domingo, 17 de abril de 2016

Burocracia innecesaria

Creamos barreras que limitan nuestra libertad. Nos perdemos entre obstáculos que suponen un laberinto donde, una vez dentro, olvidamos que existe una salida, así como la necesidad de encontrarla. Se interponen entre nosotros y el mundo real, lo que de verdad importa. Es nuestra derrota y es su victoria, la que querían quienes edificaron los muros que nos impiden ver el sol, quienes dijeron que eran imprescindibles. Necesitan controlarnos, porque somos muchos y se puede abusar más fácilmente de quien tiene los ojos vendados. Impunemente. Lo han hecho desde hace tanto tiempo que es imposible distinguir la verdad. Si asumimos estas trabas y perdemos nuestros derechos, ¿cómo podremos quejamos de su existencia y reclamar la vida que una vez nos perteneció? ¿Cómo podremos salir de nuestra celda sin puertas ni ventanas?

Cada país tiene sus métodos de control, de abuso de poder, de creación de ilusiones que garantizan la impunidad de un sistema defectuoso. Los he sufrido en España, pero también en Francia. Uno de esos procedimientos es la excesiva burocracia que invade nuestras vidas. Pasamos demasiado tiempo haciendo colas, yendo de una institución a otra, rellenando formularios cuya utilidad desconocemos, enviando correos a entidades oficiales que no dudan en rechazarlos para pedir más papeles, recopilando documentos y firmas hasta que llega un momento en que olvidamos por qué hacemos las cosas. Nos preguntamos por qué no puede ser más fácil, por qué perdemos tanto tiempo de nuestras vidas en intrincados trámites sin sentido. Reprimimos las ganas de dejarlo todo cuando el funcionario de turno nos dice que el papel que tanto esfuerzo nos ha costado conseguir no tiene el sello que necesita o la fecha adecuada (en Francia, un papel de más de tres meses no sirve para nada). Al fin y al cabo él no tiene la culpa y sólo es la última pieza de un sistema cuyos responsables permanecen en la sombra o cambian tan a menudo que es imposible saber quiénes son.

En el país galo saben que tienen una administración muy compleja y lo asumen. A veces incluso bromean diciendo que son los campeones de Europa de papeleo. Así es, pero no parecen querer dejar de serlo. Tal vez suponga la supresión de demasiados puestos de trabajo que nadie sabe para qué sirven, pero permiten que el amigo o el familiar de no se sabe quién se gane la vida confortablemente. Recopilan montañas de papeles en carpetas atiborradas para justificar su sueldo. Y nosotros, al otro lado de la mesa, nos volvemos locos rellenando nuevos documentos y perdiendo el tiempo que necesitaríamos para encontrar un sentido a lo que no lo tiene. Muchos trámites se hacen ahora por internet, donde rechazar un documento es todavía más fácil y errores informáticos o confusas páginas web complican lo que deberían simplificar. Ya he contado en otras ocasiones mis dificultades para reunir los documentos necesarios para una boda o para votar desde el extranjero (por extraño que parezca es más complicado que casarse) y últimamente he tenido que enfrentarme a la inscripción de un nacimiento, que ya contaré más en detalle.

"Pensaba que la administración francesa era complicada, pero esto es peor todavía". Esta frase la escuché en boca de un francés que esperaba su turno en el consulado de España en Lyon. No hace mucho tiempo tuve que ir para hacerle el pasaporte a mi hijo. Esperé más de veinte minutos, a pesar de que desde hace unos meses sólo se puede ir con cita previa para agilizar los trámites. Esperar con un bebé de apenas dos meses no es fácil, sobre todo si tiene hambre y empieza a llorar para demostrar la capacidad de sus pulmones. Cuando llegó mi turno pensé que sería un trámite fácil y rápido, pues en este caso ni siquiera se pueden tomar las huellas dactilares, pero nada más lejos de la realidad. Mi mujer y yo (pues la presencia de los dos padres es necesaria para los menores de edad) firmamos hasta tres formularios distintos y no pude disimular mi sorpresa cuando vi uno de ellos, pues me obligaba a indicar el municipio en que mi hijo votaría. Si no puedo decir qué será de mi vida dentro de dos años, ¿cómo voy a saber dónde estaré dentro de dieciocho? Miré a mi hijo, que lloraba desesperado mientras su madre preparaba un biberón, y después a la funcionaria, preguntándole qué sentido tenía todo aquello, porque yo no lo veía. Se limitó a decir que si no rellenaba el papel, no tendría el pasaporte. Entonces recordé la verdadera razón por la que estaba en el consulado: conseguir esa pequeña libreta granate que nos permitirá volar, romper ataduras, olvidar lo que nos limita y descubrir el mundo que existe al otro lado del laberinto en que vivimos.

