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domingo, 12 de junio de 2022

El Don Tancredo de Kiev

 Quedarse o partir. Resistir o huir. Afrontar la situación como viene o buscar otras maneras de cambiar las cosas. No hay decisiones mejores que otras cuando se está dispuesto a asumir las consecuencias de cada una de ellas. Siempre hay motivos para inclinar la balanza de un lado u otro. Basta con elegir los más coherentes con nuestras convicciones y seguir adelante. Sin mirar atrás.

 

La actualidad ha vuelto a sacar a la palestra el eterno tema de la injusticia y los flujos migratorios. De las personas que se ven obligadas a tomar una decisión que cambia sus vidas para siempre. No voy hablar del contexto, de las circunstancias ajenas a ellas mismas que acaban interviniendo, muy a su pesar, sino que voy a centrarme en las personas, que son, al fin y al cabo, lo más importante.

 

En este blog he hablado mucho de migrantes y compartido mi experiencia como uno de ellos. El éxodo es un tema recurrente que ha acompañado a la humanidad desde siempre. El cambio del lugar en donde uno nace y crece bajo la protección parental siempre ha estado sujeto a controversia. La movilidad forzada sigue y seguirá repitiéndose, así que cuesta asumir que, frente a un problema global al que cualquiera puede verse expuesto en algún momento de su vida (solo basta con estar en el lugar y el momento equivocados), se hagan distinciones. Como si ignorásemos que pertenecemos a una única humanidad y debemos ayudarnos los unos a los otros, sin recurrir a una justificación particular. Hoy por ti, mañana por mí.

 

Hoy son ucranianos, pero ayer fueron iraquíes, afganos, sirios, marroquíes… El corazón se nos rompe cuando los vemos huyendo de las bombas, desafiando a la muerte y enfrentándose a una suerte que ellos no han decidido. Por desgracia, los conflictos armados, los daños colaterales, las consecuencias humanas de una geopolítica fría y cruel, siempre han existido y seguirán existiendo. ¿Por qué dar más privilegios a unos frente a otros? ¿Quién decide esa jerarquía? ¿Nuestra proximidad al lugar del conflicto, nuestra capacidad de empatizar con el mismo? Como si quienes luchan, huyen y mueren lejos de nuestras fronteras fueran menos humanos. Como si solo importase lo que aparece en los medios. Desde el comienzo de esta estúpida guerra me pareció obscena la excesiva cobertura que se le daba, imponiendo un discurso marcado por un único punto de vista, sin proporcionar al espectador el espacio que necesita para crear su propia opinión. Porque las cosas nunca son negras o blancas, y la vida se muestra en los matices que, por desgracia, unos medios polarizados son incapaces de mostrar.

 

Solo espero que todo esto nos sirva de lección, sobre todo a quienes pensaban que las guerras ocurrían siempre lejos, a otros, porque la distancia genera despreocupación. Ahora aprenden que todo cuanto sucede en este mundo tiene consecuencias, aunque no las veamos o las ignoremos deliberadamente. Y es que cuando esas consecuencias tocan nuestro bolsillo o nuestra rutina, ya es otro cantar. Como sucedió en el colegio de mi hijo, en donde decidieron que el carnaval de este año sería el de la “paz”, prohibiendo la entrada a piratas, superhéroes, militares o armas de cualquier tipo. Obviando la oportunidad de explicar a nuestros hijos que la vida no es un camino de rosas, que respetar las reglas, tener una buena actitud, esforzarse y pensar que todo va a salir bien no es suficiente. Porque hay variables de la ecuación que no dependen de nosotros y debemos aprender a despejarlas.

 

Entre todas las imágenes que han inundado los medios de información desde el principio de la guerra, yo me quedo con la de quien medita en una plaza de Kiev, cerrando los ojos y concentrándose en su respiración, esperando que la consciencia universal reaccione ante su desesperada llamada. Como el Don Tancredo que escucha, imperturbable, los toros que entran al ruedo y corren a su alrededor. Su única defensa es su inmovilidad, su capacidad de conservar su calma, por muy amenazante e insoportable que se vuelva su entorno. Y, desde su sencillo pedestal, desea con todas sus fuerzas que la situación cambie, porque él sabe que todo cambia, antes de volver a abrir los ojos.

domingo, 31 de octubre de 2021

Una habitación doce años vacía

 Quien se va, olvida el vacío que deja atrás. Porque no lo ve. Porque obvia que su propia presencia es importante. Porque, sin saberlo, es responsable de mantener un invisible equilibrio, alterado por su ausencia, que solo perciben quienes se quedan.

 

El tiempo pasa y la visión de esos espacios huérfanos puede resultar insoportable, pues nos recuerdan demasiado a quienes los habitaron. Hay quienes los conservan tal y como se dejaron, cual auténticos museos que invocan el alma de sus dueños, a los que podríamos imaginar entrando por la puerta, de un momento a otro. También hay quienes los transforman para evitar ese sentimiento de aflicción que surge al pasar ante la habitación vacía. Para que la ausencia se haga más llevadera, pero, sobre todo, para permitir que la vida siga su curso, cerrando un ciclo y empezando otro, comprendiendo que todo cambia en este mundo.

