sus dos hijos cada verano. Doctor, ¿la cosa es grave? Su severo rostro me hizo presagiar lo peor. El depósito tenía una fuga y había que cambiarlo. Me hizo un presupuesto de seiscientos euros y me advirtió de que, al intervenir, podían romperse otras piezas. El problema era que el arreglo costaba más que el propio coche y el hombre me insinuó que no valía la pena invertir más dinero en él. Le pedí consejo y me mostró tres opciones: hacer la reparación y vender el coche (sabiendo que no recuperaría el dinero gastado), no hacer más arreglos y usarlo para trayectos cortos hasta que no diera más de sí o venderlo a los gitanos, que lo usarían como chatarra. Decepcionado por aquel aciago escenario, le planteé otra posibilidad: viajar a Murcia como tenía previsto, con unas cuantas botellas de agua en el maletero, y ver qué opciones tenía allí. Al fin y al cabo su matrícula seguía siendo española. El hombre (algo corto de miras, todo hay que decirlo) se echó las manos a la cabeza y me dijo que era demasiado arriesgado. Por la autovía, el depósito se vaciaría con mayor rapidez y tendría que parar cada dos horas para llenarlo. Y no me garantizaba que llegara a mi destino, pues, según él, tenía un setenta por ciento de probabilidades de que el motor se parara a mitad de camino. Me aseguró que él no se atrevía a llevar a sus hijos a Cartagena en su coche, de diez años de antigüedad. Todo aquello me pareció exagerado y me despedí antes de que la conversación siguiera por surrealistas derroteros.

Decidí comprar un billete de avión para asegurar la vuelta, pero estaba dispuesto a arriesgar en la ida. Mi coche, que antes fue de mi padre, con el que tantas experiencias habíamos vivido, se merecía un último viaje y morir en donde pasó la mayor parte de su existencia. Así que lo cargué con seis botellas de agua para anticipar cualquier problema, decidí parar cada dos horas para comprobar el nivel del depósito y hacer noche en Barcelona, dividiendo en dos días el trayecto, sin forzar la máquina. A todo esto, mi mujer estaba embarazada de cuatro meses y yo pensaba que, sin que mi hijo hubiera nacido, ya me había convertido en el peor padre del mundo, planeando un viaje que, casi con total certeza, acabaría mal.


Recuerdo que me temblaban las manos cuando cogí el volante aquella mañana de agosto, consciente del riesgo al que me enfrentaba, sin saber qué forma tomaría ante mí lo imprevisto. Aunque había preparado aquel trayecto lo mejor que había podido, no sabía si llegaríamos a buen puerto. A las dos horas hicimos la primera parada, pero, para mi sorpresa, no tuve que echar mucha agua. En la segunda eché aún menos, comprobando que el vehículo perdía líquido con menor velocidad cuando iba por autovía, al contrario de lo que afirmó el tipo del taller. Al final no tuvimos ningún contratiempo y utilicé menos de una botella de agua. Una vez en Murcia, a pesar de su excelente comportamiento, mi coche no pudo librarse de su oscuro futuro. Ya había hecho su último viaje. Tras más de quinientos mil kilómetros, el desguace de Monteagudo fue su definitiva parada. Se acabaron las aventuras a su lado. Ya sólo quedaba el recuerdo de una vida larga e intensa.
Mi coche, en su último viaje
20 años, un cambio de motor y 526.701 km de aventuras

domingo, 3 de septiembre de 2017

K.O. técnico tras cinco asaltos

Quien dijo que las vacaciones son para descansar, sería porque no tenía familia y no había viajado mucho. Desde hace un tiempo tengo asumido que no se trata de ese idílico período en que la vida se para y nos deja apreciar lo que en otro momento no podríamos, como muestra el postureo que reflejan las redes sociales. En realidad es un nuevo terreno de combate donde medimos nuestras fuerzas contra adversarios a los que no estamos acostumbrados. Que cambiemos de contexto no significa que la lucha haya acabado. Tras una merecida pausa estival, aprovecho la vuelta a la rutina para recordar, por quinta vez en este blog, los detalles de ese territorio hostil con el que, de forma inevitable, soñamos durante todo el año.