Sede de la ONU, Ginebra, 09/06/2012

A veces nos preguntamos para qué sirven ciertas instituciones, pero basta mirar con atención para descubrir que no es tan difícil encontrar vida en lo inerte, de la misma manera que lo necesario se esconde tras lo inesperado.

domingo, 10 de abril de 2016

Hijos de emigrantes

Nunca sabemos cuándo la vida va a sorprendernos. Cuando somos testigos de uno de esos momentos inesperados nos echamos hacia atrás con un gesto de incredulidad, preguntándonos qué se esconde tras esa extraña coincidencia o si somos nosotros quienes provocamos lo que no somos capaces de entender. Hace año y medio me incorporé al equipo de dirección de obra de un museo de Lyon. Entre mis nuevos compañeros se encontraba un tipo simpático que no sólo tenía un apellido español, sino que conocía mi ciudad natal y tenía a parte de su familia en Guadalupe, una pedanía de Murcia. No tardamos en hacernos amigos y, aunque él nació en Lyon y es francés, a veces conversamos como dos murcianos separados únicamente por una generación de emigrantes.

La historia de la emigración española es cíclica y se repetirá mientras nuestro nivel de vida sea visiblemente inferior al de nuestros vecinos europeos, diferencia que nuestro anterior gobierno se empeñó en acrecentar con sus políticas de los últimos años. La desigualdad es mayor que nunca, así como las razones por las que partir. Antes iban a Alemania, Suiza o América Latina y ahora los destinos son más diversos. Más de la mitad de los españoles residentes en el extranjero no han nacido en España, según el Instituto Nacional de Estadística, y esos datos no tienen en cuenta todos aquellos hijos de emigrantes que, como mi amigo, tienen la nacionalidad del país en que nacieron.

Él sólo ha estado en Murcia de vacaciones, pero recuerda con cariño los veranos de su infancia, las cálidas aguas del Mar Menor o los paseos entre los naranjos. Por sus venas corre sangre española y no es difícil darse cuenta, pues su carácter abierto, amable y jovial le delata. Desde que sus padres murieron ha perdido la buena costumbre de hablar español, los encuentros con sus hermanos son cada vez más esporádicos y entre ellos les resulta más fácil utilizar el francés, sobre todo porque sus hijos y sobrinos sólo hablan en esa lengua.

Una vez, hablando del curso de la vida, me dijo que cuando tenemos hijos acabamos dejándonos llevar por ellos y llegando a donde ellos nos llevan. Tal vez sus padres pensaran trabajar en Francia hasta jubilarse y pasar el ocaso de sus vidas bajo el sol murciano que les vio nacer, pero su camino se torció cuando menos lo esperaban: tras la repentina muerte de su padre, su madre decidió quedarse en Francia. Sus hijos estaban allí y se acabó resignando a volver a Murcia un verano cada dos años, obligando así a su familia a conocer la tierra de la que proceden. Mi amigo tiene dos hijos y también ha podido comprobar cómo ellos han acabado guiando su vida. Aunque les haya enseñado español, ya no lo hablan en casa y a él cada vez le cuesta más expresarse en esa hermosa lengua que sus padres le dejaron como la herencia más preciada.