 

En mi caso, la habitación que dejé cuando cambié de país sigue exactamente igual, doce años después. Como si el tiempo se hubiera detenido en el momento de cerrar las maletas. Cada vez que vuelvo allí, me reencuentro con quien fui antes de partir. Como quien se observa en una foto de niño y piensa que se trata de una persona distinta. Y, juntos, recuperamos recuerdos aletargados, esos que cuesta desenterrar cada vez más.

 

Como viene siendo habitual, dedico un artículo al año a celebrar el paso del tiempo. A hacer balance y contar los años que llevo viviendo en el extranjero. A cerrar los ojos y volver a esa habitación vacía. Puede parecer un acto nostálgico y quien me lea por primera vez puede pensar que vivo en un continuo recuerdo del pasado, pero lo cierto es que la melancolía se queda en este blog. Para mí, escribir esta página es un acto de liberación y un ejercicio de salud mental, con el que, además, se siente identificada mucha gente. Porque cuando recordamos, nos sorprendemos a menudo sonriendo: cierta anécdota nos lleva a otra y nos saca del agujero de la nostalgia. Y acabamos con la gratificante sensación de valorar lo ya vivido. Hay que luchar cada día para mantener el pasado a raya, para darle la importancia que merece, ni más, ni menos; para aprender de la experiencia, sin olvidar que lo mejor siempre está por llegar. La existencia de ese pasado nos debe ayudar a confiar en el futuro. A contar con la certeza de poder resolver cualquier problema, o al menos relativizar su importancia, y de crear nuevas anécdotas que sucederán a las antiguas.

 

En el caso de un emigrante, el futuro pasa por una adaptación cada vez mayor al entorno. Pero por más tiempo que pasemos en otro país, nunca dejaremos de ser extranjeros. Aunque dominemos la lengua local u obtengamos la nacionalidad. Y no es algo malo, sino todo lo contrario, porque el hecho de ser extranjeros nos distingue de nuestros conciudadanos y nos aporta una valiosa ventaja: una mirada distinta. Una mirada que relativiza lo que sucede a su alrededor. Los cambios políticos o legislativos, las adversidades locales… nos afectan menos, porque comparamos esas dificultades con las que forman parte de nuestro propio bagaje o con lo que sucede, o ha sucedido, en nuestro país. Porque siempre tenemos la vista puesta en esa habitación que lleva tantos años vacía.

 

Y cuando todo se tuerce o un imprevisto nos obliga a cambiar de vida, los extranjeros estamos mejor preparados. Ya tenemos las maletas preparadas mentalmente para cuando se presente la ocasión de utilizarlas. O sabemos cómo hacerlas en el menor tiempo posible, listos para salvarnos cuando el volcán de turno (siempre hay uno cerca) entre en erupción. Ya las hicimos una vez y no nos da miedo volver a hacerlas. Nos ahorramos la duda, la incomprensión y la tristeza que siente quien nunca ha dejado su lugar de origen, quien se ha acostumbrado demasiado al mismo paisaje y no concibe vivir en otro sitio.

 

En definitiva, todo tiene sus ventajas y sus inconvenientes. La línea que divide lo bueno y lo malo es difusa e incluso inexistente en muchos casos, porque vivimos en una red tejida por los matices. Cualquier lugar es perfecto para vivir. Ya sea una habitación que lleve doce años vacía u otra a mil doscientos kilómetros de distancia.

jueves, 31 de diciembre de 2020

Cuando no se vuelve a casa por Navidad

 Muchas veces nada sucede como habíamos planeado y queremos forzar la situación para satisfacer ese deseo que, en nuestro interior, reclama un protagonismo perdido. Entonces nos preguntamos si realmente tiene sentido ese esfuerzo, si esa imposición es justificada o si procede de un niño al que le cuesta frenar la inercia de sus propios caprichos y aceptar la realidad.

 

Dadas las circunstancias, este año no he podido saciar el común anhelo de volver a casa por Navidad, como tampoco han hecho miles de expatriados que viven lejos de sus familias de origen. No es la primera vez que no vuelvo, pues quienes tenemos la oportunidad de crear una familia añadimos otras casas a las que volver. Sin embargo, sí es la primera vez que no vuelvo a ninguna casa y me quedo donde estoy, en ese hogar que he creado tras once años de vida en el extranjero.

 

Desde que resido lejos de mi país, mi vida ha seguido el ritmo dictado por esos regresos a la casilla de salida. Al principio la frecuencia se fijó de forma natural en tres meses, siguiendo esa inercia que se imprime en nosotros desde niños, cuando las vacaciones condicionan nuestra forma de percibir el tiempo. Y aunque esas limitaciones ya no existían, me seguí sirviendo de ellas, pues Navidad y Semana Santa, a pesar de haber perdido el sentido religioso que tuvieron para mí en un principio, seguían siendo las épocas perfectas para reencontrar a familia y amigos, para revivir esas celebraciones tan presentes en mi recuerdo.

