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domingo, 29 de noviembre de 2020

La paella deslocalizada

 Algo no encaja, sabemos qué es, pero no queremos reconocerlo. Hacemos la vista gorda porque, por algún motivo, nos conviene: hay algo que nos gusta y no estamos dispuestos a renunciar a ello. Si ese pequeño engaño toma la forma de una buena paella, nos dan igual los argumentos a rebatir, porque cualquier excusa es buena para reencontrar esas sensaciones que nunca deben ser olvidadas.

 

Cuando, una vez en Francia, pasó el tiempo suficiente como para añorar mi tierra y sus sabores, me lancé a cocinar mi primer arroz. Reconozco que empecé cocinando cosas más sencillas, como la clásica tortilla de patatas, que perfeccioné en mi época de estudiante y tanto apreciaron mis amigos franceses, o el tradicional zarangollo murciano. Podía haber aprovechado para hacer mis pinitos en la cocina francesa, que cada día conocía más, pero mi primer reflejo, el más natural, fue recuperar esos sabores que ya echaba de menos. No soy de los que no pueden vivir sin jamón serrano, pero sí de los que asocian un sabor a un determinado recuerdo del pasado y no quieren que se pierda en el olvido.

 

Digamos que eché mano del recetario de mi vida, sirviéndome de internet, pero también de unas pequeñas hojas en donde apuntaba sugerencias de familiares y amigos, que me fueron tan útiles en mis tiempos de estudiante. Entre esos papeles encontré los pasos para preparar un buen arroz, dictados por mi madre, que siempre hacía todo “a ojo”. Difícil tarea tenía por delante si quería reencontrar esos sabores que, una vez por semana, educaron el paladar de mi infancia y hacer perdurar ese saber local, transmitido de forma oral, que tiende a desaparecer.

 

Además, no pude evitar que las primeras dificultades fueran técnicas: el arroz cocinado con una básica placa eléctrica no era comparable al obtenido con un buen quemador de gas. Huelga decir que el resultado no estaba a la altura de lo esperado, con demasiados granos duros y sin sabor alguno. Me hicieron falta unos cuantos intentos antes de poder hacer una paella comestible y que, en todo caso, no tenía nada que ver con la que hacía mi madre. Cometí muchos errores, de ésos que solo se pueden evitar repitiendo el proceso una y otra vez. Incluso si a mis amigos les gustaba el resultado, o al menos eso decían, yo sabía que no se podía comparar con un buen arroz a banda alicantino ni con un sabroso caldero del Mar Menor. A veces me preguntaba por qué me complicaba tanto la vida, pues mi nivel de frustración aumentaba con cada intento fallido. Había algo superior a mí que me empujaba, una extraña sensación que solo podía calmar de una manera. Quienes vivimos en el extranjero nos sentimos muchas veces como pez fuera del agua y yo buscaba una rápida vía de escape, algo que me devolviera el equilibrio necesario para afrontar la lucha diaria, sin tener que coger un avión y recorrer cientos de kilómetros.

 

También estaban los problemas con los ingredientes, más éticos que otra cosa, sobre todo cuando vi que las gambas que encontraba en Francia procedían del Pacifico, de Madagascar o de Ecuador… Algo inconcebible para mí, acostumbrado a los frescos pescados de las costas murcianas y alicantinas. Acabé asumiendo que ahora vivo lejos del mar y el Mediterráneo francés no exporta gambas tan buenas como las de Santa Pola. Además, los pimientos, los limones y las especias venían de mi querida huerta murciana y no me quedó más remedio que aceptar que los ingredientes de mi deslocalizada paella recorrieran más kilómetros de los deseados. Así que, cada semana, cuando los encuentro en el mercado, hago la vista gorda y recuerdo que siempre hay un precio que pagar, nos guste o no, si queremos alcanzar nuestros objetivos. Ahora incluso hay plataformas, como Gastronomic Spain, especializadas en acercar a quienes vivimos lejos de nuestra tierra productos que no podríamos encontrar de otra manera.

 

Al final, gracias a un quemador de gas que instalé en la terraza de mi piso, a una equilibrada mezcla de ingredientes y a la experiencia que dan diez años de intentos, he llegado a cocinar algo que merece ser llamado arroz. Que sigue sin parecerse al que comía en mi infancia, pero que me sirve para reconciliarme con el mundo cuando pierdo la esperanza.

domingo, 26 de abril de 2020

Largo domingo de confinamiento

Acabamos aceptando las contradicciones como única forma de explicar la realidad. Admitiendo que la lógica es incapaz de dar coherencia al mundo. Rindiéndonos ante la paradoja como única certeza para justificar lo que escapa a la razón. Para explicar que nunca hayamos estado tan aislados y, a la vez, tan conectados. Esta crisis nos ha enseñado a normalizar lo que, hasta hace muy poco, habría sido impensable.

