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domingo, 17 de noviembre de 2019

La fiesta del hartazgo

Aprender de nuestros errores nos ayuda a seguir adelante, no solo en un país extranjero, sino en cualquier ámbito de la vida. Evitar la autocrítica a toda costa y pensar que los problemas desaparecen si los ignoramos nos puede llevar a situaciones esperpénticas, como la vivida durante los últimos meses en la política española, cuyo mal sabor de boca recuerda que siempre se puede ir a peor.

Ya he comentado en alguna ocasión que nunca me ha gustado la política y, menos aún, hablar de ella. Pero ver las cosas desde lejos me ha llevado a adentrarme en un terreno minado, donde me sirvo de la distancia para conservar cierta objetividad o, al menos, comparar cuanto sucede a cada lado de la frontera. Así que, si hasta yo puedo convertirme en un acertado analista político (mi artículo“decepciones anticipadas” ya se adelantaba a la triste situación que siguió a las elecciones de abril), significa que el panorama es demasiado triste. Y como han sucedido más cosas en los últimos siete días que en los últimos siete meses, la situación bien merecía otro artículo.

Tras la sonada decepción de este verano, sentimos que nos habían tomado el pelo: los depositarios de nuestra confianza no estuvieron a la altura de la encrucijada (una vez más) y su incapacidad de dialogar devolvió la pelota a nuestro tejado, como si nosotros hubiéramos sido los responsables. Se nota que a nuestros incompetentes políticos les encantan los domingos electorales, cuando ponen la papeleta en la urna, sonríen y el fotógrafo de turno inmortaliza el idílico momento. “Es la fiesta de la democracia”, dicen sin remordimientos. Yo la llamaría más bien “la fiesta del hartazgo”, porque ya estamos hartos de votar para nada. Ingenuos, esperaban que resolviésemos sus problemas y se han encontrado con lo previsible: aún más problemas. Ahora el panorama es más complicado que el anterior, pero ¿quién esperaba lo contrario? La situación es tan ridícula, que nuestros políticos (quién los ha visto y quién los ve) se han afanado en encontrar una solución por la vía rápida, como si nada hubiera pasado antes. Sin aprender de sus errores, o tal vez empujados por ellos a un incierto futuro del que nadie sabe (o quiere saber) nada, con una crisis económica asomando el plumero y una ultraderecha más contenta que unas pascuas. 

Curiosamente el pasado domingo también fue un día electoral en Rumanía. Allí, para elegir al presidente de la República, recurren a dos vueltas. Solo los dos candidatos más votados pasan a la segunda convocatoria, sistema similar al utilizado en Francia. Sin olvidar que las elecciones legislativas del país galo, que permiten elegir a los componentes de la cámara baja, también se sirven de la doble vuelta. Si bien resulta difícil extrapolarlo a España, donde la monarquía parlamentaria impide que elijamos al jefe del Estado, tal vez sea una pista a explorar para evitar el bloqueo político en que nos hemos instalado. Creo que deberíamos aprender de los errores de los últimos meses y revisar un sistema caduco; hacer autocrítica y madurar como democracia. Otro de esos persistentes errores es el voto rogado, que sufrimos todos los residentes en el extranjero. Un complejo método que nos obliga a meter nuestra papeleta dentro de un sobre que introducimos a su vez en otro: uno destinado al consulado, que a su vez envía el segundo a la delegación en cuyo censo figuramos, que debe recibirlo antes de la fecha oficial del recuento. Y utilizando una documentación electoral que solo llega a nuestro domicilio, cuando lo hace, si la solicitamos antes. Eso significa que debemos votar antes incluso de la campaña electoral, sin ver esos debates que dan vergüenza ajena, con trozos de adoquín, falsos gráficos y demás parafernalia inútil.

Como parece difícil que estas reflexiones sean escuchadas algún día por quienes podrían servirse de ellas, no me queda más remedio que recurrir a una viñeta de Mafalda que el azar ha puesto en mis manos esta semana. Una envenenada ironía que conjuga sutilmente la historia de mi vida con la de nuestros apreciados políticos.


domingo, 28 de abril de 2019

Decepciones anticipadas

Si damos la espalda a cuanto nos decepciona, no es el resultado de una acción premeditada a modo de castigo, sino la consecuencia de un gesto natural. Nuestra mente, aconsejada por su instinto, pasa a otra cosa. En mi caso reconozco que el olvido ha sido intencionado. Hace tiempo que no hablo de política, pero ha llegado el momento de abordar lo que, en este día de elecciones anticipadas, parece ineludible. 

Cuando era pequeño veía cómo mi padre seguía lo que dirigentes de uno y otro partido decían en el telediario o debate de turno, mientras yo encontraba todos los discursos vacíos de sentido: cada político se limitaba a criticar a su oponente y cuanto hacía, por el simple hecho de pertenecer al bando contrario. Siguiendo una lógica infantil, resultado de aplicar un denostado sentido común, yo rebatía a mi padre para recordar que las cosas no son negras o blancas, que todo lo que hace un gobierno, o una oposición, no puede ser malo por definición. Siempre hay matices: buenas, regulares y malas decisiones. Pero los discursos políticos destruían toda acción del prójimo y ensalzaban toda iniciativa propia. Por aquella época, un simple “cuando seas mayor lo entenderás” servía para zanjar cualquier discusión incómoda. 

Cuando tuve edad para votar, aún descontento con el panorama político, pero consciente del gran privilegio que supone meter un papel en una urna, decidí desoír los consejos de mi padre y votar en blanco. Si no tenemos una democracia perfecta, hay que engrasar la maquinaria hasta que funcione como es debido. La lectura de libros como “Ensayo sobre la lucidez”, del gran Saramago, me animó a seguir explorando aquella vía, alimentada por la indiferencia hacia un sistema bipartidista.