 

Eso me permitió descomponer el tiempo en fragmentos soportables, capaces de mantener la nostalgia a raya. Siempre había una meta, un objetivo que movía todo lo demás: revivir esas sensaciones que nos llenan de energía, esa fuerza de voluntad que nos impulsa a seguir adelante y a levantarnos de la cama cada mañana. Las ganas de que llegara el viaje me hacían contar las semanas que lo precedían y programar cuanto haría en cada momento de esas esperadas vacaciones. Como si del final de una etapa se tratara, me afanaba en atar cabos, en acabar lo que había empezado o en acelerar lo que duraba demasiado. Tras haber estado en mi tierra y apaciguado el viento interno, la agitación dejaba paso a un tiempo de calma que aprovechaba para programar el próximo viaje y comprar los nuevos billetes de avión. Y entre ambos periodos, la vida pasaba más rápida que nunca.

 

Pero no tardé en descubrir que no tenía tantas vacaciones como deseaba y los periodos de tres meses se alargaron a seis, e incluso más, hasta llegar a un viaje de regreso al año cuando las obligaciones (tanto profesionales como económicas) no dejaban otra salida. Digamos que dejé de hacer pie para nadar durante cada vez más tiempo por mis propios medios.

 

Y en este hogar que hemos creado lejos de nuestras respectivas familias, sentimos que el tiempo pasa de otra manera, que los meses se convierten en semanas, como si todo se acelerara o cada instante adquiriera más densidad que el anterior. Eso no quiere decir que no siga fantaseando con esos momentos de regreso, que al ser más escasos son más esperados. Con esas llegadas al aeropuerto cargadas de una emoción sincera, con sus abrazos interminables, con sus besos incontables y con sus lágrimas incontenibles.

 

Así que este artículo va dedicado a un colectivo del que ya apenas se habla en los medios. A todos esos migrantes que viven lejos de sus familias y a quienes estos tiempos de incertidumbre les han dejado fuera de juego. A quienes, acostumbrados a reservar con antelación cada billete de vuelta (porque cada euro ahorrado ahora supone viajar más mañana) no han podido lidiar con las cambiantes restricciones que la pandemia impone. A quienes no pueden fijar en el calendario la próxima vez que verán a sus seres queridos. A todos ellos, a todos nosotros, feliz año nuevo. Que el 2021 nos traiga más viajes y la seguridad de que, tarde o temprano, volveremos a reencontrarnos.

domingo, 18 de octubre de 2020

No lo dudes, hazlo

 Decir que el tiempo pasa rápido es una obviedad, un contrasentido o las dos cosas a la vez. La noción de tiempo es una construcción artificial, cuya percepción cambia en función de la manera en que la midamos y nos lleva a preguntarnos si realmente existe. Si el tiempo fuera como un río que poder remontar navegando a contracorriente, me gustaría retroceder once años y entregarme una carta a mí mismo, o más bien, a quien todavía duda en coger un avión que le llevará a Dijon y cambiará el resto de su vida.

 

No lo dudes, hazlo. Porque no tardarás en acostumbrarte a la sensación de vértigo que ahora te revuelve el estómago, mientras piensas que no estás preparado para un cambio tan radical. Ten en cuenta que al primer paso siempre le seguirá el siguiente, que las puertas se te abrirán una tras otra y que vas a provocar una larga cadena de acontecimientos con maravillosas consecuencias. Lo más importante es que sepas adaptarte a cada momento. Para conseguirlo, solo necesitas confiar en que lo mejor siempre está por llegar.

 

No te entristezcas por lo que dejas atrás. Piensa que, como todo en esta vida, forma parte de un ciclo de aprendizaje. Que lo ya vivido, si sabes atesorarlo bien, te acompañará durante el resto de tu existencia. Si no valoras esa experiencia como debes y no dejas el espacio suficiente para que lo inesperado se pueda instalar, no podrás evolucionar. Tal vez la mayor inteligencia a la que podamos aspirar sea saber adaptarnos al cambio, pues éste es la única constante en nuestras vidas. Y el viaje sin billete de vuelta que estás a punto de iniciar es la mejor prueba de ello.

 

No lo dudes, hazlo. Porque gozas de un estado físico y mental que no volverás a tener. Tu energía es desbordante, aunque no te lo parezca: sírvete de ella para llegar más lejos que nunca antes. Acabas de terminar una carrera universitaria, el telón de la vida se abre ante ti y todo es posible, aunque no lo sepas o no quieras convencerte. Sé consciente de ello. No te preocupes si te digo que esa energía irá disminuyendo progresivamente, sin que te des cuenta, así que aprovéchala mientras circule con fuerza por tus venas. Y no te subestimes.

 

No lo dudes, hazlo. Porque tu familia y amigos seguirán estando ahí, a pesar de la distancia, y te recibirán con los brazos abiertos cada vez que vuelvas por vacaciones. No tengas miedo de perderles. No te voy a mentir diciéndote que las relaciones no se enfriarán, pero te puedo confirmar que la euforia es mayor cuando los encuentros escasean y se esperan con impaciencia. Que sentirás que el tiempo se detiene cada vez que les vuelvas a abrazar. Que la tecnología hará la distancia más llevadera, pues multiplicará las formas de comunicación y nos hará sentir más conectados que nunca.

 

No te hundas cuando llegues y te encuentres solo, en un lugar desconocido, pensando en quienes ya no están a tu lado. Esos momentos de soledad pasarán tan rápido, que no tardarás en olvidarlos. Déjate sorprender por la amabilidad de quienes encontrarás en tu camino y te cogerán de la mano para ayudarte, mostrándote lo que aún ignoras.