Nuestra situación es una gran metáfora de la sociedad contemporánea, cuyos dispositivos electrónicos y formas de comunicación convierten al contacto físico en algo prescindible. Como si el mundo le hubiera dado la razón, de un día para otro nos hemos visto encerrados en ese entorno individualizado. Y cuando el aislamiento nos fue impuesto, la tecnología se convirtió, para la mayoría, en la única forma de soportarlo. Nos separamos tanto, que la distancia parece ahora insalvable. Me pregunto si volveremos a ser como antes. Si, tras haber comprobado que casi todas nuestras necesidades pueden ser saciadas a distancia, volveremos a tolerar el contacto físico. Si el hecho de pisar la calle tendrá el mismo valor que antes o si, a pesar de poder reencontramos, seguiremos tan aislados como ahora, que rehuimos a quien se nos acerca. Imaginemos que esta pandemia nos hubiera pillado hace treinta años: sin teléfonos móviles, ordenadores, internet, ni la posibilidad de trabajar desde casa; con un teléfono fijo que se habría colapsado y cinco canales en la televisión. 

Así que no tenemos tantas razones para quejarnos como creemos. Al fin y al cabo, quedarse en casa no es tan terrible como parece. Aun cuando lo más duro vendrá después, una vez que el tsunami económico nos ahogue, estoy harto del discurso pesimista difundido en los medios y quiero romper una lanza a favor del optimismo, de las oportunidades que ahora se nos abren. Personalmente, tengo la suerte de poder trabajar a distancia. Aunque con mi hijo al lado resulta difícil y debo controlar que haga lo que le mandan desde el colegio, también puedo disfrutar más de él. Para evitar la monotonía, cada semana me impongo un desafío que superar: tanto profesional como personal. El fin de semana hago balance, renuevo retos o propongo otras metas. Y el domingo, tras superar la inercia de la semana, dejo que surja lo inesperado. 

Antes había más posibilidades, pero ahora pesa el lado malo de vivir en el extranjero. Las vídeo-llamadas no son nuevas para nosotros. Lo que cambia es la posibilidad de coger un avión para aparecer tras unas horas en el lugar que nos vio nacer. En lo que a mí respecta, esta crisis me ha impedido vivir las fiestas de mi querida Murcia y pisar una tierra que no veo desde hace seis meses. Si bien la experiencia me ha enseñado a no depender de estos efímeros viajes de retorno y a no contar los días que los preceden, siempre duele cuando los planes se cancelan. No conviene perder el tiempo pensando en lo que pudo ser y no fue, pero me entristece no saber cuándo será. Porque, con el proteccionismo que se avecina y el regreso de las fronteras, parece difícil volver a movernos libremente. Porque el domingo es cuando más cuesta ocupar el tiempo, cuando más pensamos en los encuentros con familia y amigos, en los aviones perdidos, en las vacaciones que no llegan y en los abrazos que no damos. Porque ya no somos dueños de nuestras vidas, sino esclavos de la salud, que podemos perder en cualquier momento, y del dinero, que perderemos con la crisis.

Por eso, para animarme, me quedo con el confinamiento de Caleb, Margaux y Léon, una familia que, en el puerto de Paimpol, en Bretaña, vive en un pequeño velero. Sueñan con la visión del horizonte, con el sonido del casco deslizándose sobre el agua, con las sacudidas de las olas, con el viento hinchando las velas y silbando en la jarcia, con atardeceres mágicos y con noches estrelladas. Extienden el brazo y hunden su mano en esa misma agua que no tardará en sacarles de su encierro. Sueñan que son libres y yo sueño con ellos.

domingo, 1 de julio de 2018

Cuanto quieren que veamos

Nos miramos a los ojos, perdemos los rasgos que nos distinguen y conservamos un envoltorio parecido a cualquier otro. Percibimos solo las sombras, lejos de un interior inescrutable, abocado al olvido en un mundo superficial y vacío. Al otro lado de la red, nuestro adversario muestra la mejor imagen que ha podido crear, listo para empezar el juego de máscaras. En el tenis, como en la vida, cuando las fuerzas de dos jugadores son similares, gana quien confía más en sí mismo, proyecta una imagen más sólida y gestiona mejor los momentos de tensión que amenazan el camino a la victoria.