Primer asalto. Cierro la puerta de mi casa y procuro guardar las llaves en un bolsillo de la maleta que pueda recordar con facilidad cuando, dentro de tres semanas, vuelva al mismo lugar. A mi lado, mi mujer, mi hijo, dos maletas de casi veinte kilos y un parque plegable. Frente a nosotros, cuatro pisos de escaleras que no hay más remedio que bajar. Después de veinte minutos y tres viajes logramos salir del edificio. Me cuesta recuperar el aliento y el hecho de tener que movilizar todo el equipaje hasta el tranvía que lleva al aeropuerto no me sirve de consuelo.     

Segundo asalto. Una vez en el mostrador de facturación, el parque plegable se delata a sí mismo: las dimensiones no son las reglamentarias y podría esconder un kalashnikov (o más) dentro. La compañía de un bebé me ayuda a no pasar por un terrorista, pero no me libra de una visita al escáner para equipaje voluminoso, donde espero con paciencia entre asustados perros y grandes bicicletas. La duración de este obligado trámite dependerá del aeropuerto en que estemos. Si en Lyon resulta bastante sencillo, en Bucarest ese gran escáner se encuentra en una escondida sala a la que sólo se puede acceder en compañía de un operario del aeropuerto, a quien le importa poco que vayamos con retraso y estemos a punto de perder nuestro vuelo.

Tercer asalto. Tras una larga carrera, jaleados por la megafonía, que repetía nuestros nombres sin descanso, last calling (último aviso), al fin llegamos al avión. Los pasajeros, sentados desde hace un buen rato, nos reciben con caras largas y miradas acusadoras. Ven, impotentes, cómo intentamos sentarnos y colocar, en el reducido espacio de que disponemos, las tres mochilas que nos acompañan (pertenencias del peque en su mayor parte). Una vez ordenada toda la parafernalia, la azafata nos anuncia, secamente, que los asientos asignados no son los que nos corresponden. Su colega de facturación había olvidado que los bebés sólo se pueden sentar donde haya dos máscaras de oxígeno, ya que van en el regazo de su madre (o padre). Así que tocó buscar el asiento adaptado más cercano y cambiar al pasajero en cuestión, que no disimuló su molestia.

Cuarto asalto. Por muy tranquilo que sea el vuelo, con un bebé siempre hay algún momento de tensión o de difícil control, como cuando rompe a llorar. Si los juguetes no sirven de nada, habrá que pasearlo en brazos por el estrecho pasillo del avión, compartiendo con nuestros compañeros de vuelo las alegrías de la paternidad. Si, en cambio, sólo tiene hambre, bastará con preparar el biberón de turno, siempre que contemos con la ayuda de una amable azafata para calentar el agua a la temperatura adecuada.   


Quinto asalto. Ya en nuestro destino, cuando el agotamiento empieza a desfigurar nuestras caras, vemos cómo el carrito y la maleta del niño aparecen sobre la cinta transportadora, antes de que se pare definitivamente. ¿Y el resto del equipaje? ¿Y el parque plegable? Tal vez acabaron descubriendo el kalashnikov que en realidad llevaba dentro para aniquilar a los empleados del aeropuerto en situaciones como aquélla. Miramos a nuestro alrededor para comprobar que no somos los únicos que se han quedado con cara de tontos. Ahora toca reclamar, indicar las características de las maletas y rezar para que lleguen sanas y salvas al lugar donde pasamos nuestras vacaciones. Si tras cinco asaltos ya estamos noqueados y a punto de perder la consciencia, conviene recordar que el combate está lejos de acabar y no nos queda otra opción que descansar en una esquina del cuadrilátero antes de volver al centro del ring.

domingo, 25 de diciembre de 2016

Por el camino, yo me entretengo

Siempre hay una buena excusa para coger un avión y desaparecer durante unos días, meses o años. Y parece que estas fechas son aún más propicias para hacer las maletas y despedir el año en un lugar inhabitual, el mejor momento para proponer mi tercera entrega de anécdotas viajeras, que espero que no disuadan a nadie de aprovechar un merecido descanso. La moraleja de mi primera historia es muy evidente, pero conviene tenerla bien en cuenta: hay que comprobar la caducidad de nuestro DNI o pasaporte antes de salir de casa. No es algo que hagamos todos los días y por eso podemos pasar por alto un reflejo muy útil. Lo digo porque he sido víctima de esta fácil trampa.