Una vez en Francia vi que mi decepción, compartida por la mayoría, no era expresada del mismo modo. Mis amigos franceses argumentaban que es más eficaz votar a un partido que hacerlo en blanco. Incluso si no estamos de acuerdo con ciertas ideas, un voto puede servir de castigo hacia la mala gestión de un gobierno. Recordemos que el sistema francés cuenta con una segunda vuelta en la que se debe elegir entre dos candidatos y muchos tienen que votar a quien realmente no apoyan para evitar que salga elegido quien resultaría aún peor para los intereses del país. 

En ese contexto, convencido por mis colegas franceses, decidí dar color a mi voto y contribuir a que el bipartidismo desapareciera. Si bien el panorama político español se volvió más esperanzador que el francés, la euforia fue enfriada por unas elecciones fallidas y una sorprendente incapacidad de dialogar: se dio muchas vueltas para volver a la penosa situación de antes. Si en los últimos meses el paisaje electoral se ha fragmentado aún más, la posibilidad de encontrar acuerdos viables de gobierno se ha desvanecido de forma proporcional. Los discursos se han empobrecido y vuelvo a tener la misma sensación de aquel chiquillo que miraba la televisión junto a su padre. Los actuales líderes se dedican a criticar exclusivamente a sus adversarios, el debate se polariza y no hay propuestas convincentes que piensen en el bien común. 

Y, casualidades de la vida (o no), en un momento en que volvería a votar en blanco, no podré meter mi papel en una urna. La complejidad del voto rogado, del que dependemos los integrantes del CERA (Censo Electoral de los Residentes Ausentes), ha sido una nueva barrera. Como si fuéramos ciudadanos de segunda. Es cierto que no pisamos el mismo suelo, pero participar en la construcción de nuestro país tal vez sea el penúltimo hilo (más allá de familiares y amigos) que nos une a él. Esta situación ahonda en nuestro desarraigo. Si nuestro país de origen nos pone trabas para votar y el de acogida nos niega el derecho al voto sin poseer la nacionalidad, nos sentimos perdidos en el limbo al que nos arrastra el rechazo. Apátridas en tierra hostil que solo quieren tirar los dados con su propia mano. Para ver qué sale. 

domingo, 2 de octubre de 2016

Una vida de alquiler

Cuando somos niños nos preguntan qué queremos ser y después nos dicen qué debemos ser. Nos hablan de conseguir un trabajo estable, de comprar una casa, de casarnos y tener hijos, como ellos ya hicieron. Pero nadie menciona que la incertidumbre también entra en juego, que puede aparecer tras cualquier esquina y acabar con los planes más sólidos. Nadie nos cuenta cómo dominar una fuerza tan impredecible o cómo evitar que la desilusión estropee el resto del viaje. Y nadie nos dice que el camino que al final elegimos, ése que es tan difícil y tan distinto al que ellos siguieron, esconde agradables sorpresas que justifican una existencia llena de riesgos y falta de certezas.

Elegir la emigración supone aceptar una vida nómada. Al principio la asumimos como una etapa transitoria, un sueño del que tarde o temprano despertaremos, que nos permitirá volver a nuestra tierra de origen para, esta vez sí, empezar una vida seria. Pero el tiempo, que siempre acaba poniendo cada cosa en su sitio, convierte una situación efímera en permanente y hace que dudemos de los más arraigados principios. Descubrimos que, al menos en nuestro país, un trabajo estable es una quimera, una casa en propiedad es un sueño inalcanzable y formar una familia es inviable sin los medios necesarios. Al final nos damos cuenta de que no tiene sentido desear lo imposible y nos contentamos con llegar a fin de mes y hacer planes con sólo tres meses de antelación.

Alquilar es una buena opción, tal vez la única en los tiempos que corren, que implica cierto cansancio con el paso de los años. Primero llegamos a un país nuevo, a una ciudad nueva, no encontramos el piso de nuestros sueños, pero es lo que nos podemos permitir y lo aceptamos como algo temporal. La vida pasa más rápido de lo que deseamos, cambiamos de trabajo y de casa. Como tenemos más experiencia y ganamos un poco más, conseguimos un piso un poco más grande y un poco más cerca de la oficina. Después el azar nos lleva a una ciudad y a una casa distintas. Aunque esta vez tengamos un trabajo indefinido, las ideas en nuestra cabeza no son tan estables y no podemos evitar comparar nuestra existencia con la que llevaron nuestros padres. Nos preguntamos en qué momento el tren del cambio se parará y nos dejará disfrutar de cierta tranquilidad.

Entretanto nos hemos convertido en clientes habituales de IKEA y de todas esas cosas de usar y tirar que, como nuestra situación vital, tienen fecha de caducidad. Nos gastamos en ellas lo mínimo posible y encontramos en nuestras pasajeras circunstancias la justificación que necesitamos para seguir consumiendo sin preocuparnos excesivamente por la calidad. Entonces nos damos cuenta de que nuestra actitud delata una excesiva confianza en el futuro, donde nos espera una añorada situación estable que un día nos hicieron creer que existía. Esa inevitable forma de pensar a largo plazo, que desde un principio achacamos al regreso a nuestra patria o a la obtención de unas condiciones más favorables, nos ha hecho descuidar el presente. Hemos olvidado que lo más importante sucede ahora y aquí, en el país en donde estamos, con el trabajo que tenemos y en la casa en que vivimos. Que un instante alquilado vale lo mismo que uno en propiedad, porque lo que realmente cuenta es lo que hagamos con él, sin pensar en un futuro que nunca llega.

