sábado, 7 de mayo de 2016

Un Quijote de carne y hueso

Su mirada es viva y perspicaz. No refleja la inteligencia del erudito, sino la lucidez de quien sabe desenvolverse en cualquier situación. No ha ido a ninguna universidad, pero ha sabido descifrar las enseñanzas que la vida le ha mostrado y las ha convertido en su personal filosofía. Él es uno de esos Quijotes de carne y hueso que no sólo luchan cada día contra enormes molinos, sino que además los vencen y guiñan un ojo en un gesto pícaro que pide un nuevo desafío, pues la palabra derrota no forma parte de su vocabulario. A lo largo de mi estancia en el extranjero he conocido a muchos emigrantes españoles, de todas edades y condiciones, con historias muy distintas que siempre hablan de lucha, superación y adaptación. Unas son tristes, otras sorprendentes y algunas cuentan emocionantes aventuras. Entre todas he elegido una quijotesca historia para cerrar una trilogía de artículos que suponen mi personal homenaje a Cervantes y a la inmortal lengua que compartimos.

Se llama Paco y le gusta decir que es pintor, aunque ha ejercido tantos oficios que resulta difícil limitarle con una etiqueta. Además, todos se le han dado bien. Se siente orgulloso de haber nacido en la misma Málaga de Picasso, quien seguramente le inspirara. Sus pinturas se venden fácilmente, algunas decoran su casa, pero la mayoría sólo existen en su memoria o reflejadas en las fotos que guarda en un preciado álbum. Entre ellas destacan desnudos, paisajes manchegos y, sobre todo, Quijotes. Los ha plasmado en todo tipo de formatos, con o sin Sancho, con su delgada figura, su reluciente armadura, su alargada lanza y su eterno Rocinante. De fondo, una gama de intensos rojos refleja el pasional carácter de Paco. Los ha dibujado tanto, que ha acabado pareciéndose a ellos.

Cuando cambió España por el exilio, el país estaba sumido en la más profunda represión franquista, que contrastaba con su carácter liberal y desenfadado. Comprendió que no tenía nada que hacer allí y se lanzó a una eterna aventura sin límites ni certezas. Se sentía a gusto cambiando de país, adaptándose a cualquier situación para ganarse la vida, conociendo gente nueva, aprendiendo otros idiomas y mostrando la cultura española allá a donde iba. Francia es el país que le acogió durante más tiempo, donde tiene hijos y nietos. Habla francés sin ningún acento y la deriva le dejó en Dijon, donde echó el ancla y abrió un restaurante de comida española.

Le conocí hace seis años gracias a un catering que preparó para la empresa en que yo trabajaba. Paco ya había vendido su restaurante y se dedicaba a organizar eventos: lo mismo hacía una fabada que una estupenda paella. Un tiempo después, cambié de trabajo y le llamé para encargarle un bufé a base de tapas que elegimos entre los dos. Él lo preparó todo ayudado por su actual novia, una simpática polaca. Había estado con francesas, pero prefería a las mujeres del este de Europa, que tienen algo distinto, tú ya sabes a lo que me refiero, me decía mientras guiñaba un ojo. A pesar de la diferencia de edad, congeniamos bien. Al fin y al cabo éramos dos emigrantes españoles que habían encontrado en Francia un amor que venía del este. Teníamos cosas en común.

Un día me invitó a comer a su casa. Para ser coherente con su atípica vida, Paco vivía en un castillo, uno de esos elegantes edificios renacentistas que abundan entre los viñedos de la Borgoña, en medio de un impresionante jardín. Él era el guardián del castillo, que pertenecía a una acaudalada familia parisina que sólo lo utilizaba unas semanas en agosto. Allí pasamos un estupendo domingo de primavera en torno a una mesa completada por su hijo, su nuera, su nieto y dos viejos amigos, emigrantes españoles que dejaron Galicia incluso antes que él saliera de Andalucía. Compartimos anécdotas y nostalgias, pero sobre todo optimismo y confianza en los encuentros fortuitos que cambian una vida. Por aquel entonces Paco ya tenía un billete de vuelta a la tierra que le vio nacer, pues no imaginaba su merecida jubilación si no era bajo el sol español. Su novia y él acababan de comprar una casa no muy lejos del mar. Ella se regocijaba cuando me enseñaba las fotos de la playa cercana, su cara iluminada por el recuerdo del sol y la brisa mediterránea. No me resulta difícil imaginarla ahora tumbada sobre la arena mientras Paco, a su lado, pinta Quijotes con el mar de fondo. La España que ya habrá reencontrado no tiene nada que ver con la que dejara hace más de cincuenta años, aunque poco le importa, pues sólo quiere acabar su vida tranquilo, con la única preocupación de elegir bien los colores de su paleta y no coger una insolación.
El castillo de Paco