Ya había puesto mi maleta sobre la cinta transportadora del mostrador de facturación, inocente de mí, cuando la azafata me informó de que mi DNI estaba caducado desde hacía unos meses. No puede viajar, señor. ¿No tendrá por casualidad un pasaporte en su casa? Si que lo tengo, pero en mi casa... Me encontraba en el aeropuerto de Alicante y, aunque había llegado con mucha antelación, no quedaba tiempo para un viaje relámpago a Murcia. Sin embargo, existía una solución, algo alocada, pero solución al fin y al cabo. El destino final de mi viaje era Bruselas e incluía una escala en Madrid. Técnicamente podía volver a mi casa, a Murcia, coger el pasaporte e ir a Madrid para no perder el segundo vuelo que me llevaría a Bruselas. Mis padres, que me habían llevado en coche al aeropuerto, esperaban a que facturase antes de despedirse. Les expliqué la situación y mi padre asumió el reto. Nunca le vi conducir tan rápido. Era temprano, no encontramos mucho tráfico y, por suerte, hace ocho años había menos radares que hoy en día. Si el coche hubiera tenido alas, podría haber despegado. Tanto mi padre como la máquina hicieron un esfuerzo titánico y en el último peaje antes de llegar a Barajas, el motor se paró y no quiso volver a arrancar. Lo siento hijo, hasta aquí hemos llegado, me dijo mi padre.

Me resistía a pensar que tanto esfuerzo había sido en balde, así que salí del coche para jugar mi última carta. Fui de un puesto de peaje a otro preguntando a cada conductor si iba al aeropuerto o le pillaba de camino. Entonces descubrí la verdadera cara de una sociedad que creía solidaria. Nadie se paró a escuchar mi plegaria o interesarse por la inquietud que mi desesperada cara transmitía. La mayoría levantó la ventanilla, accionó el seguro y miró a otro lado. Y los pocos que me prestaron atención, me miraron con desprecio y siguieron su camino sin decir palabra. No podía creer aquella actitud. Mi problema podía haber sido más grave, pero nadie se interesó por saber si, por ejemplo, necesitaba llevar a alguien al hospital.

Ya me había resignado a lo peor, cuando una conductora me escuchó. Las tres mujeres que iban en el coche se dirigían a Madrid y no les importaba pasar por el aeropuerto. Me hablaron de cuando eran jóvenes y hacer dedo era algo habitual. Pero los tiempos han cambiado, decían, y nadie quiere arriesgarse a dar una oportunidad a un desconocido. Por suerte di con aquel simpático grupo al que el tiempo y la vida habían regalado una forma abierta de ver las cosas. Al final pude coger mi avión para Bruselas y agradecer aquel altruista gesto.


Otro accidentado viaje fue uno de mis primeros vuelos. Despegué, junto con mis padres, rumbo a París, pero el avión nunca llegó a su destino. Apenas unos minutos después de dejar el aeropuerto de Alicante, comprobamos que un motor hacía un extraño ruido. Dicho sea de paso, empezamos a desconfiar cuando subimos a un pequeño avión de hélice. Una azafata informó por megafonía de que un problema técnico, que no detalló, nos impedía llegar a París y nos obligaba a aterrizar en el aeropuerto de Valencia para cambiar de avión. Aunque la reacción de mi madre pudo hacer cundir el pánico del pasaje, la calma se impuso tras una oleada de comentarios en voz alta. Nos preguntamos si llegaríamos a Valencia e interrogamos, sin éxito, a la azafata. Acabamos escuchando una conversación con su compañera en que intercambiaban anécdotas de parecidos momentos de tensión a los que se habían enfrentado en su carrera. Al final aterrizamos sin problemas, primero en Valencia y más tarde en París. Aquellas azafatas me dieron más de un motivo para no volver a coger un avión, pero aquí sigo, sin contar a cuántos me subo en un año, consciente de que el riesgo no sólo es algo inevitable en nuestras vidas, sino que, además, las hace interesantes.    

domingo, 14 de agosto de 2016

Vacaciones en el país low cost

No somos iguales, pero tampoco tan distintos como nos quieren hacer creer. Españoles, franceses o de cualquier otra nacionalidad, todos compartimos las ganas de disfrutar de un tiempo de descanso, todos contamos los días que faltan para parar el cronómetro de la vida y hacer realidad nuestros soñados planes. Hasta solemos coincidir en la forma de utilizar ese tiempo, que es tan preciado como escaso y siempre pasa demasiado rápido.