 

No lo dudes, hazlo. Porque es lo más importante, y estimulante, que te puede suceder en estos momentos. El punto de inflexión al que ahora te enfrentas, tenía que llegar, tarde o temprano. Así que debes conservar una mente abierta y estar preparado para todo. Sé que tienes miedo a que todas tus certezas desaparezcan, pero solo serán sustituidas por otras que, a su vez, se verán renovadas cuando llegue su hora. Porque todo acaba cambiando y cuanto antes lo asumas, mejor te adaptarás.

 

No lo dudes, hazlo. Porque todo es posible y, aunque suene a trillada frase de ánimo, solo necesitas un poco de confianza en ti y en el futuro para conseguir todo lo que te propongas. Te lo digo porque no son simples palabras vacías, porque sé por lo que vas a pasar y te aseguro que es lo mejor que te puede suceder en la vida.

domingo, 26 de abril de 2020

Largo domingo de confinamiento

Acabamos aceptando las contradicciones como única forma de explicar la realidad. Admitiendo que la lógica es incapaz de dar coherencia al mundo. Rindiéndonos ante la paradoja como única certeza para justificar lo que escapa a la razón. Para explicar que nunca hayamos estado tan aislados y, a la vez, tan conectados. Esta crisis nos ha enseñado a normalizar lo que, hasta hace muy poco, habría sido impensable.

Nuestra situación es una gran metáfora de la sociedad contemporánea, cuyos dispositivos electrónicos y formas de comunicación convierten al contacto físico en algo prescindible. Como si el mundo le hubiera dado la razón, de un día para otro nos hemos visto encerrados en ese entorno individualizado. Y cuando el aislamiento nos fue impuesto, la tecnología se convirtió, para la mayoría, en la única forma de soportarlo. Nos separamos tanto, que la distancia parece ahora insalvable. Me pregunto si volveremos a ser como antes. Si, tras haber comprobado que casi todas nuestras necesidades pueden ser saciadas a distancia, volveremos a tolerar el contacto físico. Si el hecho de pisar la calle tendrá el mismo valor que antes o si, a pesar de poder reencontramos, seguiremos tan aislados como ahora, que rehuimos a quien se nos acerca. Imaginemos que esta pandemia nos hubiera pillado hace treinta años: sin teléfonos móviles, ordenadores, internet, ni la posibilidad de trabajar desde casa; con un teléfono fijo que se habría colapsado y cinco canales en la televisión. 

Así que no tenemos tantas razones para quejarnos como creemos. Al fin y al cabo, quedarse en casa no es tan terrible como parece. Aun cuando lo más duro vendrá después, una vez que el tsunami económico nos ahogue, estoy harto del discurso pesimista difundido en los medios y quiero romper una lanza a favor del optimismo, de las oportunidades que ahora se nos abren. Personalmente, tengo la suerte de poder trabajar a distancia. Aunque con mi hijo al lado resulta difícil y debo controlar que haga lo que le mandan desde el colegio, también puedo disfrutar más de él. Para evitar la monotonía, cada semana me impongo un desafío que superar: tanto profesional como personal. El fin de semana hago balance, renuevo retos o propongo otras metas. Y el domingo, tras superar la inercia de la semana, dejo que surja lo inesperado. 

Antes había más posibilidades, pero ahora pesa el lado malo de vivir en el extranjero. Las vídeo-llamadas no son nuevas para nosotros. Lo que cambia es la posibilidad de coger un avión para aparecer tras unas horas en el lugar que nos vio nacer. En lo que a mí respecta, esta crisis me ha impedido vivir las fiestas de mi querida Murcia y pisar una tierra que no veo desde hace seis meses. Si bien la experiencia me ha enseñado a no depender de estos efímeros viajes de retorno y a no contar los días que los preceden, siempre duele cuando los planes se cancelan. No conviene perder el tiempo pensando en lo que pudo ser y no fue, pero me entristece no saber cuándo será. Porque, con el proteccionismo que se avecina y el regreso de las fronteras, parece difícil volver a movernos libremente. Porque el domingo es cuando más cuesta ocupar el tiempo, cuando más pensamos en los encuentros con familia y amigos, en los aviones perdidos, en las vacaciones que no llegan y en los abrazos que no damos. Porque ya no somos dueños de nuestras vidas, sino esclavos de la salud, que podemos perder en cualquier momento, y del dinero, que perderemos con la crisis.

Por eso, para animarme, me quedo con el confinamiento de Caleb, Margaux y Léon, una familia que, en el puerto de Paimpol, en Bretaña, vive en un pequeño velero. Sueñan con la visión del horizonte, con el sonido del casco deslizándose sobre el agua, con las sacudidas de las olas, con el viento hinchando las velas y silbando en la jarcia, con atardeceres mágicos y con noches estrelladas. Extienden el brazo y hunden su mano en esa misma agua que no tardará en sacarles de su encierro. Sueñan que son libres y yo sueño con ellos.

domingo, 17 de noviembre de 2019

La fiesta del hartazgo

Aprender de nuestros errores nos ayuda a seguir adelante, no solo en un país extranjero, sino en cualquier ámbito de la vida. Evitar la autocrítica a toda costa y pensar que los problemas desaparecen si los ignoramos nos puede llevar a situaciones esperpénticas, como la vivida durante los últimos meses en la política española, cuyo mal sabor de boca recuerda que siempre se puede ir a peor.