Hace unas semanas mi amigo me llamó para contarme el penúltimo capítulo de esta historia, el más insólito o el más coherente, según cómo se mire. Su hija, atraída por una lengua que le gusta y tiene en los genes, está estudiando filología hispánica, en septiembre cursará una beca Erasmus y ha elegido Murcia para vivir esa experiencia. Su padre acudió a mí para encontrar un buen alojamiento y facilitarle las cosas. Colgué el teléfono con una sonrisa, pensando en cómo la vida se reconduce para cerrar un ciclo que siempre se repite. La sangre de los padres de mi amigo, tras haber emprendido una larga aventura, volverá al lugar del que un día salió. Su nieta pisará la tierra a la que sus abuelos nunca pudieron regresar, la descubrirá durante unos meses y quién sabe lo que sucederá después. Tal vez decida acabar su carrera allí e instalarse indefinidamente. Tal vez no esté preparada, vuelva a Lyon y deje que otra generación cierre el ciclo que la vida ya ha abierto. El futuro estará sólo en sus manos, pues aunque la vida marque las tendencias que invisiblemente nos guían, la elección siempre es posible y todavía podemos ser libres.

A veces veo a mi amigo como si se tratara de una imagen de mi propio futuro. Entonces pienso en mi hijo e intento imaginar lo que tiene preparado para mí. Me recorre un escalofrío cuando siento la incertidumbre de los próximos años y la ausencia de certezas, que tampoco he tenido en otras situaciones de mi vida. En momentos como éste viene a mi cabeza una filosofía que me acompaña desde que hace seis años y medio dejara mi país: lo mejor siempre está por llegar.

domingo, 3 de abril de 2016

Pantomimas virtuales

La vida en el extranjero no siempre es fácil y la distancia distorsiona la apreciación de las cosas. Sentimos más intensamente cada minuto, las alegrías se multiplican, pero las situaciones difíciles se convierten en grandes tragedias. En Francia he vivido los momentos más felices, pero también los más tristes de mi vida.

Es imposible ser objetivo, pues una lógica alucinación nos nublará cada vez que hablemos con nuestra familia. Pensaremos que a veces nos mienten para ocultar pequeñas o grandes desgracias, para evitar que cojamos el primer avión de vuelta o que nos preocupemos mientras en la lejanía no podemos hacer nada. Quieren impedir que la frustración o la impotencia trunquen nuestra estancia. Pensaremos que representan una pequeña pieza de teatro en la que todo va siempre bien. Guiados por el mismo razonamiento, intentaremos hacer lo propio en nuestro lado de la pantalla, pues sabemos que el desconocimiento de nuestra situación les lleva a imaginar en exceso. Y así, sin quererlo, nuestros encuentros virtuales se transformarán en pantomimas con el único objeto de comprobar que cada uno sigue ahí, mientras el tiempo cambia nuestros rostros.

El medio más eficaz que conozco para alterar nuestra percepción del tiempo, que fluye vacío mientras espera que lo llenemos con inquietudes, anhelos y esperanzas, es viajar. Pasará más rápido cuanto más nos alejemos de nuestro punto de partida, tanto que cuando echemos la vista atrás comprobaremos que nuestra forma de ver las cosas habrá cambiado y necesitaremos algún tipo de corrección si queremos volver a verlo todo como antes. Nuestro nuevo modo de observar nos hará sentir cada momento de diferente manera y, así, el tiempo se mostrará saturado a nuestros ojos. En ese mundo más ocupado echaremos de menos pequeños hábitos que perderán su sentido.

En la distancia los malos momentos se percibirán de forma distinta y se transformarán en abismos infranqueables. La lejanía nos obligará a interpretar las cosas e imaginar lo que no logremos ver. Esa es la trampa de la vida, que nos puede salvar o torturar dependiendo de nuestra apreciación. No importa que sea acertada, sino que nos ayude en la situación que vivamos. Una vez utilicé el viaje para huir de una realidad que había imaginado demasiado difícil. En pocos meses visité tres países y me refugié en un ritmo frenético para aceptar lo que no podía cambiar. Conseguí que el tiempo desapareciera, pero la velocidad hizo que el choque con la verdad fuera aún más duro.