domingo, 1 de mayo de 2016

El último aventurero


Cuando el futuro se dibujó ante sus ojos, vaciló un instante. Nunca imaginó que tuviera aquella forma, pero sabía que sería impredecible y que lo reconocería desde la distancia. Siempre quedaba la opción de volver atrás, olvidar los problemas, imaginar que nunca existieron y regresar al punto de partida. No sería capaz de admitirlo, pero durante unos segundos contempló esa posibilidad. Tan grande era la nueva empresa, tan difícil la última batalla. Un camino acababa y otro empezaba. ¿Sería capaz de enfrentarse a su futuro, mirarlo a los ojos y asumir todas sus consecuencias? ¿Tendría las fuerzas necesarias para luchar aun sabiendo que la victoria no estaba a su alcance?

Frente a él, su porvenir tomó el aspecto de un parque eólico: los molinos se alineaban hasta donde alcanzaba la vista. Hacía tiempo que los había visto despuntar en el horizonte, pero ahora la silueta de aquellos extraños y desafiantes seres era inconfundible. Pasado el fugaz momento de duda, espoleó su caballo y siguió adelante. No miró atrás, pues sabía que los verdaderos amigos, los más fieles, nos acompañan sea cual sea el camino a seguir y sus consejos son los más valiosos. ¡Mira cómo alzan sus picas al cielo y las mueven para provocarnos, Sancho! Esos gigantes piensan que su movimiento hipnótico nublará nuestra vista. Están demasiado seguros de sí mismos, pero no saben que su prepotencia inclinará la balanza a nuestro favor. Así nuestro ataque será aún más inesperado. Es la única baza que podemos jugar si queremos ganar. ¡Por eso tenemos que ser rápidos!

Siento decirle que no son gigantes sino molinos, que producen electricidad cuando el viento mueve las aspas que usted confunde con picas, respondió Sancho Panza. Don Quijote lamentó que la cobardía se manifestara de aquella manera en las palabras de su escudero, capaz de encontrar cualquier argumento para no entablar batalla. Se sintió como extranjero en tierra de nadie, sin apoyos, con la única opción de luchar para seguir adelante. Si esperaba la ayuda de su holgazán compañero, sería demasiado tarde. Sabía que estaba solo y que el tiempo jugaba en su contra. Si la empresa fuera fácil, nunca merecería el corazón de su amada Dulcinea. Antes de dirigirse al galope hacia los molinos, dedicó una dura réplica a Sancho: ansías la gloria, pero huyes del combate y tu actitud te convierte en un mero espectador de la vida. No te muevas si no quieres arriesgarte a que tu asno tire las viandas que guardan tus alforjas. ¡Acomódate, bebe de tu bota y disfruta de la mayor contienda que jamás hayas soñado! 

Se lanzó cuán rápido pudo hacia uno de los molinos. Por un momento olvidó lo que era y escapó de una realidad que rechazaba, manipulada por políticos corruptos más preocupados por su bienestar personal que por el bien común de un país. ¿Por qué no podía crear otro mundo, uno en que mereciera la pena vivir y donde la victoria fuera posible? ¿Por qué no podía manipular lo que veía para hacer la vida más soportable? Por un momento se refugió en su querida literatura, consciente de poder vivir en otro lugar con el simple hecho de desearlo. Por un momento fue feliz. Agarró con fuerza su lanza, cerró los ojos y se vio inmerso en una aventura que nunca olvidaría.