Ya he comentado en alguna ocasión que nunca me ha gustado la política y, menos aún, hablar de ella. Pero ver las cosas desde lejos me ha llevado a adentrarme en un terreno minado, donde me sirvo de la distancia para conservar cierta objetividad o, al menos, comparar cuanto sucede a cada lado de la frontera. Así que, si hasta yo puedo convertirme en un acertado analista político (mi artículo“decepciones anticipadas” ya se adelantaba a la triste situación que siguió a las elecciones de abril), significa que el panorama es demasiado triste. Y como han sucedido más cosas en los últimos siete días que en los últimos siete meses, la situación bien merecía otro artículo.

Tras la sonada decepción de este verano, sentimos que nos habían tomado el pelo: los depositarios de nuestra confianza no estuvieron a la altura de la encrucijada (una vez más) y su incapacidad de dialogar devolvió la pelota a nuestro tejado, como si nosotros hubiéramos sido los responsables. Se nota que a nuestros incompetentes políticos les encantan los domingos electorales, cuando ponen la papeleta en la urna, sonríen y el fotógrafo de turno inmortaliza el idílico momento. “Es la fiesta de la democracia”, dicen sin remordimientos. Yo la llamaría más bien “la fiesta del hartazgo”, porque ya estamos hartos de votar para nada. Ingenuos, esperaban que resolviésemos sus problemas y se han encontrado con lo previsible: aún más problemas. Ahora el panorama es más complicado que el anterior, pero ¿quién esperaba lo contrario? La situación es tan ridícula, que nuestros políticos (quién los ha visto y quién los ve) se han afanado en encontrar una solución por la vía rápida, como si nada hubiera pasado antes. Sin aprender de sus errores, o tal vez empujados por ellos a un incierto futuro del que nadie sabe (o quiere saber) nada, con una crisis económica asomando el plumero y una ultraderecha más contenta que unas pascuas. 

Curiosamente el pasado domingo también fue un día electoral en Rumanía. Allí, para elegir al presidente de la República, recurren a dos vueltas. Solo los dos candidatos más votados pasan a la segunda convocatoria, sistema similar al utilizado en Francia. Sin olvidar que las elecciones legislativas del país galo, que permiten elegir a los componentes de la cámara baja, también se sirven de la doble vuelta. Si bien resulta difícil extrapolarlo a España, donde la monarquía parlamentaria impide que elijamos al jefe del Estado, tal vez sea una pista a explorar para evitar el bloqueo político en que nos hemos instalado. Creo que deberíamos aprender de los errores de los últimos meses y revisar un sistema caduco; hacer autocrítica y madurar como democracia. Otro de esos persistentes errores es el voto rogado, que sufrimos todos los residentes en el extranjero. Un complejo método que nos obliga a meter nuestra papeleta dentro de un sobre que introducimos a su vez en otro: uno destinado al consulado, que a su vez envía el segundo a la delegación en cuyo censo figuramos, que debe recibirlo antes de la fecha oficial del recuento. Y utilizando una documentación electoral que solo llega a nuestro domicilio, cuando lo hace, si la solicitamos antes. Eso significa que debemos votar antes incluso de la campaña electoral, sin ver esos debates que dan vergüenza ajena, con trozos de adoquín, falsos gráficos y demás parafernalia inútil.

Como parece difícil que estas reflexiones sean escuchadas algún día por quienes podrían servirse de ellas, no me queda más remedio que recurrir a una viñeta de Mafalda que el azar ha puesto en mis manos esta semana. Una envenenada ironía que conjuga sutilmente la historia de mi vida con la de nuestros apreciados políticos.


domingo, 27 de octubre de 2019

Diez años construyendo lejos

Cuando una obra dura más de diez años, hay que hacerse algunas preguntas. Sobre la complejidad del proyecto, las dificultades encontradas y la pertinencia de las soluciones aportadas. Para confirmar si vale la pena seguir adelante o si debemos cambiar un camino plagado de obstáculos por otro que ofrezca un tranquilo paseo. Para decidir si seguimos jugando y arriesgando o nos plantamos para asegurar lo que ya hemos ganado.

La obra más larga en cuya dirección he podido participar es la del museo de las confluencias de Lyon. Llegué en la recta final, pero la odisea duró siete años, trece si contamos la elaboración del proyecto. Desde el momento en que el estudio de arquitectura Coop Himmelb(l)auganó el concurso internacional, se sucedieron problemas técnicos y económicos que alargaron el final de una obra colosal, a la altura de la inclasificable imagen del edificio. Trabajar en una empresa que supone tal desafío ayuda a ver las cosas de otra manera: a relativizar y a aprender a un ritmo acelerado. 