La fórmula de sol y playa es un valor seguro, sobre todo cuando en la mayoría de países europeos la vitamina D es un bien limitado. En Francia, la cotizada Costa Azul es el principal atractivo veraniego, pero la oferta es muy variada: las interminables playas atlánticas son una alternativa menos masificada y los paisajes marítimos de Bretaña y Normandía son de una sobrecogedora belleza. A los amantes del campo y la montaña no les decepcionarán las impresionantes cimas de los Alpes o los volcanes de Auvernia, y los que buscan un buen cambio de paisaje y costumbres, se irán a Córcega. Para recorrer en familia cualquier punto del hexágono galo (analogía geométrica a la que recurren como nosotros a la forzada "piel de toro") muchos prefieren la opción de la autocaravana, cuya cultura está bastante arraigada en Francia, pues su privilegiada posición junto al centro de Europa motiva a quienes optan por un completo viaje atravesando varios países.

Muchos franceses se alejarán de sus fronteras para eligir destinos más o menos asequibles. Un amigo me contó que un fin de semana en la Costa Azul con su familia le costaba lo mismo que una semana entera en El Campello. La crisis y el auge del terrorismo en determinados países nos han entronado como los reyes del turismo low cost, una realidad que nuestros políticos, tan faltos de ideas como siempre, no han dudado en convertir en el motor de nuestra economía, aunque a veces le cueste arrancar y corra el riesgo de pararse en cualquier momento. Así es como han transformado el "made in Spain" en algo muy parecido al "made in China": una marca de la que nadie espera mucha calidad. De hecho, mis amigos franceses vuelven sorprendidos tras visitar nuestro país y encontrar mucho más que un simple destino low cost. Lo peor de todo es que este modelo económico nos condena a largo plazo, dependiendo de visitantes en busca de insolación y borrachera que obedecen a modas pasajeras y que, tarde o temprano, preferirán un lugar más barato.

Aunque por razones bien distintas a las de los galos, yo también he pasado mis vacaciones en nuestro país low cost, y si insisto con el anglicismo es por una curiosa situación que me tocó vivir. Para llegar hasta Alicante hicimos escala en Barcelona, pero el entusiasmo por pisar mi país tras casi un año de ausencia no tardó en desvanecerse. Al salir del avión reclamé el carrito de mi hijo y la azafata me explicó que vueling es una compañía low cost que no ofrece ese tipo de servicios y que el carrito lo recogería en Alicante junto al resto de maletas. Yo le contesté que ya había volado con Lufthansa, había hecho dos escalas y siempre me habían devuelto el carrito sin tener que decir nada. También le pregunté si le parecía lógico tener que pasar las tres horas que duraba la escala con un bebé de seis meses en brazos. La azafata se limitó a repetirme la política de su compañía, calcada a la de nuestro enfermo país low cost, que piensa cada vez menos en las personas y más en los recortes, en abaratar todo para reducirnos a un mero número, a un ínfimo salario que sólo da para comprar marcas blancas, llegar duramente a fin de mes y descubrir si el precario contrato será renovado. Al final tuvimos que esperar media hora para que una empleada del aeropuerto (y no de vueling) utilizara su sentido común, bajara hasta la bodega del avión y nos diera el carrito.

Ya en Torrevieja, nuestro destino final, pudimos sufrir los estragos de un tipo de turismo impulsado durante años. Cuando camino por el paseo marítimo, abriéndome paso a codazos entre un ruso, una familia francesa y otra inglesa, me cuesta reconocer las rocas entre las que saltaba de pequeño en busca de cangrejos, caracolas o pequeñas piedras. Ahora es difícil encontrar un lugar decente en donde cenar sin tener que buscar el menú español entre el sueco y el alemán o ver una carta sin un toro embistiendo un capote. Entonces recuerdo lo que realmente he venido a buscar en este país low cost: su alegre gente, de un valor incalculable, dispuesta a afrontar el abaratamiento de su patria con una sonrisa y a tender una mano amiga a quien necesita ayuda para levantarse.

sábado, 23 de julio de 2016

Volando voy

Existen lugares casi mágicos donde las fronteras se diluyen, podemos encontrar a gente de cualquier país, hablar en cualquier lengua e ir a cualquier parte del mundo. Lugares donde sentimos que todo es posible y que transmiten la emoción vivida por quien lee un libro que le hace viajar sin desplazarse. Esa es la imagen que, desde niño, siempre he tenido de los aeropuertos, hasta que la experiencia la ha ido adaptando a la realidad, sobre todo desde que la emigración me ha convertido en un morador habitual de estos lugares. Durante los últimos años me ha pasado prácticamente de todo y ahora que muchos están, o pronto estarán, de vacaciones, parece un buen momento para repasar las variadas anécdotas que, en todo caso, no me han hecho perder el placer de viajar.