Pensábamos que las inseguridades de la convulsa adolescencia habían quedado atrás, imaginábamos que algún día sentaríamos la cabeza y crearíamos un verdadero hogar, un lugar entre cuyas paredes nos sentiríamos seguros, donde podríamos ver crecer a nuestros hijos y planear una tranquila jubilación. O al menos eso habíamos aprendido de las generaciones que nos precedieron, de las películas, de los libros y de un bien arraigado subconsciente colectivo.

En un armario de mi casa hay una caja de cartón bien embalada, todavía sin abrir. Está ahí desde la última mudanza, hace ya más de dos años. Éste es el tercer piso en el que vivo desde mi llegada a Francia y tengo la certeza de que no será el último. Ni siquiera el siguiente será el definitivo. Porque lo definitivo, tal y como nuestros mayores lo concibieron, ya no existe. No sé qué hay dentro de esa caja. Reconozco que su contenido no será muy importante si no lo he echado en falta durante los últimos años. Si todavía no la he abierto es porque me recuerda tanto a mi pasado como a mi futuro, porque así ya no tendré que volver a cerrarla y llevarla conmigo a mi futura y efímera etapa.

Metz, 28/05/2011

Las situaciones transitorias se transforman en momentos lúcidos, instantes donde la impunidad de lo temporal nos muestra opciones que rechazaríamos de otro modo.


sábado, 6 de agosto de 2016

Valores ocultos

No les conocemos, nunca hemos hablado con ellos y no sabemos si compartimos algo más que el país en que nacimos. Si les encontráramos un día por la calle, ¿podríamos conversar más allá de desgastadas frases hechas? ¿Nos reiríamos con sus chistes? ¿Seríamos amigos? O, por el contrario, ¿nos veríamos obligados a despedir educadamente a una persona con la que no somos compatibles o cuyos valores no compartimos? Poco importa todo eso cuando les vemos en una pantalla, con un balón en los pies o en las manos, corriendo hacia la meta, sentados en una bicicleta o compitiendo en cualquier otra disciplina, pues nos identificamos de forma inmediata. Hacemos nuestra su lucha contra ellos mismos y sus adversarios, jaleamos sus nombres, proyectamos sobre ellos nuestras mejores intenciones, como si fuéramos nosotros los que aspiráramos a una brillante medalla. Y en ese instante de infinita alegría que sigue al balón cuando entra en la portería o cuando el cronómetro se para al final de la prueba, nos sentimos orgullosos de pertenecer a esa nación que un día dejamos.

Nos hacen sentir que estamos vivos. Irradian felicidad y satisfacción por un trabajo bien hecho, pero también decepción, frustración o rabia. Podemos ver en sus caras los valores que transmite todo deporte, su inagotable afán de superación, de empujar su cuerpo hasta límites insospechados para superarlos y asomarse al otro lado, donde no hay un fin en sí mismo, sino unas interminables ganas de seguir luchando. Intuimos su fortaleza mental, que les ayuda a administrar sus fuerzas para conseguir su objetivo, y nos entristece cuando se derrumban, conscientes de haberlo dado todo y haber llegado a donde su cuerpo ha dicho basta. O al menos ese día, porque abandonar no es una opción para ellos y hay una eterna confianza en el futuro, en que mañana irán más lejos y, en las próximas olimpiadas, alcanzarán al fin su sueño. Son valores tan positivos que si todos los asumiéramos como nuestros, el mundo sería muy distinto.

Y, por muy enfadados que estemos con nuestra patria y sus dirigentes, acabamos por sentir un hormigueo en el estómago cuando la bandera sube a lo más alto del poste mientras suena el himno. Es una curiosa reconciliación con muchas cosas, sobre todo para los que vivimos lejos de ese país y volvemos a creer en él cuando alguien lucha de forma sincera en su nombre.

Paradójicamente, lo menos importante es cuando los sueños se cumplen y el éxito llega. Entonces vemos la otra cara de la moneda y descubrimos que si nos fuéramos de cañas con el deportista en cuestión, no pediríamos una segunda ronda. Nos haríamos un selfie con él, nos firmaría una servilleta de papel y ahí le dejaríamos, con su ego y con la impunidad que le concede la fama. No siempre sucede así y no quiero generalizar, pero la triste actualidad ha puesto esta realidad sobre la mesa. Admiro profundamente a los deportistas que siguen siendo humildes y honrados tras haber alcanzado la cima, que siguen abanderando los valores que les han llevado hasta allí. Sin embargo, no son los que más aparecen en los medios, eclipsados por los que son multados por insultantes excesos de velocidad cuando conducen sus coches de marca, por los que son condenados por defraudar a hacienda o por los escándalos sexuales de determinados compañeros.

En el estudio donde trabajo nos ocupamos ahora de la rehabilitación de un colegio en Craponne, una pequeña localidad cercana a Lyon. El ayuntamiento cuenta con un presupuesto de un millón y medio de euros y no da para demasiado. El estado del edificio es lamentable y, aunque la obra le dará un buen lavado de cara, muchas cosas quedarán por hacer. A veces pienso en los niños y en todo lo que se perderán por culpa de un escaso presupuesto. Uno de ellos juega en el patio y luce la camiseta de su ídolo, Leo Messi. Entonces pienso en los más de cincuenta millones de euros que el mejor futbolista del mundo ha tenido que pagar a Hacienda para compensar su fraude, sin olvidar la pena de cárcel. No sólo me acuerdo de los niños españoles que podrían tener mejores escuelas, sino de la cantidad de recortes que se han hecho para compensar estafas como ésa, porque defraudar a Hacienda es defraudar a todos los que pagan sus impuestos y apenas llegan a fin de mes, los mismos que no dudan en comprar a sus hijos carísimas camisetas con el número diez. Y cuando veo cómo surgen insólitas campañas de apoyo a un condenado, me pregunto en qué momento los verdaderos valores del deporte quedaron ocultos por un frívolo espectáculo vacío de sentido. 