Cuando vivimos en el extranjero tenemos la impresión de que el tiempo pasa demasiado rápido y se debe al simple hecho de ocuparlo con cosas que en nuestra tierra pasan desapercibidas, que son banales para cualquiera, pero que en otro contexto suponen todo un descubrimiento. También influye que todo cueste más esfuerzo al tener que adaptarnos antes de tomar cualquier decisión y superar continuamente barreras a las que nunca nos habíamos enfrentado antes. Una de las más importantes es la lengua y nos acompañará por mucho que la dominemos, pues siempre hay determinadas cosas que expresaremos mejor en nuestro idioma y, cómo no, con más rapidez. La intuición, esa que durante años hemos ejercitado, entrará en juego, nos ayudará cuando la necesitemos y la echaremos en falta cuando hablemos en una lengua extranjera, pues tendremos que entrenarla de nuevo. Ciertos automatismos aprendidos a lo largo de nuestra vida ya no servirán y se convertirán en nuevos obstáculos que harán un poco más difícil nuestro camino, amenazándonos incluso con tropezar.

Por eso, cuando vayamos de vacaciones a nuestro país una extraña sensación de alivio vendrá a nosotros nada más salir del avión. Será la percepción de que todo es más fácil. Ya no necesitaremos la pesada armadura que en el extranjero nos protege de ataques inesperados. Ya no hará falta dar una imagen determinada para luchar contra estereotipos impuestos. Ya no habrá nada que perder. Ya no tendremos que representar más pantomimas virtuales y podremos al fin tocar la realidad que tan distorsionada se veía en la distancia. Vendrá a nosotros una sensación parecida a la seguridad que advertimos cuando volvemos a la casa en donde hemos pasado nuestra infancia y nos hemos visto protegidos. Estaremos por fin en casa.    

domingo, 27 de marzo de 2016

Amigos para siempre


Entraron en nuestra vida hace tanto tiempo que nos cuesta recordar. Lo hicieron de forma discreta o fortuita y se quedaron para siempre. Nos conocen mejor que nadie y un simple gesto les basta para saber cómo nos sentimos. Aun cuando hace tiempo que no los vemos, tenemos la certeza de que siempre están ahí, dispuestos a ayudarnos en cualquier momento, y nunca nos equivocaremos si vamos a ellos en busca de consejo. Hablo de los amigos de verdad, ésos que nos cuesta tanto dejar atrás por miedo a no encontrar otros allá a donde vayamos.

Al llegar a un país extranjero no nos será difícil hacer nuevos amigos, sobre todo si venimos gracias a un programa de estudios. Seguramente serán de varias nacionalidades, se hallarán en la misma situación que nosotros y al cabo de pocas semanas tendremos la impresión de conocerlos desde siempre. En un país ajeno las experiencias son más intensas, vivimos más cosas en menos tiempo y nos resulta muy fácil abrirnos y empatizar con alguien. Esos nuevos lazos hacen más difícil la despedida, que tarde o temprano acaba llegando, y forman parte del efecto erasmus, ese estado transitorio que asumimos cuando llegamos y del que tanto nos costará desprendernos.

Casi sin darnos cuenta nos encontraremos con un trabajo, pero no todos podrán o querrán hacer lo mismo y las fiestas de despedida se convertirán en una agridulce rutina. Una vez echada el ancla, desde nuestra estable atalaya será más fácil ver la gente pasar. Aunque el dolor de las amistades a distancia será mitigado por las redes sociales, no podremos evitar salir al encuentro de nuevos "erasmus" que sigan guardando la frescura y el estado de ánimo que tanto necesitamos. Haremos nuevos amigos y compartiremos nuevos momentos que acabarán pasando. Tras unos meses ellos también se irán, el espejismo desaparecerá y nosotros repetiremos el ciclo de las nuevas amistades pasajeras, de las relaciones más o menos íntimas con fecha de caducidad. Tendremos un amigo en cada país, pero nadie a nuestro lado que nos abrace sinceramente. Acabaremos preguntándonos si volveremos a hacer nuevos amigos para siempre, como esos que nos siguen esperando fielmente en nuestro país y que nos reciben con los brazos abiertos cada vez que les visitamos.