El ejército de esbeltos gigantes se dispersaba ante sus ojos. Las tres picas que cada uno esgrimía eran inmensas y en caso de ser lanzadas hacia él, la muerte estaba asegurada. Don Quijote se vio empequeñecido, pero su determinación no cambió. Sabía que era demasiado tarde para una huída y su reputación estaba en juego. Eligió una de las blancas columnas y la embistió con toda la fuerza que la velocidad de Rocinante le proporcionó. La lanza produjo un sonido metálico al chocar contra el molino y el caballo esquivó el poste mientras el hidalgo caía al suelo. Su fiel escudero no tardó en llegar para socorrerle. 

¿Para qué decías que sirven estos molinos, Sancho? Para producir electricidad, señor. No utilices palabras inventadas para esconder tu ignorancia, mi simple escudero. No la he inventado yo, señor, la electricidad es una energía que permite dar vida a casi todos los aparatos que nos facilitan la existencia. Esa magia invisible de la que hablas, Sancho, ha transformado un ejército de gigantes en extraños molinos. Don Quijote se sacudió la armadura y suspiró aliviado, convencido de que, a pesar de su derrota, la guerra no estaba perdida. Todavía podía seguir luchando.

[Relato participante en el concurso literario "¿qué haría hoy Don Quijote con los molinos?", convocado por Zenda (www.zendalibros.com) y patrocinado por Iberdrola]

domingo, 24 de abril de 2016

Luchando por una lengua

Hay inercias que nos obligan a hacer cosas que no queremos o no nos gustan. Son los mecanismos que la vida utiliza para organizar el mundo que no vemos y evitar que el caos se imponga. Sin embargo, es posible luchar contra esas tendencias e incluso invertirlas. Por mi parte, cada día batallo para no perder la lengua con la que nací. Cuando vivimos en otro país es difícil conservarla sin las cicatrices dejadas por un idioma extranjero que hablamos en el trabajo, entre amigos y hasta en casa. Yo tengo un sencillo método para limpiar las telarañas de las expresiones que cada vez uso menos o rescatar las palabras que van cayendo en el olvido. La literatura es el mejor medio para engrasar los mecanismos de una lengua que, de no usarse, corre el riesgo de desaparecer.

Recuerdo cuando en mi época de estudiante asistí a la conferencia de una importante arquitecta española que ha pasado la mayor parte de su vida en Estados Unidos. Había algo distinto en su forma de hablar. Tardaba demasiado tiempo en encontrar algunas palabras, ciertas expresiones parecían haber sido traducidas literalmente del inglés y el tono del discurso delataba un claro acento americano. Cuando llegué a Francia me propuse no llegar a ese punto, pero con el paso de los años vi que la inercia me arrastraría a la misma situación si no hacía nada para evitarlo.

Es fácil dejarse llevar por la lengua local y el ejemplo más flagrante se da en el ámbito profesional. Los comienzos son difíciles, pues tenemos que aprender un lenguaje muy técnico que no enseña ningún curso de idiomas y no se utiliza en la vida cotidiana. Nos veremos obligados a utilizar palabras tan específicas que ni siquiera los diccionarios nos servirán de ayuda. Tendremos que preguntar mucho a nuestros compañeros y buscar en internet para acabar interiorizando y haciendo nuestras esas raras palabras. Al principio el bombardeo de nuevos términos nos parecerá excesivo, pero acabaremos defendiéndonos en un terreno hostil que, poco a poco, domesticaremos. Y cuando hablemos con nuestros compatriotas para explicarles a qué nos dedicamos, comprobaremos que las nuevas palabras han desplazado a las que aprendimos en nuestro país o las han hundido en un recóndito lugar de nuestra memoria al que no es fácil llegar.