domingo, 3 de julio de 2016

Aprender de nuestros errores

A veces me pregunto hasta dónde puede llegar la indecencia de nuestros políticos. La respuesta es bien sencilla: hasta donde nosotros les permitamos. Mientras sigan siendo votados, tengan los bolsillos llenos y el ego bien alimentado, ahí los tendremos. Sin importarles valores morales que vayan más allá de su propia codicia. Están ahí gracias a nosotros, aun cuando es cuestionable la validez de un voto ganado con mentiras, gracias al miedo y a promesas que nadie se molestará en cumplir. Por eso nos merecemos ración doble de Mariano Rajoy, de Brexit y de Donald Trump. Porque nuestra democracia ha sido tan adulterada, que ha perdido todo su sentido. Porque nuestros políticos gastan más dinero en campañas difamatorias y en elaborar discursos sin fondo, que en tender la mano a quien de verdad lo necesita. Y, sobre todo porque, por desgracia, no hay una alternativa convincente en el horizonte.

A veces me pregunto por qué tenemos que aguantar a semejantes personajes. No hay día que pase sin que aparezcan en el telediario, en el periódico o en la red social de turno, diciendo la última majadería que se les ha ocurrido, jaleados por los suyos o abucheados por el resto, creyéndose mucho más de lo que en realidad son. No encuentro un sentido a este circo vacío, perdido en palabras repetidas hasta la saciedad, que sólo muestran una preocupante falta de ideas y una subestimación del electorado. No sé si algún día podremos acotar el infame espectáculo. Si en algunos lugares prohíben los circos con animales, ¿por qué no prohibir la democracia con políticos corruptos? Tal vez porque sentiríamos que nos falta algo. Tal vez porque necesitamos otro sistema donde los que tomen las decisiones importantes estén realmente preparados para ello.

A veces me pregunto qué pasaría si redujéramos el espacio que los medios dedican a la política. Podríamos sustituir las intervenciones diarias e inútiles de los cuatro jinetes del Apocalipsis (Rajoy, Sánchez, Iglesias y Rivera) por opiniones e ideas de gente que vale la pena escuchar, que llevan vidas ejemplares capaces de cambiar las nuestras. Me refiero a gente perteneciente a ámbitos generalmente olvidados por los medios, como el científico, el espiritual o el cultural. Stephen Hawking (que precisamente estuvo esta semana en Tenerife) o el Dalai Lama son los primeros nombres que me vienen a la cabeza, pero la lista es larga y su capacidad de hacer avanzar la sociedad es importante. Necesitamos que el periodismo recupere el rumbo que parece haber perdido y se apoye en quienes quieren contar la verdad sin deformarla con intereses personales. Las redes sociales prometían un soplo de aire fresco que se ha transformado en una ola de calor alimentada por la violencia y la gratuidad de comentarios que sólo buscan hacer daño o apoyar sin argumentos.

A veces me pregunto qué lograríamos si, de un día para otro, todos dejáramos de hablar de política. En los bares, en la televisión, en los periódicos, en internet. Tal vez los políticos vieran su ego desinflado y empezaran a ocupar ese vacío con lo que realmente necesitamos: que hagan su trabajo y luchen por mejorar la vida de los ciudadanos. Me gustaría saber cuánto tiempo dedican a dar entrevistas, organizar ruedas de prensa, analizar sondeos sobre su popularidad o ver qué se dice de ellos en internet y compararlo con el tiempo que pasan estudiando las medidas que pueden hacer de la tierra que pisamos un lugar mejor. Sería un aplastante ejercicio de transparencia que pondría a cada uno en su sitio y nos diría si es realmente útil poner nuestro voto en una urna.

A veces, y menos mal que sólo a veces, me pregunto por qué no cojo la próxima nave espacial que salga de la Tierra y me embarco con las personas a las que más aprecio (Stephen Hawking y Dalai Lama incluidos) y con un disco duro repleto de buenos libros, buena música y buenas películas. Tal vez mi experiencia como emigrante me haya dado una visión demasiado derrotista, pues en mi éxodo he comprobado que ningún país propone nada realmente distinto. Nos exiliaríamos a un nuevo mundo. Recorreríamos el universo en busca de vida realmente inteligente que nos pudiera aconsejar sobre el mejor camino a seguir. Esperaríamos encontrar el agujero negro que nos llevara a millones de años luz de aquí, a un nuevo planeta, lejos de inútiles fronteras o de infantiles líneas rojas, donde empezar desde cero, ocuparnos de lo que realmente importa y, esta vez sí, aprender de nuestros errores.

domingo, 19 de junio de 2016

Abriendo el camino (II) : Decidiendo el recorrido

Hace tiempo que la fiesta ha empezado y ahí estamos nosotros. Hemos llegado atraídos por la música, la buena comida y el alegre gentío, con la única intención de pasar un buen rato. Nadie nos ha invitado, así que todos nos miran de un modo extraño. Nos analizan de arriba a abajo, se preguntan de dónde hemos salido y qué hemos hecho para llegar hasta allí. Algunos son amables, nos dan la mano y empiezan a hablar con nosotros, mientras otros observan sorprendidos cómo nos sirven una copa y vaciamos sus bandejas de aperitivos. Muchos vienen atraídos por la novedad que amenaza con cambiar sus aburridas vidas, aunque sólo sea para ver cómo aleteamos cual pez fuera del agua. Y ahí en medio estamos nosotros, emigrantes en un país desconocido, obligados a convencer a nuestros anfitriones de que vale la pena mirar a los ojos y confiar en lo inesperado.