Un día me cansé y decidí no volver a hacer amigos erasmus. Seguiría de una vez el consejo de mi padre, que siempre intentaba convencerme para que fuera con franceses y me integrara del todo. Hice buenos amigos que todavía hoy conservo, pero no fue nada fácil, pues algunos franceses ponen frente a ellos un muro imposible de franquear sin ayuda. Acababa de cumplir un año en Dijon y pensaba que nunca volvería a tener amigos como los que había dejado en España cuando mi compañero de piso encontró a un granadino que se volvería a su ciudad en cuatro meses y que no conocía a mucha gente, pues sus amigos, como los nuestros, también se habían ido. A pesar de mi reticencia por conocer a alguien que estuviera de paso, acabamos quedando con él. Tal vez fuera gracias al abierto carácter del sur que ambos compartíamos, pero en poco tiempo congeniamos y nos convertimos en buenos amigos, algo que nunca habría sucedido con un francés. Su despedida fue triste a pesar de haber sido anunciada, él se convirtió en un nombre que alarga mi lista de amigos de facebook y yo volví a mi eterna búsqueda de otra amistad que valiera la pena guardar.

Unos meses después me anunció que un amigo suyo de Granada venía a Dijon y me pidió que le ayudara en lo que pudiera. Él también se iría, pero como nunca se puede negar un favor a un amigo, acepté el reto. En poco tiempo la historia volvió a repetirse y nos hicimos grandes amigos. Estuvo un año en Dijon y compartimos momentos que condicionarían el resto de mi vida y harían aún más difícil su despedida. Uno de esos instantes fue una cena que dio en su casa, donde las nacionalidades volvieron a mezclarse de la forma más natural posible: un italiano, un austríaco, una alemana, dos franceses, una yanqui, una rumana y dos españoles. Nunca olvidaré cuando empecé a hablar con aquella misteriosa chica rumana que no sólo conocía mi ciudad natal, sino que ya había estado en ella. En ese momento desaparecieron todas las dudas e inseguridades y ambos nos dimos cuenta del tiempo que habíamos estado esperando aquel encuentro. Cuando la miré a los ojos supe que estaba ante la compañera de viaje que tanto había buscado, con la que me casaría tres años después y tendría un hijo. Desde entonces nunca rechazo a quien el azar pone en mi camino.

domingo, 20 de marzo de 2016

Tierra de nadie

Abandonamos nuestro país hace más o menos tiempo en busca de un trabajo que se nos negó. Lo hicimos por el simple hecho de ejercer la profesión que estudiamos, tener una vida propia o ganar un sueldo digno con unas condiciones aceptables. Partir no es sinónimo de éxito y son muchos los que vuelven con las manos vacías o los que malviven con trabajos precarios que nunca hubieran imaginado hacer. Unos llevan apenas unos meses, mientras otros vemos pasar los años con demasiada rapidez. Nuestro país de origen nos ignora y nuestras visitas son tan escasas que hacen invisible nuestra lucha y convierten nuestra ausencia en sinónimo de olvido. Nuestro país de acogida nos mira con recelo aunque nos haya aceptado, insinuando que quitamos el pan a sus hijos cuando estamos mejor cualificados que ellos. Poco importa la nación en que estemos, pues todos vivimos en una tierra de nadie de la que es imposible escapar.

Empezamos desde cero, creamos una nueva vida en un lugar desconocido y somos felices con ella. Hicimos amigos, encontramos una pareja y, algunos, formamos una familia. Aprendimos otra lengua, conocimos otra cultura y descubrimos otros lugares. Nuestra experiencia nos enseñó a relativizar y a reconocer nuestra posición en el complejo rompecabezas en que vivimos. Nos enriquecimos mirando el mundo con nuevos ojos, disfrutamos de la vida con todos sus matices, crecimos y maduramos, aunque ello no significa que la nostalgia no nos visite de vez en cuando y no echemos de menos a las personas importantes que dejamos atrás.