Por mucho que intente dejar el trabajo a un lado, al llegar a casa me encuentro con una obra de similar dificultad. Se trata de un castillo del siglo XIII, cuya construcción avanza a un ritmo desigual desde hace exactamente diez años. Es una reproducción del llamado “Burg Branzoll”, situado en Chiusa, ciudad del norte de Italia. Al principio los muros se levantaban con rapidez, pues la fascinación por una nueva actividad dirigía mis movimientos. Después aparecieron otras inquietudes y ocupaciones que alargaron el trabajo. Conocí a la que acabó siendo mi mujer y el castillo se convirtió en una ruina sobre la que se acumulaba el polvo. Fue precisamente ella quien me animó a retomar la obra. Y así, gracias a su ayuda, la construcción empezó a acercarse a su forma final. Hasta que llegó mi hijo; el castillo sufrió un nuevo revés y volvió a su privilegiado lugar del salón, desde donde hoy espera, paciente, a que llegue su turno.

Fue un regalo que me hicieron mis amigos del instituto cuando me fui a Francia. Conocían mi gran afición a las maquetas, que me llevó a estudiar arquitectura, y me ofrecieron un pasatiempo para superar esos difíciles momentos en que, lejos de casa, añoramos cuanto no podemos tener a nuestro lado. El regalo no pudo ser más acertado y guardo con mucho cariño el recuerdo de aquella última cena en que me lo dieron, antes de que todo cambiara. Por eso me afané en reorganizar mi maleta para encajar cada uno de los componentes del castillo. Quien me conoce sabe la importancia que le doy a la amistad. Estoy muy orgulloso de mis amigos: nos conocemos desde que éramos unos críos y todos son especiales para mí. Uno de mis grandes miedos en el momento de mi partida fue perder esa amistad. Los estragos de la distancia eran una amenaza considerable y, además, dudaba poder encontrar unos amigos como ellos en Francia. Al final, aquella falsa idea acabó cayendo por su propio peso y, cada vez que vuelvo a mi tierra, ellos siempre están ahí, demostrando que podemos reencontrarnos como si el tiempo no hubiera pasado.

Hace apenas un par de semanas nos volvimos a juntar. Era la boda de Silvia y José. Ahí estábamos todos, menos los anfitriones, en torno a una misma mesa, como en mi cena de despedida, en la que me regalaron la maqueta del castillo. Han pasado diez años y el grupo ha crecido: hay más parejas e incluso niños. Reímos, contamos anécdotas, compartimos momentos de nuestras vidas, recorrimos la mesa con la mirada y encontramos esos invisibles lazos que siempre nos unirán. Tiramos de ellos y recordamos ese instante en que nuestros destinos se cruzaron por primera vez.

Fue un intenso fin de semana en el que poco dormí y que, en vez de agotarme, me dejó una olvidada sensación de plenitud. Diez años después, volví a coger un avión con destino a Francia. Esta vez no tenía un billete de simple ida, sino uno de vuelta. Regresé a Lyon con las maletas llenas de una renovada fe en la amistad, de nuevos recuerdos que se añaden a una extensa lista, de sensaciones recuperadas, de una energía que solo se obtiene en el lugar donde fuimos felices, de momentos que me atan a mi tierra y hacen que nunca olvide de donde vengo. Seguiré echando los dados en un país extranjero, construyendo un castillo ya empezado, pero con la certeza de que nunca perderé todo lo que ya he ganado. 


domingo, 29 de septiembre de 2019

Un verano árabe

En el coche no cabe un bulto más. Maletas y bolsas repletas se agolpan hasta hacer inservible el retrovisor. Sobre la baca, una lona oculta más de lo mismo. Los padres delante, los tres hijos y la abuela detrás completan el monovolumen. Aunque dos mil kilómetros les separan de Argelia, sus rostros no reflejan cansancio alguno. Parecen cegados por una luz que les guía hacia sus orígenes, donde el espejismo creado por una memoria evocadora hace que el desierto sea menos árido de lo que parece. 

Reconozco que antes de vivir en Francia no me había interesado demasiado por la comunidad árabe y poco sabía de ella. Algo difícil de creer para mis amigos franceses, sobre todo para quienes les gusta insinuar que Europa se termina en los Pirineos. Y de poco ayuda ver que las indicaciones de la autovía aparecen en árabe al llegar a la Jonquera, para guiar a quienes cogen el ferry en Alicante. Bromas aparte, en España seguimos arrastrando las consecuencias de un pasado que condiciona ciertos roles sociales. No se trata de mala fe, sino de una forma de relacionarnos transmitida de generación en generación. Y acostumbrados al paisaje existente, nuestra pasividad ha contribuido a perpetuarlo. Poco queda de una ocupación que duró setecientos años, que se dice pronto. Ahora las comunidades árabes se agrupan en barrios bien delimitados y, aunque no siempre es así, suelen realizar trabajos de poca importancia o mal remunerados. Les reservamos las tareas que nadie quiere hacer y, a pesar de ello, muchos se atreven a mirarles mal.

En Francia la situación es distinta y el mestizaje está a la orden del día. Aun cuando también tienen barrios propios, donde abundan cafés y comercios frecuentados solo por árabes fieles a sus tradiciones, y están las conflictivas “banlieues" (afueras), convertidas en caldo de cultivo yihadistaen más de una ocasión. Fuera de esos lugares es fácil ver algún velo por la calle y advertir conversaciones que mezclan francés y árabe sin reparo. La convivencia es pacífica y la explicación la encontramos en el periodo de ocupación francesa del Magreb, en que Argelia incluso llegó a ser un departamento francés. Las mujeres y los hombres árabes desempeñan todo tipo de trabajos y sus impronunciables apellidos se mezclan con los más chovinistas. 

