domingo, 19 de febrero de 2017

Unos centímetros a la izquierda

Las luces del camión de bomberos colorean la vecina fachada de forma intermitente y llegan hasta el salón de mi casa. Desde allí observo cómo un grupo de curiosos busca en la calle la razón de tal revuelo. En la oscuridad de un apartamento, los haces de las linternas se recortan con nitidez. Mientras inspecciona con cautela el lugar, un policía ilumina las caras de sus compañeros y me permite deducir lo que sucede. La luz había sido cortada tras el reiterado impago de las facturas y los vecinos les habían alertado por un insoportable y preocupante olor. Abajo, los bomberos salen de la puerta del edificio cargando una gran funda de plástico, que parece contener un cadáver. Mi vecino ha muerto de la misma forma en que ha vivido. En la más absoluta soledad.

No era la primera vez que los bomberos le visitaban: él mismo les había llamado en otra ocasión. El viejo parecía enfermo, apenas era capaz de moverse, y los bomberos le llevaron al hospital. Semanas más tarde, en otra visita, le dieron consejos para que cuidara su delicada salud. A decir verdad, llevaba una extraña vida, siempre despierto, siempre junto a la ventana. Pude comprobarlo durante las largas noches que siguieron al nacimiento de mi hijo, cuando me paseaba con él en brazos y me consolaba mirando las luces de los que tampoco dormían. A las dos, a las cuatro, a las seis de la madrugada. Mi vecino estaba en su habitación, la ventana abierta y la luz encendida. Unas semanas antes de la última irrupción de los bomberos, me di cuenta de que ya no se asomaba a la ventana, ni veía la televisión como acostumbraba. Pensé que se había mudado o que seguía ingresado en el hospital, sin imaginar que la peor de las suposiciones acabaría confirmándose.

Desde mi ventana, mientras observo cómo su inerte cuerpo emprende un penúltimo viaje, me doy cuenta de hasta qué punto ignoramos la vida de nuestros vecinos, cuyas historias se entrecruzan inevitablemente con la nuestra. Viven a escasos metros de nosotros y al otro lado de un simple muro se pueden materializar los más terribles escenarios, protegidos por nuestra secreta complicidad. Barro con la mirada la fachada del edificio de enfrente y veo otras vidas que transcurren sin sospechar que los policías no han acabado su registro. Siguen buscando indicios que hagan suponer que la muerte no ha sido natural. Un hombre fallece sin que nadie pueda socorrerle, o al menos reparar en su ausencia, y otro apunta con un láser a los militares que custodian una escuela judía. Mi vecino murió hace un año, cuando creí descubrir a quien buscaban los militares que me denunciaron por culpa de aquel láser, como conté la semana pasada.

Una inusual actividad delató las obras que tenían lugar en el piso contiguo al mío. Su dueño lo preparaba para la llegada de su hija y su yerno. La experiencia vivida con su último inquilino le hizo escarmentar y ahora sólo piensa en acoger a gente de confianza, empezando por su familia. Los policías también habían intentado inspeccionar aquel apartamento, pues al estar situado a la misma altura que el mío, resultaba igualmente sospechoso. Sin encontrar a nadie que les abriera, acabaron acudiendo al dueño, que estuvo presente en el registro y contempló la extraña escena. Las pertenencias de su inquilino seguían allí, pasaporte incluido, y la hipótesis de un precipitada huída parecía descartable. El dueño afirmó que el hombre nunca le había pagado el alquiler y que los documentos que justificaban su sueldo, facilitados para poder alquilar el piso, eran falsos. Había llamado a su empresa para localizarle, pero nunca había trabajado allí. Acabó de contarme aquella historia diciendo que no le extrañaría si su cuerpo aparecía flotando algún día en el Ródano.


Lo más difícil de explicar es que aquel inquilino, que no volvió a dar señales de vida, era judío. O al menos eso indicaba la mezuzá, un tubo de plástico atornillado en la jamba de su puerta, que contenía un pergamino con dos versículos de la Torá. Estas rocambolescas anécdotas vienen a mi memoria porque, arrastrado por la inercia de la vida, me acabo de mudar a otro barrio de Lyon, donde he encontrado un piso con más espacio y comodidades. Así que voy a echar de menos mi antigua y animada calle. Salvo honrosas excepciones, puedo confirmar que los franceses son menos cercanos que los españoles y las relaciones vecinales son más bien frías. Pero, tras las experiencias vividas, creo que voy a interesarme más por mis vecinos, aunque sólo sea para presentarme y, de paso, ver qué cara tiene quien vive a unos centímetros a la izquierda. Por lo que pueda pasar.

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