Todo está en la mente. El futuro ganador se concentra mientras alarga el tiempo que precede al saque. Visualiza su estrategia para intentar imponer un ritmo que le favorezca. Él sabe que la realidad es un complejo baile de espejos. Cuanto vemos es una combinación de reflejos cruzados, de lo que aparentan los demás y lo que nosotros mostramos. Toda generalización se convierte en el mejor ejemplo de este cruel mecanismo. Si hacemos uso de estereotipos, no solo faltamos a la verdad, sino que cerramos la puerta a cuanto sale de lo comúnmente establecido y solo vemos lo que otros quieren que veamos. Entramos en el previsible mundo de las apariencias, donde nada es interesante y no hay espacio para la duda o la sorpresa. Lo que realmente importa sucede en la frontera, esa tierra de nadie donde todo es posible.

Me gusta el tenis porque las líneas que delimitan la pista tienen un importante rol. Son claras, pero también gruesas y dan forma a un lugar tan peligroso como atractivo. Los mejores golpes son aquellos que llegan hasta allí y no pueden ser devueltos. Son momentos que materializan la belleza de lo incontestable. A veces la pelota juega con el peligro y roza ligeramente la línea, con tono de burla: sabe que a pesar de haber caído fuera, tiene la misma validez que cualquiera de las conservadoras compañeras que caen dentro de los límites establecidos. Los mejores jugadores entrenan ese culto a la línea y saben que les puede sacar de más de un apuro, cuando la máscara definida por su táctica no basta para marcar la diferencia.

Si observamos el mundo con los ojos de un tenista, vemos que los estereotipos equivalen a esa imagen que el jugador ofrece sobre la pista, resultado de su estrategia o de los errores que no ha podido evitar cometer. En la mayoría de los casos, los tópicos no son justos con la realidad y se utilizan como un arma arrojadiza que pretende abatir un objetivo concreto. Los clichés habituales suelen asociarse a naciones enteras, pero los hay para cada región, provincia, ciudad o pueblo. También están los más inmediatos, que utilizan el color de la piel, el sexo o cualquier otro rasgo físico para encasillar a todo hijo de vecino. Aunque intentamos ignorarlos o pensar que ya han sido superados, solo basta con cambiar de ciudad o de país para comprobar que siguen tan vigentes como el primer día. Tal vez porque la realidad absoluta no existe y depende de nuestra forma de ver las cosas, como individuo y como grupo. Vivir en Francia me ha permitido ver que las rancias ideas preconcebidas siguen bien arraigadas en el subconsciente colectivo y no juegan a favor del extranjero. Tampoco hay que ir muy lejos para constatarlo, pues en nuestro propio país se ha instalado una curiosa imagen de mi región natal, Murcia, convertida en blanco fácil para todo tipo de chistes desde hace unos años. La forma de hablar y las peculiaridades de mis paisanos han creado un nuevo lugar común y han sido motivo de innumerables mofas. 

Si participara en este juego de imágenes colectivas, aportaría mi personal visión del mes de junio, del que rescato la llegada del asfixiante calor veraniego, el tenis, Roland Garros, y las grandes victorias de Nadal. Incluso ese torneo sufre las consecuencias de las ideas generalizadas, que influyen en los locutores deportivos que dicen "Roland Garró" pensando que así pronuncian los franceses, olvidando que la regla de la "s" muda no se aplica en este caso y obviando la "a" nasal, tan difícil de articular para un español. La célebre competición es ampliamente seguida en Francia y la televisión pública le da una gran cobertura. Enciendo el televisor y veo cómo un jugador, gracias a un saque directo, acaba de ganar un partido en la arcilla de París. La pelota golpeó la línea y no dejó opción a su adversario, rendido ante la pureza de un gesto auténtico. Más allá de imágenes deformadas o ambigüas, la verdad se abre paso para acallar a quienes la atacan. 

domingo, 28 de enero de 2018

Reclamando justicia

Hay cosas de las que nos cuesta hablar, porque cuando nos incomodan, miramos a otro lado y cambiamos de tema. Pero que no las reconozcamos, no significa que dejen de existir. Son tristes realidades que merecen ser cambiadas y que el cómplice silencio condena al olvido. Por eso quiero hablar sin tapujos de la actual situación de la arquitectura, que además de ser una apasionante disciplina, es el principal motivo que me empujó a emigrar hace más de ocho años.