Todos ellos repiten un ritual tan sagrado como cualquier otro: vuelven a su país de origen durante el mes de agosto, si su economía se lo permite y no les obliga a ahorrar hasta el próximo año. Un mes para reencontrar a familia y amigos, para mostrar a hijos y nietos que las historias contadas antes de dormir eran reales. Un mes para convertir en omnipresente la lengua que hablan en círculos cerrados. Un mes para rescatar imágenes, sonidos, sabores y olores que les convirtieron en lo que hoy son. Un mes para recuperar cuanto añoran y hacer más llevadera la lucha diaria lejos del que fue su primer hogar. Un mes para saciar las ganas de volver.

Yo también hago un larga ruta en coche para volver a mi tierra una vez al año. Aunque antes la hacía de un tirón, cuando el cansancio pesa demasiado me veo obligado a parar y dormir a medio camino. Una vez paré en un hotel de carretera y les volví a ver. Eran las once de la noche y, sobre los asientos del monovolumen aparcado en la gasolinera, toda la familia dormía. Cuando pasé a su lado, eché un rápido vistazo y los ojos protectores del padre se abrieron para analizar el peligro, como una alarma bien calibrada. No era la única familia árabe que dormía en el aparcamiento. Cuando al día siguiente retomé el camino, el lugar estaba vacío. Habían partido tras el primer rezo de la mañana. Pensé en ellos antes de arrancar el coche. En su coraje y en su capacidad de resistencia, de defender sus orígenes pase lo que pase. Les volví a ver en la autovía y les adelanté decenas de veces. Y cuando llegué a mi destino, ellos seguían su ruta, incansables. Guardianes de una cultura que sobrevivirá a pesar de cualquier traba.

domingo, 18 de noviembre de 2018

6 + 3 años lejos

Tarde o temprano llega el momento de recapitular. De mirar atrás y analizar el camino recorrido. De rendir cuentas, si se da el caso, y establecer la nueva estrategia que dirigirá nuestros próximos pasos. Solemos hacerlo al final de una etapa importante, durante fechas de obligado paso, que nos marcan aun cuando no queremos admitirlo y suelen ser motivo de alegría. En mi caso la fiesta es doble: cumplo tres años de blog y nueve de vida en el extranjero, sin saber cuál de los dos aniversarios hace que el tiempo pase más rápido. 

Sin estas recurrentes celebraciones, nos costaría medir el paso del tiempo. Unas veces son esperadas y otras nos hacen sentir tanto vértigo que deseamos que pasen lo antes posible. Aparte de las clásicas efemérides, ciertos guiños de la vida nos transportan con facilidad a otro tiempo. Son fugaces instantes que nos resultan familiares (un gesto, un olor o una forma de ver las cosas) y abren viejas cicatrices, permitiéndonos mirar a través de ellas para descubrirnos a nosotros mismos en otro momento y otro lugar. La distancia desaparece en cuestión de segundos y conseguimos analizar con ojo crítico lo que no pudimos hacer en su día. 

Dentro de doce meses cumpliré una década viviendo lejos y empiezo a notar un extraño cosquilleo. Si durante esta etapa he redefinido conceptos que creía conocer, como distancia, ausencia o patria, todavía me quedan definiciones por reescribir. La llegada de los dos dígitos se aventura distinta a cualquier otro cumpleaños, como si se cerraran puertas que ya nunca volverán a abrirse. Pase lo que pase, seguiré viviendo como lo he hecho desde que llegué a Francia, sin hacer planes más allá de los próximos tres meses. Porque la experiencia me ha enseñado que la vida se estructura siguiendo múltiplos de tres: la beca con la que llegué a Francia duró tres meses, me la prolongaron otros tres, mi primer contrato fue de seis meses y el segundo tuvo la misma duración. En el ámbito personal, me casé después de tres años de noviazgo y cuando nació mi hijo (todos sabemos que un embarazo dura nueve meses) seguí constatando que los grandes cambios se producen en múltiplos de tres. Así que, sin ser supersticioso, los aniversarios que ahora celebro (tres y nueve) parecen más especiales que de costumbre. 

Durante los últimos nueve más tres meses (curiosamente un año se divide en múltiplos de tres) ciertas cosas han cambiado en este blog, fiel reflejo de mi vida cotidiana. Cuando la maquinaria empieza a chirriar y amenaza con estallar en el momento menos pensado, hay que hacer una pausa. Los compromisos profesionales y personales me obligaron a parar, coger aliento y ver las cosas desde otra perspectiva: abrir espacios para que la intuición recuperara el terreno que había perdido. Ese descanso me sirvió para reconocer lo que realmente me importaba y confirmar que necesitaba seguir escribiendo, aunque fuera de otra manera. Si antes de ese paréntesis publicaba una entrada por semana en este blog, a partir de ahora lo haré una vez al mes. Siempre que pueda compaginarlo con mi cada vez más escaso tiempo libre. 