En la vida cotidiana sucederá algo similar. Nos habituaremos tanto a los automatismos de nuestro país de acogida, que dejaremos los nuestros a un lado. Cuando volvamos a casa por vacaciones, nuestra familia y amigos nos mirarán de forma extraña al ver que nos cuesta encontrar las palabras adecuadas o preferimos utilizar una expresión en otro idioma porque pensamos que se adapta mejor a lo que queremos decir o porque estamos más acostumbrados a utilizarla. Nos hallaremos desorientados, incapaces todavía de hablar la lengua extranjera como lo haría un nativo y perdiendo la nuestra. Tendremos que armarnos de paciencia para reencontrar las palabras que relegamos a un segundo plano, aunque si contamos con la literatura como aliada, la tarea siempre será más fácil.

Ayer fue el día del libro, ese mágico objeto que nos permite vivir otras vidas a través de los ojos de quienes nunca conoceríamos en el mundo real. También nos ayuda a enriquecer nuestra lengua y no perderla, como es mi caso y el de muchos otros emigrantes. Pero cuando vivimos en el extranjero, encontrar libros en español no es tarea fácil. En alguna librería francesa he visto los clásicos que más se venden: García Márquez, Ruiz Zafón o Pérez-Reverte, pero es difícil ir más allá. No les culpo, pues buscar libros franceses no traducidos en España puede resultar toda una odisea. Los pequeños libreros me perdonarán, pero a menudo recurro a internet para resolver este problema: la posibilidad de tener cualquier libro en cualquier idioma unos pocos días después de realizar un pedido me parece un lujo de la vida moderna del que es difícil prescindir. 

Así, poco a poco, va creciendo mi biblioteca en el exilio, que cuido como si de una obligación hacia mi lengua materna se tratara, una responsabilidad que pesa aún más desde que hace unos meses naciera mi hijo. Él me ha obligado a hablar castellano en casa, más allá de las periódicas charlas con familia y amigos. Ha llegado a un complejo mundo en donde tendrá que dominar cuatro idiomas si quiere salir adelante y ser coherente con sus orígenes. Crecerá rodeado de libros en cuatro lenguas que oirá hablar de forma habitual. Creo que es una buena forma de empezar una vida.

domingo, 17 de abril de 2016

Burocracia innecesaria

Creamos barreras que limitan nuestra libertad. Nos perdemos entre obstáculos que suponen un laberinto donde, una vez dentro, olvidamos que existe una salida, así como la necesidad de encontrarla. Se interponen entre nosotros y el mundo real, lo que de verdad importa. Es nuestra derrota y es su victoria, la que querían quienes edificaron los muros que nos impiden ver el sol, quienes dijeron que eran imprescindibles. Necesitan controlarnos, porque somos muchos y se puede abusar más fácilmente de quien tiene los ojos vendados. Impunemente. Lo han hecho desde hace tanto tiempo que es imposible distinguir la verdad. Si asumimos estas trabas y perdemos nuestros derechos, ¿cómo podremos quejamos de su existencia y reclamar la vida que una vez nos perteneció? ¿Cómo podremos salir de nuestra celda sin puertas ni ventanas?

Cada país tiene sus métodos de control, de abuso de poder, de creación de ilusiones que garantizan la impunidad de un sistema defectuoso. Los he sufrido en España, pero también en Francia. Uno de esos procedimientos es la excesiva burocracia que invade nuestras vidas. Pasamos demasiado tiempo haciendo colas, yendo de una institución a otra, rellenando formularios cuya utilidad desconocemos, enviando correos a entidades oficiales que no dudan en rechazarlos para pedir más papeles, recopilando documentos y firmas hasta que llega un momento en que olvidamos por qué hacemos las cosas. Nos preguntamos por qué no puede ser más fácil, por qué perdemos tanto tiempo de nuestras vidas en intrincados trámites sin sentido. Reprimimos las ganas de dejarlo todo cuando el funcionario de turno nos dice que el papel que tanto esfuerzo nos ha costado conseguir no tiene el sello que necesita o la fecha adecuada (en Francia, un papel de más de tres meses no sirve para nada). Al fin y al cabo él no tiene la culpa y sólo es la última pieza de un sistema cuyos responsables permanecen en la sombra o cambian tan a menudo que es imposible saber quiénes son.