Admiramos a los que se quedaron en España, a los que siguen luchando para llegar a fin de mes con empleos precarios y temporales, a los que siguen teniendo ganas de levantarse cada día y sonreírle a la vida a pesar de llevar demasiados años en el paro y no poder mantener a su familia. Respetamos a los que siguen estudiando y formándose indefinidamente, que piensan que una buena preparación les garantizará un puesto cuando todo vuelva a ser como antes, aunque empiecen a darse cuenta de que nada será lo que era, pues tras la catarsis de la crisis nos debería esperar un nuevo mundo al que nadie está preparado y al que deberemos adaptarnos para sobrevivir en él.

Somos los que vivimos lejos de nuestras familias, los que faltamos siempre que hay cualquier celebración motivo de alegría, los que sufrimos cuando no podemos abrazar a nuestros parientes enfermos para dar un último ánimo antes de que nos dejen. Los vemos crecer, envejecer y morir desde una fría pantalla. Nuestras contadas visitas no nos permiten disfrutar de los nuestros todo lo que nos gustaría, ni ver a toda la gente que nos importa y recordamos cuando estamos fuera, y sólo sirven para acelerar nuestra percepción del paso del tiempo.

La tierra de nadie es un lugar entre dos países donde quedan atrapados los que un día dejaron su casa para buscar un mundo mejor. Es un territorio únicamente reconocible cuando ya estamos en él, cuando en nuestro país nos ven como los que nos fuimos, los que sólo vuelven de visita y que, como tales, pierden cada vez más importancia en la vida de los que se quedaron. Nuestra ausencia nos hizo perder el puesto que un día tuvimos y nuestra ciudadanía se transforma en un mero título honorífico que guardamos en el corazón. En el país al que llegamos nuestro acento nos delata y nos señalará siempre como extranjeros. Por mucho que nos integremos, nos verán como los que tienen sus raíces lejos de las suyas y, por tanto, son herederos de una cultura y un carácter ajenos. Entre ambos bandos nos sentiremos en algún momento rechazados y nos convertimos en apátridas que no pertenecen a ningún sitio, en habitantes de un mundo global condenados a una deriva indefinida.

A todos los que dudan en cruzar nuestras fronteras les diré que cambiar de país fue la mejor decisión que tomé en mi vida, aunque tuvieron que pasar seis años para convencerme de ello. Les diré también que no es una opción fácil, que nadie les regalará nada, que lucharán contra prejuicios que complicarán su camino, que nunca se adaptarán si no son capaces de abrirse lo suficiente, que los resultados no dependerán forzosamente del esfuerzo realizado y que deben estar dispuestos a entrar en un complejo campo minado donde cualquier paso en falso puede ser definitivo. Bienvenidos a la tierra de nadie, un lugar invisible y sin fronteras donde el que entra, nunca sale.  

domingo, 13 de marzo de 2016

Pseudotapeo

Los mejores momentos de la vida son los que pasamos con los nuestros, en buena compañía. Se nos ilumina la cara cada vez que echamos la vista atrás para no olvidar una de esas ocasiones. Nos acordamos de quienes estaban con nosotros, sus gestos y comentarios, las anécdotas que se produjeron o dieron lugar a aquel encuentro. Como las personas y las acciones son lo más importante, solemos obviar los lugares en que suceden. Muchos de esos momentos inolvidables tienen lugar en terrenos neutrales donde dejamos atrás los problemas y aprovechamos cualquier excusa para disfrutar con los nuestros: se trata de los bares, cafeterías o restaurantes que pueblan nuestra memoria colectiva y que son tan difíciles de encontrar en un país ajeno.