Desembarcar en una nación ajena significa cuestionar muchas cosas que dábamos por sentadas y descubrir nuevos significados para viejas palabras. El fondo es el mismo que el del lugar que dejamos atrás, pero la forma cambia por completo. Así es como empieza el arduo trabajo de asociar lo nuevo a lo ya conocido para dibujar un plano que pueda orientarnos en el futuro. La clave está en la comprensión de las costumbres locales y en cómo las vamos haciendo nuestras, sin renunciar a las que traemos con nosotros. Se trata de mezclar en lugar de sustituir, de enriquecernos con lo que aprendemos, pero aprovechando nuestra experiencia para aportar un valor añadido que nos convierta en algo insustituible, un principio aplicable a cualquier aspecto de la vida.

Cuando hace seis años y medio llegué a Dijon, comprobé que las reglas del juego no eran las mismas y que tendría que analizarlas y saber utilizarlas si quería avanzar en el tablero. Para ejercer mi profesión debía seguir un camino distinto al que ya conocía y que nadie me enseñaría si no empezaba a recorrerlo solo. Descubrí extrañas leyes, como la que obliga a recurrir a un arquitecto sólo cuando la superficie de una casa es superior a ciento setenta metros cuadrados (el año pasado bajaron el límite a ciento cincuenta, como si fuera un gran avance). En España resulta inconcebible construir cualquier cosa sin un profesional formado para ello, pero tal vez nos alivie pensar que la mayoría de nuestros políticos se gana la vida haciendo algo de lo que no tiene la más remota idea. O tal vez no. El caso es que tras el romántico principio de que cualquiera pueda construir su propia casa (o llegar a presidente del gobierno), se esconde una desoladora realidad: urbanizaciones atestadas de viviendas iguales realizadas sin ningún criterio de calidad más allá de una evidente economía (aunque esto también suceda en nuestro país y con la firma de un arquitecto, además).

Para combatir esa decepcionante imagen, en Francia existen asociaciones públicas como los C.A.U.E. (Consejos de Arquitectura, Urbanismo y Entorno), que ofrecen consejos gratuitos a todas aquellas personas que quieren ahorrarse un arquitecto sin renunciar a un espacio diseñado según criterios lógicos. Ahí fue donde llegué a parar cuando aterricé en Dijon por primera vez. Con un equipo de arquitectos, urbanistas, paisajistas y documentalistas, se dedican a fomentar el interés por una arquitectura de calidad a través de la sensibilización. Intervenciones en colegios e institutos, proyecciones de documentales, exposiciones, publicaciones para valorizar la arquitectura local y consejos profesionales gratuitos completan un variado programa en el que me sentí muy a gusto. No pudieron contratarme, pero me ofrecieron prolongar mi beca dos meses.


Mi experiencia allí me abrió muchas puertas en Dijon, una ciudad relativamente pequeña, y me facilitó la búsqueda de un trabajo en un estudio de arquitectura, uno de esos sitios en donde se piensa el mundo en que viviremos mañana, el que más nos conviene o más nos merecemos. Empecé esa apasionante aventura en un simpático estudio que me acogió durante cinco años con los brazos abiertos. Tras dos contratos sucesivos de seis meses, acabaron proponiéndome uno indefinido, algo con lo que ni siquiera me permitía soñar en mi país de origen. Así fue como coloqué una a una las piedras que formaron mi camino y lo guiaron durante un tiempo. Habría sido demasiado fácil dejarse llevar por la rutina, por las tendencias que poco a poco acaban definiendo nuestro destino, pero un día decidí dejar esa existencia segura y bien encauzada por la incertidumbre de un futuro inesperado. ¿Por qué? Porque el trabajo no es lo único que cuenta en esta vida. [Continuará]

Chatellenot, Francia, 19/06/2010

Tenemos la obligación de pintar la vida del color que más nos guste y la capacidad de elegir, después, qué partes merecen cambiar de tonalidad.

domingo, 12 de junio de 2016

Abriendo el camino (I) : Punto de partida

Tras siete meses combatiendo la nostalgia a golpe de tecla con este blog, ha llegado el momento de explicar el porqué de esta aventura en el extranjero. La razón por la cual mi despertador suena cada día, a mil doscientos kilómetros de mi ciudad natal, es la misma que ha empujado a más de dos millones de españoles al exilio indefinido. Se trata del sueño de llevar una vida digna, de trabajar en lo que un día estudiamos, de tener un empleo en el que seamos respetados y de gozar de derechos sociales a los que nuestro país de origen renunció y que ahora parecen irrecuperables.

Conviene recordar el contexto que provocó nuestra partida, sobre todo cuando unas elecciones generales se acercan y muchos prometen lo que fueron incapaces de hacer en su día. Uno de los privilegios que concede el paso del tiempo es la posibilidad de mirar atrás y poner a cada uno en su sitio. Cuando la crisis se instalaba a sus anchas en España, nuestros siempre brillantes políticos decían que estábamos en la "champions league" de la economía. Meses más tarde empezaron a hablar de "desaceleración económica", pero ya era demasiado tarde para todo. Por aquel entonces nuestro país se hallaba en lo más profundo de un abismo escondido bajo toneladas de demagogia barata, la misma a la que nuestro actual gobierno acude para hablar de "recuperación económica". Más que osado, parece temerario referirse de ese modo a una alarmante cantidad de contratos basura, pues significa legitimar condiciones laborales inaceptables en otros países europeos.