Llegar a un aeropuerto puede parecer fácil, pero no hay que subestimar un trayecto posiblemente lleno de obstáculos. La distancia a la que residamos será proporcional al riesgo de perder el avión. Cuando vivía en Dijon tenía que coger hasta cuatro medios de transporte distintos antes de llegar al aeropuerto: autobús para alcanzar la estación, tren para llegar a París, metro para atravesar la ciudad de las luces y poder coger un último autobús que me llevara al perdido lugar del que salen los aviones de Ryanair. Por aquella época viajaba mucho con la compañía irlandesa, aun considerando que suele despegar y aterrizar en lugares improbables. En este caso hay que contar una hora para cubrir la distancia entre París y Beauvais, utilizando autobuses que se sincronizan con los aviones, salen tres horas antes del despegue y pueden resultar más caros que el propio vuelo.

Una vez me equivoqué al reservar mi billete de tren Dijon-París y cuando llegué a la parada de Ryanair, hacía una hora que el bus había salido... Para más inri, se trataba del veintitrés de diciembre y ya podía imaginar la decepción familiar si no llegaba a casa por Navidad. Por suerte, cerca había una parada de taxis llena de conductores dispuestos a regocijarse en la desgracia ajena. Uno de ellos leyó la angustia en mi cara y me abrió, sonriente, la puerta de su maletero, con la seguridad de quien sabe que es mi última alternativa. Fue simpático e intentó hablarme durante los tres cuartos de hora que duró el trayecto, esperando quitar tensión al momento, sobre todo cuando el denso tráfico parisino me hizo pensar que nunca llegaría a mi destino. Yo no dejaba de mirar, ansioso, el taxímetro, preguntándome si se trataba de un taxista ilegal capaz de abusar de mi descuido sin remordimientos. Todavía recuerdo cuando me señaló el puesto de peaje mientras decía, entre risas, "esto lo pagas tú". Al final intenté negociar el precio, pero el taxista se mostró intratable, sabía que había un cajero cerca y, al contrario que yo, no tenía ninguna prisa. La broma transformó el excesivo precio del bus de Ryanair en un coste irrisorio. Ésta y otras experiencias me llevaron a evitar durante un tiempo las compañías low cost, que siempre son más caras de lo que parecen.

Así fue como me decidí a volar con la reputada Air France y me enfrenté al temido overbooking. Para quien se haya perdido con el anglicismo, explicaré que este fenómeno paranormal sucede cuando vamos a facturar y nos informan que el avión está completo y nuestro nombre no figura en la lista de pasajeros. Así, sin anestesia ni nada. Hasta me reprocharon no haber confirmado que iba a coger el vuelo. Yo expliqué que cuando pago trescientos euros por un billete es porque pretendo coger el avión, pero mi lógica era contraria a las compañías que, de forma legal además, venden más plazas de las que pueden ofertar. Como esta vez había llegado al aeropuerto Charles de Gaulle con tres horas de antelación, ocupé uno de los primeros puestos de una lista de espera que me permitiría volar si alguno de los pasajeros no se presentaba. Pero no había muchas probabilidades, pues el destino del vuelo era Bucarest y despegaba en la víspera de la Pascua ortodoxa, una de las festividades más importantes de Rumanía. Aunque no me aseguraron nada, me recomendaron facturar la maleta y dirigirme hasta la puerta de embarque, pues el aeropuerto es muy grande y hasta el último minuto no sabría si volaría. Tardé una hora en llegar hasta donde saldría el avión y allí viví una tensa espera junto a los que, como yo, se habían levantado con el pie izquierdo. Al final los astros se alinearon en mi favor, pero la sensación de alivio no duró mucho tiempo. Cuando llegué a Bucarest me enfrenté a otra gran angustia que sobrevuela la cabeza de todo viajero: la pérdida del preciado equipaje. Los demás pasajeros se fueron y yo me quedé desolado frente a la vacía cinta transportadora. Mi maleta había sufrido el overbooking del que yo me había librado. (Continuará)

domingo, 24 de enero de 2016

Una cuestión de respeto

No podemos evitar ser juzgados, sucede cada día con todo desconocido que encontramos, pero podemos esperar que el veredicto no se base en cuestiones arbitrarias como nuestro físico o nuestra nacionalidad, aun cuando juegan un papel determinante en nuestra personalidad. Podemos pedir ser tratados con el respeto que merecemos. Nadie elige donde nace. Nadie elige la imagen que se formará en los ojos de otro. Que nadie nos lo tenga en cuenta y, menos aún, nos lo reproche.