Parece que sea tabú hablar de condiciones laborales o decir que la arquitectura adolece de una precariedad laboral inimaginable en un oficio que siempre ha gozado de una buena imagen social. En España es difícil, por no decir casi imposible, encontrar a alguien que trabaje con contrato en un estudio de arquitectura. Los empleados son obligados a darse de alta como autónomos para percibir una irrisoria mensualidad. Eso significa que son ellos quienes pagan su seguridad social (y su jubilación, si algún día quieren tener una) y se ven privados de todas las ventajas de un asalariado, como serían las vacaciones pagadas, el cobro del paro o el derecho a una indemnización tras un despido. Y deben facturar todos los meses a una única empresa, lo que los convierte en "falsos autónomos". Una práctica que, por desgracia, no es exclusiva de la arquitectura. El origen de este deshonesto hábito se encuentra en el fundamento mismo de la profesión, pues el trabajo del arquitecto se ha devaluado hasta llegar a cotas insospechadas. Los honorarios contrastan con la cualificación y las responsabilidades exigidas. La arquitectura es un oficio complejo (creativo y técnico) que requiere mucha dedicación. Hablando claro: demasiadas horas dibujando delante del ordenador o de una hoja de papel, en busca de la solución perfecta (buena, bonita y barata) que encaje todas las piezas del rompecabezas. Algo que no siempre queda reflejado en un plano.

Tras haber crecido en este triste contexto, cuando crucé los Pirineos me llevé una grata sorpresa. A pesar de haber empezado como becario, mi remuneración era similar a la de los falsos autónomos españoles. Además, no tardé en tener un contrato con garantías (jornada laboral de treinta y cinco horas por semana, dos días y medio de vacaciones por mes trabajado...) que me facilitaron mucho la vida. En otras palabras: valoraron mi trabajo, que, en el fondo, es la moraleja de esta historia. Cuando nos obligan a reclamar justicia (sueldo correcto, horarios razonables, vacaciones suficientes...), sentimos que desprecian nuestro esfuerzo. Pero no todo es de color de rosa en el país de la baguette. Aunque mi contrato me garantizaba unas condiciones razonables, mi estatus era el de un dibujante. En Francia, la profesión de arquitecto está protegida por una convención que decide una remuneración mínima en relación con la experiencia adquirida. Tratar arquitectos como dibujantes es una práctica muy común que genera otro tipo de precariedad. Y el recurso a los falsos autónomos también existe en el país galo, así que el problema de fondo es el mismo que en España: la arquitectura se ha convertido en una profesión decadente, cada vez menos valorada.
Hace un año que he pasado al otro lado de la barrera y ahora soy yo, junto con mi socio, quien busca becarios y jóvenes arquitectos para sacar adelante un estudio de arquitectura. Y desde esta otra posición sigo constatando la carencia de una remuneración justa y la dificultad de cuadrar las cuentas entre los resultados y el coste de los mismos. Aún así, prefiero echar más horas por las noches o los fines de semana antes que tener un becario sin sueldo o contratar a un arquitecto como si fuera un dibujante. Es una cuestión de principios: la necesidad de que todos se sientan a gusto realizando un trabajo reconocido, a cambio del cual reciban lo que merecen.


Durante las pasadas navidades, me encontré con un sorprendente puesto en el mercadillo de artesanía de Murcia. Había maquetas, dibujos y un letrero: "escuela de arquitectura de Cartagena". Cuando hace más de quince años empecé a estudiar esta carrera, la escuela más cercana era la de Alicante. Actualmente existen otras dos en los alrededores (la UCAM de Murcia y la de Cartagena), algo que contrasta con la dura crisis de la que la arquitectura todavía no ha salido. Muchos se han refugiado en la docencia para poder sobrevivir y nos plantean un dilema ético: si no hay suficiente trabajo para todos, ¿por qué formar a nuevos arquitectos? Ellos se ven obligados a dejar su país o ahogados en un mercado cada vez más saturado, que merma sus condiciones laborales. Y en vez de reclamar justicia, hay quien busca nuevos alumnos tras el mostrador de un puesto navideño.   

domingo, 10 de abril de 2016

Hijos de emigrantes

Nunca sabemos cuándo la vida va a sorprendernos. Cuando somos testigos de uno de esos momentos inesperados nos echamos hacia atrás con un gesto de incredulidad, preguntándonos qué se esconde tras esa extraña coincidencia o si somos nosotros quienes provocamos lo que no somos capaces de entender. Hace año y medio me incorporé al equipo de dirección de obra de un museo de Lyon. Entre mis nuevos compañeros se encontraba un tipo simpático que no sólo tenía un apellido español, sino que conocía mi ciudad natal y tenía a parte de su familia en Guadalupe, una pedanía de Murcia. No tardamos en hacernos amigos y, aunque él nació en Lyon y es francés, a veces conversamos como dos murcianos separados únicamente por una generación de emigrantes.