Volviendo al pasado, en medio del enrarecido ambiente de una crisis en pañales obtuve mi sufrido título de arquitecto, que este mes cumple siete primaveras. A la euforia por haber culminado muchos años de intenso trabajo, se unió una amarga decepción: el diploma que acababa de conseguir no servía para mucho más que para enmarcarlo. Y como no soy de los que les gustan colgar papeles firmados en la pared, ni siquiera para eso podía utilizarlo. Todavía recuerdo la indignación que sentí tras haber pasado tanto tiempo estudiando una carrera que no me garantizaba nada. Así fue como pasé un verano agridulce, contento por disfrutar de un merecido descanso, pero preocupado por un futuro inexistente. Poco a poco empecé a asumir que la única opción razonable, si quería ser consecuente con mi vida y aprovechar mis años de estudio, era cambiar de país.

Aunque soy un viajero incansable, comprar un único billete de ida es algo muy serio que no se puede tomar a la ligera, ya que implica rechazar muchas cosas y aceptar otras tantas: un cambio absoluto no apto para cardíacos. Con poco dinero en el bolsillo, decidí presentarme a todas las becas habidas y por haber. Al final conseguí una bastante desconocida: se llama "eurodisea" y se basa en convenios con regiones de distintos países de Europa, que cambian dependiendo de la ciudad en que se resida. El programa está abierto a candidatos ya diplomados y suele incluir tres meses de prácticas remuneradas precedidos de un mes de curso intensivo del idioma en que se trabajará. Yo quería un destino donde hablar inglés y me propusieron Noruega y Suiza. El país del salmón me parecía un lugar estupendo para ir de vacaciones, pero no tanto como para pasar un invierno entero (la beca empezaba en noviembre), así que acabé eligiendo el estado alpino.


Desgraciadamente, unas complicaciones me cerraron esa puerta cuando empezaba a sentir en mi estómago el característico hormigueo que precede toda nueva etapa. Los responsables de la beca vieron en mi currículum que sabía francés y me hicieron otra proposición. En un mundo que gira en torno al inglés, conocer una lengua menos hablada abre muchas más puertas de las que se pueda imaginar. Como ejemplo, el destino francés de la beca llevaba mucho tiempo vacante y no encontraba ningún candidato. Fue cuando llegó a mis oídos el nombre de Borgoña y su capital, Dijon, que sólo conocía por su afamada mostaza. No pasaron muchos días antes de recibir una de esas llamadas capaces de cambiar una vida: una entrevista telefónica con el director del C.A.U.E. de Côte-d'Or. No se trataba de un estudio de arquitectura, pero se dedicaba a la sensibilización sobre esa disciplina. Aunque se alejaba de lo que estaba buscando, era mucho mejor que quedarme con los brazos cruzados o con un trabajo no remunerado. Durante unos días caí en el abismo que existe entre la imagen de lo que deseamos y la realidad, pero salí y acabé aceptando aquel viaje de cuatro meses que se convirtieron en seis años y medio. La aventura acababa de empezar. [Continuará]

Dijon, 20/11/2009

En medio de un mundo material estamos nosotros, preguntándonos cuál es nuestro sitio, si todavía existe, si nos queda algún derecho que reclamar o si ya lo hemos perdido todo.

domingo, 15 de mayo de 2016

Un año perdido

La tierra tiembla con violencia, las recientes grietas se abren cada vez más y el techo no tardará en caer sobre nosotros. Perdemos nuestro habitual sentido de la orientación y tenemos que actuar de forma rápida y precisa si queremos sobrevivir. Poco importa que las decisiones sean las más acertadas, pues lo único que cuenta es seguir respirando. Si llevo más de seis años viviendo en el extranjero es porque me he adaptado a cada situación que he encontrado, recuperando el equilibrio tras las sucesivas embestidas de la vida. Así que cuando veo la situación política en España, donde ningún partido ha mostrado la flexibilidad suficiente ni ha querido adaptarse a un nuevo contexto, no puedo evitar pensar que con esa actitud no habrían durado ni un mes en el extranjero.

Existe un equilibrio entre la defensa de los propios intereses y la adaptación al entorno. En ese terreno neutral se encuentran las claves que explican muchas cosas en esta vida. La evolución de cualquier especie animal, el avance de una sociedad o el éxito profesional y personal dependen de ese delicado pacto entre el mundo exterior y el interior que debe ser continuamente renovado. Yin y yang. El control de toda fuerza contraria a nosotros es un principio tan importante, que me pregunto para qué sirve avanzar con la rigidez por bandera, además de para estrellarse contra un muro. En nuestro caso, ese muro se ha transformado en unas elecciones generales y los partidos políticos se han convertido en una pasta tan rígida, que al querer darle una nueva forma, se ha roto.

En el artículo que escribí antes de las elecciones del 20D ("elegir") dije que el panorama de la política española me parecía más esperanzador que el de la francesa. Pensaba que el fin del bipartidismo traería un poco de luz a una clase política demasiado oscura. Sin embargo, las nuevas caras no han aportado la frescura que prometían y las ya conocidas se han refugiado en discursos rancios que no van a ninguna parte. He buscado algo de consuelo en mi país anfitrión, pero me he encontrado con un panorama inesperado: el gobierno acaba de evitar una moción de censura tras haber aprobado por decreto una discutida reforma laboral que no gozaba del consenso de la Asamblea Nacional. Si buscamos diálogo, no será en Francia donde lo encontraremos.