Sobre un muro decorado con azulejos blancos y azules descansa la barra de acero inoxidable, estaño, mármol o madera. Las raciones de tortilla, ensaladilla rusa, boquerones en vinagre, migas o pulpo siempre están visibles al lado del surtidor de cerveza. Junto a la gran máquina de café, un jamón escondido tras un trapo espera ser cortado mientras otros tantos cuelgan del techo. En los lugares más selectos encontraremos la bufanda del equipo local colgada en la pared del fondo, junto a fotos firmadas por la alineación al completo, o el cartel de una memorable corrida de toros. Nunca esperé encontrar algo parecido en Francia, pero menos aún la pregunta de un amigo francés mientras buscábamos un bar para tomar algo: ¿uno para comer o para beber?

Habían pasado las siete de la tarde y, tras una intensa jornada de trabajo, no podía concebir un bar donde no sirvieran unas simples patatas fritas, cacahuetes o aceitunas acompañando una cerveza. Esto no es España, me decía mi risueño amigo, que había estado en Madrid y sabía lo que se pasaba por mi cabeza mientras mi estómago rugía ante la perspectiva de no comer nada hasta la cena. Era la hora del "apéro", una ineludible institución en Francia que consiste en beber algo a las siete de la tarde, después del trabajo y justo antes de cenar. La idea es buena y no tardé en asimilarla como una costumbre más. Al fin y al cabo en España hacemos lo mismo aunque no le pongamos un nombre y un horario tan específico. Pero a diferencia de nuestro país, en los auténticos "bares" franceses no encontraremos nada de comer salvo alguna bolsa de patatas fritas si se nos ocurre pedirla. Muchos se llaman "bar à vin" y su claro nombre evita que nos hagamos falsas esperanzas. Tendremos que buscar más concienzudamente una brasserie o un restaurant ("resto" para los amigos) en los que se pueda cenar y, cómo no, tomar el apéro con algo consistente. Entonces nos pondrán una plancha de madera con un surtido de embutidos, quesos y pan que desaparecerá antes que nuestra copa de vino, pues aquí es la bebida nacional y cualquier francés nos dejará en ridículo si no tenemos mucha idea de los caldos locales.

Como España no queda tan lejos, son muchos los franceses que conocen bien nuestros bares, les gusta nuestro estilo de vida y no han dudado en aplicarlo a su tradicional apéro. Así que no es difícil encontrar en cualquier ciudad francesa un "bar à tapas" donde acompañar nuestra copa con una selección de pseudo-tapas. Las llamo así porque pretenden imitar nuestras clásicas raciones y se quedan en interpretaciones más o menos conseguidas. Aunque suelo desconfiar de estos sitios, pues muchos se aprovechan de la fama de nuestras tapas y sirven cualquier cosa, siempre da gusto acompañar una copa con un picoteo. Al final acabamos en un bar de estos y mi amigo me pasó la carta diciendo "elige tú, que eres español". Reconozco haberme ilusionado esperando encontrar alguno de esos sabores que tanto echo de menos, pero tras un vistazo rápido, devolví una mirada escéptica a mi amigo. Salvo el plato de jamón ibérico, resultaba difícil atribuir otra tapa a un bar español y las raciones valían dos o tres veces más que en nuestro país. Entonces sufrí un repentino ataque de nostalgia al recordar esos bares españoles de toda la vida donde te dan una tapa con cada caña, donde si tienes más hambre pides unos montaditos, una marinera o una ración de zarangollo, donde la sobremesa se alarga en buena compañía, donde sabes cuándo entras, pero nunca cuando sales. No tuve más remedio que alejar la morriña pensando que lo más importante no es eso, sino las personas que están a nuestro lado en cada momento, con las que brindamos, compartimos mesa, anécdotas y risas. Porque una vez acabada la tortilla o la pseudo-tapa de turno, la cara que tengamos en frente será la que se convierta en el verdadero recuerdo que siempre retendremos.    

domingo, 6 de marzo de 2016

Abierto hasta el atardecer

Pensamos que los horarios que nos rodean se adaptan a nuestro ritmo de vida, pero en realidad somos nosotros quienes debemos organizarnos según programas ya establecidos sobre los que poca elección es posible. Nuestra libertad queda así limitada, aunque sólo dependa de nosotros la importancia que demos a esas rutinarias coacciones. Últimamente tengo mucho trabajo y es raro el día que acabo antes de las siete de la tarde. A esa hora las calles están casi desiertas, el tranvía pasa con menos frecuencia y los escasos transeúntes parecen querer esconderse de un cataclismo inminente. No, ninguna guerra nuclear ha empezado, sólo estoy en Francia.