La historia de la emigración española es cíclica y se repetirá mientras nuestro nivel de vida sea visiblemente inferior al de nuestros vecinos europeos, diferencia que nuestro anterior gobierno se empeñó en acrecentar con sus políticas de los últimos años. La desigualdad es mayor que nunca, así como las razones por las que partir. Antes iban a Alemania, Suiza o América Latina y ahora los destinos son más diversos. Más de la mitad de los españoles residentes en el extranjero no han nacido en España, según el Instituto Nacional de Estadística, y esos datos no tienen en cuenta todos aquellos hijos de emigrantes que, como mi amigo, tienen la nacionalidad del país en que nacieron.

Él sólo ha estado en Murcia de vacaciones, pero recuerda con cariño los veranos de su infancia, las cálidas aguas del Mar Menor o los paseos entre los naranjos. Por sus venas corre sangre española y no es difícil darse cuenta, pues su carácter abierto, amable y jovial le delata. Desde que sus padres murieron ha perdido la buena costumbre de hablar español, los encuentros con sus hermanos son cada vez más esporádicos y entre ellos les resulta más fácil utilizar el francés, sobre todo porque sus hijos y sobrinos sólo hablan en esa lengua.

Una vez, hablando del curso de la vida, me dijo que cuando tenemos hijos acabamos dejándonos llevar por ellos y llegando a donde ellos nos llevan. Tal vez sus padres pensaran trabajar en Francia hasta jubilarse y pasar el ocaso de sus vidas bajo el sol murciano que les vio nacer, pero su camino se torció cuando menos lo esperaban: tras la repentina muerte de su padre, su madre decidió quedarse en Francia. Sus hijos estaban allí y se acabó resignando a volver a Murcia un verano cada dos años, obligando así a su familia a conocer la tierra de la que proceden. Mi amigo tiene dos hijos y también ha podido comprobar cómo ellos han acabado guiando su vida. Aunque les haya enseñado español, ya no lo hablan en casa y a él cada vez le cuesta más expresarse en esa hermosa lengua que sus padres le dejaron como la herencia más preciada.

Hace unas semanas mi amigo me llamó para contarme el penúltimo capítulo de esta historia, el más insólito o el más coherente, según cómo se mire. Su hija, atraída por una lengua que le gusta y tiene en los genes, está estudiando filología hispánica, en septiembre cursará una beca Erasmus y ha elegido Murcia para vivir esa experiencia. Su padre acudió a mí para encontrar un buen alojamiento y facilitarle las cosas. Colgué el teléfono con una sonrisa, pensando en cómo la vida se reconduce para cerrar un ciclo que siempre se repite. La sangre de los padres de mi amigo, tras haber emprendido una larga aventura, volverá al lugar del que un día salió. Su nieta pisará la tierra a la que sus abuelos nunca pudieron regresar, la descubrirá durante unos meses y quién sabe lo que sucederá después. Tal vez decida acabar su carrera allí e instalarse indefinidamente. Tal vez no esté preparada, vuelva a Lyon y deje que otra generación cierre el ciclo que la vida ya ha abierto. El futuro estará sólo en sus manos, pues aunque la vida marque las tendencias que invisiblemente nos guían, la elección siempre es posible y todavía podemos ser libres.

A veces veo a mi amigo como si se tratara de una imagen de mi propio futuro. Entonces pienso en mi hijo e intento imaginar lo que tiene preparado para mí. Me recorre un escalofrío cuando siento la incertidumbre de los próximos años y la ausencia de certezas, que tampoco he tenido en otras situaciones de mi vida. En momentos como éste viene a mi cabeza una filosofía que me acompaña desde que hace seis años y medio dejara mi país: lo mejor siempre está por llegar.

domingo, 28 de febrero de 2016

Recuerdos talados

Cuando llegamos por primera vez a un lugar desconocido, buscamos, incluso sin darnos cuenta, guías que permitan orientarnos. Cuando nos hallamos en un terreno hostil, nos aferramos a cualquier detalle que entre en resonancia con alguna parte de nosotros mismos. La mayoría de las veces se trata de recuerdos de nuestra infancia, nuestra juventud o cualquier cosa que algún día significó algo para nosotros. Su presencia nos tranquiliza, la similitud con algo familiar nos da seguridad y, de pronto, nos sentimos con fuerzas renovadas para seguir caminando. Sin embargo, cuando una de esas referencias desaparece drásticamente, nos sentimos abandonados a nuestra suerte en un mundo difícil que no nos ayudará en nada.