De vuelta al sur de los pirineos, la última legislatura se ha convertido en un bochornoso espectáculo que ha costado demasiado caro a los ya saqueados bolsillos de los españoles. Tal vez la raíz del problema esté en la forma en que nuestros políticos son elegidos. Siempre me he preguntado por qué el Estado me ha obligado a estudiar una carrera de cinco años para ser arquitecto mientras que para ser presidente del gobierno no hace falta una formación específica. Dejamos nuestro país en manos de gente a menudo inculta y oportunista cuyo único mérito es convencer a los electores con discursos vacíos, para luego quejarnos de que sean corruptos y se enriquezcan a nuestra costa. Y así, aunque los partidos se renueven, todos vienen con el mismo defecto de fábrica, que ya detectamos en gobiernos anteriores y que debemos corregir. Se reparten carteras ministeriales como chavales que en un patio de colegio deciden quién jugará de delantero. ¿Para cuándo un sistema que otorgue tan importantes competencias a quien realmente esté capacitado para afrontarlas?

Y no olvidemos la imposibilidad de abandonar ese callejón sin salida del "estás conmigo o contra mí", esos ibéricos genes que han condicionado tanto nuestra historia y parecen habernos condenado de antemano. En esa dicotomía, los partidos políticos están más preocupados en arremeter contra sus enemigos, en vetar al contrario, que en dar razones para que les sigan. Se trata de un contexto incompatible con la proposición de ideas para construir un mañana mejor o simplemente (bajaré mis expectativas al ver que nuestros políticos no dan para tanto) menos oscuro que el presente. Y así llegamos a unas nuevas elecciones, con lo puesto, sin una muda que refresque un poco. Tal vez sea lo más triste de todo: que nos obliguen a votar a los mismos del 20D, ese desfile de rostros derrotados sin haber entablado batalla. Los resultados serán similares, salvo que habremos perdido un año por el camino que, visto el estado del país, parece una eternidad: en julio empezarán a analizar la situación, en agosto se irán de vacaciones y de septiembre a diciembre, no esperemos que lleguen tan rápido a un acuerdo. Así que si creen que les voy a volver a votar por culpa de su incompetencia, que esperen sentados o se vayan de vacaciones a Panamá. Lo que más les guste.

Lyon, 19/03/2013

Siempre están ahí, pero sólo la luz adecuada muestra los hilos de los que pendemos y que, sin reconocerlo, dirigen nuestras vidas.

domingo, 29 de noviembre de 2015

El último telediario

Proyectamos sobre el mundo lo que queremos ver, imaginamos que los demás nos tratan como nos gustaría ser tratados y creemos que la vida nos devuelve lo que nosotros le entregamos. Desgraciadamente la realidad difiere de nuestros sueños y tal vez sea mejor así. Nos enfrentamos cada día a una nueva batalla en la que pocas cosas salen como habíamos previsto. Dejando atrás la decepción inicial, no nos queda otra opción que luchar y demostrar a la vida que nuestra capacidad de adaptación es mucho más fuerte que todo obstáculo que el azar pueda poner en nuestro camino.

Los telediarios son una ventana abierta a un mundo cambiante, el baluarte donde observar la vida, las diarias decepciones y sorpresas que ésta nos prepara. En la era de internet la información es instantánea, pero también nos satura con ininterrumpidas alertas en el móvil o emails con resúmenes que casi nunca son leídos. Así que yo me quedo con los telediarios. Desde que vivo en Francia los sigo siempre que puedo, a las ocho de la tarde, pues el resto de Europa se mueve una o dos horas antes que nuestro país, aunque los relojes no lo reflejen. Bueno, más bien seguía las noticias francesas, pues tras demasiadas decepciones ya he visto mi último telediario.

Les enfants de la patrie tienen mucho que aprender de los noticiarios españoles y nunca oirán que destaquen por una información rigurosa y completa. Mención aparte merecen las emisiones especiales, que son bastante exhaustivas (sin ir más lejos la cobertura de los atentados de París fue excepcional, como no podía ser de otra manera). Por regla general los telediarios suelen dedicar unos escasos minutos a la actualidad del día para pasar a noticias que no tienen nada que ver con una información de actualidad. La crónica internacional brilla por su ausencia y sólo aparece brevemente cuando no se puede obviar, como la crisis de los refugiados o los problemas de Grecia. Así, tras los limitados primeros minutos de "interés general", veo sorprendido que aparecen crónicas de pueblos perdidos de la Francia profunda o reportajes que no tienen nada que ver con la esencia de un telediario y que ocupan la mayor parte de la emisión.

Como ejemplo, un día se dedicaron a hablar de personas que sólo compran productos "light". Llegaron a la conclusión de que se trata únicamente de una estrategia comercial (como ya sabíamos) y que ciertos productos son incluso peligrosos para la salud. Para justificarse, la "noticia" incluía un desfile de personajes inclasificables que habían convertido el consumo exclusivo de productos "light" en una dudosa forma de vida. Hay que reconocer que algunos reportajes son interesantes, pero quedarían mejor en cualquier programa de actualidad. Además, en los noticiarios franceses no hay espacio para la información deportiva. Rien de rien. Sin embargo, esta carencia me importa menos, pues está bien descansar de noticias españolas que van más allá de la enumeración de resultados deportivos para crear un periodismo que no queda muy lejos de la prensa del corazón.

Lo que para mí empezó como una simple decepción hacia los telediarios franceses acabó convirtiéndose en una gran indignación, pues en este país pagamos 150 euros anuales de "contribución al audiovisual público". Es decir, un impuesto obligatorio para todos los hogares que cuentan con una tele. En este contexto resulta inevitable preguntarse si se trata de un fenómeno de desinformación orquestado por el siempre chovinista gobierno francés, interesado en vender un mundo feliz sin excesivas preocupaciones. Para estar informado de lo que pasa en el extranjero, mis amigos franceses sólo han podido recomendarme una cadena de noticias 24 horas o abonarme a "le courrier international", una publicación muy interesante que traduce al francés una notable selección de artículos de prensa de cualquier país del mundo.