En la esfera personal no doy importancia a los prejuicios, pues cada uno es libre de pensar como quiera. De igual manera yo soy libre de elegir a quien quiero tratar y de ignorar a quien no me aporta nada. Sin embargo, en el mundo profesional las cosas son distintas y a menudo nos vemos obligados a tratar con gente que desconocemos, hacia la que no sentimos ninguna afinidad pero cuya opinión sobre nosotros puede influir seriamente en nuestro trabajo. Es una cuestión de confianza, de crear el ambiente propicio para que un cliente se sienta satisfecho y se deje llevar, para que nuestro superior nos delegue tareas cada vez más importantes, para que nuestros subordinados se sientan apreciados y necesarios. Es una cuestión de respeto.

En este contexto los prejuicios nunca ayudan y pondré como ejemplo la imagen que los franceses tienen de España. Si bien la mayoría piensa que es un país donde se vive muy bien y no dudan en elegirlo para ir de vacaciones, no creen que España sea sinónimo de trabajo bien hecho. Aunque no me guste generalizar, el sentimiento de superioridad de los franceses hacia nuestro país está muy extendido. Siempre he intentado evitar que esta degradada imagen influya en el juicio que otros puedan tener sobre mi trabajo. En las primeras reuniones con gente que no conozco intento ser discreto, hablar lo justo para no desenmascarar mi acento, dejar que mi propio trabajo defina el concepto que los demás tendrán de mí. Cuando ya me he ganado su confianza, algunos no tardan en preguntarme de dónde viene mi acento, aunque a muchos no les importa y ni siquiera se interesan. A veces me gusta jugar y dejar que lo adivinen para comprobar hasta dónde llegan las imágenes preconcebidas. Han pensado que vengo del sur de Francia, de Italia o hasta de Argentina, pero no muchos aciertan y se sorprenden cuando les comento cuál es mi país de origen. Entonces no tardan en hablar de sus vacaciones, sobre todo cuando eran niños, y descubrimos que hemos pisado los mismos lugares y nos hemos bañado en las mismas playas. Murcia, La Manga, Torrevieja, Alicante, El Campello o Benidorm. Nos damos cuenta de lo pequeño que es el mundo, empezamos a hablar de paisajes compartidos en nuestra memoria y en unos minutos parecemos viejos amigos.

Hay otra imagen complementaria a ese eterno país de vacaciones low cost que también he podido ver de cerca. En el estudio de arquitectura donde trabajo solemos recibir currículums cada semana y muchos de ellos son españoles. Una vez, en uno de esos emails, el interesado reconocía no tener idea de francés y afirmaba estar dispuesto a trabajar incluso sin recibir nada a cambio, poniendo de manifiesto no sólo la precariedad de la arquitectura española, sino la desesperación de todo un país en donde el empleo es un bien escaso. Yo ya conocía aquella situación, pero mi jefe me miró, incrédulo, y me dijo: "no sé cómo hacéis en España, pero aquí lo que me está proponiendo es ilegal y no puedo arriesgarme a tener a alguien sin contrato". Tenía razón y aquel email suponía un paso atrás en la lucha diaria que mantengo por ganar el respeto de los franceses y demostrar que se puede confiar en nuestro país. Me entristeció leer aquella candidatura y ver que mi compatriota antepusiera la posibilidad de trabajar gratis a sus propios méritos, que de cara afuera nos hayamos convertido en un simple país de mano de obra barata. Hay principios por los que debemos luchar y nunca abandonar. Si renunciamos a ellos en la primera batalla, la guerra estará perdida de antemano.

Hace unas semanas escribí mi opinión sobre la conocida "marca España" que nuestro antiguo gobierno se afanaba en vender, pero puede que no haya sido lo bastante claro. Pondré un ejemplo muy explícito para que cualquier político pueda entender con facilidad la verdadera imagen de nuestro país en el extranjero. La marca "España" es algo así como la marca "Hacendado": la gente la elige atraída por el precio, después comprueba que la calidad es buena, pero, que no se engañe nadie, si la elige una segunda y hasta una tercera vez, sigue siendo por el precio.