En el país galo saben que tienen una administración muy compleja y lo asumen. A veces incluso bromean diciendo que son los campeones de Europa de papeleo. Así es, pero no parecen querer dejar de serlo. Tal vez suponga la supresión de demasiados puestos de trabajo que nadie sabe para qué sirven, pero permiten que el amigo o el familiar de no se sabe quién se gane la vida confortablemente. Recopilan montañas de papeles en carpetas atiborradas para justificar su sueldo. Y nosotros, al otro lado de la mesa, nos volvemos locos rellenando nuevos documentos y perdiendo el tiempo que necesitaríamos para encontrar un sentido a lo que no lo tiene. Muchos trámites se hacen ahora por internet, donde rechazar un documento es todavía más fácil y errores informáticos o confusas páginas web complican lo que deberían simplificar. Ya he contado en otras ocasiones mis dificultades para reunir los documentos necesarios para una boda o para votar desde el extranjero (por extraño que parezca es más complicado que casarse) y últimamente he tenido que enfrentarme a la inscripción de un nacimiento, que ya contaré más en detalle.

"Pensaba que la administración francesa era complicada, pero esto es peor todavía". Esta frase la escuché en boca de un francés que esperaba su turno en el consulado de España en Lyon. No hace mucho tiempo tuve que ir para hacerle el pasaporte a mi hijo. Esperé más de veinte minutos, a pesar de que desde hace unos meses sólo se puede ir con cita previa para agilizar los trámites. Esperar con un bebé de apenas dos meses no es fácil, sobre todo si tiene hambre y empieza a llorar para demostrar la capacidad de sus pulmones. Cuando llegó mi turno pensé que sería un trámite fácil y rápido, pues en este caso ni siquiera se pueden tomar las huellas dactilares, pero nada más lejos de la realidad. Mi mujer y yo (pues la presencia de los dos padres es necesaria para los menores de edad) firmamos hasta tres formularios distintos y no pude disimular mi sorpresa cuando vi uno de ellos, pues me obligaba a indicar el municipio en que mi hijo votaría. Si no puedo decir qué será de mi vida dentro de dos años, ¿cómo voy a saber dónde estaré dentro de dieciocho? Miré a mi hijo, que lloraba desesperado mientras su madre preparaba un biberón, y después a la funcionaria, preguntándole qué sentido tenía todo aquello, porque yo no lo veía. Se limitó a decir que si no rellenaba el papel, no tendría el pasaporte. Entonces recordé la verdadera razón por la que estaba en el consulado: conseguir esa pequeña libreta granate que nos permitirá volar, romper ataduras, olvidar lo que nos limita y descubrir el mundo que existe al otro lado del laberinto en que vivimos.

Sede de la ONU, Ginebra, 09/06/2012

A veces nos preguntamos para qué sirven ciertas instituciones, pero basta mirar con atención para descubrir que no es tan difícil encontrar vida en lo inerte, de la misma manera que lo necesario se esconde tras lo inesperado.

domingo, 10 de abril de 2016

Hijos de emigrantes

Nunca sabemos cuándo la vida va a sorprendernos. Cuando somos testigos de uno de esos momentos inesperados nos echamos hacia atrás con un gesto de incredulidad, preguntándonos qué se esconde tras esa extraña coincidencia o si somos nosotros quienes provocamos lo que no somos capaces de entender. Hace año y medio me incorporé al equipo de dirección de obra de un museo de Lyon. Entre mis nuevos compañeros se encontraba un tipo simpático que no sólo tenía un apellido español, sino que conocía mi ciudad natal y tenía a parte de su familia en Guadalupe, una pedanía de Murcia. No tardamos en hacernos amigos y, aunque él nació en Lyon y es francés, a veces conversamos como dos murcianos separados únicamente por una generación de emigrantes.

La historia de la emigración española es cíclica y se repetirá mientras nuestro nivel de vida sea visiblemente inferior al de nuestros vecinos europeos, diferencia que nuestro anterior gobierno se empeñó en acrecentar con sus políticas de los últimos años. La desigualdad es mayor que nunca, así como las razones por las que partir. Antes iban a Alemania, Suiza o América Latina y ahora los destinos son más diversos. Más de la mitad de los españoles residentes en el extranjero no han nacido en España, según el Instituto Nacional de Estadística, y esos datos no tienen en cuenta todos aquellos hijos de emigrantes que, como mi amigo, tienen la nacionalidad del país en que nacieron.