A pesar de todo, el otro día decidí darles otra oportunidad y cambiar de canal para ver si los periodistas franceses se habían puesto las pilas, pero me encontré con un reportaje sobre individuos que sólo compran productos de oferta en los supermercados (en cantidades industriales, además), presentando el tema como una nueva e importante patología a tratar. Así que mientras una mujer mostraba orgullosa su despensa con suficientes provisiones como para aguantar una guerra, yo me preguntaba lo que en esos momentos estaría pasando en Siria. Como decía, mi último telediario.

domingo, 15 de noviembre de 2015

Déjà vu

Todo se repite una y otra vez, sin que podamos evitarlo. Si algo nos ha enseñado la historia es que todo es cíclico. Todo ya ha pasado y, por desgracia o por fortuna (dependiendo de la situación a la que nos refiramos), todo volverá a suceder. El último y triste "déjà vu" lo vivimos anteayer, cuando 129 inocentes perdieron la vida en París en manos de viles terroristas. Otras imágenes de barbarie más familiares vinieron casi inmediatamente a mi cabeza para recordarme que crecemos y vivimos envueltos por el miedo a un nuevo atentado. Cuando era niño no entendía muy bien por qué lo hacían y hoy me sigo haciendo la misma pregunta.

Se trataba de ETA. Es un recuerdo más de mi infancia: vivir pensando que unos enmascarados podían poner una bomba en cualquier lugar. Con el tiempo descubrí la causa que había detrás, pero poco importa cuando son las armas las que están delante. Recuerdo cuando asesinaron a un policía en mi ciudad natal, Murcia. Era 1992 y tenía siete años cuando descubrí el verdadero significado de la palabra miedo. Ya no sucedía únicamente al otro lado de la televisión, sino que ocurría sobre la misma tierra que pisaba todos los días. Diez años más tarde, ETA colocó una bomba en una hamburguesería de Torrevieja, a tan sólo cincuenta metros del piso en el que pasaba el verano con mi familia. Nadie resultó herido, pero el miedo volvió a entrar en mi vida.

Hoy los rostros y las siglas han cambiado, pero detrás de ellos se esconde lo mismo: la imposición de ideologías por la fuerza y, ante todo, el desprecio hacia la vida humana. Da igual que hablemos de ETA, Al Qaeda o Estado Islámico. Todos nos emocionamos con el ultimátum a Miguel Ángel Blanco, a todos se nos encogió el corazón cuando vimos caer las Torres Gemelas, todos salimos a la calle a manifestarnos cuando el 11M, todos fuimos Charlie. Vivimos en una guerra constante, con atentados que suceden con más o menos frecuencia, más o menos cerca. Podemos rechazarla, gritar que no acabará con nuestras libertades, que nunca cambiará nuestra forma de vivir, pero la hoguera de la amenaza seguirá estando ahí, avivada por extremismos de uno y otro lado, retándonos a quemarnos de un momento a otro, consciente de la imposibilidad de extinguirla por completo.

Hace seis años que llegué a Francia, donde me sorprendió la generalmente pacífica convivencia con la población de origen árabe. No siempre fue así, y aún hoy en día el desprecio y la marginación siguen haciendo acto de presencia. Sin embargo fueron ellos mismos, mucho más numerosos de lo que en un principio pude imaginar (el 7% de la población), los que se ganaron el respeto de sus semejantes, lejos de las tensiones que todavía no hemos superado en España, donde a veces se nos olvida que ellos, durante siete siglos, también fueron españoles. En cambio ahora son mirados con recelo mientras esperan en una gasolinera a que cualquier agricultor les elija para hacer lo que nosotros no queremos. En Francia, en cambio, están bien integrados y ocupan cualquier tipo de trabajo, más o menos cualificado. Ellos también son franceses, han nacido en Marruecos, Argelia o Túnez o son hijos de los que se fueron. Los cruzo muy a menudo por la calle, en el metro o en el autobús, paseando con su familia, hablando entre ellos en árabe o en francés, cambiando de una lengua a otra con sorprendente facilidad. He trabajado con ellos y algunos son amigos.

Son ingenieros, jefes de obra, pintores o cualquier cosa que se propongan. Se llaman Nabil, Saadia, Oualid, Hamza, Samira o Nízar. Tienen la piel oscura y sus rasgos les delatan, pero poco importa, pues tienen una mirada lúcida, son alegres, familiares, simpáticos y generosos. Cuando comemos juntos es inútil servirles vino y suelen preguntar si la carne del menú es Halal. Les cuesta trabajar más durante el Ramadán, pero cuando acaba no dudan en celebrarlo como nadie, rodeados por toda su familia, como siempre lo han hecho. Siguen las tradiciones que han aprendido de sus padres y que ellos inculcan a sus hijos. Yo les respeto y admiro profundamente por ello, por defender sus orígenes sin querer imponer nada, respetando la cultura del país en el que viven y que les ha permitido prosperar. Sólo espero que mañana puedan ir a trabajar sin que la gente les mire con desconfianza, asignándoles etiquetas que ellos mismos son los primeros en aborrecer y condenar. Saldrán y se manifestarán con nosotros, codo a codo, bajo la misma pancarta, defendiendo la vida que tanto les ha costado ganar, soñando como todos con un mundo de paz y libertad.        

Lyon, Place des Terreaux, homenaje a las víctimas de los atentados de París, 08/12/2015

Murieron para que valoráramos más la vida, para que supiéramos que la seguridad es una ilusión creada por quienes saben que no existe, para mostrarnos que debemos asumir riesgos si queremos vivir plenamente.