Además, este periodo de reflexión me ha permitido crear un nuevo blog. Se llama “Cuaderno francés” y se encuentra en la web literaria Zenda. A pesar de que su leitmotiv es el mismo que el de “Todavía lejos” (contar anécdotas, descubrimientos o reflexiones de mi vida en Francia), lo abordo desde otra perspectiva. La literatura constituye un digno telón de fondo y se convierte en el hilo conductor que teje nuevas historias y dirige mis dedos cuando me abalanzo sobre el teclado. Para mí es todo un honor disponer de un pequeño espacio en Zenda, ese vasto territorio donde nos encontramos autores noveles, escritores consagrados, lectores ávidos y editores, con el único objetivo de leer y ser leídos, de compartir nuestra pasión a través de artículos, entrevistas, cuentos, poesías, fragmentos de libros, blogs, comentarios... Un afable lugar en donde escribiré cada tres semanas.  

A partir de ahora alternaré las publicaciones de “Cuaderno francés” con las de “Todavía lejos”, la personal vitrina que acoge cuanto pasa por mi cabeza, donde me dejo llevar por la intuición recuperada durante la larga pausa de este año. El ritmo ha cambiado, pero sigo conservando las ganas de quien se sentó hace tres años para escribir historias que suceden lejos de su país natal. En una tierra que no es ni mejor, ni peor que la suya, sino simplemente el lugar adonde le han llevado las circunstancias. Tan válido como cualquier otro para mirar la vida a los ojos.

domingo, 14 de octubre de 2018

No es lo mismo

Tras el estallido inicial, una energía de inimaginable poder lo envolvió todo. El sentimiento de júbilo se propagó de forma instantánea. Los goles de Griezmann, Pogba y Mbappé fueron pequeños adelantos que presagiaron el feliz desenlace. El último pitido del árbitro inició una reacción en cadena cuyas consecuencias durarán años. Salí a la calle para contagiarme de aquel estado de ánimo y, en medio de la vorágine, me pregunté qué parte de esa felicidad me correspondía realmente.

Fueron unas horas de enajenación colectiva, en las que todo estuvo permitido y la euforia se materializó de forma espontánea. Interminables hileras de coches cubrían el asfalto y pitaban escandalosamente. Querían reproducir conocidas melodías o solo hacer ruido, mientras banderas tricolores asomaban por sus ventanillas. Semejante atasco habría provocado retahílas de insultos en otras condiciones, pero esa tarde solo se veían rostros complacientes entre los automovilistas. De pronto, uno de los vehículos paró en seco, su conductor salió, se subió al techo pasando por el capó y empezó un extraño baile que acompañó con una gran bandera. Quienes vieron obstruida su marcha, no solo parecieron encantados con aquella improvisación, sino que empezaron a corear “on est champions, on est champions, on est, on est, on est champions” (el equivalente francés de nuestro “campeones, campeones, oé, oé, oé). En las aceras, el contacto físico era mayor y se sucedían los abrazos y besos entre desconocidos. Sonrisas, gritos de júbilo y felicidad contagiosa. Los bares no tardaron en sacar grandes altavoces para convertir la calle en una inmensa verbena. Caminar resultaba imposible y cada parón de la marea humana era una excusa más para felicitar efusivamente a quien tuviéramos al lado. Las preocupaciones y problemas cotidianos se desvanecieron durante unas horas en que nada importó más que manifestar una felicidad sin límites. 

Siempre he pensado que las celebraciones de victorias deportivas solo atañen a los jugadores que luchan por ellas y las hacen posibles. Sin embargo, cuando se trata de deportistas que representan a una nación, hay una identificación directa con quien juega al otro lado de la pantalla. Algo parecido sentí aquella tarde de julio, pues aunque no tuviera pasaporte francés, llevaba casi nueve años viviendo en el país galo y me sentía como uno más. Durante el mundial, mi corazón se dividió entre dos naciones y al principio seguí a ambos equipos con similar interés, sin poder evitar que mi corazón latiera más con el español. Pero tras los descafeinados partidos de nuestra selección y su consecuente eliminación, confié mi suerte a los franceses. 

Cuando aquella tarde me gritaron “somos campeones” quienes salieron a mi encuentro, pensé que aquel “somos” era más cierto que nunca. A veces necesitamos que alguien venga a confirmar lo que de algún modo ya intuimos. Sin embargo, no había dejado de ser español y no pude evitar acordarme del primer gran triunfo de la roja. Era junio de 2008 cuando mis compañeros de piso y yo dejamos el enclaustramiento de la época de exámenes para salir y descubrir el significado de la palabra histeria colectiva. Dos años después, cuando Iniesta paró el tiempo, yo me encontraba en el lugar equivocado. Si bien la alegría seguía en mi interior, las calles de Dijon estaban igual de vacías que cualquier otro domingo. Ni cánticos, ni pitidos, ni abrazos espontáneos, ni fuentes atestadas de improvisados bañistas. 

Tal vez la vida me haya devuelto ahora aquella celebración de un mundial que en su día no tuve, pero de todas maneras… no es lo mismo. Esa tarde de julio miré a mi alrededor con una nostálgica sonrisa y pensé: si ellos supieran… Si ellos escucharan a nuestros locutores de radio anunciando cada gol. Si ellos sintieran la pasión de un país en donde el fútbol es más que una religión. Mejor que no sepan lo que se están perdiendo y disfruten del presente como buenamente puedan.