Él sólo ha estado en Murcia de vacaciones, pero recuerda con cariño los veranos de su infancia, las cálidas aguas del Mar Menor o los paseos entre los naranjos. Por sus venas corre sangre española y no es difícil darse cuenta, pues su carácter abierto, amable y jovial le delata. Desde que sus padres murieron ha perdido la buena costumbre de hablar español, los encuentros con sus hermanos son cada vez más esporádicos y entre ellos les resulta más fácil utilizar el francés, sobre todo porque sus hijos y sobrinos sólo hablan en esa lengua.

Una vez, hablando del curso de la vida, me dijo que cuando tenemos hijos acabamos dejándonos llevar por ellos y llegando a donde ellos nos llevan. Tal vez sus padres pensaran trabajar en Francia hasta jubilarse y pasar el ocaso de sus vidas bajo el sol murciano que les vio nacer, pero su camino se torció cuando menos lo esperaban: tras la repentina muerte de su padre, su madre decidió quedarse en Francia. Sus hijos estaban allí y se acabó resignando a volver a Murcia un verano cada dos años, obligando así a su familia a conocer la tierra de la que proceden. Mi amigo tiene dos hijos y también ha podido comprobar cómo ellos han acabado guiando su vida. Aunque les haya enseñado español, ya no lo hablan en casa y a él cada vez le cuesta más expresarse en esa hermosa lengua que sus padres le dejaron como la herencia más preciada.

Hace unas semanas mi amigo me llamó para contarme el penúltimo capítulo de esta historia, el más insólito o el más coherente, según cómo se mire. Su hija, atraída por una lengua que le gusta y tiene en los genes, está estudiando filología hispánica, en septiembre cursará una beca Erasmus y ha elegido Murcia para vivir esa experiencia. Su padre acudió a mí para encontrar un buen alojamiento y facilitarle las cosas. Colgué el teléfono con una sonrisa, pensando en cómo la vida se reconduce para cerrar un ciclo que siempre se repite. La sangre de los padres de mi amigo, tras haber emprendido una larga aventura, volverá al lugar del que un día salió. Su nieta pisará la tierra a la que sus abuelos nunca pudieron regresar, la descubrirá durante unos meses y quién sabe lo que sucederá después. Tal vez decida acabar su carrera allí e instalarse indefinidamente. Tal vez no esté preparada, vuelva a Lyon y deje que otra generación cierre el ciclo que la vida ya ha abierto. El futuro estará sólo en sus manos, pues aunque la vida marque las tendencias que invisiblemente nos guían, la elección siempre es posible y todavía podemos ser libres.

A veces veo a mi amigo como si se tratara de una imagen de mi propio futuro. Entonces pienso en mi hijo e intento imaginar lo que tiene preparado para mí. Me recorre un escalofrío cuando siento la incertidumbre de los próximos años y la ausencia de certezas, que tampoco he tenido en otras situaciones de mi vida. En momentos como éste viene a mi cabeza una filosofía que me acompaña desde que hace seis años y medio dejara mi país: lo mejor siempre está por llegar.

domingo, 3 de abril de 2016

Pantomimas virtuales

La vida en el extranjero no siempre es fácil y la distancia distorsiona la apreciación de las cosas. Sentimos más intensamente cada minuto, las alegrías se multiplican, pero las situaciones difíciles se convierten en grandes tragedias. En Francia he vivido los momentos más felices, pero también los más tristes de mi vida.

Es imposible ser objetivo, pues una lógica alucinación nos nublará cada vez que hablemos con nuestra familia. Pensaremos que a veces nos mienten para ocultar pequeñas o grandes desgracias, para evitar que cojamos el primer avión de vuelta o que nos preocupemos mientras en la lejanía no podemos hacer nada. Quieren impedir que la frustración o la impotencia trunquen nuestra estancia. Pensaremos que representan una pequeña pieza de teatro en la que todo va siempre bien. Guiados por el mismo razonamiento, intentaremos hacer lo propio en nuestro lado de la pantalla, pues sabemos que el desconocimiento de nuestra situación les lleva a imaginar en exceso. Y así, sin quererlo, nuestros encuentros virtuales se transformarán en pantomimas con el único objeto de comprobar que cada uno sigue ahí, mientras el tiempo cambia nuestros rostros.