Uno de esos amables recuerdos me acompaña desde mi adolescencia. Cada día, después de una jornada de instituto, regresaba a casa acompañado por un grupo de buenos amigos. El penúltimo tramo de ese recorrido atravesaba la avenida Alfonso X el Sabio, que los murcianos llamamos con cariño "Tontódromo" (donde nuestros abuelos paseaban para "tontear" y buscar pareja). A ambos lados del bulevar central, los imponentes árboles (preciosos plátanos de sombra) nos empequeñecían, nos protegían del calor en verano y nos cubrían con sus marrones hojas en otoño. Eran casi las tres de la tarde, en las mesas del Café Bar sólo quedaban los restos de su inconfundible ensaladilla rusa y a Sirvent llegaban los primeros en tomar el café de la tarde. La avenida estaba casi vacía, nada que ver con la marea humana que la invadirá cuando el mercadillo de navidad se instale bajo los árboles o cuando todos los bares saquen sus barras afuera el día del "Entierro de la Sardina". Si un bulevar está anclado en la memoria de los murcianos, es sin duda éste.

Cuando llegué a Lyon y empecé la ardua tarea de buscar piso, me llamó la atención la avenida Cours Lafayette, flanqueada por los mismos plátanos de sombra del Tontódromo murciano. En este caso la vía es más estrecha, no hay bulevar central y entre los árboles sólo pasan coches, pero el simple hecho de mirar sus hojas y pasear bajo su sombra me identificó con ellos y sacó de mi memoria un mundo feliz. Fue como cuando encontramos a un desconocido y tenemos la impresión de haberlo visto antes. Todavía no lo sabía, pero el piso que acabaría eligiendo se encontraría en aquella avenida y tendría la suerte de recorrerla varias veces al día. Una ciudad ajena para mí como entonces era Lyon, se convirtió fácilmente en un sitio familiar. Podría vivir allí y observar los plátanos de sombra desde las ventanas del salón o de mi habitación, olvidar por un momento que estaba en Francia, que podría volver a salir del instituto y regresar a la casa donde mis padres me esperaban con la mesa puesta.

Hace unas semanas hablé de globalización, transporte público, protestas necesarias y causas imparables. Pues bien, el otro día abrí una ventana de mi casa y me encontré con todo ello saltándome a la cara en forma de una casualidad que no era tal. Dos hombres, protegidos con cascos y armados con sendas sierras mecánicas se disponían a cortar las ramas superiores del árbol que se hallaba a escasos metros de mí. Pensé que se trataba de una poda rutinaria, pero el estupor no tardó en aparecer cuando vi que acabaron cortando el grueso tronco en varios tramos, ayudados por una grúa móvil. Indignado, salí a la calle y comprobé, aún más sorprendido, que todos los árboles de la avenida estaban marcados y esperaban a que les llegara su hora. Se trataba de la mejora de una importante línea de autobús. Como la vía no es muy ancha y los coches aparcados en doble fila entorpecen demasiado, habían decidido talar los árboles y crear dos carriles de bus, separados del resto de la calzada. Para tranquilizar a vecinos como yo, decían que compensarían la tala de cada plátano de sombra con la plantación de otros árboles que, por supuesto, serán mucho más pequeños, no llegarán a la ventana de mi cuarto piso y no estarán relacionados con ningún lugar de mi memoria. De pronto me sentí más vacío y desorientado. Cómo le explico ahora a mi hijo que ya no podrá oír los pájaros cantar desde casa, que al otro lado de la ventana de su habitación ningún filtro verde le separará del tráfico de la calle, que el sol del atardecer ya no se recortará entre los árboles (como en la fotografía que un día tomé y que encabeza este blog), que ya no verá pasar las estaciones a través de sus hojas y que no podrá jugar a buscar nidos entre las ramas. Eso sí, le diré que podrá coger un autobús que le dejará cinco minutos antes en el centro. A ver qué le parece.