Aquí todos los comercios echan el cierre a las siete, salvo las contadas excepciones de quienes abren hasta la temeraria hora de las siete y media. Aún así los supermercados bajan la persiana sobre las ocho y media y dan un respiro a los que nos cuesta amoldarnos a ritmos impuestos. A partir de esa hora sólo hallaremos consuelo en las "épiceries", abiertas todo el día y regentadas frecuentemente por árabes, que sustituyen a los clásicos chinos que en España están dispuestos a vendernos cualquier cosa a cualquier hora del día. En una gran ciudad como Lyon el cambio de las siete es menos importante y en el centro siempre podemos encontrar animación a cualquier hora, pero cuando vivía en Dijon, la capital de la mostaza se transformaba en una triste ciudad fantasma.

Para encontrar la explicación a estos extraños horarios basta recordar que el resto de Europa se mueve con dos horas de adelanto respecto a la península ibérica. Si pensamos que las siete de la tarde en Francia equivalen a nuestras nueve de la noche, todo tendrá más sentido. Aquí la pausa para comer es entre las doce y las dos del mediodía, se sale de trabajar a las seis de la tarde, en la televisión el telediario empieza a las ocho, la película o serie de turno llega a las nueve menos cuarto y a las once es raro el francés que no está en la cama. Podríamos pensar que la jornada laboral empieza antes que en España, pero en la mayoría de los casos comprobaremos que no es así. A estas alturas de la película no creo sorprender a nadie si digo que en España se trabaja mucho más que en cualquier otro país europeo, aunque de forma menos eficiente.

Así, sin quererlo, desde nuestra llegada al país de la guillotina nuestro ritmo vital cambia sin poder evitarlo. Al principio intentaremos conservar nuestros castizos hábitos, pero la sociedad no tardará en desmontarlos: nos será difícil encontrar un restaurante abierto después de las dos (así nos veremos obligados a comer a las doce aunque no tengamos hambre) y tendremos que seguir ayunando si no hacemos la compra antes de las ocho de la tarde o no queremos comprar en las caras "épiceries", que hinchan sus precios para compensar un servicio a deshoras. Nuestro estómago, ese segundo cerebro tan importante, no tardará en regularse y tal vez sea el primero en adaptarse mientras nuestra cabeza siga añorando sus viejas costumbres, que formarán parte del pasado. Se trata simplemente de aceptar las reglas del juego si queremos empezar una nueva partida. Al final nos daremos cuenta de que estos horarios no están tan mal (en otros países de Europa la diferencia es bastante más acusada) y que, una vez superados los inconvenientes, al acabar la jornada nos quedará más tiempo libre.

Cuando vayamos de vacaciones a España nos costará adaptarnos a nuestro antiguo ritmo y, de vuelta a Francia, la nostalgia vendrá a nosotros para recordarnos esa forma de ser, ese carácter abierto que el buen clima, la sociedad o la historia imprimieron en nuestros genes. Empezaremos a echar de menos la costumbre de pasear sin más, por el simple hecho de sentir el aire fresco en nuestra cara, recorrer nuestras luminosas calles, encontrar a amigos, charlar con ellos o simplemente ver el mundo pasar, cargándonos con esa alegría invisible que transmite la muchedumbre. Nos acordaremos de cuán lejos queda todo ello cuando veamos por la calle a los franceses andando apresuradamente de un sitio a otro, cuando las calles desiertas nos inspiren cierta desazón o cuando comprobemos que las semanas pasan demasiado rápido sin poder hacer alguna compra después del trabajo o pasear esperando encontrar a alguien. El tiempo, cuya percepción es tan diferente en uno u otro país, se nos escapará de las manos y observaremos, con la misma tristeza que las calles vacías a las siete de la tarde, que forma parte de las cosas que, una vez perdidas, nunca vuelven.