El medio más eficaz que conozco para alterar nuestra percepción del tiempo, que fluye vacío mientras espera que lo llenemos con inquietudes, anhelos y esperanzas, es viajar. Pasará más rápido cuanto más nos alejemos de nuestro punto de partida, tanto que cuando echemos la vista atrás comprobaremos que nuestra forma de ver las cosas habrá cambiado y necesitaremos algún tipo de corrección si queremos volver a verlo todo como antes. Nuestro nuevo modo de observar nos hará sentir cada momento de diferente manera y, así, el tiempo se mostrará saturado a nuestros ojos. En ese mundo más ocupado echaremos de menos pequeños hábitos que perderán su sentido.

En la distancia los malos momentos se percibirán de forma distinta y se transformarán en abismos infranqueables. La lejanía nos obligará a interpretar las cosas e imaginar lo que no logremos ver. Esa es la trampa de la vida, que nos puede salvar o torturar dependiendo de nuestra apreciación. No importa que sea acertada, sino que nos ayude en la situación que vivamos. Una vez utilicé el viaje para huir de una realidad que había imaginado demasiado difícil. En pocos meses visité tres países y me refugié en un ritmo frenético para aceptar lo que no podía cambiar. Conseguí que el tiempo desapareciera, pero la velocidad hizo que el choque con la verdad fuera aún más duro.

Cuando vivimos en el extranjero tenemos la impresión de que el tiempo pasa demasiado rápido y se debe al simple hecho de ocuparlo con cosas que en nuestra tierra pasan desapercibidas, que son banales para cualquiera, pero que en otro contexto suponen todo un descubrimiento. También influye que todo cueste más esfuerzo al tener que adaptarnos antes de tomar cualquier decisión y superar continuamente barreras a las que nunca nos habíamos enfrentado antes. Una de las más importantes es la lengua y nos acompañará por mucho que la dominemos, pues siempre hay determinadas cosas que expresaremos mejor en nuestro idioma y, cómo no, con más rapidez. La intuición, esa que durante años hemos ejercitado, entrará en juego, nos ayudará cuando la necesitemos y la echaremos en falta cuando hablemos en una lengua extranjera, pues tendremos que entrenarla de nuevo. Ciertos automatismos aprendidos a lo largo de nuestra vida ya no servirán y se convertirán en nuevos obstáculos que harán un poco más difícil nuestro camino, amenazándonos incluso con tropezar.

Por eso, cuando vayamos de vacaciones a nuestro país una extraña sensación de alivio vendrá a nosotros nada más salir del avión. Será la percepción de que todo es más fácil. Ya no necesitaremos la pesada armadura que en el extranjero nos protege de ataques inesperados. Ya no hará falta dar una imagen determinada para luchar contra estereotipos impuestos. Ya no habrá nada que perder. Ya no tendremos que representar más pantomimas virtuales y podremos al fin tocar la realidad que tan distorsionada se veía en la distancia. Vendrá a nosotros una sensación parecida a la seguridad que advertimos cuando volvemos a la casa en donde hemos pasado nuestra infancia y nos hemos visto protegidos. Estaremos por fin en casa.    

domingo, 27 de marzo de 2016

Amigos para siempre


Entraron en nuestra vida hace tanto tiempo que nos cuesta recordar. Lo hicieron de forma discreta o fortuita y se quedaron para siempre. Nos conocen mejor que nadie y un simple gesto les basta para saber cómo nos sentimos. Aun cuando hace tiempo que no los vemos, tenemos la certeza de que siempre están ahí, dispuestos a ayudarnos en cualquier momento, y nunca nos equivocaremos si vamos a ellos en busca de consejo. Hablo de los amigos de verdad, ésos que nos cuesta tanto dejar atrás por miedo a no encontrar otros allá a donde vayamos.

Al llegar a un país extranjero no nos será difícil hacer nuevos amigos, sobre todo si venimos gracias a un programa de estudios. Seguramente serán de varias nacionalidades, se hallarán en la misma situación que nosotros y al cabo de pocas semanas tendremos la impresión de conocerlos desde siempre. En un país ajeno las experiencias son más intensas, vivimos más cosas en menos tiempo y nos resulta muy fácil abrirnos y empatizar con alguien. Esos nuevos lazos hacen más difícil la despedida, que tarde o temprano acaba llegando, y forman parte del efecto erasmus, ese estado transitorio que asumimos cuando llegamos y del que tanto nos costará desprendernos.

Casi sin darnos cuenta nos encontraremos con un trabajo, pero no todos podrán o querrán hacer lo mismo y las fiestas de despedida se convertirán en una agridulce rutina. Una vez echada el ancla, desde nuestra estable atalaya será más fácil ver la gente pasar. Aunque el dolor de las amistades a distancia será mitigado por las redes sociales, no podremos evitar salir al encuentro de nuevos "erasmus" que sigan guardando la frescura y el estado de ánimo que tanto necesitamos. Haremos nuevos amigos y compartiremos nuevos momentos que acabarán pasando. Tras unos meses ellos también se irán, el espejismo desaparecerá y nosotros repetiremos el ciclo de las nuevas amistades pasajeras, de las relaciones más o menos íntimas con fecha de caducidad. Tendremos un amigo en cada país, pero nadie a nuestro lado que nos abrace sinceramente. Acabaremos preguntándonos si volveremos a hacer nuevos amigos para siempre, como esos que nos siguen esperando fielmente en nuestro país y que nos reciben con los brazos abiertos cada vez que les visitamos.

Un día me cansé y decidí no volver a hacer amigos erasmus. Seguiría de una vez el consejo de mi padre, que siempre intentaba convencerme para que fuera con franceses y me integrara del todo. Hice buenos amigos que todavía hoy conservo, pero no fue nada fácil, pues algunos franceses ponen frente a ellos un muro imposible de franquear sin ayuda. Acababa de cumplir un año en Dijon y pensaba que nunca volvería a tener amigos como los que había dejado en España cuando mi compañero de piso encontró a un granadino que se volvería a su ciudad en cuatro meses y que no conocía a mucha gente, pues sus amigos, como los nuestros, también se habían ido. A pesar de mi reticencia por conocer a alguien que estuviera de paso, acabamos quedando con él. Tal vez fuera gracias al abierto carácter del sur que ambos compartíamos, pero en poco tiempo congeniamos y nos convertimos en buenos amigos, algo que nunca habría sucedido con un francés. Su despedida fue triste a pesar de haber sido anunciada, él se convirtió en un nombre que alarga mi lista de amigos de facebook y yo volví a mi eterna búsqueda de otra amistad que valiera la pena guardar.

Unos meses después me anunció que un amigo suyo de Granada venía a Dijon y me pidió que le ayudara en lo que pudiera. Él también se iría, pero como nunca se puede negar un favor a un amigo, acepté el reto. En poco tiempo la historia volvió a repetirse y nos hicimos grandes amigos. Estuvo un año en Dijon y compartimos momentos que condicionarían el resto de mi vida y harían aún más difícil su despedida. Uno de esos instantes fue una cena que dio en su casa, donde las nacionalidades volvieron a mezclarse de la forma más natural posible: un italiano, un austríaco, una alemana, dos franceses, una yanqui, una rumana y dos españoles. Nunca olvidaré cuando empecé a hablar con aquella misteriosa chica rumana que no sólo conocía mi ciudad natal, sino que ya había estado en ella. En ese momento desaparecieron todas las dudas e inseguridades y ambos nos dimos cuenta del tiempo que habíamos estado esperando aquel encuentro. Cuando la miré a los ojos supe que estaba ante la compañera de viaje que tanto había buscado, con la que me casaría tres años después y tendría un hijo. Desde entonces nunca rechazo a quien el azar pone en mi camino.